Expropiar, la palabra que se debate entre el signo de exclamación y el de pregunta

Pablo Kornblum para Ámbito Financiero, 23-6-2020

https://www.ambito.com/opiniones/expropiacion/expropiar-la-palabra-que-se-debate-el-signo-exclamacion-y-el-pregunta-n5111783

En palabras del reconocido filósofo y jurista alemán Carl Schmitt, la expropiación es parte esencial del ‘nomos de la tierra’; es decir, del arreglo territorial primordial que es consustancial a todo Estado. Así lo entendía el difunto Comandante y entonces presidente de Venezuela Hugo Chávez, cuando gritaba a los cuatro vientos “¿De quién es ese edificio? ¡Pues exprópiese, exprópiese!” Propiedades, empresas petroleras (como el famoso caso de la estadounidense ExxonMobil, la cual pidió un pago “justo” de 10.000 y solo recibió 908 millones de dólares después de la expropiación de todos sus activos en el país), de telecomunicaciones – para evitar la propagación de la información enemiga -, tierras (que se aseguraba eran improductivas y debían destinarse a fomentar la “seguridad y soberanía alimentaria”, en un país que importa alrededor 70% de los alimentos que consume), y todo tipo de industrias de enorme envergadura y relevancia fueron expropiadas y nacionalizadas. Quienes llevan las cuentas desde “algún lugar del imperio”  dicen que las propiedades privadas expropiadas han sido 1.440 durante sus 13 años de gobierno.

Pero la historia de la expropiación es mucho más que el fresco recuerdo chavista. Ya sea en la teoría o la praxis. Desde de una visión jurídica, económica, o social. Pero sobre todo, en la conjunción de todos estos campos de análisis. Solo para citar un ejemplo, la Teoría de los Costos Sociales de Ronald Coase indicaba que bajo el supuesto que los costos de transacción sean muy elevados, la misión del derecho es simular la situación eficiente, aquella que habría surgido si los costos de transacción no fuesen significativos. Por ende, el derecho actúa simulando al mercado al asignar la titularidad a quien más la valore; ya que, en un contexto de altos costos de transacción, la asignación de los derechos de propiedad repercutiría en el bienestar social. Bajo este marco, la expropiación será socialmente eficiente si es que la ganancia social (suma de ganancias individuales) es mayor que la pérdida social (suma de pérdidas individuales). Y aquí entra en juego si quienes obtienen el bien lo valoran más que quien lo pierde.

Alejándonos tangencialmente de la visión neoclásica, los marxistas van más atrás en la historia y afirman que con el emerger del capitalismo en los albores del siglo XVIII, se generó una desintegración del proceso de “acumulación originaria”, sustentado en la expropiación de las condiciones de producción, el acceso a la tierra y la propiedad de los medios de producción; los saberes, acumulados por campesinos y artesanos durante generaciones; y los productos de trabajo, mediante formas de división, mecanización y automatización del trabajo. Una victoria del capital por sobre el trabajo.

Sin embargo, el comunismo se tomó revancha muchos años después. Al día de hoy, son 5.913 las empresas estadounidenses que todavía mantienen una demanda oficial contra las expropiaciones sin compensación de más de 7.000 millones de dólares realizadas por el gobierno cubano al mando del entonces presidente Fidel Castro. Los cubanos alegan que ya lo pagaron con creces. Fue precisamente la nacionalización sin compensación de bienes de empresas estadounidenses lo que detonó el embargo; un “bloqueo” que le costó a la isla 100.000 millones de dólares en las últimas seis décadas. Económicamente, los números no les han cerrado a los “barbudos revolucionarios”. Sin embargo, ciertas variables como la ideología y la patria suelen prevalecer en un régimen que ha sabido surfear las vicisitudes entremezclando un férreo control comunicacional y un incondicional apoyo internacional en ciertos valores del desarrollo socio-económico (como la salud y la educación, aunque discutidas en su calidad), inclaudicables para con el resto del progresismo en el mundo capitalista.

Estados Unidos había aprendido la lección; por ende, un par de décadas más tarde no corrió con la misma suerte el primer “comunista democrático” de Latinoamérica, el Dr. Salvador Allende. A 50 años de la promulgación de Ley de Reforma Agraria bajo su gobierno, el sentimiento de gratitud para con la expropiación y el control de los recursos naturales por parte de campesinos pobres y trabajadores industriales tuvo una respuesta letal por parte de la oligarquía que luego gobernó (y todavía gobierna, aunque matizada bajo el halo de la democracia y el discurso suavizado), el país trasandino. Augusto Pinochet fue solo el brazo ejecutor de una política donde la expropiación marxista no tenía lugar bajo la Doctrina Monroe del Imperio.

Es evidente que la interdependencia compleja – que entremezcla los intereses de los actores estatales y no estatales – juega un rol trascendental cuando hablamos de expropiaciones. En el año 2000, un tribunal arbitral internacional condenó a México a pagar una indemnización de casi 17 millones de dólares a Metalclad, una empresa norteamericana radicada al sur del Rio Bravo que se dedicaba al tratamiento de residuos peligrosos. El fallo indicaba que la compañía estadounidense había sido “víctima de una injusta expropiación”. Sin entrar en detalles del caso, se sabía que el abultado monto a pagar era una consecuencia inevitable de la reducción de la soberanía que devino del Tratado de Libre Comercio de América del Norte entre Estados Unidos, México y Canadá: en este aspecto, la única reforma importante de la ley de Expropiación que databa de la década de 1930’ tuvo lugar en el año 1993 durante el acuerdo del TLC, cuando se modificó el criterio para con el pago indemnizatorio de una expropiación, que pasaría a ser el valor comercial de lo expropiado y no más el valor de la tierra.

Pero como suele ocurrir en la arena internacional, una cosa es lo que se dice hacia afuera, y otra es lo que se hace puertas adentro. Sino pregúntenles a los 90 terratenientes texanos que viven en las adyacencias de la frontera mexicana, a los cuales el año pasado les llegó una notificación del Departamento de Justicia estadounidense sobre las intenciones del gobierno de Donald Trump de comprar o, en caso que se nieguen, expropiar sus terrenos. Extraño en un país que protege con celosía la propiedad privada como bien sacro. O no tanto.

En este sentido, cabe destacar que el régimen expropiatorio es un indicador importante de lo que ocurre a trasluz del poder gubernamental en general. En particular, si aceptamos la hipótesis de un debilitamiento del Estado-Nacional o, al menos, de una re–configuración de sus instituciones y sus capacidades en el contexto global. En las últimas décadas, en una gran cantidad de países en el mundo el declive en el margen de maniobra de políticos ha tenido su contrapunto con el fortalecimiento del poder judicial (en los casos que mantiene su independencia, por supuesto), a través del surgimiento de nuevas formas de protección de los derechos individuales y colectivos. La “logia” judicial sostiene que, aunque incapacitado de conseguir objetivos sociales específicos, lo mejor que se puede hacer es brindar un orden estable que permita a los individuos la libertad de luchar por alcanzar sus propios objetivos; lo que implica que las reglas a las que se debe sujetar la expropiación tienen como una de sus principales funciones construir un sistema que permita a los individuos predecir con cierta certeza el futuro de sus inversiones y de sus derechos de propiedad privada.

Por supuesto, no en todo el mundo ocurre lo mismo: existen gobiernos fuertes y paternalistas que conviven con un débil y cooptado estado de derecho (semi-dictatoriales, diría algún académico occidental). Tenemos como ejemplo el caso de China u otros países del Sudeste Asiático, donde se ha hecho un uso extensivo de la expropiación para dar paso a proyectos de infraestructura y de expansión urbana; avallando, sin ponerse colorados, cualquier tipo de oposición de particulares. Y lo peor para estos últimos, en muchas ocasiones se les han otorgado indemnizaciones ridículamente ínfimas.

Hablando de los perdedores sin tierra, no tenemos que irnos tan lejos viviendo en la región más inequitativa del planeta. Nuestro vecino Paraguay da cuenta de ello: el 2,6% de los propietarios son dueños del 84,8 % de las tierras explotadas. Como contraparte, en el país existen más de 300.000 familias campesinas sin tierras. Para las elites enquistadas en el poder hace más de un siglo, no pareciera que hay mucho por hacer. De racional sensibilidad social, bien gracias. Solamente, como suele ocurrir en una nación aguerrida y creyente, la historia demuestra que la solución para los más desahuciados se ha encontrado o bien ‘por las malas’, como ocurrió en el año 1995 cuando el Congreso expropió 7.137 hectáreas en el departamento de Amambay con el mero objetivo de devolver la paz social luego del asesinato de Pedro Cohene (un líder de la Organización Nacional Campesina, quien fuera ejecutado por sicarios contratados por terratenientes); o mismo con la ayuda la Diócesis de Concepción de la Iglesia Católica, la cual apoyó en el año 1997 la expropiación de las 267.836 hectáreas de la empresa CIPASA, ubicada en los departamentos de Concepción y Amambay.

Pero como la desigualdad socio-económica se incrementa día a día en todo el mundo y ya no es menester solo de los países subdesarrollados, no es de extrañar la reciente iniciativa ciudadana para expropiar a cualquier empresa inmobiliaria que posea más de 3.000 apartamentos en Berlín. Parafraseando a la emblemática señora de los almuerzos con el “Estas muy politizada, muy de izquierda”, los socialdemócratas gobernantes del SPD han rechazado la petición de resocialización. Como alternativa, han promovido alentar nuevas construcciones, comprar viviendas existentes para alojamiento asequible y limitar los precios del alquiler (que se incrementaron el 100% en la última década). Algo similar ocurre en Francia. El ministro de Vivienda, Julien Denormandie, ha afirmado que “es inaceptable tener tantas viviendas vacías. Me refiero en concreto a estos edificios de oficinas o apartamentos que están a menudo en manos de bancos y aseguradoras. Aunque, por supuesto, la expropiación es el último recurso.” Claro, no sea que suene demasiado a pretender llevar a cabo un cambio revolucionario. El único motivo para desestabilizar el statu-quo debería ser un hecho excepcional, sostienen los conservadores, como ha ocurrido con la actual pandemia del COVID-19. Es por ello que el ejecutivo español del PSOE, no ha tenido una oposición férrea para desempolvar la “Ley de Expropiación Forzosa” todavía vigente del año 1954: en este caso, para asegurarse las mascarillas y otros insumos de salud en caso de que sea necesario.

Como contraparte, los gobernantes comprenden que los puntos de inflexión que implican llevar a cabo procesos expropiatorios, suelen generan enormes costos políticos, con potenciales efectos derrames – en muchas ocasiones negativos – para el resto de la sociedad. Sino miremos a nuestro país, luego de que en el año 2012, el gobierno expropiará el 51% de las acciones de YPF de manos de la empresa española Repsol. La medida, que buscaba retomar el control estatal de la petrolera para asegurar el autoabastecimiento energético del país, generó rápidamente la reacción de la comunidad internacional y de potenciales nuevos inversionistas ante el ‘carácter discriminatorio’ de una medida que “claramente obstaculizaba el buen clima para con los inversionistas”. Si a ello le adicionamos la falta de tecnologías propias para explotar Vaca Muerta, el gobierno argentino quedó entre la espada y la pared; la consecuencia, poco tiempo después se vio obligado a revertir los nuevos controles sobre la inversión extranjera, pagó compensaciones pendientes establecidas en laudos anteriores, acordó una indemnización con Repsol por fuera de su propia legislación, y ofreció generosas concesiones a la petrolera estadounidense Chevron para que esta invirtiera en los nuevos yacimientos.

En definitiva, una expropiación que para algunos se llevó a cabo de manera ‘atolondrada’, sin un completo análisis de prospectiva, con indeseados y contraproducentes efectos económicos. Desde el otro lado del mostrador dirán que entienden que existe “cierta resistencia” en el mundo de las políticas sociales a reconocer problemas de eficiencia económica y jurisprudencia sobre la propiedad; pero dirán que más difícil aún es encontrar en los  organismos financieros internacionales y los capitales concentrados cualquier referencia a los derechos socio-económicos básicos de las mayorías empobrecidas. Aunque luego recibirán como respuesta que la expropiación es en realidad una consecuencia de la mala praxis de política macroeconómica previa, y no de los “consecuentes y lógicos” intereses del sector privado. Pero aquella “mala política” la realizó el gobierno previo de otro color político, volverán a retrucar. Y así sucesivamente. Evidentemente, encontrar el equilibrio no es para nada sencillo.

Para concluir, solo queda por afirmar que la expropiación nos debe llevar a un análisis complejo de “pesos y contrapesos” de carácter global, con actores profundamente diversos y con objetivos que en muchas ocasiones son diametralmente opuestos. Porque como dijo Pierre-Joseph Proudhon, filósofo, político y uno de los padres del movimiento anarquista, “La propiedad privada comenzó cuando alguien cercó la tierra, dijo esto es mío, y otro le creyó”. Y así seguimos, discutiendo que si la expropiar está bien o no. La respuesta, la misma de siempre. Depende de que intereses defendamos.

Entrevista en La Izquierda Diario Sobre la Situación Global

Por Pablo Kornblum en La Izquierda Diario

http://www.laizquierdadiario.com/Las-tensiones-entre-las-potencias-por-los-recursos-estrategicos-se-van-a-incrementar

¿Cómo ves la situación de la economía mundial tras los efectos de la pandemia?

Salta a relucir lo que se habla mucho, que son las desigualdades, este es el punto más importante. Vemos que a pesar que esto es homogéneo, en cuanto a lo que pasa en todo el mundo, los que son más pobres, los que tienen menos posibilidades de defenderse, los que no pueden quedarse en su casa trabajando desde una computadora y tienen que salir a la calle, son los más expuestos ante la pandemia. Entonces esa desigualdad que uno encuentra ahora a nivel internacional, pero a nivel local también, lo que se ve en Argentina, lo que sufren los jóvenes precarizado, por ejemplo, los que trabajan en los deliverys, etc. Es lo que se ve, ´quiénes están más expuestos, ellos o la gente que vive en las villas hacinadas´.

Una cuestión básica que se ve, sin ser economista, o sin entender mucho el tema, sabe que el virus se propaga más rápidamente en un área cerrada que donde convive mucha gente, era obvio que sin las medidas básicas de aislamiento iba a pasar. Bueno, pasa por eso hay tanta preocupación en África o en Asia, lo que pasa -como en todo el mundo- los medios de comunicación (algo que menciono el libro) lo tapan. Hay cosas que no se dicen porque lo manejan ciertas elites en conjunción con los dueños de los medios de comunicación y, otras personas más, lo cual no se ve pero evidentemente una vez más queda claro que ante estos shocks a nivel internacional los que más sufren son los que menos tienen.

Claro esto es una dinámica que como vos decís se está poniendo a relucir en forma muy aguda, y en el marco de esta película donde los que venían mal están peor, también hay otro elemento de la situación internacional en lo que respecta a mayores roces o tensiones entre los Estados, ¿cómo lo ves vos?

Hay dos cuestiones, sin entrar mucho en la historia, esto viene desde el fin de la unilateralidad o unipolaridad de Estados Unidos a fin de la década del noventa, que la globalización sabemos lo que trajo, ¿no? Digamos esta homogenización que no le sirvió a nadie, solo le sirvió a unos pocos, lo que hizo fue bajar los salarios a nivel internacional a un niveles que les sea rentable a nivel macro a estas elites económicas y financieras, ya sea para producir o jugar con el dinero. Lo que se vio a nivel general hay una baja del salario en los trabajadores; ahora a nivel interestatal hay un resurgimiento de lo que fue Rusia y China –sobre todo a partir de este siglo- que quieren tomar el poder porque se dan cuenta que la clave son los recursos estratégicos, la tecnología espacial, todo lo que tiene que ver con el aparato militar y, vuelvo a repetir, todo lo que tiene que ver con los recursos que son escasos. Lo que es el agua dulce, el litio, la Antártida, etc.

En ese marco de lucha por los recursos estos países con líderes, digamos que no les importa tanto la cuestión micro interna, como puede ser a Xi Jinping o a Putin, cuando su prioridad es conquistar varias partes del mundo por el tema de los recursos, la carrera espacial y militar, le están empezando a desafiar a Estados Unidos. En este marco de multipolaridad que vemos ahora, claro a ´río revuelto´, lo que se ve es que cada uno se va acomodando como puedo y lo que tenemos es eso, un nuevo reacomodamiento internacional donde Estados Unidos, a pesar de preservar el mayor poder militar no es la gran potencia a la cual todos siguen unísonamente y sin ningún tipo de discusión; sino cada uno se trata de acomodar con mucho problemas como en Europa con el tema del Brexit o Alemania que quiso moldear a Europa a su manera está con un montón de problemas que no se los esperaba como la inmigración y demás, … Bueno hay un marco internacional donde cada uno juega su juego y se van acomodando, el tema es dónde se acomoda cada uno a nivel interestatal y cómo hacen para que eso se derrame positivamente para los pueblos de cada uno; aunque lamentablemente como siempre los que menos tienen quedan relegados a lo último.

En relación al fin del mundo unipolar, ¿cómo ves a los Estados Unidos en su política exterior?

En su momento los Estados Unidos intentó de alguna manera manejarse con su esquema lógico que tuvo históricamente, ¿cuál es?, avanzar sobre los mercados. Ahora bien, se dio cuenta que en algún momento (creo que tardíamente) la pelea por los mercados la estaba perdiendo, por ejemplo con actores que sin tener las mismas capacidades estratégicas o de poder que tiene los Estados Unidos, iban acomodándose, le iban compiando el known how y el conocimiento y, de eso modo, le toman ciertos nichos que parecían intocables para los Estados Unidos, en el marco de este multilateralismo. Diciendo, ´Estados Unidos ya no me representa y puedo negociar con los chinos, con Rusia con India (y su tecnología) y demás´.

Se ha enfocado en mantener su nivel de agresividad económica, sin incrementarla, pero diciendo, ´este es el objetivo´, y retirándose de algunos sectores estratégicos a nivel geopolítico porque se concentró, por ejemplo, en Medio Oriente o en otros lados muy puntuales. En ese sentido, lo que se ve es que donde se retira Estados Unidos, donde no le pone el foco, América Latina o África, estos Estados que vuelvo a nombrar, China, Rusia y algunas otras potencias aprovechan y toman los lugares.

Si uno ve África lo que se ve es que hace 30 años las empresas norteamericanas o europeas estaban expoliando los recursos natural a viva voz, sin ningún resquemor; ahora vienen los chinos que les dicen, ´miren Sres. nosotros les proponemos que además de sacarles los recursos estratégicos, les implantamos población y le desarrollamos las actividades locales y la economía local. Entonces en ese sentido muchos gobernantes dijeron, ´nos conviene lo que nos están trayendo los chinos´, por su puesto detrás hay otros intereses porque los chinos, por ejemplo, te financian pero a su vez te piden que les compres su capital, que no negocies con otro, el famoso winner takes all, y te implantan población para que después a nivel sociológico (si se quiere) ya vayan avanzando y quedándose. No es como los norteamericanos que van te sacan el petróleo y se van. Ellos (los chinos) se van quedando, es otra dinámica. Pero te vuelvo a repetir, lo que se ve de Estados Unidos es que no creo lo hayan medido de la mejor manera, cuando se retiraron de algunos lugares o le quitaron un poco el ojo, ahí avanzaron estos Estados.

En cuanto a este avance de China sobre el conocimiento o la tecnología que históricamente controlo Estados Unidos, ¿Cómo ves esta puja que muchos la presentan como parte de la denominada guerra comercial?

Detrás de bambalinas lo que se sabe es que la guerra comercial existe, el déficit comercial de Estados Unidos con China es amplio y es histórico, hubo pelea no solo con Trump, con Obama también pidiéndole Presidente chino que revalúen la moneda porque no podían competir, eso existe. Ahora lo que uno ve detrás es lo que más le interesa es la tecnología sensible, la lucha por el poder, la carrera espacial, y es lo que no se ve que son las cláusulas secretas que se firman en todo tratado comercial que no son solo entre Estados Unidos y China, sino que son entre todo el mundo. Ahí me parece que está el quid de la cuestión. En cuanto a la lógica China lo que se ve es que, ´vamos a seguir avanzando económicamente hasta donde podamos y, mientras tanto, reforzamos nuestro aparato militar. Si los Estados Unidos nos quieren quitar comercio, como le puede pasar al Reino Unido que se fue de la Unión Europea y quieren negociar con nosotros (China)´.

Lo que está detrás de la disputa comercial es la disputa por el poder tecnológico, las tecnologías sensibles, la cuestión satelital, la cyberdefensa, digamos todo lo que tiene que ver con la tecnología de punta porque el comercio internacional lo que se ve es, con el ejemplo de Reino Unido, me sacan de la Unión Europea voy a negociar hasta con mi enemigo Argentina, y lo mismo pasa con China, ´Trump me pone trabas me voy a negociar con otro´, lo mismo pasa en Europa con la tecnología 5G, es la lógica de la guerra comercial permanente. Lo que es importante ver es que los países incrementan en general su gasto en defensa, su aparato militar, salvo contados casos, porque saben que en el futuro la lucha por los recursos estratégicos y la tecnología va a ser lo que va a definir los próximos cincuenta años. Para eso se están preparando los chinos, de eso ya mucho se habla y es el gran temor de los Estados que saben que en algún momento la tensión se va a incrementar. Ahora es una cuestión económica, en algún momento va a pasar a mayores y creo esto va a suceder en algunas décadas. Los chinos no se van a quedar atrás.

En tu libro explicas aspectos que consideras centrales sobre el funcionamiento del sistema capitalista global, entre ellos el creciente proceso de mercantilización, ¿cómo ves este proceso a la luz de la crisis sanitaria que puso en evidencia el Covid-19?

Algunos dicen que es el fin del capitalismo, pero yo no creo que sea así, lo que se están viendo son las miserias como dije al principio de la entrevista. Te doy un ejemplo concreto, en un momento los alemanes dijeron, ´si nosotros tenemos la pandemia y nosotros producimos los respiradores… de acá no sale nada, no se exportada nada´. El intercambio va a continuar, el capitalismo con todas sus miserias, en el sentido que no hay una reflexión como sostengo en el libro donde destaco que no hay una formación y educación a nivel institucional, sobre todo en la educación básica, en el nivel primario y secundario, para revitalizar el rol de las ciencias sociales y entendamos la problemática sistémica.

Me parece que el punto es, cuál es el verdadero problema, está el medio ambiente, están los virus, qué es lo que está ocurriendo acá, evidentemente está pasando algo dado el proceso de acumulación permanente e insaciable de la economía capitalista por parte de unas elites, lo que se ve es que el sistema en este modo lo que va a generar es un detrimento en la calidad de vida de los seres humanos y de los seres vivos en general en la tierra. Si no vamos a entender que esto es lo que ocurre, en algún momento esto va a terminar colapsando, ahora es un virus, después será la guerra por los recursos, etc.

Pero el problema que veo es que la gente no está lo suficientemente formada, educada…; por supuesto también hay cuestiones propias, y sobre todo los problemas de educación respecto a la bajada de línea de los medios de comunicación, el famoso ´cuarto poder´. Nos hacen pensar con la lógica de las elites porque trabajan juntos con ellos, cómo tenemos que analizar nosotros el mundo, cuál son los temas importantes…, y lo que nos termina pasando es que el dictamen que nos dejan es, ´fíjense u ocúpense de temas puntuales o marginales y no de problemas estructurales sistémicos´. Que quiero decir, ´ocupémonos solamente de la cuestión del aborto, por nombrar un tema en general, o el cuidado de los animales, o sea, cosas particulares donde grupos se preparan o les interesa cierta cuestión.

Desde mi punto de vista cuando vos te ocupas de los problemas marginales, cotidianos, puntuales y nos ves lo que pasa a nivel sistémico el sistema no cambia, el statu quo no cambia, entonces lo que vemos a lo largo de la historia, los últimos cien años a nivel internacional y, sobre todo en los últimos cincuenta es un aumento en las inequidades, en la pobreza a nivel internacional y en la destrucción del medio ambiente. Esto es lo que está pasando, es una realidad fáctica, si nos quedamos con lo que nos dicen los grandes medios, ´esto está más o menos mal, cambiemos esta cuestión puntual´, entonces no vamos a lograr el cambio sistémico para que toda la población mundial viva mejor.

Ahora bien Pablo, en el caso de la pelea por la legalización del aborto, hay millones de mujeres en todo el mundo movilizadas por este derecho que los Estados les niegan, si bien esta pelea no va a cambiar la estructura del sistema, creo que si no peleamos por aspectos parciales como parte de una estrategia global para cambiar el sistema hay un problema también, ¿Cómo lo ves?

Totalmente de acuerdo, a eso voy, lo que digo es lo siguiente… por fijarnos en la cabeza lo particular y por llevarnos rápidamente de un tema a otro, que es lo que hacen los grandes medios, para sacarnos de la cuestión estructural, lo que tenemos que hacer es pelear todas las batallas que haya que dar y, aclaro yo estoy de acuerdo con el derecho al aborto, pero lo que resalto es que ´el árbol no nos tape el bosque´, y la cuestión sistémica es lo que termina prevaleciendo, y frente a ellos lo que falta, es una formación institucional de base de ciencias sociales que nos quieren quitar. Nos quieren hacer creer que los que hacemos ciencias sociales nos somos productivos, que no servimos y valemos poco, lo que pasa es que los cientistas sociales son los que nos hacen pensar la sociedad y eso es lo que tenemos de bueno.

Por otro lado, en tu libro sostenes una crítica al capitalismo, cuando te referís a como en un proceso de reestructuración de negocios, los empresarios apelan a despidos y/o reducciones salariales, ¿algo de eso ya estamos viendo con las primeras respuestas de grandes grupos económicos ante la crisis?

Mira los otros días escribí en un artículo sobre las maquilas en México, allí empresarios norteamericanos con empresas del otro lado de la frontera con México, no les importa que todos los miles de empleados se contagien con tal de continuar produciendo para el sistema. Prefieren perder plata y que los multen, a que sus empleados mueran. Eso habla de todo porque no puede parar la rueda. Si no entendemos que el límite de la acumulación está en la salud humana, no se puede entender cuáles son las prioridades, en realidad, entendemos así, cuales son las prioridades que tienen algunos pro sistema, y las de otros que entendemos que la vida esta antes que todo. Bueno, el gran dilema es la lucha desigual, los más pobres son los que más sufren, ahora son visibilizados de algún modo porque salta con esta cuestión (coronavirus). Uds. que trabajan siempre, están en el terreno saben lo que es, vuelvo a repetir se necesita una comprensión sobre el problema estructural para que esto se plasme en la urnas, porque definitivamente se necesita tener poder para modificar las cosas.

A modo de cierre de la entrevista, ¿cómo ves la economía mundial de acá a los próximos años?

El crecimiento es muy frugal, todos están dependiendo de esta guerra comercial entre Estados Unidos y China, me parece que lo que se va a ver en términos generales es un aumento del sistema en términos de acumulación, los países desarrollados van a ir hacia las tecnologías y los servicios, eso es lo que se ve a nivel internacional, te doy el ejemplo de Australia, hace tres años que este país cerró su fábrica de automóviles porque dijo que es un país que no se va a dedicar más a la producción industrial, eso lo va a dejar a otros países como los del sudeste asiático; entonces esa es una gran diferenciación, quiénes van hacia los servicios y la tecnología y de ese modo si se quiere dar una mejor calidad de vida a los asalariados en el marco de una diferenciación porque del otro lado tenemos a los asalariados del sector industrial a quienes les vienen bajando los salarios a nivel internacional con los famosos procesos de tercerización. Eso es lo que se va a seguir viendo, si tienen que ir a producir a África para pagar dos dólares menos por mes, lo van a seguir haciendo.

Ese es el marco general que tenemos, entonces digo, ante esta situación y bajo la lógica de la geopolítica internacional, lo que podemos ver es quienes detenten los recursos estratégicos, que los que tengan el agua, los alimentos, y puedan producir esa tecnología de punta que les permita hacer la diferencia, no solo en la industria farmacéutica, sino también en la industria militar que es la más dinámica en la economía y es la que va a determinar en las peleas del futuro quién va a estar del lado de los ganadores y del lado de los perdedores, en ese marco el capitalismo se va a ir moviendo cíclicamente, con bajo crecimiento del PBI, y un incremento de las desigualdades, y por esto último, es ante lo que tenemos que pelear los que pensamos que las cosas así no van a funcionar.

Lo que se ve es una mayor desigualdad, mucha gente en los últimos cuarenta o treinta años entró al mercado laboral pero en qué condiciones, como los mileuristas en Europa, como los que trabajan en las maquilas en México, como los que trabajan en los mercados informales en Asia, entrar al mercado y no ser parte del planeta miseria no quiere decir vivir bien, esa es una crítica que muchos le hacen en Brasil a Lula, donde mucha gente salió de la pobreza, uno lo entiende, se pone contento, lo enaltece, ahora tener un TV y una heladera pero seguir viviendo en un morro no es calidad de vida tampoco, y por eso digo que hay pelear por salir de los cambios marginales e ir a los estructurales.

Un mundo a dos velocidades

Por Pablo Kornblum para Ámbito Financiero 08-06-2020

https://www.ambito.com/opiniones/racismo/un-mundo-dos-velocidades-n5108153

La creciente entropía, definida por Randall Schweller como el lento pero constante reemplazo del orden por un incremental estado de desorden, marca la dinámica del mundo de hoy: el caos o lo diferente acecha; por ende, los miedos nos hacen buscar cobijo de quien hemos aprendido como nuestro cercano protector. Aquella institución madre, el Estado-Nación, que desde hace siglos rige la insignia de la política doméstica e internacional, y con la bandera, la moneda, o el poder militar, nos hace sentir unidos bajo una misma cultura e idiosincrasia.

Con el paso del tiempo, el ideal descripto se observa falaz, imaginario, para una porción creciente de la población. Ello ocurre porque quienes detentan el poder económico y político, les cuesta aceptar la cada vez más amplia agenda de una sociedad civil multivariada e interesada en nichos específicos. Pareciera ser que les duele, les molesta. Desean que la democracia sea meramente un voto. No pueden apreciar, ni siquiera, que las mayorías no les otorguen el beneficio de la ‘no discusión’ de cambios profundos en el statu-quo. Menos aún, no disfrutan siquiera el “no cuestionamiento” de sus grandilocuentes privilegios. Para su beneficio, el foco de las problemáticas socio-económicas del mundo se han desviado a una lógica individualista, aquella que el filósofo surcoreano Byung-Chul Han sostiene como el concepto “simultaneidad amo-esclavo, donde hasta incluso la lucha de clases se ha transformado en una disputa hacia el interior de uno mismo”.

Sin embargo, algunos teóricos ya lo han refutado y buscan darle otro sentido a aquel cuestionamiento para con el propio ser: lo que un ser social debería preguntarse es cuál es el involucramiento de uno mismo con lo ocurre en la sociedad. Donde la política está más presente que nunca. Porqué las decisiones acerca de la solidaridad son eminentemente políticas. Ello está ocurriendo hoy en día en los Estados Unidos. El “no puedo respirar” no es de ahora, es histórico. Y no está empeorando, solo es que en la actualidad se graba.

Minneapolis, la ciudad más poblada de Minnesota y donde ocurrió el asesinato de Floyd, es una de las caras más visibles de ello. De mayoría de población de ascendencia escandinava, en la década de 1970 se aprobaron las políticas de crecimiento equitativo, semejantes a las de los Estados de Bienestar que se dieron en los países nórdicos hasta finales del siglo pasado. En aquel momento, cuando el área de Minneapolis era 94% blanca y solo 2% afrodescendiente, era más fácil aplicar y alentar políticas de redes de seguridad social, ya que la mayoría de los residentes sentían a las personas beneficiarias de estos programas como semejantes o pares de ellos.

Al día de hoy, aunque la cantidad de blancos caucásicos ha descendido a menos del 80% de la población total, los indicadores socio-económicos siguen siendo de excelencia para ellos. Incluso en comparación con otras grandes metrópolis de Estados Unidos: el desempleo se encontraba en torno al 4% antes del COVID-19; los estudiantes blancos obtienen las mejores clasificaciones nacionales en lectura, matemáticas y exámenes de ingreso a la universidad; y el acceso a la vivienda es más que asequible con un abanico de flexibles créditos blandos.

Lamentablemente, para el más de 15% de población afrodescendiente, la situación es totalmente inversa. Al 10% de desocupación previo al COVID–19, se le adiciona que un afroestadounidense gana en promedio anual 32.000 dólares (32% se encuentra bajo la línea de la pobreza), mientras que para los blancos caucásicos sus ingresos son en promedio 72.000 dólares anuales (solo el 6,5% son pobres). Más aún, alrededor del 62% de los estudiantes afroestadounidense asisten a las escuelas públicas con los mayores problemas de infraestructura y formación, en comparación con el 10% de los estudiantes blancos. A ello se le debe adicionar que la tasa de encarcelamiento para los residentes afroestadounidenses es once veces mayor que la de los blancos.

Como se ha observado, el análisis situacional nos ha llevado a una necesaria conjunción entre racismo y pobreza. Y ambas variables se encuentran enraizadas en la sociedad estadounidense. El más claro ejemplo se da en términos del hogar propio. En los Estados Unidos, como en una gran cantidad de lugares alrededor del mundo, ser propietario de la tierra es lo que da a las personas estabilidad en sus vidas, construir comunidad, y a partir de allí crear y acumular riqueza. Sin embargo, solo un 24% de los residentes afroestadounidense son dueños de su casa, en comparación con el 76% de los blancos caucásicos (de los cuales muchos son descendientes de veteranos que regresaron de la Segunda Guerra Mundial, consiguieron trabajo, y pudieron comprar sus casas con ayuda gubernamental). Esta es la tercera brecha más grande de accesibilidad de todo Estados Unidos.

Ello tiene correlación con un estudio realizado sobre prácticas crediticias en los bancos más importantes de la ciudad de Minneapolis: los afrodescendientes tienen una probabilidad desproporcionadamente mayor de que se rechacen sus solicitudes de préstamos. Y la realidad demuestra que la brecha en las tasas de denegación de préstamos, no se genera únicamente debido a las características socioeconómicas de los solicitantes, como podría ser el riesgo de crédito o sus ingresos. Hay enormes disparidades y estas ventajas se han institucionalizado. En instituciones que son controladas por los blancos.

Para el presidente Donald Trump, la forma más rápida para tratar de salir de este asesinato que se le ha transformado en un callejón sin salida, fue, en primer término, tratar de “matar al mensajero”. Para ello, ha acusado a los medios de comunicación de ser “los enemigos del pueblo”, firmando además una orden ejecutiva disciplinadora donde autoriza a regular y evaluar si las redes deberían ser legalmente responsables de lo que publican los usuarios. Siempre y cuando no hablen a favor de él, por supuesto: sino vale la pena recordar que hasta no hace mucho tiempo, utilizaba con suma frecuencia la red del pajarito para ningunear a sus opositores demócratas; inclusive con burlas a sus características físicas o personales. Típico de cualquier dictador bananero tercermundista, de una bajeza que se debería encontrar en las antípodas de un estadista. Aunque ello no le importe a sus seguidores. Y eso Trump lo sabe, por ello mantiene grandes esperanzas de ser reelegido: entiende que, por un lado, una gran parte de la sociedad vota al oponente de lo que está seguro que no quiere y, por otra parte, que primordialmente el ciudadano medio estadounidense elige a su presidente defendiendo alguna necesidad puntual propia.

Por ello luego se encargó de designar a ANTIFA como organización terrorista. Otra discursiva que le encanta a su electorado. En este sentido, el Fiscal General de la Nación, Bill Barr, sentenció que “las voces de la protesta pacífica están siendo secuestradas por elementos radicales que desean llevar a cabo su propio programa de violencia organizada. Son grupos anárquicos y extremistas de extrema izquierda que utilizan tácticas de los antifascistas”. En ese sentido, hay que decirlo, no mienten. En general, los miembros de ANTIFA apoyan a las poblaciones oprimidas y protestan por la acumulación de riqueza por parte de las corporaciones y las élites.

Sin embargo, para el presidente de los Estados Unidos, la conjunción de la miseria y el racismo son parte de las nimiedades que no le hacen sombra a sus objetivos macro-elocuentes de triunfalismo geoestratégico. Que es donde se siente más a gusto. Desviando la atención hacia el “siempre redituable” enemigo externo de la política exterior – en este caso disputándole a los rusos la exclusividad de los vuelos tripulados -, y de la mano de sus venerados aliados, las elites económicas (de la que él forma parte) que comandan el mercado. Por ello se lo vio exultante detrás del primer lanzamiento espacial público-privado llevado a cabo por la NASA junto con la empresa SpaceX, del multimillonario Elon Musk. El objetivo, el de siempre: política y negocios de números exorbitantes para unos pocos, pero que son fundamentales para arengar a la mayoría de sus mesiánicos seguidores.

Está claro que para una gran mayoría de la población mundial, que desea la paz, los grandes dilemas de los grupos que viven algún tipo de opresión, cualquiera que sea, deben ser modificados a través del dialogo y la racionalidad. Pero cuando pasan más de dos siglos y las mejoras han sido tibias y marginales, como es el caso del racismo y la miseria que ello conlleva, el hartazgo toma la delantera. Y ello no es solo exclusivo de los Estados Unidos. Podemos trasladarlo a la guerra eterna entre Israel y Palestina, o a la propia disputa por la tierra de nuestros pueblos aborígenes. La variable disparadora (sea la raza, la religión, o la cultura ancestral), que se entremezcla y se potencia con la pobreza y la miseria, solo deriva en un incremento exponencial de las tensiones sociales, la bronca y la angustia contenida.

En definitiva, nos encontramos en un mundo a dos velocidades: mientras algunos persiguen denodadamente la carrera espacial del siglo XXII, otros todavía se encuentran embebidos en una “Cabaña del Tío Tom moderna”, peleando por su mero derecho a la vida. Como ocurrió en el Siglo XIX, cuando los abolicionistas estadunidenses deseaban terminar con la legislación que decía que “un negro, libre o esclavo, debe equivaler a las tres quintas partes de un hombre (blanco)”.

En este aspecto, la velocidad para con la propagación de la acumulación de capital, ha sido mucho más veloz y de manera más desenfrenada, que la de los derechos civiles, raciales o religiosos, los cuales tuvieron (y todavía tienen), sus avances y retrocesos. Será que aquí, a diferencia de la indiscutida lógica sistémica de ingente enriquecimiento sistemático de las elites gubernamentales y corporativas transnacionales – con algún escaso efecto derrame solamente beneficioso para algunos sectores económicos y grupos de ciudadanos puntuales de la sociedad global -, todavía hay fuertes discusiones políticas y puntos contrapuestos.

¿Sería lógico que sea a la inversa? Porqué los derechos de cualquier ser humano no deberían ser discutidos a esta altura del Siglo XXI, a diferencia de la forma en que creamos y distribuimos la riqueza en un mundo cada día más desigual. Por ahora, solo se sigue llorando la muerte de Floyd. Y lo único que es seguro es que si el día de hoy se levantará de su tumba el enorme cantante afroestadounidense Louis Armstrong, tendría un enorme resquemor para cantar “What a wonderful world”.

¿Cómo se hará viable la economía global post-pandemia?

Por Pablo Kornblum para El Cronista Comercial – 7-6-2020

https://www.cronista.com/columnistas/Como-se-hara-viable-la-economia-global-post-pandemia-20200607-0006.html

La pregunta revolotea no en pocas cabezas alrededor del mundo. Un mayor cuidado de la salud, sostenido científicamente por los epidemiólogos e infectólogos de todas las latitudes, llegó para quedarse. Una ‘nueva normalidad’, la cual implica un mayor distanciamiento social, permanente utilización de alcohol en gel y el lavado de manos, barbijos; en definitiva, medidas sanitarias mucho más estrictas. Lo cierto es que más allá de los beneficios que deberíamos observar para con la salubridad en general – los cuales  seguramente buscan exceder la durabilidad de esta pandemia -, también se han generado una serie de interrogantes de extrema importancia para con la continuidad del statu-quo del sistema económico global.

Como punto más importante a resaltar, tenemos el incremento – para muchos rubros de forma exponencial – de los costos que las nuevas medidas generan. Por supuesto, y como consecuencia, la otra gran pregunta es el modo en que se distribuirán los mismos. Solo pensemos, para citar un ejemplo, en un restaurante que, dado su espacio, debe trabajar solo con un tercio de las mesas que lo hacía habitualmente. O mismo un avión de cualquier aerolínea, el cual tendría que reducir la cantidad de pasajeros para cumplir con el distanciamiento social adecuado. También podríamos analizar la nueva situación de una fábrica de alimentos, a la cual se le exigirá la incorporación de un sistema de lavandería exclusiva y elementos de higiene personal permanentes para poder funcionar.

Improbable – para no decir imposible – que sean rentables. Y no estamos hablando de una o dos industrias. Sino de cientos, muchas de ellas de las más importantes de la economía real. ¿Podrán cambiar sus estructuras? ¿Y de ser así, a costa de quién? ¿O con la ayuda de quién? Porqué la realidad es que los costos fijos y variables se tendrán que reducir ostensiblemente. Y entre ellos se encuentra el más ‘flexible’ de todos, el salario. ¿Disminuirán más de los que ya se han recortado en el último medio siglo? Es el deseo de cierta corriente neoliberal de la economía, quienes encuentran en esta pandemia una nueva oportunidad para llevar a cabo sus ideas. La historia – y el coeficiente de Gini – hablan por sí solos: se evidencia claramente que la pérdida de la masa salarial ha ido acompañada por una creciente desigualdad socio-económica a nivel global.

También se ha propuesto, como lo ha expresado más de un empedernido comunista, la disminución de ingresos de los empresarios. ¿Darán su brazo a torcer? Difícil. Además,  claramente dista de ser una situación homogénea. Muchas de las Pymes que dependen de la ya dura ‘libre competencia’ del mercado, han sido heridas de muerte con esta pandemia, y realmente no tienen mucho margen para ceder rentabilidad. Sin la espalda – ni el financiamiento – de las grandes corporaciones, en muchas industrias (por no decir áreas enteras de la economía) deberán hacer malabares para subsistir. Ya sea a través de la innovación o la reconversión, o mismo equilibrando sus finanzas, tratando de buscar acuerdos sustentables con empleados, proveedores, dueños de las propiedades en donde operan, etc.

Por supuesto, la excepción se encuentra en aquellas empresas (la mayoría de ellas poderosas corporaciones) vinculadas a los negocios – no, no dije negociados – con quienes detentan las ‘lapiceras mágicas’ del gobierno. Es aquella fusión simbiótica de elites políticas y económicas – por no decir también mediáticas, sindicales y judiciales -, muy difícil de visualizar por el ciudadano medio, pero que genera ingentes ganancias y desarrolla sobradas capacidades de enquistada rosca para, como mínimo ante la actual pandemia, no perder de manera significativa en épocas de recesión global.

A los desocupados y excluidos, ni vale la pena mencionarlos. Siguen a la buena de dios. O de la – lamentablemente muchas veces escasa – voluntad de los gobernantes donde viven. Aquellos que deben utilizar todas sus capacidades para maximizar la eficiencia y eficacia para con las políticas públicas. Que no es más, ni menos, su obligación como representantes del pueblo para con quienes los ha votado (aunque a veces nos olvidemos de ello). Porqué aquellos Estados que han demostrado tener a lo largo de la historia una macroeconomía sólida y estable, con variables ‘benignas’ en términos de inflación, tasas de interés o equilibrio fiscal, sumado a bajos niveles de corrupción y a una razonable distribución de la riqueza, seguramente se encontrarán mejor preparadas para enfrentar el futuro. O sabrán cómo hacerlo mejor. Incluyendo a los que menos tienen.

Sin embargo, aquí tenemos dos puntos no menores. Por un lado, aunque la generalización descripta afecta a una parte importante de las empresas de la economía real, el impacto negativo se reduce ostensiblemente cuando hablamos de las ganancias que genera el mercado financiero. En este sentido, el mismo se encuentra más vinculado al crecimiento – o al decrecimiento – del PBI; siendo ajeno, salvo empresas financieras determinadas en algún momento excepcional de la historia (como durante la crisis de 2008-2009), a resquebrajarse como un todo en términos sistémicos. La respuesta: ayuda estatal para con las entidades financieras – recordemos el salvataje de la Banco Central Europeo al gobierno griego en los primeros años de la década de 2010’, con el mero objetivo que puedan repagar sus deudas principalmente con la banca alemana -, tasas de interés para endeudamiento e instrumentos financieros exorbitantes desasociados totalmente a la economía real – nuestra historia habla por sí sola -, o la multiplicación de paraísos fiscales para los grandes negociados ilegales. En este aspecto, ha sido empíricamente evidente que desde el fin de la segunda guerra mundial, la economía financiera ha crecido prácticamente de manera ininterrumpida, y a tasas mucho más elevadas, que la economía dedicada a la producción de bienes y servicios.

Por otro lado, la pandemia ha acelerado el proceso de robotización y tecnologización, en detrimento a vastas áreas de la economía mundial más atrasadas, asociadas generalmente a procesos de mano de obra intensiva menos calificada. O sea, mayor innovación, en donde el capital físico, la inteligencia artificial, las telecomunicaciones y los sistemas de computación reemplacen más rápidamente a los trabajadores. Que, indefectiblemente, tendrán que buscar otra forma para ganarse la vida; ya sea generando sus propios emprendimientos, o en relación de dependencia. En cuanto a  los primeros, requerirán de buenas ideas y un financiamiento acorde. Para los segundos, sino quieren caer en el mundo de los ‘pobres con trabajo’ (desde los trabajadores en las maquilas mexicanas, los vendedores ambulantes en el sudeste asiático, o los mileuristas del viejo continente), deberán apuntar a capacitarse en aquellos oficios o profesiones que posean cierto nivel de complejidad técnica y/o tecnológica (como puede ser el caso de los servicios de enfermería, los diseñadores de microprocesadores, o los ingenieros en energías alternativas). Por supuesto, para los cientistas sociales que no producen ningún bien palpable, ‘útil’, bien gracias. En un mercado global cada vez más competitivo y con capacidades de consumo restringidas, el diferenciarse es una necesidad.

Los más humildes – y hoy en día no tanto – necesitarán de un Estado que los asista. No queda otra alternativa: sin educación ni financiamiento, el tendal de excluidos sistémicos que dejará la pandemia (sumados al arrastre de quienes vienen padeciendo carencias hace varias generaciones) se multiplicará por millones. Y en este dilema contracíclico en el que se encuentran la mayoría de los gobiernos del mundo, no hay mucho margen de maniobra. Más cuidados en la salud y más demandas de una ciudadanía empobrecida, se contraponen con un modelo de acumulación privada que podría languidecer en términos colaborativos para la mayoría de la otrora ‘piedra basal’, pero actualmente perimida, “clase media” – ya sea a través de menguantes inversiones o por una disminuida capacidad de contribución impositiva -.

Para el descripto escenario futuro, más que complejo, se requerirá una precisión quirúrgica en las políticas de Estado, sobre todo en tanto a la generación y distribución de la riqueza. Un Estado que articule los intereses públicos y privados – fuertemente contrapuestos – en pos de que la mayoría de la ciudadanía pueda desarrollarse y obtener una digna calidad de vida. Porqué el mundo post-coronavirus también será mucho más difícil para quienes detenten el quehacer de la política económica. Seguramente diferente a lo hasta ahora conocido. Esperemos estar a la altura de las circunstancias. Algo que hasta el día de hoy, en los diferentes puntos de inflexión sistémico que hemos vivido a lo largo de la historia, no ha sucedido.

La ¿falsa? dicotomía entre nacionalismo económico y deuda externa

Pablo Kornblum para Ámbito Financiero, 25-5-2020

https://www.ambito.com/opiniones/deuda/la-falsa-dicotomia-nacionalismo-economico-y-externa-n5104822

En el siglo XIX, algunos de los países que serían posteriormente potencias mundiales, como Estados Unidos o Alemania, intentaban imitar – y sobrepasar – el desarrollo industrial del Reino Unido. Estancarse en economías basadas en la producción agrícola no era la forma que habían visualizado para construir poder; por el contrario, el desarrollar una producción industrial propia serviría no solo para producir innovadores bienes de consumo que penetrarían en los distintos mercados del mundo y de este modo ayudarían al crecimiento económico nacional, sino también la posibilidad de generar una industria bélica que permitiría mantener territorios propios y avanzar sobre ajenos. Sin depender de terceros actores estatales.

Con matices propios del siglo XXI, la lógica no se ha modificado sustancialmente y ciertas políticas sustentadas en el nacionalismo económico no solo son un arma de aquellos Estados de peso en la arena internacional, sino que son parte de las principales cartas de política económica que tienen un sinfín de gobiernos alrededor del mundo. Con un discurso que defiende a las empresas locales y rechaza a los bienes importados. Pero también a los inmigrantes. Un ejemplo reciente es el caso de Bosnia-Herzegovina, quien en épocas de pandemia ha realizado un listado de 10.000 migrantes ilegales para su inmediata deportación. La situación económica es más que compleja para el país balcánico y al gobierno no le ha temblado el pulso: se exigirá a sus países de origen (son en su mayoría pakistaníes, afganos, marroquíes y argelinos) que paguen por el viaje de sus ciudadanos al destino final, la Unión Europea.

Por otro lado, en estos días pareciera que la mayoría de los países se han dado cuenta de  posición de dependencia para con las cadenas de producción global, las cuales provienen principalmente desde China y otros países de Asia y Europa. ¿Quién produce los respiradores? ¿Desde dónde provienen los commodities para su producción? Preguntas que hasta hace unos meses no existían en el vocabulario de la ciudadanía, pero tampoco de muchos gobernantes alrededor del mundo. Pero la situación ha cambiado, y los políticos nacionalistas de países de relevancia ya elevaron la voz: sin tapujos sostienen que, mínimamente, en algunas áreas específicas como la industria farmacéutica, las comunicaciones, el equipamiento militar y otras áreas sensibles, la dependencia con el extranjero debería ser mínima o nula.

Por su parte, en los Estados Unidos, la extrema derecha sostiene que las severas restricciones para ejercer actividades económicas están perjudicando a los ciudadanos. Reflejadas como multitudes – maximizadas por los medios de comunicación que deben vender “sus productos”, más aún en época de escases de publicidad -, pero que en realidad suelen representar una proporción minoritaria de la población, nos han dejado algunas frases para el asombro: gritos a trabajadores de la salud, tales como “comunistas, váyanse a China”; hombres con gigantescas armas semiautomáticas marchando para “proteger su derecho a la libertad y a la protesta”, o enfáticos pedidos para despedir a los “mentirosos” expertos en epidemiologia que atentan contra la economía.

Pero ello no solo ocurre en Norteamérica. En Europa, grupos extremistas vinculan el coronavirus con la tecnología inalámbrica 5G, lo que ha provocado ataques incendiarios contra mástiles de telecomunicaciones en el Reino Unido. Mientras que en el acomodado barrio Salamanca de Madrid, algunos cientos de huelguistas le recriminaban con palos de golf (si, leyó bien, palos de golf) el fin de la cuarentena a Pedro Sánchez para vislumbrar, una vez por todas, el ‘renacer económico’. En Francia, Le Pen y sus seguidores no solo pidieron el envío de poblaciones no blancas de regreso a sus países de origen, sino que fueron aún más allá: sostienen que las mezquitas habían “aprovechado las órdenes de confinamiento” para expandir su credo a través de la oración islámica.

Tampoco tenemos que ir tan lejos. La recientemente electa vicepresidenta de Uruguay, Beatriz Argimón, sostuvo que “Lacalle Pou nunca tomaría una medida contra el coronavirus que no tuviera en cuenta la libertad del individuo”. Y el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, asoció las restricciones a comercios y actividades adoptadas en los estados a una presunta motivación política para “quebrar la economía” y dañar su gobierno. “Es una guerra”, sigue sosteniendo. El discurso beligerante es lógico para quien, acorralado por la desastrosa praxis política, se ha refugiado en su círculo rojo casi exclusivamente compuesto por el ala militar.

Más allá de alguna bravuconada de tinte racista o anti-científico, la palabra “libertad” revolotea en en todas las latitudes. La pregunta que de ello deriva es: ¿libertad para qué? La respuesta es simple, para que la rueda siga funcionando, la economía no se detenga y el mercado vuelva a su habitual performance. Y la discursiva no se dirige precisamente hacia las Pymes, los profesionales o aquellos que viven en la informalidad; quienes tratan, dentro de sus capacidades, racionalizar un equilibrio entre su dañada economía y el cuidado de su salubridad. Son aquellas elites económicas que disfrazan, como “expresión de libertad”, su marcado egoísmo. No hablan de libertad, que implica el cuidado y el respeto por el prójimo, sino de libertinaje, que tal como lo indica el diccionario se refiere a “conducta desenfrenada asociada a los placeres y los caprichos”. No marchan por la reactivación de la economía para el país y el bienestar colectivo, sino por sus propios intereses. Simplemente porque no quieren perder dinero. Como si el resto de la población no tuviera también temor de no poder recuperarse nunca de este párate económico.

Uno de los ejemplos más claros es el caso de las maquilas mexicanas. Las alrededor de 6.000 fábricas que emplean a más de 1,3 millones de personas, operan en la frontera que limita con los Estados Unidos de Norteamérica sin pagar impuestos. Sin embargo, aunque la mayoría de lo que se produce allí no es material esencial (aunque algunas, como es el caso de Collins Aerospace que fabrica entre otras cosas GPS para aviones militares, lograron que la Secretaría de Comercio Estadounidense les extendiera un certificado de excepción porque algunos de esos equipos son utilizados en aviones sanitarios), su cierre implica un duro golpe para una buena parte de la industria en ambos lados de la frontera.

Por lo tanto, los operarios son permanentemente presionados para que sigan trabajando, a pesar del peligro de contagio del Coronavirus. El detalle interesante es que las maquiladoras se encuentran en territorio mexicano; por lo tanto, la decisión no la puede tomar unilateralmente el presidente pro-economía Donald Trump. Pero puede hacer lo mismo que sus industriales hacen con él: presionar. En este sentido, el embajador estadounidense en el Distrito Federal de México, Christopher Landau, sostuvo la semana pasada que era “posible y esencial” mantener la cadena de suministros y el flujo económico. Por supuesto, “así como cuidar la salud de los trabajadores”. Sin embargo, y mientras las maquiladoras intentan acomodar su infraestructura a la ‘nueva normalidad’, los accionistas dicen por lo bajo que es más barato pagar una multa por incumplimiento que perder contratos de millones de dólares.

Podríamos continuar con otros ejemplos de nacionalismo económico; pero ya reflexionando sobre nuestro país, debemos indefectiblemente posicionarnos en uno que sobresale del resto: cuando la dinámica aperturista del comercio y las finanzas globales tiene aristas de discusión teórica exógena a las políticas coyunturales argentinas, la discusión se acota en el pago (o no) de la deuda externa. En este sentido, nuestra historia nos indica que la lógica centro-periferia, con claros beneficios para la oligarquía agroexportadora (más algún efecto derrame para el resto de la sociedad), conllevó a un proceso de ingente endeudamiento. Debíamos financiar la compra de locomotoras, la infraestructura, el capital humano. Con intereses, a pagarle a quienes les exportábamos y se beneficiaban claramente con el intercambio de materias primas por sus productos industriales. Y más tarde para comprar insumos. O bienes de capital que no producíamos y eran necesarios para nuestro embrionario proceso de industrialización. Para luego devenir en su matiz financiero, el cual nos ha perseguido en el último medio siglo. En definitiva, un proceso de endeudamiento que, salvó en algunos contados períodos, no se detendría a lo largo de nuestra historia. Evidentemente, el vivir bajo un modelo de deuda permanente no sustentable no nos benefició. O en realidad, como siempre, benefició a unos pocos.

Sin embargo, al público en general se lo ‘vende’ como un tema relevante; pero no siempre con connotaciones negativas. Así está instalado en los medios de comunicación, muchos de ellos cómplices de las elites económicas (léase acreedores, el mundo de las finanzas en general, o empresarios que requieren de una estabilización macroeconómica para producir y encontrarse con un dinámico mercado de consumo), que citan a renombrados hombres de la ciencia economía y política para sustentar la importancia mayúscula de estar en ‘equilibrio externo’ y ‘honrar los compromisos asumidos’. No hay que dar muchas más explicaciones de un tema extremadamente complejo para las mayorías.

Tampoco se han expresado con la misma vehemencia que lo hicieron cuando se tomaron las deudas: desde omitir o escatimar información, hasta promover la necesidad del ‘mal necesario’ que implica el volver a un ‘inexorable’ proceso de endeudamiento derivado de  la ‘estructural’ mala praxis de la política macroeconómica. Aunque ello se diluya en confusas explicaciones históricas, donde todos los que tuvieron responsabilidades tienen un doctorado en desarrollar culpabilidades cruzadas. Por supuesto, imposible de dilucidar para el ciudadano medio. Que además lo encuentra como algo alejado, con difusos vínculos con lo cotidiano. No como es, por ejemplo, el caso del inmigrante que ‘quita’ un empleo por rebajarse a trabajar por la mitad de un salario mínimo en el supermercado del barrio.

Ni siquiera sus nombres anglosajones, como BlackRock, Templeton o Fidelity,  representa en las mentes de la mayoría de la población a ‘enemigos’ que solo vienen a hacer negocios y generar beneficios realmente extraordinarios – lógicamente, para ello fueron creados -, a costa del sacrificio de la nación en su conjunto. Pero ello no extraña cuando un importante periodista del portal de noticias más visitado del país indica que “los acreedores privados apuestan a un acuerdo, y se comprometieron con Guzmán a que no harán nada -por ahora- para que el default lastime las arcas del Tesoro Nacional”. Buena gente, como se diría, parecieran ser los bonistas. Hasta uno podría pensar que obran pensando en las necesidades de los más humildes.

A pesar de que fue tapa en algunos medios, tampoco hacen mella en la mayor parte de la sociedad los números altisonantes que representan los 86 mil millones de dólares fugados durante el último gobierno. Y lo más grave aún que, como una brisa de verano, se deja pasar por alto que de ese total apenas el 1% adquirió en forma neta 41.124 millones de dólares. Eso sin tener en cuenta el endeudamiento previo, que comenzó con fuerza en el proceso de estatización de la deuda en dólares del sector privado  de 1981, pasando por el Plan Brady, la fuga de los 30.000 millones de dólares del año 2001, o la remisión de utilidades del excedente logrado durante el boom de los precios de la soja y otras materias primas de la primera década del corriente siglo. Por ello, más que nunca nos podríamos remitir la famosa frase de Don Julio Grondona, “todo pasa”. Una vez más, números exorbitantes y alejados de la cotidianidad de la gente.

Por el contrario, pareciera que es más sencillo ver un ‘atropello a las verdaderas libertades’. El control, la prohibición, la intervención. Aquellas políticas económicas que restringen las libertades a los Fondos Comunes de Inversión, quienes ahora deben disminuir la tenencia de activos en dólares. O a las Empresas o particulares que acceden a dólares en el mercado de cambio oficial, los cuales ya no podrán hacerlo en el CCL y MEP. Pero también los bancos y agentes de bolsa la obligación de informar las operaciones de gran volumen con el exterior, lo que incluye el control y fiscalización sobre los precios de transferencias intra-firmas de las corporaciones trasnacionales. Así es, no son las libertades de los más humildes las que se vieron vilipendiadas. Pero ello ya no importa si impacta en el imaginario social.

Para concluir, no debemos olvidar que la deuda externa se conjuga con la ‘deuda interna’. Aquella que, como evoca la película con el mismo nombre donde un maestro rural le explica a un niño pobre del altiplano jujeño como es un mundo que él desconoce y le es adverso – y que no llega a vislumbrar cuando años más tarde termina pereciendo en la guerra de Malvinas -, evade y obstaculiza las miserias de los invisivilizados. Es la mayor parte de la población Argentina, quien lamentablemente son, en carne y hueso, quienes representan los índices de la pobreza mutidimensional. Donde las políticas redistributivas, cualesquiera que sean y como se llevan a cabo, fallan. Y como mencione previamente, tiene en parte que ver con la deuda externa. Pero no todo. Hay un mecanismo interno que fracasa enormemente: el de desconcentrar la riqueza. Con mayor o menor crecimiento económico, como sucede en estas épocas de pandemia. Donde las diferencias socio-económicas se reflejan más que nunca.

Porque la riqueza no solo es acumular capital. También se vivencia en la capacidad que se tiene para el cuidado y la protección de su salud. Aquellos que pueden trabajar desde el confort de sus hogares con una computadora, se encuentran claramente más y mejor posicionados para minimizar su exposición de quienes que deben ganar su sustento diario ‘en la calle’, como puede ser el trabajo de los repartidores de productos. O mismo quienes poseen vehículos particulares, y no tienen la necesidad de movilizarse en transporte público, como la mayoría de los trabajadores. O quienes no tienen ahorros, y deben salir a realizar ‘changas’ para pagar el alquiler.

¿Aquí si hay libertad? ¿O es la esclavitud de la pobreza para aquellas personas que deben salir, si o si, a buscar un ingreso? ¿O será, como dicen algunos empresarios cercanos a Bolsonaro, que la ciudadanía debe volver a su trabajo por ‘patriotismo’? Porque en realidad, el patriotismo y el nacionalismo contempla sacrificar los deseos individuales por la solidaridad y el bien del país. Pero ello no significa el tener que ceder mantener unas mínimas condiciones de calidad de vida digna, en total salubridad. Que debiera ser tan o más importante que la libertad de las elites económicas para hacer negocios. Pero además,  es hasta un tema racional: ¿O los industriales paulistas no saben que los más de 20.000 brasileños muertos por el Coronavirus, ya no podrán trabajar? ¿O el gobierno brasileño piensa que los muertos pagarán los impuestos para contribuir para el pago de su deuda externa? Que confuso es todo. O mejor dicho, como confunden para legitimar prioridades espurias e inmorales.

 

Mercosur: Ayer, hoy y ¿Siempre?

Pablo Kornblum para Ámbito Financiero, 11-05-2020

https://www.ambito.com/opiniones/mercosur/ayer-hoy-y-siempre-n5101567

Cuando se puso en marcha el Mercosur tres décadas atrás, los ejes del documento embrionario que le daría vida representaban bastante más que una Unión Aduanera: se acordaba la libre circulación de bienes, servicios y factores productivos entre los países; el establecimiento de un arancel externo común y la adopción de una política comercial conjunta con relación a terceros Estados o agrupaciones de Estados; junto con la coordinación de políticas macroeconómicas y sectoriales entre los Estados Partes.

Sin embargo, y ya entrando en la tercera década del Siglo XXI, podemos decir que existen varias razones para afirmar que el Mercosur nunca ha funcionado plenamente con toda su potencialidad. A pesar de que cumplió su rol – en muchas ocasiones con un alto grado de ineficiencia – como una Unión Aduanera Comercial que ha incrementado el comercio intra-regional y para con el mundo, el mismo ha estado más cercano a la proporcionalidad de un inestable crecimiento económico, que a los números que se esperarían si hubiera funcionado eficazmente bajo el lema y la lógica de sus padres fundadores. Como ocurre siempre, por acción u omisión de quienes detentan la más alta responsabilidad política y económica.

Primero vinieron las quejas de los hermanos menores. Con toda la razón, Paraguay y Uruguay se cansaron de que no se los tome en cuenta en las decisiones más relevantes del bloque. Luego Brasil se aprovechó de la convertibilidad de un súper-valuado Peso argentino, quedándose no solo con nuestros turistas, sino también con varias de nuestras empresas emblemáticas para producir y poder competir desde Brasil. También Uruguay sacó ventaja de la desgracia ajena, como cuando ‘tomaron por asalto’ los mercados que nosotros perdimos por la aftosa. Evidentemente, de fraternidad, bien gracias. Y de política económica y comercial común, menos aún.

Ya entrados en la primera década de este siglo, todos los socios aprovecharon el viento de cola que trajeron los altos precios de las materias primas. Pero una vez más lo encararon de forma individual, sin pensar en tratados colectivos con la mayoría de las regiones del planeta en donde, maximizando nuestra eficiencia y capacidades, podríamos haber generado un mucho más beneficioso win-win intra-regional.

Algunos le han echado la culpa, con relativa razón, a la política. No la política de Estado de largo plazo, sino más bien a la ‘chicana ideológica’. Donde ingresan y salen como puertas giratorias la Venezuela del fallecido Chávez o el Paraguay del destituido Lugo. Según como corra el viento. Lejos de los tecnicismos requeridos en un mundo que premia el capitalismo competitivo voraz en la producción de bienes y servicios con alto nivel de demanda.

Sino miremos a la Alianza del Pacifico. En menos de una década, el acuerdo conformado por Chile, Colombia, México y Perú ha potenciado significativamente su relación intra-comercial y para con el mundo asiático. Algunos podrán decir que tienen la bendición geográfica de mirar hacia el Pacifico, con China y sus vecinos como las vedettes económicas del siglo XXI. Para poner excusas, somos mandados a hacer. Como si el mundo atlántico no haya ofrecido oportunidades en el último medio siglo.

Lo que ocurre es que negociar no es fácil. Lo que seguramente nos diferencia de los que se encuentran del otro lado de la mesa es su pragmatismo y capacidad de intentar siempre balancear racionalmente la diversidad de intereses para evitar discrepancias que agiten a los extremos políticos y sociales. No en vano, solo para citar un par de ejemplos de nuestro potencial tratado con la Unión Europea – cabe destacar que todavía quedan las ratificaciones de los distintos parlamentos para que sea ejecutado -, desde el viejo continente le adicionaron al acuerdo una cláusula según la cual “los estándares de seguridad alimentaria europeos quedarán protegidos en el acuerdo, sin cambios, y todas las importaciones tendrán que cumplir con ellos”; es decir, normas sanitarias y fitosanitarias que continuarán funcionando como una traba extra-arancelaria a las importaciones. Ello en complemento con un mecanismo de salvaguarda bilateral que permitirá “imponer medidas temporales en el caso de que se produzcan aumentos inesperados y significativos de las importaciones que provoquen, o puedan provocar, serios daños a sus industrias domésticas”. Y así podríamos seguir.

Otro de los puntos centrales es que tampoco se ha generado una discusión colectiva seria de cómo producir para enfrentar al mundo. Ya entendimos que fuimos bendecidos con recursos naturales, que es lo que podemos exportar con relativa facilidad. Sin embargo, los mandatarios del Mercosur nunca se han sentado alrededor de la mesa para realmente definir si ello es lo mejor para el futuro de la región. Lo que si sabemos, porque así lo ha demostrado la realidad, es que los concatenamientos productivos de alto valor agregado – donde se puede trabajar en ‘equipo’ de manera intra-regional – como ocurre en Asia -, suele darse con mayor facilidad en las industrias de alta tecnología, con fronteras lábiles en términos de coordinación, segmentación productiva y cooperación a la hora de poner a disposición la mano de obra. O sea, lo que con seguridad carecemos si queremos realizar en algún tipo de cambio conjunto para repensar nuestro posicionamiento estratégico para con el mirar hacia al mundo.

Ahora nos encontramos con una nueva negociación de un Tratado de Libre Comercio con Corea del Sur, un puntapié para continuar buscando socios comerciales por otros lares. Como marco general, el superciclo de las materias primas, que terminó abruptamente en 2014 derivado principalmente de una baja demanda agregada externa, ha hecho mella en una Latinoamérica (cabe destacar que período 2014-2020 cerrará con el crecimiento más bajo en la región en las cuatro últimas décadas) que no quiere descompasar su ciclo del de los productos básicos. Evidentemente, la mayoría de los países del Mercosur no escarmienta en su dependencia e insiste con un avance impiadoso, como toro que persigue furioso la manta roja, hacia un TLC ‘a como sea’.

Será que cuando el efecto derrame de las materias primas deja de funcionar, habría que buscar otros mecanismos que a las elites concentradoras de la región le desagradan bastante, como por ejemplo la ejecución de estímulos fiscales significativos con mayor progresividad fiscal. Por ello insisten: hay que volver a las fuentes. Y que los costos de las pérdidas en la política económica exterior, los absorba la sociedad toda. Ganancias exorbitantes para unos pocos en épocas de bonanza, socialización de los esfuerzos ‘en las malas’, se podría decir.

Sino vayamos a los hechos. Por el lado de Uruguay, el país oriental espera poder mejorar sus ventas de carne y leche, sin tener demasiado para perder en términos industriales. Lo mismo ocurre con el Paraguay sojero y agrícola. Entre sus dos presidentes liberales que difícilmente desean cambiar su matriz exportadora/importadora (en acuerdo con las elites económicas que los sustentan), se encuentra el más complejo caso brasileño; de hecho, buena parte de sus poderosos industriales no están de acuerdo con el ritmo de apertura que tiene el gobierno de Jair Bolsonaro, ya que sostienen que generará un fuerte impacto negativo directo en el sector de los electrodomésticos, la electrónica y en todo el bloque automotriz.

De la vereda de enfrente se encuentra Corea del Sur. Un país que representa la 5º mayor economía exportadora en el mundo, con ventas que el año pasado superaron los 600.000 millones de dólares (más que todo nuestro PBI), con un superávit comercial de más de 120.000 millones de dólares. Pero ello no es lo más importante; lo que tendríamos que tomar nota es que ha sido el 6to país en términos de exportación de valor agregado y tecnología, de acuerdo con el Índice de Complejidad Económica (ECI). Un monstruo que le vende al mundo Circuitos electrónicos integrados, Automóviles y Camionetas para turismo y competición, y Transatlánticos tipo cruceros o buques cargueros, entre otros. Y que además te agregan en el paquete el kown how con toda la rama de servicios que se nos pueda ocurrir: sistemas y telecomunicaciones, la enseñanza en la operatividad en la construcción y la ingeniería civil, o los servicios financieros. Por la nada despreciable cifra de 90.000 millones de dólares anuales.

Con Asia (China a la cabeza), Estados Unidos y Europa como principales socios comerciales, parece claro que no buscan en el potencial TLC con el Mercosur nuestra industria de ¿alta? tecnología con valor agregado. No hay que ser un genio para entender que quieren reproducir el escenario ‘centro-periferia’, tal cual lo intenta hacer la Unión Europea y la mayoría de quienes observan a nuestra región, sin necesitar una gran lupa, como un proveedor inigualable de materias primas de largo plazo. Y punto. La pregunta que surge una vez más es. ¿Es esto lo que queremos? Y de ser así, ¿trabajaremos unidos con nuestros socios para potenciar nuestros intercambios? Hasta el día de hoy, la historia ha demostrado que las respuestas a ambas preguntas conllevan un tinte con tonos que van del gris al negro. Para no decir al negro oscuro.

Como último punto, no quería dejar de recalcar que el sector externo es una parte importante de la economía, pero no lo es todo. Sobre todo, y para no ahondar en detalles, si el crecimiento económico que el mismo conlleva no redunda en una sustentable redistribución de la riqueza. Porque todos los países del Mercosur han crecido en los últimos 30 años, en mayor o menor medida. Pero la desigualdad y la pobreza, con sus consecuencias sociales, continúan allí, a la orden del día.

Sino reflexionemos sobre las palabras del todavía Ministro de Economía de Brasil, el neoliberal Paulo Guedes, quien dijo recientemente que Brasil “no quiere convertirse en una Argentina, y por eso seguirá por el camino de la prosperidad, abriendo su economía en un marco de estabilidad fiscal”. Con este vocabulario poco diplomático no solo aleja la posibilidad de trabajar para con un Mercosur cohesionado, sino que además nos deja en el tintero la pregunta sobre qué se entiende realmente por prosperidad. Porqué si se refiere a eliminar verdaderamente la pobreza, hace tiempo que Brasil perdió el camino. Con un Coeficiente de Gini por encima del 0,5 que lo hace uno de los países más desiguales del mundo, ni las mejoras marginales (muy marketineadas como el desarrollo de una ‘nueva clase media’ brasileña) generadas por el PT, pudieron eliminar la pobreza estructural y las problemáticas socio-económicas de la mayoría de los brasileños.

Tampoco se reflejan en la reciente manifestación del Ministro de Relaciones Exteriores de Paraguay, Antonio Palacios, que en el marco de la Presidencia Pro Témpore Paraguaya, indicó que “el foco del Mercosur era lograr resultados concretos y tangibles en áreas que tengan una incidencia directa en el día a día de la gente, para mejorar sus condiciones de vida y ofrecerles oportunidades reales; en definitiva, un bloque de integración entre países hermanos que buscan la prosperidad de sus pueblos”. Menos mal. Después de más de un siglo de miserias para las mayorías guaraníes, ya era hora. Aunque conociendo la historia y el presente del Partido Colorado y su casta política, difícilmente reine la igualdad y el progreso colectivo; un país que oficialmente sostiene la existencia de un 23,5% de pobreza, pero que todos los indicadores de pobreza multidimensional medidos por consultoras con cierta independencia explicitan que por lo menos es el doble de esa cifra.

Ni que hablar de Uruguay, donde a pesar de 15 años de gobierno progresista del Frente Amplio, uno de cada cinco niños nacen hoy en la pobreza. Además, las tasas de dislexia, obesidad y déficit de hierro se comparan a las de países tres veces más pobres, según datos del propio Ministerio de Salud Uruguayo. A ello hay que agregarle que solo el 40% de los estudiantes concluyen la educación secundaria, que la tasa de desempleo ronda el 10%, y los homicidios y los robos violentos se incrementaron un 53% en 2019 en relación al año anterior, según datos del propio Ministerio del Interior. Números dantescos para un país que solía ser catalogado de alta paz social e institucionalidad. Pero que por lo bajo, ni los crecientes ingresos de la agro-exportación, ni una macroeconomía relativamente estabilizada, pueden ocultar.

Para concluir, quería tomar el análisis del filósofo francés Alain Badiou, que explicita la expansión de un mundo con permanentes procesos de fragmentación en identidades cerradas, lo cual lleva a planteos tales como “que sólo un homosexual puede entender lo que es ser homosexual, un árabe lo que es un árabe, etc.”. Aquí podríamos realizar un paralelismo contrafáctico de la macropolítica y pensar si, algún día, un presidente de un país del Mercosur comprenderá cabalmente al propio Mercosur, con sus necesidades, objetivos, potencialidades e intereses. Donde además la política económica exterior se conjugue con diversas variables y sectores del entramado económico, social y productivo doméstico. De no ser así, continuaremos como hasta el día de hoy, ‘boyando’ en los simplismos de variables macroeconómicas seleccionadas que lejos están de cumplir los deseos de los padres fundadores y, por sobre todo, de las verdaderas necesidades de sus respectivas sociedades.

Eterno resplandor de una mente sin recuerdos

Pablo Kornblum para Ámbito Financiero – 27-04-2020

https://www.ambito.com/opiniones/coronavirus/el-dia-despues-del-coronavirus-eterno-resplandor-una-mente-recuerdos-n5098517

“Solo una crisis – real o percibida – da lugar a un cambio verdadero”, afirmaba Milton Friedman en el prefacio a la reedición de 1982 de Capitalismo y libertad. Mientras  habrá tiempo para discutir el verdadero origen del ‘virus chino’, como indica Mr. Donald Trump, es momento de mirar hacia adelante. Y la mejor forma de anticipar el futuro, como ha sido siempre, es comprender y analizar lo ocurrido en el pasado. Porque mientras el proteccionismo y las guerras mundiales derivaron en la creación de la carta de derechos de la ONU y los Organismos Trasnacionales, o la crisis del 2008 conllevó a un mayor control de los flujos financieros a nivel global, seguramente el coronavirus obligará a los Estados a encontrarse mejor preparados ante una potencial futura pandemia.

Al día de hoy observamos impávidos voluminosos paquetes fiscales, garantías de créditos y reducciones de tasas a través de la inyección de recursos de las mayoría languidecidas arcas estatales en todo el planeta; por ende, si hay algo que aprendimos es que el día después nos refuerza que es mejor prevenir que curar. Que el no producir los elementos de salubridad, con la capacitación adecuada por el tan mentado ‘capital humano’, es sinónimo de dependencia y mendicidad; en este sentido, la heterogeneidad estructural representada en los viejos paradigmas de desarrollo y subdesarrollo encuentran formas donde la inequidad productiva, institucional y social se conjugan en cada rincón del planeta.

Que tampoco hay margen para con un endeudamiento descontrolado, dado que ante la complejidad del mundo en que vivimos, nos tenemos que encontrar siempre erguidos en nuestro posicionamiento diplomático. Los Estados no perecen, de la crisis económica siempre puede salir – con enormes costos sociales, por supuesto -, pero los pueblos como conjunto suelen resistir y la geopolítica prevalece a lo largo del tiempo. Lo entiende y lo maneja al dedillo el presidente Vladimir Putin, que prefiere perder dinero poniendo un barril de crudo más barato, con el mero objetivo de poner de rodillas al Shale Oil estadounidense en medio de una crisis sanitaria y de letalidad sin precedentes.

Aquí se torna necesario insistir nuevamente en la protección y conquista de los recursos naturales estratégicos. En un mundo que no se va a cerrar totalmente, pero donde los resquemores proteccionistas van a resurgir en su arista economicista – ya desde la perspectiva geopolítica el multilateralismo agresivo se viene desarrollando fuertemente desde principios del corriente siglo -, con importantes consecuencias para la macroeconomía global. Y no solo me estoy refiriendo a los potencialmente lógicos aranceles fitosanitarios; sino, y principalmente, a aquellas lógicas de mancomunidad financiera internacional que quedarán heridas de muerte. Sino pregúntenles a los ‘irresponsables’ italianos, que ni en estos tiempos de pandemia han tenido la piedad de sus socios comunitarios de los Países Bajos, quienes le reclaman por su falta de eficacia macroeconómica y se niegan a aprobar la ayuda de rescate de la Unión Europea.

Más aún, la ausencia de coordinación global no es solo europea o pertenece exclusivamente al escenario de la estatalidad. Desnuda una realidad que ya hace tiempo se visualiza tras bambalinas en la arena internacional: las Organizaciones Trasnacionales son, siendo generosos, al menos ‘tibias’ a la hora de reaccionar ante contextos de real complejidad. Cuando se habla de pandemias, refugiados o miseria extrema, solo proveen las ‘caricias’ permitidas por los actores estatales que los financian y están dispuestos a involucrarse verdaderamente en la ayuda fronteras afuera por las causas más nobles – lo cual es inversamente proporcional al incremento de la crispación interestatal -; en definitiva, solo mantienen su careta post-segunda guerra mundial ‘pour la galerie’.

En términos del dilema financiero – el cual, con vida propia no cambiará su lógica depredadora y oportunista -, el desacople mayor se observará en las cadenas de producción global de la economía real. Las principales firmas multinacionales, que tienen su producción distribuida a lo largo y ancho del planeta con un criterio de maximización de productividad por escala y reducción de costos operativos, de aquí en más tomarán mayores recaudos. Por un lado, buscando producir, principalmente, en aquellas geografías donde la capacidad de respuesta ante este tipo de eventos sea mejor; y por supuesto, donde exista mayor flexibilidad para huir más rápidamente en caso de que la gravedad de la situación lo amerite.

A nivel doméstico, el ‘shumpetearismo’ en su versión salvaje se va a disolver como arena entre los dedos, si realmente se quiere un capitalismo que sobreviva a las tensiones sociales inherentes a su concentración y desigualdad. En este sentido, sin una ‘clase media’ cada vez más reducida y agobiada – sobre todo luego de estas crisis mayúsculas – en su rol de ‘buffer’ de contención microeconómico de las masas empobrecidas, los cimientos del sistema tambalearían de una manera abrupta. Por supuesto, cada Estado manejará el sistema económico según su idiosincrasia, su cultura, su historia. Por ejemplo, mientras que en algunos países se discute si priorizar la ayuda social directamente o brindar beneficios a las empresas en una primera instancia, en otros, como Polonia o Dinamarca, se ha excluido del paquete de ayuda económica a las empresas que coticen en un paraíso fiscal.

Como contraparte, en términos de ‘colaboración’, se continuará observando a distintas empresas del sector privado con voluntad de aportar bajo la ya tan mentada Responsabilidad Social Empresaria; dispuestos en muchos casos a fabricar insumos críticos de acuerdo a la propia demanda del Estado nacional, quien tomará las riendas nuevamente con su rol inexorable de organizador y hacedor de la vida económica. En este aspecto, queda claro que la reconversión productiva por altruismo (de universidades, cooperativas, organismos del Estado), y de una parte del sector privado productivo (por conveniencia y necesidad), han sentado un precedente ante una potencial nueva pandemia u hecho catastrófico.

Los más débiles de la pirámide social, las mayoritarias y empobrecidas clases trabajadoras deberán indefectiblemente adaptarse (si, una vez más a costa de ellos mismos, como nos enseñó el menemismo en los 1990’) para las tareas del futuro. En este sentido, habrá que buscar su ‘ser indispensable’ y formarse técnicamente con suficiencia en aquellos lugares donde la automatización y la generalidad no encuentran asidero. Las áreas de servicios o producción de capital esencial para cuidar la salud y el medio ambiente, o por contrario las ‘más oscuras’ industrias de la guerra y el control social, serán las vedettes de aquellos que quieran estabilidad y crecimiento económico y profesional. Simplemente para no terminar con ocurre hoy en día con los trabajadores agrícolas rumanos, que con el fin de la cosecha por la pandemia, el gobierno alemán no los ve como esenciales y se encuentran sujetos a una deportación digna de una novela distópica.

Tampoco esperemos la revolución proletaria. Aunque los trabajadores chinos de máscaras N95 se conectan con las enfermeras de la ciudad de Nueva York, y los trabajadores de Amazon en Europa se vinculan con los conductores de camiones en Sudamérica con el fin de todos juntos trabajando y produciendo colaborativamente para poder salir de esta pandemia, lo único que ruegan es estar sanos y que está recesión global no ‘les toque el bolsillo’ para poder llegar a fin de mes cobrando su salario (muchas veces indigno). Muy lejos de las ideas de mancomunidad global de la ‘internacional socialista’, pero muy cerca de la teoría de ‘no vinculación’ de la clase trabajadora global propuesta por el economista griego Arghiri Emmanuel. Quien también, aunque haya escrito hace más de medio siglo, se encontraba en lo cierto cuando afirmaba que, contrariamente a lo expuesto previamente, a las elites políticas se les amoldarán las elites económicas que, como una masa sólida sin fisuras, querrán salir indemnes y al menos mantener sus privilegios, cualesquiera sea el escenario que derive de esta pandemia. ¿Y si aunque sea se intenta con un impuesto extraordinario y progresivo a la riqueza, que afecta a ese porcentaje mínimo de población privilegiada? Es más que difícil atacar ciertos privilegios; hay que tener mucho coraje y espalda política para hacerlo. Aquí y en cualquier lugar del mundo.

Por supuesto, no podemos dejar de mencionar el rol creciente – y ahora más tolerado socialmente – del Estado como un ‘gran hermano’ que controla todo. En términos económicos, los Gobiernos de las diversas extracciones políticas han puesto sobre la mesa enormes recursos financieros para compensar los efectos de la crisis. Como pasa en los momentos donde la dinámica de la normalidad prevalece, el Estado, por acción y reacción, toma el lugar donde el mercado (por la misma acción pero en sentido inverso), se retira. No será así a futuro. El Coronavirus ha sido la estocada final para la promoción de un neoliberalismo agresivo que ya no tiene asidero.

Lo que sí es seguro es que el Estado presente, requerirá de alineamientos más fluidos e inmediatos en los distintos niveles de gobierno. Los errores de coordinación, inadmisibles ante escenarios críticos, se han visualizado en varias regiones de la tierra. En el caso de Estados Unidos, por ejemplo, la falta de centralización en las compras de respiradores ha llevado a una competencia inútil a distintos Estados locales para obtener este u otros insumos críticos. Por otro lado, la gestión del Coronavirus en Sudán ha producido un aumento de las tensiones entre los políticos civiles y los militares que conforman el Gobierno de Transición, lo que deja latente la posibilidad de un golpe de Estado. O mismo en Brasil, donde las peleas entre el Presidente Jair Bolsonaro con muchos de los gobernadores y el mismo (ahora ex) Ministro de Salud, terminan siendo más bizarras que las novelas del atardecer de la cadena O’Globo. Por supuesto, con miles de muertos sobre sus espaldas. Y en la vida real. En definitiva, cada gobierno hace lo que puede y como quiere. O como le permite una ideología social construida a lo largo de su historia.

En términos políticos, las elites gubernamentales ya lo tienen todo para desarrollar la excusa del enemigo externo (visible, como podría ser el inmigrante, o invisible, como el coronavirus, donde cualquier foco de epidemia implicará un cierre de fronteras inmediato), para saber que ocurre en cada momento y en todo lugar; ello inevitablemente generará la posibilidad sine qua non de perpetuar el statu-quo. El fino límite de la ‘libertad condicional’ y la seguridad ciudadana será la potencial discusión – donde la cultura y/o el poder de coerción -, lo permitan. En Nigeria ya se ha visto de la peor manera: las fuerzas de seguridad han asesinado al menos 21 personas de manera extra-judicial mientras hacían cumplir las medidas de confinamiento.

En definitiva, y tal como ocurría en la película “Eterno resplandor de una mente sin recuerdos”, donde la pareja de protagonistas borran todos sus recuerdos para no estar juntos, pero al final sienten una extraña necesidad y se vuelven a encontrar para comenzar otra vez la relación, podemos decir que la humanidad ha borrado de su memoria muchos de los errores que ha cometido en el pasado. Esperemos que, el post-coronavirus, a diferencia de la obra maestra de Michel Gondry, nos permita de una vez avanzar hacia adelante, teniendo en claro que la vasta experiencia es más que suficiente para hacer las cosas bien y no tener que comenzar nuevamente desde las cenizas de la tierra arrasada, muy bien representada por esta pandemia. Porque como dice un viejo refrán de guerra, para vencer al enemigo, lo primero que hay que hacer es conocerlo. Parece que hasta el día de hoy, como se ha descripto, el problema es que el principal enemigo del humano no es el Coronavirus, sino la inmoralidad de su propio ser.

Errar es humano, perdonar es divino

Pablo Kornblum para Ámbito Financiero, 13-04-2020

https://www.ambito.com/economia/mundo/errar-es-humano-perdonar-es-divino-n5095239

Hace 30 años, caía el muro de Berlín y nos disponíamos a, teóricamente, comenzar una nueva historia; aquella que nos embebería en un mundo capitalista, abierto, democrático, cooperativo. Eso era lo que pregonaba el ganador de la ‘guerra fría’ y gran superpotencia mundial, los Estados Unidos de Norteamérica. Extraño, pero necesario para con sus intereses particulares. Extraño porqué en ningún momento la historia de la humanidad había sido homogénea desde lo productivo, lo económico, lo cultural, lo político, o lo moral. Pero necesario porque el objetivo era expandir el neoliberalismo globalizador – con el marketing del payasito como solo ellos lo saben hacer -, para dominar al mundo como siempre lo han promovido desde su ingreso a las arenas de poder global a finales del siglo XIX: a través de la acumulación de capital con rostro estadounidense. Por supuesto, con el impávido soporte de sus fuerzas armadas.

Pero su lógica en pos de la eternidad sistémica con dominio propio, se ha quebrado en solo tres décadas. Para comenzar, su objetivo principal era reforzar su per se económico. Por ello promovieron, como eje central, el detrimento del rol del Estado. Por supuesto, el rol de los otros Estados, no el de los Estados Unidos de Norteamérica. En este sentido, bajo la lógica neoliberal buscaron que las privatizaciones, junto con la liberalización comercial y financiera, fueran el sine qua non de las políticas económicas en cada rincón del planeta. Queda claro que además se pedía equilibrio fiscal, tipos de cambios competitivos, tasas de interés razonables, etc.; pero la realidad es que el resto de las variables eran más parte de una consecuencia del devenir diario, que de un programa macroeconómico sólido de largo plazo.

En tanto a la venta de los bienes públicos, se le puede preguntar a la mayoría de los ciudadanos rusos si mejoró su calidad luego de que privatizaran la mayor parte de los activos estatales. Seguramente las muecas de disgusto serán más que elocuentes. También podemos hablar del fracaso de la liberalización comercial, ya que mientras se dinamizó generó principalmente un proceso de concentración económica que favoreció a los mismos oligopolios de siempre; no obstante y como si fuera poco, hoy volvimos a una época de proteccionismos bajo nacionalismos ideológicos cada vez más irascibles. Y si nos referimos a la falta de obstáculos financieros, no existe ningún análisis que resista su falta de efectividad: crisis del sudeste asiático en los 1990’ y global en el 2008 (podemos agregar la de nuestro país en 2001), derrochero de paraísos fiscales, fondos buitres esperando devorar como carroña los bonos soberanos de los países mal llevados, etc. Todo ello, vuelvo a repetir, ha sido una causalidad de la pérdida (o peor aún, de la complicidad) de poder real de la mayoría de los actores gubernamentales.

También fueron por la cultura. Mejor dicho por la no cultura. Lo único que el resto de los gobiernos debía hacer era incentivar el consumo, sobre todo de aquellos productos estadounidenses. Y sino tenían el paladar occidental, los bienes y servicios se podían adaptar al deseo local. Y si no eran estadounidenses, que los insumos ‘Made in USA’ por lo menos sean partícipes en algún punto de la cadena de valor global. Y así podemos continuar.

Sin embargo, el fanatismo por el consumo no mermó los intereses nacionales, que jamás desaparecieron. China, Rusia, el otrora comunitario Gran Bretaña, el papá de Europa Alemania, Japón y otras naciones que algunos denominan ‘potencias medias’ (Turquía, Brasil, etc.), quisieron sacar provecho para con el desarrollo de un capitalismo a su medida buscando, por un lado, mejorar permanentemente su posicionamiento geoeconómico relativo a través de la disputa de mercados y recursos; pero además, han intentado generar políticas que pudieran lograr la difícil tarea de equilibrar la inversión con el ahorro, el consumo público con el privado, la extranjerización con las tercerizaciones pro mercados domésticos, junto con una diversidad de dilemas de enorme complejidad para la cantidad de intereses contrapuestos a nivel intra e interestatal. En definitiva, embebidos en demandas crecientes de sus propias ciudadanías y mellados en sus capacidades, el ‘Multilateralismo de guerra’ desató una disputa sanguinaria entre los diversos actores estatales.

La religión tampoco debía ser un obstáculo. Y no era que el protestantismo no tenía el suficiente poder a nivel global para llevar ‘de la mano’ (o de las narices mejor dicho) al capitalismo. Sino que, contrariamente, la modernidad hacia que el fervor dogmático perdiera su fortaleza buscando ‘adaptarse’ a la lógica del consumo sistemático. A su vez, el desaire que había causado un comunismo anti-religioso que, dominando a la mitad del planeta por medio siglo, le había fallado hasta sus propios soñadores de utopías. Por ende, en el conjugar de la derrota moral y económica, también se introducían las creencias dentro de la misma bolsa del ‘equipo de los perdedores’. Un momento propicio para encontrarse del otro lado del mostrador, cerca de dios.

Pero contrariamente a lo esperado, el credo también le ha jugado una mala pasada al capitalismo democrático occidental con rostro estadounidense. Islamismo, Confucianismo o el propio  Cristianismo Ortodoxo, se han revitalizado – cada uno a su manera, bajo un rostro diferente -, poniendo énfasis en valores que, si bien no desafían a la lógica del capital, colocan sobre el tapete formas de vida (y de gobierno) que terminan obstaculizando la fluidez sistémica que requiere la no intervención divina de los asuntos terrenales promovidos por la dinámica del mundo económico y financiero trasnacional.

Como conjunción, podemos afirmar que el mundo de las ideologías de hoy se encuentra en oposición – a veces diametralmente – a la lógica homogeneizadora; nos encontramos con reclamos particulares de grupos que promueven cambios contra un statu-quo que, queda claro, representa en la mayoría de las ocasiones los intereses de unos pocos: el deterioro del medio ambiente, la desigualdad creciente entre el 1% contra el 99%, la lucha por los derechos de las otrora minorías, o los miedos hacia lo extraño (inmigrantes, virus), son algunos de los ejes de disputa de quienes tienen deseos de vivir por fuera de las normas establecidas.

Para resumir lo expuesto, podemos decir que probablemente nos encontremos en un nuevo punto de inflexión dentro del ‘Sistema Mundo’. Los golpes recibidos por el modelo implementado bajo el “Consenso de Washington” a finales de los años 1980’, lo llevan a languidecer desde la perspectiva económica, política y social. El Covid – 19 ha sido el corolario de una dinámica observada en los últimos treinta años, donde la velocidad de los cambios generados principalmente por la aceleración del propio ritmo tecnológico, nos asientan bajo un paradigma global diferente.

El mismo, como eslabón final de una cadena de desaciertos de lo pretendido por el imperio décadas atrás, nos augura un futuro donde seguramente el instinto de supervivencia, racional y egoísta, se oponga a los deseos de libertad que requiere el neoliberalismo. Ello se ha replicado claramente a nivel estatal, donde hasta en los países ‘más desarrollados’ se han realizado confiscaciones de respiradores cuando estaban a punto de salir de sus aduanas hacia su destino final.

También quienes en el mundo desarrollado pensaban que el terrorismo era su único enemigo – el cual se podía controlar, cercenar y encausar con ingentes recursos para con el aparato de seguridad del Estado -, ahora recibieron un segundo golpe.  Quienes no están acostumbrados a las vidas agitadas con las cuales si convive la mayoría de los ciudadanos de los países pobres del mundo, difícilmente no piensen que algún otro dilema de diferente índole pueda ocurrir en cualquier otro momento. ¿Después de los atentados y los virus mortales, que seguirá en la lista?

Bajo este marco situacional, los Estados nacionales tratan de enfrentar la situación epidémica respetando al máximo los mecanismos del Capital, aunque la naturaleza del riesgo los obliga a modificar el estilo y los actos de poder. Una gran crisis económica, y esto es capitalismo señores, implica que los números no cierran y hay que despedir personal. No importa el cómo, el porqué, el esperar, proponer una reducción de salario, nada. Ya sabemos quién ganó el partido economía vs. salud. O mejor dicho, en que momento el mercado le termina torciendo el brazo a un Estado que, mientras debe intentar mantener la salubridad de su población, necesita manejarse con quirúrgico equilibrio para que no se desmorone un sistema de acumulación que, nos guste o no, se encuentra profundamente arraigado en cada gran empresa, cada Pyme, cada trabajador.

Me permito mirar más allá. Probablemente el futuro implique vivir bajo un Estado panóptico, con enorme poder de control y coerción a través de la vigilancia digital; autoritario, paternalista y celoso de sus posesiones, pero lejos de la necedad. Construyendo poder para contener sociedades cada vez más informadas, con políticas redistributivas sectoriales para satisfacer medianamente las necesidades de los grupos particulares, y mejor preparados para la ocurrencia de eventos extraordinarios (guerras, pandemias, desastres naturales). Queda en signos de interrogación, como diría un colega amigo, si no estaremos avanzando hacia el peor de los mundos. Un sistema económico que acentuará la lógica del individualismo capitalista salvaje, en conjunción con un sistema político comunista que, en lugar de parecerse a una verdadera democracia con control popular bajo el lema de la equidad, se asemeje a una dictadura salvaje y violenta.

Finalmente, quisiera concluir el artículo preguntando sobre aquellos que han pregonado el fin de la ‘historia’. Porque los argentinos, si de algo pecamos, es de olvidar el pasado; lo que, indefectiblemente, nos ha conllevado a volver a cometer los mismos (groseros) errores. Por ende, y en este caso sin ser misericordiosos, podemos entender que ‘errar es humano’ para quienes tras la caída del Muro de Berlín, arrogaban el haber alcanzado el destino final paradisiaco para la humanidad toda. Sin embargo, y ante la evidencia pragmática de una historia que refleja el empeoramiento de las desigualdades y la calidad de vida de las mayorías en cada rincón del planeta, podemos afirmar que las miserias y sus consecuentes derivaciones creadas con sus políticas adrede, solo merecen el perdón de dios.

El coronavirus y su propia película ¿Y dónde está el Estado?

Publicado en el diario Ámbito Financiero el 31-03-2020

https://www.ambito.com/opiniones/pandemia/el-coronavirus-tiene-pelicula-propia-y-donde-esta-el-estado-n5092202

Muchos de los que contamos algunas décadas en nuestro haber, hemos disfrutado la sátira cinematográfica ¿Y dónde está el piloto?, la cual se desarrollaba en un avión y en donde  ambos, piloto y copiloto, se habían intoxicado y no había quien aterrizara la aeronave. Un atinado paralelismo con la actualidad global, donde una pandemia inhóspita ha desnudado no solo las capacidades o incapacidades de los gobiernos de turno, sino también lo lábiles e inefectivas que son ciertas ideologías de gran exposición mediática. Ni que hablar de su dudosa moralidad.

Pero primero debemos diferenciar la coyuntura de la pandemia con el escenario de crisis sistémico, altamente dinámico y con altibajos en cuanto a su profundidad: hace décadas que vivimos un proceso de creciente desigualdad socio-económica global, acompañado por un irrefrenable deterioro medioambiental. La pregunta lógica que nos deberíamos hacer es por qué no ha desatado ello un punto de inflexión – o mejor dicho reflexión -, como esta pandemia del Coronavirus que ha ‘movido el avispero’ de las ciencias sociales.

Por un lado, simplemente porque en los dilemas histórico-estructurales ‘todo pasa’, los problemas se suavizan con un buen partido de futbol por televisión, unos mates en familia o un asado con amigos; o sea, nada que la mayoría de los argentinos no pueda hacer. Por otro lado, existe un proceso de normalización de la situación: es lo que nos tocó, podría ser peor, poseo bienes no materiales como el afecto de quienes me rodean. Por último, vivimos bajo el ‘poderío mediático’ promotor de una lógica que pregona el esfuerzo individual que dictamina los bienes que poseemos, que la polución y las pandemias han existido y existirán siempre, o que cada uno debe ser feliz con lo que tiene.

Sin embargo, la característica de esta pandemia es que es horizontal e inter-clasista, tanto  en términos inter como intra-nacionales. En cuanto a lo primero, los potencias desarrolladas de occidente esta vez no han podido demostrar su superioridad en tanto a la capacidad de respuesta ante la pandemia y ningunear, como lo han hecho a lo largo de la historia, al resto del mundo en inferioridad de condiciones: que el Ébola ocurrió por la falta de higiene africana, que el quiebre financiero que impactó en el sistema de salud griego se debió a sus ‘vagos’ ciudadanos, o que los corruptos gobiernos latinoamericanos siembre se ‘robaban’ los recursos destinados a la vital infraestructura sanitaria.

Por su parte, fronteras adentro, un sistema desbordado para toda la ciudadanía no deja un gran margen de resguardo en términos de salubridad para las clases que suelen ser privilegiadas a la hora de la atención. Solo cuentan con una ventaja, no menor: la suficiente espalda económica para soportar una larga cuarentena en el confort de sus hogares.

En este sentido, no podemos dejar de destacar la siempre presente ‘puja de intereses’, en la cual mientras las mayorías – incluidas las Pymes, los profesionales, los que viven de la economía informal – intentan desesperadamente capear una caída sustancial de la economía real, las elites económicas buscan socializar una crisis de enormes magnitudes: ya sea con pedido de socorro/subsidios al gobierno, o buscando una reducción salvaje de costos – por supuesto despidiendo personal a mansalva, como lo ha realizado recientemente la empresa más relevante de la industria nacional -.

Un caso emblemático es el de la más grande compañía chilena de aviación, la cual, luego de ‘pelear a muerte’ las paritarias con sus empleados – aun cuando han tenido ganancias corporativas extraordinarias con una utilidad neta de 310 y 190 millones de dólares en 2018 y 2019 respectivamente -, ahora le ruegan a sus trabajadores ser socios cómplices en las pérdidas.

Dado el escenario descripto, en lo único que hay unanimidad al día de hoy en la consideración global, se puede resumir en una pregunta. ¿Y dónde está el Estado? O mejor dicho, podríamos intercambiarlo por una exclamación, dado el requerimiento pragmático de una coyuntura que asfixia: ¡Quiero más y mejor Estado! Aunque es difícil reflexionar en momentos en donde prima la necesidad de actuar con rapidez, estos son los contextos diferenciadores en los que el análisis ideológico nos da muestra de su verdadera utilidad.

No voy a poner el foco en los ya desaparecidos anarquistas, que con el crecimiento demográfico se vieron obligados a recluirse, diluidos en reclamos particulares, bajo otros posicionamientos ideológicos. Pero si me voy a referir a los tan mentados liberales, que han denostado cualquier tipo de política gubernamental activa bajo la harto conocida discursiva del gobierno corrupto e ineficiente en su totalidad – cuando no el famoso, ¿Y dónde están mis impuestos? -, y al día de hoy han quedado semi-enmudecidos ante el crecimiento exponencial del Covid-19.

Hasta los gobiernos más conservadores han desempolvado los libros keynesianos para realizar desesperadas políticas fiscales y monetarias expansivas para el durante y la post-pandemia. Aquellas que no solo financian las variables básicas para el funcionamiento de una sociedad, sino que además inyectan recursos económicos para el más eficiente accionar del sistema público de salud, promueven la investigación y desarrollo para detectar los enfermos y encontrar las vacunas, dotan de medios a las fuerzas de seguridad para hacer cumplir la cuarentena, y hacen posible el despliegue logístico de las fuerzas armadas para con el abastecimiento de insumos a lo largo y ancho del país; en definitiva, los héroes anónimos que representan a un Estado que, ni más ni menos, debe hacer cumplir el contrato social y, en este caso de zozobra particular, debe velar con vehemencia por la salubridad de toda la población.

Los neoliberales podrán responder que está situación de pandemia es una ‘excepcionalidad’ y que, una vez que finalice la pandemia, todo vuelva a la ‘normalidad del mercado’. Y podrían citar el ejemplo de Australia: luego de la crisis financiera global del año 2008, el ejecutivo decidió realizar enormes inversiones en infraestructura y el otorgamiento de créditos hipotecarios y productivos con una enorme flexibilidad para salir rápidamente de la crisis. Y una vez que pudieron capear el temporal, volvieron a dejar en manos del sector privado gran parte de su per se orden ‘liberal’.

Como diría algún fanático de los fierros, los grandes corredores se conocen en los circuitos con curvas sinuosas, y no en las rectas donde saca ventaja el que posee el mejor auto. En este sentido, es el Estado el que siempre está en los momentos difíciles, y tomando el ejemplo previo, fue en su momento el gobierno australiano el que comandó la situación, y no el mercado. Como pasó en el crack de 1929’, la crisis financiera de 2008’, etc.

Sin embargo, este no es el punto más importante para rebatir las ideas neoliberales. El argumento central es que la defensa del interés colectivo se construye a lo largo del tiempo y no de un día para el otro, como nos han acostumbrado los fondos especulativos que realizan rápidos movimiento para lograr un alto rendimiento de corto plazo. La infraestructura necesaria para el desarrollo tecnológico, la educación colectiva de calidad para una sociedad pensante, o la investigación vinculada a la producción que mejore la calidad de vida, no se construye en 1, 5 o 10 años; requiere décadas de trabajo de un gobierno, para y por el bien común.

Nadie niega que el sector privado también trabaje a la par, colabore, asista ante la crisis que todos estamos padeciendo. Algunos cederán partes de sus ganancias, otros apelarán a la Responsabilidad Social Empresaria, la mayoría solo intentarán mantenerse a flote, y algunos les pagarán los sueldos completos a sus empleados. Pero seguramente no en pocos casos, los que puedan intentarán aprovechar este momento de incertidumbre y temor para sacar su ‘tajada’ económica en beneficio de su propio negocio. Por ello debe quedar claro que la diferencia es que su objetivo es el lucro, y no el estar preparado para salvar la vida de toda una sociedad. Y esto no va a cambiar porqué es el per se de la lógica que fomenta el éxito individual como propósito previo al derrame de riqueza y el bienestar colectivo.

Para otra ocasión quedará analizar el porqué del ‘triunfo simbólico’ contra el virus de los Estados paternalistas, controladores y desarrollados, como es el caso de China, Corea del Sur o Japón; el futuro de las relaciones inter-estatales con la preeminencia del ensimismamiento y la escasa cooperación inter-estatal como eje (como gran ejemplo tenemos el caso de la Alemania de Ángela Merkel, quien prohibió de cuajo cualquier tipo de exportación de equipamiento médico); el posicionamiento ante la puja distributiva (con la marcha atrás de Jair Bolsonaro incluida, quien ante la presión ciudadana en horas tuvo que anular el decreto que permitía a las empresas dejar de pagar cuatro meses de salarios); o el venerar fanáticamente al ‘dios capitalismo’ (“El cierre de la economía de EE.UU. puede causar más muertes que el coronavirus”, en palabras de Mr. Donald Trump).

Lo que no ha dejado ninguna duda esta lucha contra el Coronavirus es la vitalidad y el rol trascendental del Estado. Y como contrapunto, la pérdida de argumentación de los que viven aborreciéndolo. Ahora es tiempo de mirar hacia adelante, pensando solo en generar las herramientas y capacidades para hacerle frente a esta pandemia. Pero cuando todo esto termine, debemos tener la suficiente memoria histórica para sentar las bases de una racionalidad futura que nos permita estar mejor preparados para, dios no quiera, tener que enfrentar una próxima pandemia.

Externalidades (y algunas miserias) globales derivadas del Coronavirus

Pablo Kornblum para Ámbito Financiero, 18-03-2020

https://www.ambito.com/economia/economia/coronavirus-el-impacto-los-mercados-y-las-miserias-globales-derivadas-n5089235

Ante la pandemia global que estamos viviendo, que para el mundo capitalista occidental más desarrollado es prácticamente una película apocalíptica impensada de terror, las externalidades generadas son de las más variadas: algunas muestran el rostro más humano y condescendiente de la especie; otros la avaricia y el aprovechar al máximo posible la situación, muchas a veces a costa de los que más sufren.

Empecemos con los héroes. Aquellos que ponen el cuerpo en las áreas de la sanidad, los denostados científicos que buscan una cura lo más rápidamente posible, los trabajadores de maestranza que se encargan de limpiar sobre lo limpio, los cajeros de los supermercados que se encuentran en contacto con cientos de personas diariamente para proveerles sus productos esenciales. Esos asalariados, desde los que requieren más educación hasta los que ponen su ‘fuerza de trabajo’, son los que sigilosamente han ido perdiendo participación en la distribución de la riqueza global, bajo el marco de un sistema que premia primaria y primordialmente la reproducción y acumulación del capital físico y – sobre todo – financiero. Para ser sinceros, perdieron en lo económico, y seguramente seguirán perdiendo. Llego la hora de que pasemos de  la satisfacción del reconocimiento ético, condición ‘necesaria pero no suficiente’, a una premiación de tinte material.

En consonancia, una vez más se les pide a los gobiernos que respondan para solucionar el caos. Es interesante porque las mayoritarias clases medias, medias-bajas y bajas, pasan la vida reclamando una gasa en un hospital, la posibilidad de tener una educación de calidad, obtener ingresos suficientes para acceder a alimentos nutritivos, o que sean elegibles para que se les otorgue un crédito y puedan adquirir un hogar o desarrollar un emprendimiento. Pero cuando la problemática impacta en los que más tienen, las clases altas y medias-altas acomodadas que se encuentran hoy en una posición de ‘horizontalidad’ en términos de capacidad de respuesta sistémico, salen a la luz los trasfondos de las miserias ocultas mientras ellos no necesitan – y sobre todo les encanta denostar -: los servicios públicos y el rol del Estado en general. Italia es un claro ejemplo: muchos se acuerdan ahora, cuando en su momento lo aplaudían, los recortes en el área de la salud – había que cumplirle la promesa a Bruselas de disminuir el déficit fiscal del 2,9% en 2019 a 2,2% en 2020, 1,8% en 2021 y 1,4% en 2022 -. Que quede claro: nadie habla de potenciar un Estado ineficiente o corrupto. Pero lamentablemente, parece que se necesitan de estas crisis para gestar un punto de inflexión que genere conciencia de la relevancia de un servicio público bien acondicionado para contrarrestar cualquier circunstancia.

Por otro lado, la recesión de la economía real en la mayoría de las regiones del planeta es un hecho. En medio de una globalización neoliberal golpeada marginalmente por la dinámica proteccionista, se resalta el trasfondo que implican las cadenas de valor de bienes intermedios y finales – con la enorme representatividad China y su traccionamiento del resto del pujante mercado asiático -, y la relevancia de los recursos naturales estratégicos, como principalmente observamos en el caso de los hidrocarburos. Por supuesto, los Estados con intereses globales siempre ven una de cal y una de arena, donde la dinámica generada por el coronavirus desató una lucha geopolítica, en la cual los principales actores intentan aprovechar cada ‘hueco’ que se genera para avanzar un casillero en el tablero global.

Un caso testigo es el de Arabia Saudita, quien recibió el reclamo de recortar la producción por parte de los Estados Unidos para contrarrestar la baja natural de la demanda de la economía real, lo que desató inmediatamente una negativa de Rusia en la OPEP; Vladimir Putin está dispuesto a un precio bajo y una rentabilidad mínima, solo porque esos valores se tornan inviables para el Shale que produce su archienemigo estadounidense. En el mientras tanto, los rusos juegan con la devaluación del Rublo, el desplome de los mercados y la incertidumbre sobre el mediano plazo para comprar todo los activos estratégicos a su alcance. Y en la carrera por el poder global de mediano y largo plazo, todo suma.

En sentido similar, el Coronavirus no solo ha desatado una tendencia negativa en la economía real mundial, sino también en la más que ‘lógica locura’ de los mercados financieros. Ello demuestra una vez más que en el mundo de lo ficticio, las expectativas y la racionalidad (y la no tanto), suele perderse. Su consecuencia, en épocas de crisis vuelven siempre ‘a lo seguro’, aquellos activos que históricamente han sido de resguardo y que van más allá del escenario coyuntural. El caso emblemático es la compra masiva de bonos de deuda soberana estadounidense. Mientras la institución Estado sigue brindando ese abanico de poder de coerción económico y militar que nunca va a desaparecer, cualquier otro actor o sus derivados (como por ejemplo el caso de las monedas digitales sin respaldo estatal), continuarán en una incertidumbre de supervivencia que hará repensar a más de uno sus futuras inversiones.

Como complemento, el Coronavirus desnudo la relevancia de la economía real en detrimento de la exponencialmente potenciada en el último medio siglo, economía de las finanzas. El mundo de la producción de bienes y servicios puede sobrevivir con un política monetaria acotada a sus necesidades de ‘provisión de moneda’ para su correcto funcionamiento. La economía financiera, por el contrario, se esfuma – para no decir se derrumba – sin su partenaire del mundo de la generación de riqueza real y el trabajo. En este sentido, este escenario vuelve a poner sobre el tapete la irracionalidad (y porque no la inmoralidad) de un sistema financiero que se multiplica con el paso del tiempo por muchas más veces que la economía real – donde además tiene la característica de ser concentrador de riqueza en el corto plazo, dado la falta de trabas o controles por parte de los gobiernos (ingenuos o cómplices) que tienen la obligación redistributiva  -, lo que conlleva a un proceso de necesaria revisión para conjugar, con mayor justicia y eficiencia, ambas esferas. De no ser así, continuará potenciando negativamente lo que observamos hoy en día: políticas salvajes de estímulo monetario y fiscal de las principales potencias que se muestran inertes para con una realidad ecléctica.

Hablando de mala praxis o ‘praxis tardía’, nos encontramos con la irresponsabilidad política tercermundista del presidente de México y ‘fan de los abrazos’ Andrés Manuel López Obrador; de un presidente como Jair Bolsonaro que prefirió apoyar una marcha de autobombo en medio de un centenar de sus seguidores; o el insólito anti-protocolo del presidente nicaragüense Daniel Ortega ante la pandemia: fronteras abiertas y una marcha contra el coronavirus (y las recomendaciones de la OMS), denominada “Amor en tiempos del covid-19”. Sin palabras. A veces no se entiende si la lógica es negar la problemática tirando la ‘basura debajo de la alfombra’, cuando sabemos que en algún momento va a haber una explosión en la propagación. Y los que más van a sufrir no van a ser ellos ni sus familias, que como miembros de una elite que representan van a tener todas las herramientas para su tratamiento. Sino los millones de pobres que, por su fuera poco, han dejado en sus manos el poder de cambiar su oscura realidad. Y que no solo no cumplen, sino que con la estúpida soberbia expuesta, solo generarán un mayor abandono ante un virus mortal.

Finalmente tenemos, no con menos asombro, la posición del presidente Donald Trump, que después de un mes de negacionismo, recién esta semana le pidió a la población evitar juntarse en grupos de más de 10 personas – aunque descarto una cuarentena general -; o de la Canciller Ángela Merkel, quien sostuvo hace dos semanas que el 70% de la población podría infectarse – pero “el 80% podría recuperarse fácilmente” –, y ahora se vio obligada a tomar medidas drásticas, dejando abiertos solo supermercados, farmacias y un número reducido de otros establecimientos; o las increíbles palabras del recientemente triunfante en las elecciones británicas, el Brexiteer Boris Johnson, quien sostuvo hace pocos días que es mejor que la enfermedad circule para crear inmunidad, ya que existe una “fatiga conductual” que conlleva a que la adhesión pública a las cuarentenas disminuya con el tiempo. Solamente después de una lluvia de críticas de la mayor parte del arco científico y ciudadano, en las últimas horas le recomendó a la población del Reino Unido que eviten “todos los contactos sociales y desplazamientos no esenciales”.

Este retraso en un posicionamiento firme de políticas públicas en pos de la lógica de la acumulación a como dé lugar, se contrapone con las medidas consistentes y sólidas de China o Corea del Sur, quienes con relativo éxito han actuado rápidamente y poniendo todos los recursos a disposición. Si, así es, países menos democráticos y occidentales, además de más paternalistas y controladores. La lógica descripta ha puesto en jaque a aquellos que sostienen indefectiblemente que las democracias capitalistas del mero “voto y delego, esperando eficiencia y libertad”, son la única vía para una gobernanza efectiva que permita lograr mejoras en la calidad de vida de sus poblaciones. Y más aún, torna en evidencia la dificultad de lograr equilibrios políticos e ideológicos ante contextos cada vez más vinculados a libros distópicos que a un verdadero desarrollo socio-económico colectivo y global.

Para concluir, como ocurre con la crisis medioambiental global pero con la diferencia que la actual se vivencia a pasos agigantados y no en el mediano y largo plazo, se observa claramente que la necesaria continuidad sistémica del régimen de acumulación (pregonado principalmente por algunas de las consideradas potencias económicas y militares, pero muy alejadas de demostrar vigor moral), se encuentran por sobre el ser humano y su salubridad. Uno entiende, como ocurre en nuestro país, que las medidas extremas del ‘parar todo’ perjudican a una gran parte de la vida económica, comenzando por las ya castigadas Pymes y sus empleados, pero por sobre todo cae con dureza sobre los más humildes, aquellas mayorías que viven de su trabajo diario en las calles  - muchas veces no registrado –, y los desocupados, que ven cada día más lejos la posibilidad de poder generar algún ingreso en el corto plazo.

Por ello, la enseñanza que nos tiene que dejar está problemática ex post, es casi exclusivamente preventiva. Dotar de un ingente financiamiento al sector de la salud (salarios, insumos, etc.); generar una infraestructura desarrollada para ser flexible a la hora de poder mutar rápidamente las formas de trabajo; y principalmente crear un proceso redistributivo con políticas acordes para terminar con el ahogo a los pequeños y medianos productores, la precariedad laboral en todas sus formas, y la pobreza desesperanzadora que potencia enfermedades y no permite vivir más allá del día a día. Para que cuando aparezca, dios no quiera, una próxima pandemia, nos encuentre a todos mejor preparados.