La ¿falsa? dicotomía entre nacionalismo económico y deuda externa

Pablo Kornblum para Ámbito Financiero, 25-5-2020

https://www.ambito.com/opiniones/deuda/la-falsa-dicotomia-nacionalismo-economico-y-externa-n5104822

En el siglo XIX, algunos de los países que serían posteriormente potencias mundiales, como Estados Unidos o Alemania, intentaban imitar – y sobrepasar – el desarrollo industrial del Reino Unido. Estancarse en economías basadas en la producción agrícola no era la forma que habían visualizado para construir poder; por el contrario, el desarrollar una producción industrial propia serviría no solo para producir innovadores bienes de consumo que penetrarían en los distintos mercados del mundo y de este modo ayudarían al crecimiento económico nacional, sino también la posibilidad de generar una industria bélica que permitiría mantener territorios propios y avanzar sobre ajenos. Sin depender de terceros actores estatales.

Con matices propios del siglo XXI, la lógica no se ha modificado sustancialmente y ciertas políticas sustentadas en el nacionalismo económico no solo son un arma de aquellos Estados de peso en la arena internacional, sino que son parte de las principales cartas de política económica que tienen un sinfín de gobiernos alrededor del mundo. Con un discurso que defiende a las empresas locales y rechaza a los bienes importados. Pero también a los inmigrantes. Un ejemplo reciente es el caso de Bosnia-Herzegovina, quien en épocas de pandemia ha realizado un listado de 10.000 migrantes ilegales para su inmediata deportación. La situación económica es más que compleja para el país balcánico y al gobierno no le ha temblado el pulso: se exigirá a sus países de origen (son en su mayoría pakistaníes, afganos, marroquíes y argelinos) que paguen por el viaje de sus ciudadanos al destino final, la Unión Europea.

Por otro lado, en estos días pareciera que la mayoría de los países se han dado cuenta de  posición de dependencia para con las cadenas de producción global, las cuales provienen principalmente desde China y otros países de Asia y Europa. ¿Quién produce los respiradores? ¿Desde dónde provienen los commodities para su producción? Preguntas que hasta hace unos meses no existían en el vocabulario de la ciudadanía, pero tampoco de muchos gobernantes alrededor del mundo. Pero la situación ha cambiado, y los políticos nacionalistas de países de relevancia ya elevaron la voz: sin tapujos sostienen que, mínimamente, en algunas áreas específicas como la industria farmacéutica, las comunicaciones, el equipamiento militar y otras áreas sensibles, la dependencia con el extranjero debería ser mínima o nula.

Por su parte, en los Estados Unidos, la extrema derecha sostiene que las severas restricciones para ejercer actividades económicas están perjudicando a los ciudadanos. Reflejadas como multitudes – maximizadas por los medios de comunicación que deben vender “sus productos”, más aún en época de escases de publicidad -, pero que en realidad suelen representar una proporción minoritaria de la población, nos han dejado algunas frases para el asombro: gritos a trabajadores de la salud, tales como “comunistas, váyanse a China”; hombres con gigantescas armas semiautomáticas marchando para “proteger su derecho a la libertad y a la protesta”, o enfáticos pedidos para despedir a los “mentirosos” expertos en epidemiologia que atentan contra la economía.

Pero ello no solo ocurre en Norteamérica. En Europa, grupos extremistas vinculan el coronavirus con la tecnología inalámbrica 5G, lo que ha provocado ataques incendiarios contra mástiles de telecomunicaciones en el Reino Unido. Mientras que en el acomodado barrio Salamanca de Madrid, algunos cientos de huelguistas le recriminaban con palos de golf (si, leyó bien, palos de golf) el fin de la cuarentena a Pedro Sánchez para vislumbrar, una vez por todas, el ‘renacer económico’. En Francia, Le Pen y sus seguidores no solo pidieron el envío de poblaciones no blancas de regreso a sus países de origen, sino que fueron aún más allá: sostienen que las mezquitas habían “aprovechado las órdenes de confinamiento” para expandir su credo a través de la oración islámica.

Tampoco tenemos que ir tan lejos. La recientemente electa vicepresidenta de Uruguay, Beatriz Argimón, sostuvo que “Lacalle Pou nunca tomaría una medida contra el coronavirus que no tuviera en cuenta la libertad del individuo”. Y el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, asoció las restricciones a comercios y actividades adoptadas en los estados a una presunta motivación política para “quebrar la economía” y dañar su gobierno. “Es una guerra”, sigue sosteniendo. El discurso beligerante es lógico para quien, acorralado por la desastrosa praxis política, se ha refugiado en su círculo rojo casi exclusivamente compuesto por el ala militar.

Más allá de alguna bravuconada de tinte racista o anti-científico, la palabra “libertad” revolotea en en todas las latitudes. La pregunta que de ello deriva es: ¿libertad para qué? La respuesta es simple, para que la rueda siga funcionando, la economía no se detenga y el mercado vuelva a su habitual performance. Y la discursiva no se dirige precisamente hacia las Pymes, los profesionales o aquellos que viven en la informalidad; quienes tratan, dentro de sus capacidades, racionalizar un equilibrio entre su dañada economía y el cuidado de su salubridad. Son aquellas elites económicas que disfrazan, como “expresión de libertad”, su marcado egoísmo. No hablan de libertad, que implica el cuidado y el respeto por el prójimo, sino de libertinaje, que tal como lo indica el diccionario se refiere a “conducta desenfrenada asociada a los placeres y los caprichos”. No marchan por la reactivación de la economía para el país y el bienestar colectivo, sino por sus propios intereses. Simplemente porque no quieren perder dinero. Como si el resto de la población no tuviera también temor de no poder recuperarse nunca de este párate económico.

Uno de los ejemplos más claros es el caso de las maquilas mexicanas. Las alrededor de 6.000 fábricas que emplean a más de 1,3 millones de personas, operan en la frontera que limita con los Estados Unidos de Norteamérica sin pagar impuestos. Sin embargo, aunque la mayoría de lo que se produce allí no es material esencial (aunque algunas, como es el caso de Collins Aerospace que fabrica entre otras cosas GPS para aviones militares, lograron que la Secretaría de Comercio Estadounidense les extendiera un certificado de excepción porque algunos de esos equipos son utilizados en aviones sanitarios), su cierre implica un duro golpe para una buena parte de la industria en ambos lados de la frontera.

Por lo tanto, los operarios son permanentemente presionados para que sigan trabajando, a pesar del peligro de contagio del Coronavirus. El detalle interesante es que las maquiladoras se encuentran en territorio mexicano; por lo tanto, la decisión no la puede tomar unilateralmente el presidente pro-economía Donald Trump. Pero puede hacer lo mismo que sus industriales hacen con él: presionar. En este sentido, el embajador estadounidense en el Distrito Federal de México, Christopher Landau, sostuvo la semana pasada que era “posible y esencial” mantener la cadena de suministros y el flujo económico. Por supuesto, “así como cuidar la salud de los trabajadores”. Sin embargo, y mientras las maquiladoras intentan acomodar su infraestructura a la ‘nueva normalidad’, los accionistas dicen por lo bajo que es más barato pagar una multa por incumplimiento que perder contratos de millones de dólares.

Podríamos continuar con otros ejemplos de nacionalismo económico; pero ya reflexionando sobre nuestro país, debemos indefectiblemente posicionarnos en uno que sobresale del resto: cuando la dinámica aperturista del comercio y las finanzas globales tiene aristas de discusión teórica exógena a las políticas coyunturales argentinas, la discusión se acota en el pago (o no) de la deuda externa. En este sentido, nuestra historia nos indica que la lógica centro-periferia, con claros beneficios para la oligarquía agroexportadora (más algún efecto derrame para el resto de la sociedad), conllevó a un proceso de ingente endeudamiento. Debíamos financiar la compra de locomotoras, la infraestructura, el capital humano. Con intereses, a pagarle a quienes les exportábamos y se beneficiaban claramente con el intercambio de materias primas por sus productos industriales. Y más tarde para comprar insumos. O bienes de capital que no producíamos y eran necesarios para nuestro embrionario proceso de industrialización. Para luego devenir en su matiz financiero, el cual nos ha perseguido en el último medio siglo. En definitiva, un proceso de endeudamiento que, salvó en algunos contados períodos, no se detendría a lo largo de nuestra historia. Evidentemente, el vivir bajo un modelo de deuda permanente no sustentable no nos benefició. O en realidad, como siempre, benefició a unos pocos.

Sin embargo, al público en general se lo ‘vende’ como un tema relevante; pero no siempre con connotaciones negativas. Así está instalado en los medios de comunicación, muchos de ellos cómplices de las elites económicas (léase acreedores, el mundo de las finanzas en general, o empresarios que requieren de una estabilización macroeconómica para producir y encontrarse con un dinámico mercado de consumo), que citan a renombrados hombres de la ciencia economía y política para sustentar la importancia mayúscula de estar en ‘equilibrio externo’ y ‘honrar los compromisos asumidos’. No hay que dar muchas más explicaciones de un tema extremadamente complejo para las mayorías.

Tampoco se han expresado con la misma vehemencia que lo hicieron cuando se tomaron las deudas: desde omitir o escatimar información, hasta promover la necesidad del ‘mal necesario’ que implica el volver a un ‘inexorable’ proceso de endeudamiento derivado de  la ‘estructural’ mala praxis de la política macroeconómica. Aunque ello se diluya en confusas explicaciones históricas, donde todos los que tuvieron responsabilidades tienen un doctorado en desarrollar culpabilidades cruzadas. Por supuesto, imposible de dilucidar para el ciudadano medio. Que además lo encuentra como algo alejado, con difusos vínculos con lo cotidiano. No como es, por ejemplo, el caso del inmigrante que ‘quita’ un empleo por rebajarse a trabajar por la mitad de un salario mínimo en el supermercado del barrio.

Ni siquiera sus nombres anglosajones, como BlackRock, Templeton o Fidelity,  representa en las mentes de la mayoría de la población a ‘enemigos’ que solo vienen a hacer negocios y generar beneficios realmente extraordinarios – lógicamente, para ello fueron creados -, a costa del sacrificio de la nación en su conjunto. Pero ello no extraña cuando un importante periodista del portal de noticias más visitado del país indica que “los acreedores privados apuestan a un acuerdo, y se comprometieron con Guzmán a que no harán nada -por ahora- para que el default lastime las arcas del Tesoro Nacional”. Buena gente, como se diría, parecieran ser los bonistas. Hasta uno podría pensar que obran pensando en las necesidades de los más humildes.

A pesar de que fue tapa en algunos medios, tampoco hacen mella en la mayor parte de la sociedad los números altisonantes que representan los 86 mil millones de dólares fugados durante el último gobierno. Y lo más grave aún que, como una brisa de verano, se deja pasar por alto que de ese total apenas el 1% adquirió en forma neta 41.124 millones de dólares. Eso sin tener en cuenta el endeudamiento previo, que comenzó con fuerza en el proceso de estatización de la deuda en dólares del sector privado  de 1981, pasando por el Plan Brady, la fuga de los 30.000 millones de dólares del año 2001, o la remisión de utilidades del excedente logrado durante el boom de los precios de la soja y otras materias primas de la primera década del corriente siglo. Por ello, más que nunca nos podríamos remitir la famosa frase de Don Julio Grondona, “todo pasa”. Una vez más, números exorbitantes y alejados de la cotidianidad de la gente.

Por el contrario, pareciera que es más sencillo ver un ‘atropello a las verdaderas libertades’. El control, la prohibición, la intervención. Aquellas políticas económicas que restringen las libertades a los Fondos Comunes de Inversión, quienes ahora deben disminuir la tenencia de activos en dólares. O a las Empresas o particulares que acceden a dólares en el mercado de cambio oficial, los cuales ya no podrán hacerlo en el CCL y MEP. Pero también los bancos y agentes de bolsa la obligación de informar las operaciones de gran volumen con el exterior, lo que incluye el control y fiscalización sobre los precios de transferencias intra-firmas de las corporaciones trasnacionales. Así es, no son las libertades de los más humildes las que se vieron vilipendiadas. Pero ello ya no importa si impacta en el imaginario social.

Para concluir, no debemos olvidar que la deuda externa se conjuga con la ‘deuda interna’. Aquella que, como evoca la película con el mismo nombre donde un maestro rural le explica a un niño pobre del altiplano jujeño como es un mundo que él desconoce y le es adverso – y que no llega a vislumbrar cuando años más tarde termina pereciendo en la guerra de Malvinas -, evade y obstaculiza las miserias de los invisivilizados. Es la mayor parte de la población Argentina, quien lamentablemente son, en carne y hueso, quienes representan los índices de la pobreza mutidimensional. Donde las políticas redistributivas, cualesquiera que sean y como se llevan a cabo, fallan. Y como mencione previamente, tiene en parte que ver con la deuda externa. Pero no todo. Hay un mecanismo interno que fracasa enormemente: el de desconcentrar la riqueza. Con mayor o menor crecimiento económico, como sucede en estas épocas de pandemia. Donde las diferencias socio-económicas se reflejan más que nunca.

Porque la riqueza no solo es acumular capital. También se vivencia en la capacidad que se tiene para el cuidado y la protección de su salud. Aquellos que pueden trabajar desde el confort de sus hogares con una computadora, se encuentran claramente más y mejor posicionados para minimizar su exposición de quienes que deben ganar su sustento diario ‘en la calle’, como puede ser el trabajo de los repartidores de productos. O mismo quienes poseen vehículos particulares, y no tienen la necesidad de movilizarse en transporte público, como la mayoría de los trabajadores. O quienes no tienen ahorros, y deben salir a realizar ‘changas’ para pagar el alquiler.

¿Aquí si hay libertad? ¿O es la esclavitud de la pobreza para aquellas personas que deben salir, si o si, a buscar un ingreso? ¿O será, como dicen algunos empresarios cercanos a Bolsonaro, que la ciudadanía debe volver a su trabajo por ‘patriotismo’? Porque en realidad, el patriotismo y el nacionalismo contempla sacrificar los deseos individuales por la solidaridad y el bien del país. Pero ello no significa el tener que ceder mantener unas mínimas condiciones de calidad de vida digna, en total salubridad. Que debiera ser tan o más importante que la libertad de las elites económicas para hacer negocios. Pero además,  es hasta un tema racional: ¿O los industriales paulistas no saben que los más de 20.000 brasileños muertos por el Coronavirus, ya no podrán trabajar? ¿O el gobierno brasileño piensa que los muertos pagarán los impuestos para contribuir para el pago de su deuda externa? Que confuso es todo. O mejor dicho, como confunden para legitimar prioridades espurias e inmorales.

 

Mercosur: Ayer, hoy y ¿Siempre?

Pablo Kornblum para Ámbito Financiero, 11-05-2020

https://www.ambito.com/opiniones/mercosur/ayer-hoy-y-siempre-n5101567

Cuando se puso en marcha el Mercosur tres décadas atrás, los ejes del documento embrionario que le daría vida representaban bastante más que una Unión Aduanera: se acordaba la libre circulación de bienes, servicios y factores productivos entre los países; el establecimiento de un arancel externo común y la adopción de una política comercial conjunta con relación a terceros Estados o agrupaciones de Estados; junto con la coordinación de políticas macroeconómicas y sectoriales entre los Estados Partes.

Sin embargo, y ya entrando en la tercera década del Siglo XXI, podemos decir que existen varias razones para afirmar que el Mercosur nunca ha funcionado plenamente con toda su potencialidad. A pesar de que cumplió su rol – en muchas ocasiones con un alto grado de ineficiencia – como una Unión Aduanera Comercial que ha incrementado el comercio intra-regional y para con el mundo, el mismo ha estado más cercano a la proporcionalidad de un inestable crecimiento económico, que a los números que se esperarían si hubiera funcionado eficazmente bajo el lema y la lógica de sus padres fundadores. Como ocurre siempre, por acción u omisión de quienes detentan la más alta responsabilidad política y económica.

Primero vinieron las quejas de los hermanos menores. Con toda la razón, Paraguay y Uruguay se cansaron de que no se los tome en cuenta en las decisiones más relevantes del bloque. Luego Brasil se aprovechó de la convertibilidad de un súper-valuado Peso argentino, quedándose no solo con nuestros turistas, sino también con varias de nuestras empresas emblemáticas para producir y poder competir desde Brasil. También Uruguay sacó ventaja de la desgracia ajena, como cuando ‘tomaron por asalto’ los mercados que nosotros perdimos por la aftosa. Evidentemente, de fraternidad, bien gracias. Y de política económica y comercial común, menos aún.

Ya entrados en la primera década de este siglo, todos los socios aprovecharon el viento de cola que trajeron los altos precios de las materias primas. Pero una vez más lo encararon de forma individual, sin pensar en tratados colectivos con la mayoría de las regiones del planeta en donde, maximizando nuestra eficiencia y capacidades, podríamos haber generado un mucho más beneficioso win-win intra-regional.

Algunos le han echado la culpa, con relativa razón, a la política. No la política de Estado de largo plazo, sino más bien a la ‘chicana ideológica’. Donde ingresan y salen como puertas giratorias la Venezuela del fallecido Chávez o el Paraguay del destituido Lugo. Según como corra el viento. Lejos de los tecnicismos requeridos en un mundo que premia el capitalismo competitivo voraz en la producción de bienes y servicios con alto nivel de demanda.

Sino miremos a la Alianza del Pacifico. En menos de una década, el acuerdo conformado por Chile, Colombia, México y Perú ha potenciado significativamente su relación intra-comercial y para con el mundo asiático. Algunos podrán decir que tienen la bendición geográfica de mirar hacia el Pacifico, con China y sus vecinos como las vedettes económicas del siglo XXI. Para poner excusas, somos mandados a hacer. Como si el mundo atlántico no haya ofrecido oportunidades en el último medio siglo.

Lo que ocurre es que negociar no es fácil. Lo que seguramente nos diferencia de los que se encuentran del otro lado de la mesa es su pragmatismo y capacidad de intentar siempre balancear racionalmente la diversidad de intereses para evitar discrepancias que agiten a los extremos políticos y sociales. No en vano, solo para citar un par de ejemplos de nuestro potencial tratado con la Unión Europea – cabe destacar que todavía quedan las ratificaciones de los distintos parlamentos para que sea ejecutado -, desde el viejo continente le adicionaron al acuerdo una cláusula según la cual “los estándares de seguridad alimentaria europeos quedarán protegidos en el acuerdo, sin cambios, y todas las importaciones tendrán que cumplir con ellos”; es decir, normas sanitarias y fitosanitarias que continuarán funcionando como una traba extra-arancelaria a las importaciones. Ello en complemento con un mecanismo de salvaguarda bilateral que permitirá “imponer medidas temporales en el caso de que se produzcan aumentos inesperados y significativos de las importaciones que provoquen, o puedan provocar, serios daños a sus industrias domésticas”. Y así podríamos seguir.

Otro de los puntos centrales es que tampoco se ha generado una discusión colectiva seria de cómo producir para enfrentar al mundo. Ya entendimos que fuimos bendecidos con recursos naturales, que es lo que podemos exportar con relativa facilidad. Sin embargo, los mandatarios del Mercosur nunca se han sentado alrededor de la mesa para realmente definir si ello es lo mejor para el futuro de la región. Lo que si sabemos, porque así lo ha demostrado la realidad, es que los concatenamientos productivos de alto valor agregado – donde se puede trabajar en ‘equipo’ de manera intra-regional – como ocurre en Asia -, suele darse con mayor facilidad en las industrias de alta tecnología, con fronteras lábiles en términos de coordinación, segmentación productiva y cooperación a la hora de poner a disposición la mano de obra. O sea, lo que con seguridad carecemos si queremos realizar en algún tipo de cambio conjunto para repensar nuestro posicionamiento estratégico para con el mirar hacia al mundo.

Ahora nos encontramos con una nueva negociación de un Tratado de Libre Comercio con Corea del Sur, un puntapié para continuar buscando socios comerciales por otros lares. Como marco general, el superciclo de las materias primas, que terminó abruptamente en 2014 derivado principalmente de una baja demanda agregada externa, ha hecho mella en una Latinoamérica (cabe destacar que período 2014-2020 cerrará con el crecimiento más bajo en la región en las cuatro últimas décadas) que no quiere descompasar su ciclo del de los productos básicos. Evidentemente, la mayoría de los países del Mercosur no escarmienta en su dependencia e insiste con un avance impiadoso, como toro que persigue furioso la manta roja, hacia un TLC ‘a como sea’.

Será que cuando el efecto derrame de las materias primas deja de funcionar, habría que buscar otros mecanismos que a las elites concentradoras de la región le desagradan bastante, como por ejemplo la ejecución de estímulos fiscales significativos con mayor progresividad fiscal. Por ello insisten: hay que volver a las fuentes. Y que los costos de las pérdidas en la política económica exterior, los absorba la sociedad toda. Ganancias exorbitantes para unos pocos en épocas de bonanza, socialización de los esfuerzos ‘en las malas’, se podría decir.

Sino vayamos a los hechos. Por el lado de Uruguay, el país oriental espera poder mejorar sus ventas de carne y leche, sin tener demasiado para perder en términos industriales. Lo mismo ocurre con el Paraguay sojero y agrícola. Entre sus dos presidentes liberales que difícilmente desean cambiar su matriz exportadora/importadora (en acuerdo con las elites económicas que los sustentan), se encuentra el más complejo caso brasileño; de hecho, buena parte de sus poderosos industriales no están de acuerdo con el ritmo de apertura que tiene el gobierno de Jair Bolsonaro, ya que sostienen que generará un fuerte impacto negativo directo en el sector de los electrodomésticos, la electrónica y en todo el bloque automotriz.

De la vereda de enfrente se encuentra Corea del Sur. Un país que representa la 5º mayor economía exportadora en el mundo, con ventas que el año pasado superaron los 600.000 millones de dólares (más que todo nuestro PBI), con un superávit comercial de más de 120.000 millones de dólares. Pero ello no es lo más importante; lo que tendríamos que tomar nota es que ha sido el 6to país en términos de exportación de valor agregado y tecnología, de acuerdo con el Índice de Complejidad Económica (ECI). Un monstruo que le vende al mundo Circuitos electrónicos integrados, Automóviles y Camionetas para turismo y competición, y Transatlánticos tipo cruceros o buques cargueros, entre otros. Y que además te agregan en el paquete el kown how con toda la rama de servicios que se nos pueda ocurrir: sistemas y telecomunicaciones, la enseñanza en la operatividad en la construcción y la ingeniería civil, o los servicios financieros. Por la nada despreciable cifra de 90.000 millones de dólares anuales.

Con Asia (China a la cabeza), Estados Unidos y Europa como principales socios comerciales, parece claro que no buscan en el potencial TLC con el Mercosur nuestra industria de ¿alta? tecnología con valor agregado. No hay que ser un genio para entender que quieren reproducir el escenario ‘centro-periferia’, tal cual lo intenta hacer la Unión Europea y la mayoría de quienes observan a nuestra región, sin necesitar una gran lupa, como un proveedor inigualable de materias primas de largo plazo. Y punto. La pregunta que surge una vez más es. ¿Es esto lo que queremos? Y de ser así, ¿trabajaremos unidos con nuestros socios para potenciar nuestros intercambios? Hasta el día de hoy, la historia ha demostrado que las respuestas a ambas preguntas conllevan un tinte con tonos que van del gris al negro. Para no decir al negro oscuro.

Como último punto, no quería dejar de recalcar que el sector externo es una parte importante de la economía, pero no lo es todo. Sobre todo, y para no ahondar en detalles, si el crecimiento económico que el mismo conlleva no redunda en una sustentable redistribución de la riqueza. Porque todos los países del Mercosur han crecido en los últimos 30 años, en mayor o menor medida. Pero la desigualdad y la pobreza, con sus consecuencias sociales, continúan allí, a la orden del día.

Sino reflexionemos sobre las palabras del todavía Ministro de Economía de Brasil, el neoliberal Paulo Guedes, quien dijo recientemente que Brasil “no quiere convertirse en una Argentina, y por eso seguirá por el camino de la prosperidad, abriendo su economía en un marco de estabilidad fiscal”. Con este vocabulario poco diplomático no solo aleja la posibilidad de trabajar para con un Mercosur cohesionado, sino que además nos deja en el tintero la pregunta sobre qué se entiende realmente por prosperidad. Porqué si se refiere a eliminar verdaderamente la pobreza, hace tiempo que Brasil perdió el camino. Con un Coeficiente de Gini por encima del 0,5 que lo hace uno de los países más desiguales del mundo, ni las mejoras marginales (muy marketineadas como el desarrollo de una ‘nueva clase media’ brasileña) generadas por el PT, pudieron eliminar la pobreza estructural y las problemáticas socio-económicas de la mayoría de los brasileños.

Tampoco se reflejan en la reciente manifestación del Ministro de Relaciones Exteriores de Paraguay, Antonio Palacios, que en el marco de la Presidencia Pro Témpore Paraguaya, indicó que “el foco del Mercosur era lograr resultados concretos y tangibles en áreas que tengan una incidencia directa en el día a día de la gente, para mejorar sus condiciones de vida y ofrecerles oportunidades reales; en definitiva, un bloque de integración entre países hermanos que buscan la prosperidad de sus pueblos”. Menos mal. Después de más de un siglo de miserias para las mayorías guaraníes, ya era hora. Aunque conociendo la historia y el presente del Partido Colorado y su casta política, difícilmente reine la igualdad y el progreso colectivo; un país que oficialmente sostiene la existencia de un 23,5% de pobreza, pero que todos los indicadores de pobreza multidimensional medidos por consultoras con cierta independencia explicitan que por lo menos es el doble de esa cifra.

Ni que hablar de Uruguay, donde a pesar de 15 años de gobierno progresista del Frente Amplio, uno de cada cinco niños nacen hoy en la pobreza. Además, las tasas de dislexia, obesidad y déficit de hierro se comparan a las de países tres veces más pobres, según datos del propio Ministerio de Salud Uruguayo. A ello hay que agregarle que solo el 40% de los estudiantes concluyen la educación secundaria, que la tasa de desempleo ronda el 10%, y los homicidios y los robos violentos se incrementaron un 53% en 2019 en relación al año anterior, según datos del propio Ministerio del Interior. Números dantescos para un país que solía ser catalogado de alta paz social e institucionalidad. Pero que por lo bajo, ni los crecientes ingresos de la agro-exportación, ni una macroeconomía relativamente estabilizada, pueden ocultar.

Para concluir, quería tomar el análisis del filósofo francés Alain Badiou, que explicita la expansión de un mundo con permanentes procesos de fragmentación en identidades cerradas, lo cual lleva a planteos tales como “que sólo un homosexual puede entender lo que es ser homosexual, un árabe lo que es un árabe, etc.”. Aquí podríamos realizar un paralelismo contrafáctico de la macropolítica y pensar si, algún día, un presidente de un país del Mercosur comprenderá cabalmente al propio Mercosur, con sus necesidades, objetivos, potencialidades e intereses. Donde además la política económica exterior se conjugue con diversas variables y sectores del entramado económico, social y productivo doméstico. De no ser así, continuaremos como hasta el día de hoy, ‘boyando’ en los simplismos de variables macroeconómicas seleccionadas que lejos están de cumplir los deseos de los padres fundadores y, por sobre todo, de las verdaderas necesidades de sus respectivas sociedades.

Eterno resplandor de una mente sin recuerdos

Pablo Kornblum para Ámbito Financiero – 27-04-2020

https://www.ambito.com/opiniones/coronavirus/el-dia-despues-del-coronavirus-eterno-resplandor-una-mente-recuerdos-n5098517

“Solo una crisis – real o percibida – da lugar a un cambio verdadero”, afirmaba Milton Friedman en el prefacio a la reedición de 1982 de Capitalismo y libertad. Mientras  habrá tiempo para discutir el verdadero origen del ‘virus chino’, como indica Mr. Donald Trump, es momento de mirar hacia adelante. Y la mejor forma de anticipar el futuro, como ha sido siempre, es comprender y analizar lo ocurrido en el pasado. Porque mientras el proteccionismo y las guerras mundiales derivaron en la creación de la carta de derechos de la ONU y los Organismos Trasnacionales, o la crisis del 2008 conllevó a un mayor control de los flujos financieros a nivel global, seguramente el coronavirus obligará a los Estados a encontrarse mejor preparados ante una potencial futura pandemia.

Al día de hoy observamos impávidos voluminosos paquetes fiscales, garantías de créditos y reducciones de tasas a través de la inyección de recursos de las mayoría languidecidas arcas estatales en todo el planeta; por ende, si hay algo que aprendimos es que el día después nos refuerza que es mejor prevenir que curar. Que el no producir los elementos de salubridad, con la capacitación adecuada por el tan mentado ‘capital humano’, es sinónimo de dependencia y mendicidad; en este sentido, la heterogeneidad estructural representada en los viejos paradigmas de desarrollo y subdesarrollo encuentran formas donde la inequidad productiva, institucional y social se conjugan en cada rincón del planeta.

Que tampoco hay margen para con un endeudamiento descontrolado, dado que ante la complejidad del mundo en que vivimos, nos tenemos que encontrar siempre erguidos en nuestro posicionamiento diplomático. Los Estados no perecen, de la crisis económica siempre puede salir – con enormes costos sociales, por supuesto -, pero los pueblos como conjunto suelen resistir y la geopolítica prevalece a lo largo del tiempo. Lo entiende y lo maneja al dedillo el presidente Vladimir Putin, que prefiere perder dinero poniendo un barril de crudo más barato, con el mero objetivo de poner de rodillas al Shale Oil estadounidense en medio de una crisis sanitaria y de letalidad sin precedentes.

Aquí se torna necesario insistir nuevamente en la protección y conquista de los recursos naturales estratégicos. En un mundo que no se va a cerrar totalmente, pero donde los resquemores proteccionistas van a resurgir en su arista economicista – ya desde la perspectiva geopolítica el multilateralismo agresivo se viene desarrollando fuertemente desde principios del corriente siglo -, con importantes consecuencias para la macroeconomía global. Y no solo me estoy refiriendo a los potencialmente lógicos aranceles fitosanitarios; sino, y principalmente, a aquellas lógicas de mancomunidad financiera internacional que quedarán heridas de muerte. Sino pregúntenles a los ‘irresponsables’ italianos, que ni en estos tiempos de pandemia han tenido la piedad de sus socios comunitarios de los Países Bajos, quienes le reclaman por su falta de eficacia macroeconómica y se niegan a aprobar la ayuda de rescate de la Unión Europea.

Más aún, la ausencia de coordinación global no es solo europea o pertenece exclusivamente al escenario de la estatalidad. Desnuda una realidad que ya hace tiempo se visualiza tras bambalinas en la arena internacional: las Organizaciones Trasnacionales son, siendo generosos, al menos ‘tibias’ a la hora de reaccionar ante contextos de real complejidad. Cuando se habla de pandemias, refugiados o miseria extrema, solo proveen las ‘caricias’ permitidas por los actores estatales que los financian y están dispuestos a involucrarse verdaderamente en la ayuda fronteras afuera por las causas más nobles – lo cual es inversamente proporcional al incremento de la crispación interestatal -; en definitiva, solo mantienen su careta post-segunda guerra mundial ‘pour la galerie’.

En términos del dilema financiero – el cual, con vida propia no cambiará su lógica depredadora y oportunista -, el desacople mayor se observará en las cadenas de producción global de la economía real. Las principales firmas multinacionales, que tienen su producción distribuida a lo largo y ancho del planeta con un criterio de maximización de productividad por escala y reducción de costos operativos, de aquí en más tomarán mayores recaudos. Por un lado, buscando producir, principalmente, en aquellas geografías donde la capacidad de respuesta ante este tipo de eventos sea mejor; y por supuesto, donde exista mayor flexibilidad para huir más rápidamente en caso de que la gravedad de la situación lo amerite.

A nivel doméstico, el ‘shumpetearismo’ en su versión salvaje se va a disolver como arena entre los dedos, si realmente se quiere un capitalismo que sobreviva a las tensiones sociales inherentes a su concentración y desigualdad. En este sentido, sin una ‘clase media’ cada vez más reducida y agobiada – sobre todo luego de estas crisis mayúsculas – en su rol de ‘buffer’ de contención microeconómico de las masas empobrecidas, los cimientos del sistema tambalearían de una manera abrupta. Por supuesto, cada Estado manejará el sistema económico según su idiosincrasia, su cultura, su historia. Por ejemplo, mientras que en algunos países se discute si priorizar la ayuda social directamente o brindar beneficios a las empresas en una primera instancia, en otros, como Polonia o Dinamarca, se ha excluido del paquete de ayuda económica a las empresas que coticen en un paraíso fiscal.

Como contraparte, en términos de ‘colaboración’, se continuará observando a distintas empresas del sector privado con voluntad de aportar bajo la ya tan mentada Responsabilidad Social Empresaria; dispuestos en muchos casos a fabricar insumos críticos de acuerdo a la propia demanda del Estado nacional, quien tomará las riendas nuevamente con su rol inexorable de organizador y hacedor de la vida económica. En este aspecto, queda claro que la reconversión productiva por altruismo (de universidades, cooperativas, organismos del Estado), y de una parte del sector privado productivo (por conveniencia y necesidad), han sentado un precedente ante una potencial nueva pandemia u hecho catastrófico.

Los más débiles de la pirámide social, las mayoritarias y empobrecidas clases trabajadoras deberán indefectiblemente adaptarse (si, una vez más a costa de ellos mismos, como nos enseñó el menemismo en los 1990’) para las tareas del futuro. En este sentido, habrá que buscar su ‘ser indispensable’ y formarse técnicamente con suficiencia en aquellos lugares donde la automatización y la generalidad no encuentran asidero. Las áreas de servicios o producción de capital esencial para cuidar la salud y el medio ambiente, o por contrario las ‘más oscuras’ industrias de la guerra y el control social, serán las vedettes de aquellos que quieran estabilidad y crecimiento económico y profesional. Simplemente para no terminar con ocurre hoy en día con los trabajadores agrícolas rumanos, que con el fin de la cosecha por la pandemia, el gobierno alemán no los ve como esenciales y se encuentran sujetos a una deportación digna de una novela distópica.

Tampoco esperemos la revolución proletaria. Aunque los trabajadores chinos de máscaras N95 se conectan con las enfermeras de la ciudad de Nueva York, y los trabajadores de Amazon en Europa se vinculan con los conductores de camiones en Sudamérica con el fin de todos juntos trabajando y produciendo colaborativamente para poder salir de esta pandemia, lo único que ruegan es estar sanos y que está recesión global no ‘les toque el bolsillo’ para poder llegar a fin de mes cobrando su salario (muchas veces indigno). Muy lejos de las ideas de mancomunidad global de la ‘internacional socialista’, pero muy cerca de la teoría de ‘no vinculación’ de la clase trabajadora global propuesta por el economista griego Arghiri Emmanuel. Quien también, aunque haya escrito hace más de medio siglo, se encontraba en lo cierto cuando afirmaba que, contrariamente a lo expuesto previamente, a las elites políticas se les amoldarán las elites económicas que, como una masa sólida sin fisuras, querrán salir indemnes y al menos mantener sus privilegios, cualesquiera sea el escenario que derive de esta pandemia. ¿Y si aunque sea se intenta con un impuesto extraordinario y progresivo a la riqueza, que afecta a ese porcentaje mínimo de población privilegiada? Es más que difícil atacar ciertos privilegios; hay que tener mucho coraje y espalda política para hacerlo. Aquí y en cualquier lugar del mundo.

Por supuesto, no podemos dejar de mencionar el rol creciente – y ahora más tolerado socialmente – del Estado como un ‘gran hermano’ que controla todo. En términos económicos, los Gobiernos de las diversas extracciones políticas han puesto sobre la mesa enormes recursos financieros para compensar los efectos de la crisis. Como pasa en los momentos donde la dinámica de la normalidad prevalece, el Estado, por acción y reacción, toma el lugar donde el mercado (por la misma acción pero en sentido inverso), se retira. No será así a futuro. El Coronavirus ha sido la estocada final para la promoción de un neoliberalismo agresivo que ya no tiene asidero.

Lo que sí es seguro es que el Estado presente, requerirá de alineamientos más fluidos e inmediatos en los distintos niveles de gobierno. Los errores de coordinación, inadmisibles ante escenarios críticos, se han visualizado en varias regiones de la tierra. En el caso de Estados Unidos, por ejemplo, la falta de centralización en las compras de respiradores ha llevado a una competencia inútil a distintos Estados locales para obtener este u otros insumos críticos. Por otro lado, la gestión del Coronavirus en Sudán ha producido un aumento de las tensiones entre los políticos civiles y los militares que conforman el Gobierno de Transición, lo que deja latente la posibilidad de un golpe de Estado. O mismo en Brasil, donde las peleas entre el Presidente Jair Bolsonaro con muchos de los gobernadores y el mismo (ahora ex) Ministro de Salud, terminan siendo más bizarras que las novelas del atardecer de la cadena O’Globo. Por supuesto, con miles de muertos sobre sus espaldas. Y en la vida real. En definitiva, cada gobierno hace lo que puede y como quiere. O como le permite una ideología social construida a lo largo de su historia.

En términos políticos, las elites gubernamentales ya lo tienen todo para desarrollar la excusa del enemigo externo (visible, como podría ser el inmigrante, o invisible, como el coronavirus, donde cualquier foco de epidemia implicará un cierre de fronteras inmediato), para saber que ocurre en cada momento y en todo lugar; ello inevitablemente generará la posibilidad sine qua non de perpetuar el statu-quo. El fino límite de la ‘libertad condicional’ y la seguridad ciudadana será la potencial discusión – donde la cultura y/o el poder de coerción -, lo permitan. En Nigeria ya se ha visto de la peor manera: las fuerzas de seguridad han asesinado al menos 21 personas de manera extra-judicial mientras hacían cumplir las medidas de confinamiento.

En definitiva, y tal como ocurría en la película “Eterno resplandor de una mente sin recuerdos”, donde la pareja de protagonistas borran todos sus recuerdos para no estar juntos, pero al final sienten una extraña necesidad y se vuelven a encontrar para comenzar otra vez la relación, podemos decir que la humanidad ha borrado de su memoria muchos de los errores que ha cometido en el pasado. Esperemos que, el post-coronavirus, a diferencia de la obra maestra de Michel Gondry, nos permita de una vez avanzar hacia adelante, teniendo en claro que la vasta experiencia es más que suficiente para hacer las cosas bien y no tener que comenzar nuevamente desde las cenizas de la tierra arrasada, muy bien representada por esta pandemia. Porque como dice un viejo refrán de guerra, para vencer al enemigo, lo primero que hay que hacer es conocerlo. Parece que hasta el día de hoy, como se ha descripto, el problema es que el principal enemigo del humano no es el Coronavirus, sino la inmoralidad de su propio ser.

Errar es humano, perdonar es divino

Pablo Kornblum para Ámbito Financiero, 13-04-2020

https://www.ambito.com/economia/mundo/errar-es-humano-perdonar-es-divino-n5095239

Hace 30 años, caía el muro de Berlín y nos disponíamos a, teóricamente, comenzar una nueva historia; aquella que nos embebería en un mundo capitalista, abierto, democrático, cooperativo. Eso era lo que pregonaba el ganador de la ‘guerra fría’ y gran superpotencia mundial, los Estados Unidos de Norteamérica. Extraño, pero necesario para con sus intereses particulares. Extraño porqué en ningún momento la historia de la humanidad había sido homogénea desde lo productivo, lo económico, lo cultural, lo político, o lo moral. Pero necesario porque el objetivo era expandir el neoliberalismo globalizador – con el marketing del payasito como solo ellos lo saben hacer -, para dominar al mundo como siempre lo han promovido desde su ingreso a las arenas de poder global a finales del siglo XIX: a través de la acumulación de capital con rostro estadounidense. Por supuesto, con el impávido soporte de sus fuerzas armadas.

Pero su lógica en pos de la eternidad sistémica con dominio propio, se ha quebrado en solo tres décadas. Para comenzar, su objetivo principal era reforzar su per se económico. Por ello promovieron, como eje central, el detrimento del rol del Estado. Por supuesto, el rol de los otros Estados, no el de los Estados Unidos de Norteamérica. En este sentido, bajo la lógica neoliberal buscaron que las privatizaciones, junto con la liberalización comercial y financiera, fueran el sine qua non de las políticas económicas en cada rincón del planeta. Queda claro que además se pedía equilibrio fiscal, tipos de cambios competitivos, tasas de interés razonables, etc.; pero la realidad es que el resto de las variables eran más parte de una consecuencia del devenir diario, que de un programa macroeconómico sólido de largo plazo.

En tanto a la venta de los bienes públicos, se le puede preguntar a la mayoría de los ciudadanos rusos si mejoró su calidad luego de que privatizaran la mayor parte de los activos estatales. Seguramente las muecas de disgusto serán más que elocuentes. También podemos hablar del fracaso de la liberalización comercial, ya que mientras se dinamizó generó principalmente un proceso de concentración económica que favoreció a los mismos oligopolios de siempre; no obstante y como si fuera poco, hoy volvimos a una época de proteccionismos bajo nacionalismos ideológicos cada vez más irascibles. Y si nos referimos a la falta de obstáculos financieros, no existe ningún análisis que resista su falta de efectividad: crisis del sudeste asiático en los 1990’ y global en el 2008 (podemos agregar la de nuestro país en 2001), derrochero de paraísos fiscales, fondos buitres esperando devorar como carroña los bonos soberanos de los países mal llevados, etc. Todo ello, vuelvo a repetir, ha sido una causalidad de la pérdida (o peor aún, de la complicidad) de poder real de la mayoría de los actores gubernamentales.

También fueron por la cultura. Mejor dicho por la no cultura. Lo único que el resto de los gobiernos debía hacer era incentivar el consumo, sobre todo de aquellos productos estadounidenses. Y sino tenían el paladar occidental, los bienes y servicios se podían adaptar al deseo local. Y si no eran estadounidenses, que los insumos ‘Made in USA’ por lo menos sean partícipes en algún punto de la cadena de valor global. Y así podemos continuar.

Sin embargo, el fanatismo por el consumo no mermó los intereses nacionales, que jamás desaparecieron. China, Rusia, el otrora comunitario Gran Bretaña, el papá de Europa Alemania, Japón y otras naciones que algunos denominan ‘potencias medias’ (Turquía, Brasil, etc.), quisieron sacar provecho para con el desarrollo de un capitalismo a su medida buscando, por un lado, mejorar permanentemente su posicionamiento geoeconómico relativo a través de la disputa de mercados y recursos; pero además, han intentado generar políticas que pudieran lograr la difícil tarea de equilibrar la inversión con el ahorro, el consumo público con el privado, la extranjerización con las tercerizaciones pro mercados domésticos, junto con una diversidad de dilemas de enorme complejidad para la cantidad de intereses contrapuestos a nivel intra e interestatal. En definitiva, embebidos en demandas crecientes de sus propias ciudadanías y mellados en sus capacidades, el ‘Multilateralismo de guerra’ desató una disputa sanguinaria entre los diversos actores estatales.

La religión tampoco debía ser un obstáculo. Y no era que el protestantismo no tenía el suficiente poder a nivel global para llevar ‘de la mano’ (o de las narices mejor dicho) al capitalismo. Sino que, contrariamente, la modernidad hacia que el fervor dogmático perdiera su fortaleza buscando ‘adaptarse’ a la lógica del consumo sistemático. A su vez, el desaire que había causado un comunismo anti-religioso que, dominando a la mitad del planeta por medio siglo, le había fallado hasta sus propios soñadores de utopías. Por ende, en el conjugar de la derrota moral y económica, también se introducían las creencias dentro de la misma bolsa del ‘equipo de los perdedores’. Un momento propicio para encontrarse del otro lado del mostrador, cerca de dios.

Pero contrariamente a lo esperado, el credo también le ha jugado una mala pasada al capitalismo democrático occidental con rostro estadounidense. Islamismo, Confucianismo o el propio  Cristianismo Ortodoxo, se han revitalizado – cada uno a su manera, bajo un rostro diferente -, poniendo énfasis en valores que, si bien no desafían a la lógica del capital, colocan sobre el tapete formas de vida (y de gobierno) que terminan obstaculizando la fluidez sistémica que requiere la no intervención divina de los asuntos terrenales promovidos por la dinámica del mundo económico y financiero trasnacional.

Como conjunción, podemos afirmar que el mundo de las ideologías de hoy se encuentra en oposición – a veces diametralmente – a la lógica homogeneizadora; nos encontramos con reclamos particulares de grupos que promueven cambios contra un statu-quo que, queda claro, representa en la mayoría de las ocasiones los intereses de unos pocos: el deterioro del medio ambiente, la desigualdad creciente entre el 1% contra el 99%, la lucha por los derechos de las otrora minorías, o los miedos hacia lo extraño (inmigrantes, virus), son algunos de los ejes de disputa de quienes tienen deseos de vivir por fuera de las normas establecidas.

Para resumir lo expuesto, podemos decir que probablemente nos encontremos en un nuevo punto de inflexión dentro del ‘Sistema Mundo’. Los golpes recibidos por el modelo implementado bajo el “Consenso de Washington” a finales de los años 1980’, lo llevan a languidecer desde la perspectiva económica, política y social. El Covid – 19 ha sido el corolario de una dinámica observada en los últimos treinta años, donde la velocidad de los cambios generados principalmente por la aceleración del propio ritmo tecnológico, nos asientan bajo un paradigma global diferente.

El mismo, como eslabón final de una cadena de desaciertos de lo pretendido por el imperio décadas atrás, nos augura un futuro donde seguramente el instinto de supervivencia, racional y egoísta, se oponga a los deseos de libertad que requiere el neoliberalismo. Ello se ha replicado claramente a nivel estatal, donde hasta en los países ‘más desarrollados’ se han realizado confiscaciones de respiradores cuando estaban a punto de salir de sus aduanas hacia su destino final.

También quienes en el mundo desarrollado pensaban que el terrorismo era su único enemigo – el cual se podía controlar, cercenar y encausar con ingentes recursos para con el aparato de seguridad del Estado -, ahora recibieron un segundo golpe.  Quienes no están acostumbrados a las vidas agitadas con las cuales si convive la mayoría de los ciudadanos de los países pobres del mundo, difícilmente no piensen que algún otro dilema de diferente índole pueda ocurrir en cualquier otro momento. ¿Después de los atentados y los virus mortales, que seguirá en la lista?

Bajo este marco situacional, los Estados nacionales tratan de enfrentar la situación epidémica respetando al máximo los mecanismos del Capital, aunque la naturaleza del riesgo los obliga a modificar el estilo y los actos de poder. Una gran crisis económica, y esto es capitalismo señores, implica que los números no cierran y hay que despedir personal. No importa el cómo, el porqué, el esperar, proponer una reducción de salario, nada. Ya sabemos quién ganó el partido economía vs. salud. O mejor dicho, en que momento el mercado le termina torciendo el brazo a un Estado que, mientras debe intentar mantener la salubridad de su población, necesita manejarse con quirúrgico equilibrio para que no se desmorone un sistema de acumulación que, nos guste o no, se encuentra profundamente arraigado en cada gran empresa, cada Pyme, cada trabajador.

Me permito mirar más allá. Probablemente el futuro implique vivir bajo un Estado panóptico, con enorme poder de control y coerción a través de la vigilancia digital; autoritario, paternalista y celoso de sus posesiones, pero lejos de la necedad. Construyendo poder para contener sociedades cada vez más informadas, con políticas redistributivas sectoriales para satisfacer medianamente las necesidades de los grupos particulares, y mejor preparados para la ocurrencia de eventos extraordinarios (guerras, pandemias, desastres naturales). Queda en signos de interrogación, como diría un colega amigo, si no estaremos avanzando hacia el peor de los mundos. Un sistema económico que acentuará la lógica del individualismo capitalista salvaje, en conjunción con un sistema político comunista que, en lugar de parecerse a una verdadera democracia con control popular bajo el lema de la equidad, se asemeje a una dictadura salvaje y violenta.

Finalmente, quisiera concluir el artículo preguntando sobre aquellos que han pregonado el fin de la ‘historia’. Porque los argentinos, si de algo pecamos, es de olvidar el pasado; lo que, indefectiblemente, nos ha conllevado a volver a cometer los mismos (groseros) errores. Por ende, y en este caso sin ser misericordiosos, podemos entender que ‘errar es humano’ para quienes tras la caída del Muro de Berlín, arrogaban el haber alcanzado el destino final paradisiaco para la humanidad toda. Sin embargo, y ante la evidencia pragmática de una historia que refleja el empeoramiento de las desigualdades y la calidad de vida de las mayorías en cada rincón del planeta, podemos afirmar que las miserias y sus consecuentes derivaciones creadas con sus políticas adrede, solo merecen el perdón de dios.

El coronavirus y su propia película ¿Y dónde está el Estado?

Publicado en el diario Ámbito Financiero el 31-03-2020

https://www.ambito.com/opiniones/pandemia/el-coronavirus-tiene-pelicula-propia-y-donde-esta-el-estado-n5092202

Muchos de los que contamos algunas décadas en nuestro haber, hemos disfrutado la sátira cinematográfica ¿Y dónde está el piloto?, la cual se desarrollaba en un avión y en donde  ambos, piloto y copiloto, se habían intoxicado y no había quien aterrizara la aeronave. Un atinado paralelismo con la actualidad global, donde una pandemia inhóspita ha desnudado no solo las capacidades o incapacidades de los gobiernos de turno, sino también lo lábiles e inefectivas que son ciertas ideologías de gran exposición mediática. Ni que hablar de su dudosa moralidad.

Pero primero debemos diferenciar la coyuntura de la pandemia con el escenario de crisis sistémico, altamente dinámico y con altibajos en cuanto a su profundidad: hace décadas que vivimos un proceso de creciente desigualdad socio-económica global, acompañado por un irrefrenable deterioro medioambiental. La pregunta lógica que nos deberíamos hacer es por qué no ha desatado ello un punto de inflexión – o mejor dicho reflexión -, como esta pandemia del Coronavirus que ha ‘movido el avispero’ de las ciencias sociales.

Por un lado, simplemente porque en los dilemas histórico-estructurales ‘todo pasa’, los problemas se suavizan con un buen partido de futbol por televisión, unos mates en familia o un asado con amigos; o sea, nada que la mayoría de los argentinos no pueda hacer. Por otro lado, existe un proceso de normalización de la situación: es lo que nos tocó, podría ser peor, poseo bienes no materiales como el afecto de quienes me rodean. Por último, vivimos bajo el ‘poderío mediático’ promotor de una lógica que pregona el esfuerzo individual que dictamina los bienes que poseemos, que la polución y las pandemias han existido y existirán siempre, o que cada uno debe ser feliz con lo que tiene.

Sin embargo, la característica de esta pandemia es que es horizontal e inter-clasista, tanto  en términos inter como intra-nacionales. En cuanto a lo primero, los potencias desarrolladas de occidente esta vez no han podido demostrar su superioridad en tanto a la capacidad de respuesta ante la pandemia y ningunear, como lo han hecho a lo largo de la historia, al resto del mundo en inferioridad de condiciones: que el Ébola ocurrió por la falta de higiene africana, que el quiebre financiero que impactó en el sistema de salud griego se debió a sus ‘vagos’ ciudadanos, o que los corruptos gobiernos latinoamericanos siembre se ‘robaban’ los recursos destinados a la vital infraestructura sanitaria.

Por su parte, fronteras adentro, un sistema desbordado para toda la ciudadanía no deja un gran margen de resguardo en términos de salubridad para las clases que suelen ser privilegiadas a la hora de la atención. Solo cuentan con una ventaja, no menor: la suficiente espalda económica para soportar una larga cuarentena en el confort de sus hogares.

En este sentido, no podemos dejar de destacar la siempre presente ‘puja de intereses’, en la cual mientras las mayorías – incluidas las Pymes, los profesionales, los que viven de la economía informal – intentan desesperadamente capear una caída sustancial de la economía real, las elites económicas buscan socializar una crisis de enormes magnitudes: ya sea con pedido de socorro/subsidios al gobierno, o buscando una reducción salvaje de costos – por supuesto despidiendo personal a mansalva, como lo ha realizado recientemente la empresa más relevante de la industria nacional -.

Un caso emblemático es el de la más grande compañía chilena de aviación, la cual, luego de ‘pelear a muerte’ las paritarias con sus empleados – aun cuando han tenido ganancias corporativas extraordinarias con una utilidad neta de 310 y 190 millones de dólares en 2018 y 2019 respectivamente -, ahora le ruegan a sus trabajadores ser socios cómplices en las pérdidas.

Dado el escenario descripto, en lo único que hay unanimidad al día de hoy en la consideración global, se puede resumir en una pregunta. ¿Y dónde está el Estado? O mejor dicho, podríamos intercambiarlo por una exclamación, dado el requerimiento pragmático de una coyuntura que asfixia: ¡Quiero más y mejor Estado! Aunque es difícil reflexionar en momentos en donde prima la necesidad de actuar con rapidez, estos son los contextos diferenciadores en los que el análisis ideológico nos da muestra de su verdadera utilidad.

No voy a poner el foco en los ya desaparecidos anarquistas, que con el crecimiento demográfico se vieron obligados a recluirse, diluidos en reclamos particulares, bajo otros posicionamientos ideológicos. Pero si me voy a referir a los tan mentados liberales, que han denostado cualquier tipo de política gubernamental activa bajo la harto conocida discursiva del gobierno corrupto e ineficiente en su totalidad – cuando no el famoso, ¿Y dónde están mis impuestos? -, y al día de hoy han quedado semi-enmudecidos ante el crecimiento exponencial del Covid-19.

Hasta los gobiernos más conservadores han desempolvado los libros keynesianos para realizar desesperadas políticas fiscales y monetarias expansivas para el durante y la post-pandemia. Aquellas que no solo financian las variables básicas para el funcionamiento de una sociedad, sino que además inyectan recursos económicos para el más eficiente accionar del sistema público de salud, promueven la investigación y desarrollo para detectar los enfermos y encontrar las vacunas, dotan de medios a las fuerzas de seguridad para hacer cumplir la cuarentena, y hacen posible el despliegue logístico de las fuerzas armadas para con el abastecimiento de insumos a lo largo y ancho del país; en definitiva, los héroes anónimos que representan a un Estado que, ni más ni menos, debe hacer cumplir el contrato social y, en este caso de zozobra particular, debe velar con vehemencia por la salubridad de toda la población.

Los neoliberales podrán responder que está situación de pandemia es una ‘excepcionalidad’ y que, una vez que finalice la pandemia, todo vuelva a la ‘normalidad del mercado’. Y podrían citar el ejemplo de Australia: luego de la crisis financiera global del año 2008, el ejecutivo decidió realizar enormes inversiones en infraestructura y el otorgamiento de créditos hipotecarios y productivos con una enorme flexibilidad para salir rápidamente de la crisis. Y una vez que pudieron capear el temporal, volvieron a dejar en manos del sector privado gran parte de su per se orden ‘liberal’.

Como diría algún fanático de los fierros, los grandes corredores se conocen en los circuitos con curvas sinuosas, y no en las rectas donde saca ventaja el que posee el mejor auto. En este sentido, es el Estado el que siempre está en los momentos difíciles, y tomando el ejemplo previo, fue en su momento el gobierno australiano el que comandó la situación, y no el mercado. Como pasó en el crack de 1929’, la crisis financiera de 2008’, etc.

Sin embargo, este no es el punto más importante para rebatir las ideas neoliberales. El argumento central es que la defensa del interés colectivo se construye a lo largo del tiempo y no de un día para el otro, como nos han acostumbrado los fondos especulativos que realizan rápidos movimiento para lograr un alto rendimiento de corto plazo. La infraestructura necesaria para el desarrollo tecnológico, la educación colectiva de calidad para una sociedad pensante, o la investigación vinculada a la producción que mejore la calidad de vida, no se construye en 1, 5 o 10 años; requiere décadas de trabajo de un gobierno, para y por el bien común.

Nadie niega que el sector privado también trabaje a la par, colabore, asista ante la crisis que todos estamos padeciendo. Algunos cederán partes de sus ganancias, otros apelarán a la Responsabilidad Social Empresaria, la mayoría solo intentarán mantenerse a flote, y algunos les pagarán los sueldos completos a sus empleados. Pero seguramente no en pocos casos, los que puedan intentarán aprovechar este momento de incertidumbre y temor para sacar su ‘tajada’ económica en beneficio de su propio negocio. Por ello debe quedar claro que la diferencia es que su objetivo es el lucro, y no el estar preparado para salvar la vida de toda una sociedad. Y esto no va a cambiar porqué es el per se de la lógica que fomenta el éxito individual como propósito previo al derrame de riqueza y el bienestar colectivo.

Para otra ocasión quedará analizar el porqué del ‘triunfo simbólico’ contra el virus de los Estados paternalistas, controladores y desarrollados, como es el caso de China, Corea del Sur o Japón; el futuro de las relaciones inter-estatales con la preeminencia del ensimismamiento y la escasa cooperación inter-estatal como eje (como gran ejemplo tenemos el caso de la Alemania de Ángela Merkel, quien prohibió de cuajo cualquier tipo de exportación de equipamiento médico); el posicionamiento ante la puja distributiva (con la marcha atrás de Jair Bolsonaro incluida, quien ante la presión ciudadana en horas tuvo que anular el decreto que permitía a las empresas dejar de pagar cuatro meses de salarios); o el venerar fanáticamente al ‘dios capitalismo’ (“El cierre de la economía de EE.UU. puede causar más muertes que el coronavirus”, en palabras de Mr. Donald Trump).

Lo que no ha dejado ninguna duda esta lucha contra el Coronavirus es la vitalidad y el rol trascendental del Estado. Y como contrapunto, la pérdida de argumentación de los que viven aborreciéndolo. Ahora es tiempo de mirar hacia adelante, pensando solo en generar las herramientas y capacidades para hacerle frente a esta pandemia. Pero cuando todo esto termine, debemos tener la suficiente memoria histórica para sentar las bases de una racionalidad futura que nos permita estar mejor preparados para, dios no quiera, tener que enfrentar una próxima pandemia.

Externalidades (y algunas miserias) globales derivadas del Coronavirus

Pablo Kornblum para Ámbito Financiero, 18-03-2020

https://www.ambito.com/economia/economia/coronavirus-el-impacto-los-mercados-y-las-miserias-globales-derivadas-n5089235

Ante la pandemia global que estamos viviendo, que para el mundo capitalista occidental más desarrollado es prácticamente una película apocalíptica impensada de terror, las externalidades generadas son de las más variadas: algunas muestran el rostro más humano y condescendiente de la especie; otros la avaricia y el aprovechar al máximo posible la situación, muchas a veces a costa de los que más sufren.

Empecemos con los héroes. Aquellos que ponen el cuerpo en las áreas de la sanidad, los denostados científicos que buscan una cura lo más rápidamente posible, los trabajadores de maestranza que se encargan de limpiar sobre lo limpio, los cajeros de los supermercados que se encuentran en contacto con cientos de personas diariamente para proveerles sus productos esenciales. Esos asalariados, desde los que requieren más educación hasta los que ponen su ‘fuerza de trabajo’, son los que sigilosamente han ido perdiendo participación en la distribución de la riqueza global, bajo el marco de un sistema que premia primaria y primordialmente la reproducción y acumulación del capital físico y – sobre todo – financiero. Para ser sinceros, perdieron en lo económico, y seguramente seguirán perdiendo. Llego la hora de que pasemos de  la satisfacción del reconocimiento ético, condición ‘necesaria pero no suficiente’, a una premiación de tinte material.

En consonancia, una vez más se les pide a los gobiernos que respondan para solucionar el caos. Es interesante porque las mayoritarias clases medias, medias-bajas y bajas, pasan la vida reclamando una gasa en un hospital, la posibilidad de tener una educación de calidad, obtener ingresos suficientes para acceder a alimentos nutritivos, o que sean elegibles para que se les otorgue un crédito y puedan adquirir un hogar o desarrollar un emprendimiento. Pero cuando la problemática impacta en los que más tienen, las clases altas y medias-altas acomodadas que se encuentran hoy en una posición de ‘horizontalidad’ en términos de capacidad de respuesta sistémico, salen a la luz los trasfondos de las miserias ocultas mientras ellos no necesitan – y sobre todo les encanta denostar -: los servicios públicos y el rol del Estado en general. Italia es un claro ejemplo: muchos se acuerdan ahora, cuando en su momento lo aplaudían, los recortes en el área de la salud – había que cumplirle la promesa a Bruselas de disminuir el déficit fiscal del 2,9% en 2019 a 2,2% en 2020, 1,8% en 2021 y 1,4% en 2022 -. Que quede claro: nadie habla de potenciar un Estado ineficiente o corrupto. Pero lamentablemente, parece que se necesitan de estas crisis para gestar un punto de inflexión que genere conciencia de la relevancia de un servicio público bien acondicionado para contrarrestar cualquier circunstancia.

Por otro lado, la recesión de la economía real en la mayoría de las regiones del planeta es un hecho. En medio de una globalización neoliberal golpeada marginalmente por la dinámica proteccionista, se resalta el trasfondo que implican las cadenas de valor de bienes intermedios y finales – con la enorme representatividad China y su traccionamiento del resto del pujante mercado asiático -, y la relevancia de los recursos naturales estratégicos, como principalmente observamos en el caso de los hidrocarburos. Por supuesto, los Estados con intereses globales siempre ven una de cal y una de arena, donde la dinámica generada por el coronavirus desató una lucha geopolítica, en la cual los principales actores intentan aprovechar cada ‘hueco’ que se genera para avanzar un casillero en el tablero global.

Un caso testigo es el de Arabia Saudita, quien recibió el reclamo de recortar la producción por parte de los Estados Unidos para contrarrestar la baja natural de la demanda de la economía real, lo que desató inmediatamente una negativa de Rusia en la OPEP; Vladimir Putin está dispuesto a un precio bajo y una rentabilidad mínima, solo porque esos valores se tornan inviables para el Shale que produce su archienemigo estadounidense. En el mientras tanto, los rusos juegan con la devaluación del Rublo, el desplome de los mercados y la incertidumbre sobre el mediano plazo para comprar todo los activos estratégicos a su alcance. Y en la carrera por el poder global de mediano y largo plazo, todo suma.

En sentido similar, el Coronavirus no solo ha desatado una tendencia negativa en la economía real mundial, sino también en la más que ‘lógica locura’ de los mercados financieros. Ello demuestra una vez más que en el mundo de lo ficticio, las expectativas y la racionalidad (y la no tanto), suele perderse. Su consecuencia, en épocas de crisis vuelven siempre ‘a lo seguro’, aquellos activos que históricamente han sido de resguardo y que van más allá del escenario coyuntural. El caso emblemático es la compra masiva de bonos de deuda soberana estadounidense. Mientras la institución Estado sigue brindando ese abanico de poder de coerción económico y militar que nunca va a desaparecer, cualquier otro actor o sus derivados (como por ejemplo el caso de las monedas digitales sin respaldo estatal), continuarán en una incertidumbre de supervivencia que hará repensar a más de uno sus futuras inversiones.

Como complemento, el Coronavirus desnudo la relevancia de la economía real en detrimento de la exponencialmente potenciada en el último medio siglo, economía de las finanzas. El mundo de la producción de bienes y servicios puede sobrevivir con un política monetaria acotada a sus necesidades de ‘provisión de moneda’ para su correcto funcionamiento. La economía financiera, por el contrario, se esfuma – para no decir se derrumba – sin su partenaire del mundo de la generación de riqueza real y el trabajo. En este sentido, este escenario vuelve a poner sobre el tapete la irracionalidad (y porque no la inmoralidad) de un sistema financiero que se multiplica con el paso del tiempo por muchas más veces que la economía real – donde además tiene la característica de ser concentrador de riqueza en el corto plazo, dado la falta de trabas o controles por parte de los gobiernos (ingenuos o cómplices) que tienen la obligación redistributiva  -, lo que conlleva a un proceso de necesaria revisión para conjugar, con mayor justicia y eficiencia, ambas esferas. De no ser así, continuará potenciando negativamente lo que observamos hoy en día: políticas salvajes de estímulo monetario y fiscal de las principales potencias que se muestran inertes para con una realidad ecléctica.

Hablando de mala praxis o ‘praxis tardía’, nos encontramos con la irresponsabilidad política tercermundista del presidente de México y ‘fan de los abrazos’ Andrés Manuel López Obrador; de un presidente como Jair Bolsonaro que prefirió apoyar una marcha de autobombo en medio de un centenar de sus seguidores; o el insólito anti-protocolo del presidente nicaragüense Daniel Ortega ante la pandemia: fronteras abiertas y una marcha contra el coronavirus (y las recomendaciones de la OMS), denominada “Amor en tiempos del covid-19”. Sin palabras. A veces no se entiende si la lógica es negar la problemática tirando la ‘basura debajo de la alfombra’, cuando sabemos que en algún momento va a haber una explosión en la propagación. Y los que más van a sufrir no van a ser ellos ni sus familias, que como miembros de una elite que representan van a tener todas las herramientas para su tratamiento. Sino los millones de pobres que, por su fuera poco, han dejado en sus manos el poder de cambiar su oscura realidad. Y que no solo no cumplen, sino que con la estúpida soberbia expuesta, solo generarán un mayor abandono ante un virus mortal.

Finalmente tenemos, no con menos asombro, la posición del presidente Donald Trump, que después de un mes de negacionismo, recién esta semana le pidió a la población evitar juntarse en grupos de más de 10 personas – aunque descarto una cuarentena general -; o de la Canciller Ángela Merkel, quien sostuvo hace dos semanas que el 70% de la población podría infectarse – pero “el 80% podría recuperarse fácilmente” –, y ahora se vio obligada a tomar medidas drásticas, dejando abiertos solo supermercados, farmacias y un número reducido de otros establecimientos; o las increíbles palabras del recientemente triunfante en las elecciones británicas, el Brexiteer Boris Johnson, quien sostuvo hace pocos días que es mejor que la enfermedad circule para crear inmunidad, ya que existe una “fatiga conductual” que conlleva a que la adhesión pública a las cuarentenas disminuya con el tiempo. Solamente después de una lluvia de críticas de la mayor parte del arco científico y ciudadano, en las últimas horas le recomendó a la población del Reino Unido que eviten “todos los contactos sociales y desplazamientos no esenciales”.

Este retraso en un posicionamiento firme de políticas públicas en pos de la lógica de la acumulación a como dé lugar, se contrapone con las medidas consistentes y sólidas de China o Corea del Sur, quienes con relativo éxito han actuado rápidamente y poniendo todos los recursos a disposición. Si, así es, países menos democráticos y occidentales, además de más paternalistas y controladores. La lógica descripta ha puesto en jaque a aquellos que sostienen indefectiblemente que las democracias capitalistas del mero “voto y delego, esperando eficiencia y libertad”, son la única vía para una gobernanza efectiva que permita lograr mejoras en la calidad de vida de sus poblaciones. Y más aún, torna en evidencia la dificultad de lograr equilibrios políticos e ideológicos ante contextos cada vez más vinculados a libros distópicos que a un verdadero desarrollo socio-económico colectivo y global.

Para concluir, como ocurre con la crisis medioambiental global pero con la diferencia que la actual se vivencia a pasos agigantados y no en el mediano y largo plazo, se observa claramente que la necesaria continuidad sistémica del régimen de acumulación (pregonado principalmente por algunas de las consideradas potencias económicas y militares, pero muy alejadas de demostrar vigor moral), se encuentran por sobre el ser humano y su salubridad. Uno entiende, como ocurre en nuestro país, que las medidas extremas del ‘parar todo’ perjudican a una gran parte de la vida económica, comenzando por las ya castigadas Pymes y sus empleados, pero por sobre todo cae con dureza sobre los más humildes, aquellas mayorías que viven de su trabajo diario en las calles  - muchas veces no registrado –, y los desocupados, que ven cada día más lejos la posibilidad de poder generar algún ingreso en el corto plazo.

Por ello, la enseñanza que nos tiene que dejar está problemática ex post, es casi exclusivamente preventiva. Dotar de un ingente financiamiento al sector de la salud (salarios, insumos, etc.); generar una infraestructura desarrollada para ser flexible a la hora de poder mutar rápidamente las formas de trabajo; y principalmente crear un proceso redistributivo con políticas acordes para terminar con el ahogo a los pequeños y medianos productores, la precariedad laboral en todas sus formas, y la pobreza desesperanzadora que potencia enfermedades y no permite vivir más allá del día a día. Para que cuando aparezca, dios no quiera, una próxima pandemia, nos encuentre a todos mejor preparados.

El impacto geoeconómico del Coronavirus

Pablo Kornblum en Ámbito Financiero el 04-03-2020

https://www.ambito.com/opiniones/coronavirus/el-impacto-geoeconomico-del-coronavirus-n5086604

La historia de la humanidad ha tenido varias epidemias que se extendieron más allá de las fronteras nacionales y regionales, transformándose, en poco tiempo, en pandemias generalizadas a lo largo y ancho de nuestro planeta. Por supuesto, la intensidad ha sido diferente, pero el resultado geopolítico y geoeconómico ha sido casi siempre el mismo: mancomunión diplomática discursiva, poniendo a disposición todos los recursos necesarios para pasar ‘el temblor’ lo más rápidamente posible.

Sin embargo, este contexto ha sido puesto en discusión en la actual pandemia: la Organización Mundial de la Salud ha manifestado que no recibió la respuesta que esperaba cuando pidió a los países miembros 675 millones de dólares para aplicar un plan de respuesta al Covid-19. Todos preocupados, si. Pero al final del día, cada Estado busca su ‘propia salvación’, ya que los recursos son escasos para todos y el mundo se encuentra muy complicado como para continuar insistiendo con la irrealidad que implicó el ‘fin de la historia’ y la gran alianza de cooperación trasnacional.

Posteriormente, siempre se han evaluado las consecuencias macroeconómicas y financieras que dejaron las pandemias. Que en pos de la verdad, con atenuantes diversos y con los avances de la medicina de las últimas décadas, las mismas no han ‘derrumbado’ a la economía global. Por ejemplo, la pandemia de la gripe porcina SARS del año 2003, causó 744 muertes y dejó pérdidas económicas que no superaron los 12.000 millones de dólares. Por su parte, la pandemia de la Gripe A, que comenzó en 2009 y duró poco más de un año, solo impacto en un 0,1% del PBI global. Posteriormente, la pandemia del Ébola, generada en Guinea en 2013 y luego extendida principalmente por varios países del continente, tuvo una duración de 3 años y produjo 11.323 muertes, todas en los países africanos salvo una en los Estados Unidos. La repercusión macro allí fue relativa y difícil de mesurar: amplias problemáticas políticas, económicas y sanitarias (como el HIV) estructurales, diluyeron el dilema económico derivado específicamente del virus. En nuestras latitudes, la pandemia del virus del Zika llegó en el año 2015 y afectó a algunas miles de personas en 76 países. Al no haber muertes sino casos de microcefalia o malformaciones del sistema nervioso central – sobre todo en infantes -, el impacto geoeconómico de corto plazo fue más reducido.

En la actualidad, el propio Fondo Monetario Internacional (FMI), que preveía que 2020 fuera el año del repunte de la economía mundial tras haber tocado fondo la desaceleración en 2019, ahora duda de que el crecimiento global llegue al 3,3% inicialmente calculado; sin embargo, estima que la pandemia del Covid-19 podría solamente restar una o dos décimas a ese crecimiento. El Banco Mundial, por su parte, ha publicado que el costo del agravamiento de una pandemia de gripe grave puede ascender a un total equivalente al 5% del PBI mundial. No es poco, pero tampoco es una tragedia económica de la que el sistema económico global, tal como se encuentra al día de hoy, no pueda recuperarse en el corto/mediano plazo. Más aún, algunos más optimistas en cuanto un ya leve retroceso del virus en términos de la dinámica cuantitativa, como el Citibank, sostiene que la actividad económica en China ya está volviendo a la normalidad y estaría en torno al 45% de su capacidad previa a la epidemia, lo que le conlleva a pensar que el Coronavirus estaría bajo control en el gigante asiático a finales de Marzo. Un paréntesis aquí sobre la relevancia de un Estado totalitario como lo es el chino: mientras por un lado recibe críticas por parte de los pro-derechos humanos, por el otro demuestra la eficacia que ello provoca en tanto al férreo control de la población.

Siguiendo con las consecuencias económicas en China, el Deutsche Bank calcula que la epidemia le restará 0,3 puntos porcentuales en 2020, aunque la agencia Moody’s duplica ese impacto previsto y ha rebajado su previsión para 2020 del 5,8% al 5,3% de crecimiento del producto. El foco en la segunda potencia económica del mundo no es menor: lugar embrionario y principal afectado por el Coronavirus – como más del 95% del total de casos -, conlleva un análisis que excede la coyuntura: cuando apareció el SARS hace casi dos décadas con China como principal afectada (disminución del PBI del 1%), el gigante asiático representaba sólo el 4,2% de la economía mundial; mientras que el año pasado, su participación en el PBI se había incrementado de tal forma hasta alcanzar el 18% del total global. Por ende, su representatividad a la hora de realizar una prospectiva es actualmente mucho mayor.

En este sentido, una gran cantidad de empresas que concentraron su producción en China, podrían reevaluar su lógica de dependencia estratégica y diversificar su cadena de valor, principalmente redistribuyendo sus operaciones en el resto de los países del Sudeste Asiático: justamente aquellos Estados que hasta hace poco eran proveedores complementarios de China, y que de a poco se van tornando en competidores formales, ya sea por menores precios (sobre todo en términos salariales) o por el mejoramiento de sus capacidades tecnológicas.

Un razonamiento complementario expuso el Secretario de Comercio estadounidense, Wilbur Ross, quien declaró declaró que la pandemia “ayudará a acelerar el regreso de los empleos a América del Norte. Algunos a Estados Unidos y otros a México, probablemente”. Por supuesto, a continuación aclaró que “antes que nada, el corazón de cada estadounidense tiene que estar con las víctimas del Coronavirus”. El sincericidio del relevante funcionario estadounidense solo desnuda lo que ya sabemos: las casi tres mil vidas pérdidas hasta el día de hoy son lo que menos importa, aunque los Estados intentan al menos mantener las formas discursivas ante los ojos de una población global aturdida y temerosa de su salubridad.

En términos de la cotidianidad empírica, no cabe duda que el Coronavirus tiene un impacto, sobre todo en los sectores del turismo, el transporte y las industrias que conllevan una cuantiosa aglomeración de trabajadores. En este sentido, cualquier ascendencia negativa sobre el efecto multiplicador del Consumo o el acelerador de la Inversión, generará un proceso de retracción económica de la economía real. A excepción de algunos sectores o industrias, como la farmacéutica o la tecnología digital que se ven impulsados positivamente por el escenario de crisis generado por la pandemia, la mayor parte de los actores económicos se ven afectados: los cierres de fábricas para evitar grandes reuniones de personas conllevan un congelamiento de la producción, el efecto económico negativo derivado de la desaceleración China (siendo el gigante asiático el mayor consumidor de una gran cantidad de las materias primas de las cuales dependen varias regiones del planeta), o el propio sector del turismo, donde solo los chinos en el extranjero representaron 170 millones de visitantes en el 2019, por solo nombrar algunos ejemplos. Y en un mundo donde la vorágine de la globalización neoliberal llegó para quedarse, cualquier obstáculo al crecimiento económico global es un llamado de alerta para los mercados.

En cuanto a estos últimos, no podemos dejar de mencionar la lógica de la economía financiera. Los otrora bien denominados (y lamentablemente conocidos por nosotros) capitales golondrinas, huyen mayoritariamente despavoridos ante el primer síntoma de alarma de inestabilidad. No importa muy bien la razón – y en muchas ocasiones tampoco la comprenden cabalmente -, pero siempre es mejor escapar hacia activos seguros, alejados de las potenciales pérdidas que podrían sufrir ante la persistencia de una crisis pandémica.

En este aspecto, el ‘flight to quality’ al oro o a los bonos del tesoro estadounidense es un deja vú que se ha repetido frecuentemente en la historia económica: una crisis financiera regional, una guerra que involucre algún Estado petrolero del Medio Oriente, o un nuevo virus momentáneamente indescifrable, son algunas variables que desatan el temor y la tempestad de los mercados financieros. Quienes precisamente no son los más racionales para analizar cada caso en detalle, ni para evaluar una prospectiva de largo plazo. También es lógico. Hay mucho dinero en juego – en muchas ocasiones mal habido -, que tiene solo un per se: multiplicarse como sea. Las potenciales pérdidas pueden ser el final; sobre todo de aquellos que solo viven de la especulación.

El otro punto a tener en cuenta es que, al ser un problema de salubridad puntual, la afectación es específicamente sobre los seres humanos. Y no sobre el capital, ya sea financiero o de bienes y servicios. Ello no es un tema menor: en los países donde no penetre el virus en profundidad, los procesos de producción, las transacciones, y la dinámica de las comunicaciones permitirá que los efectos colaterales sean suavizados.

Nuestro país podría ser un ejemplo de ello: más allá del creciente flujo de turistas chinos en nuestro país o los viajes de negocios de empresarios argentinos al gigante asiático, las exportaciones de carne vacuna o la soja con sus derivados, deberían continuar sin mayores inconvenientes operativos. Mismo si tenemos que activar el Swap o efectivizar las inversiones financieras o en la economía real previamente acordadas entre ambos Estados. Por supuesto, en términos de demanda y oferta siempre es más fluido un escenario ‘libre de virus’, pero los impactos macroeconómicos y financieros trasnacionales no deberían ser devastadores. Más aún, seguramente serán mucho menores, por ejemplo, que si la guerra comercial entre Estados Unidos y China – que tiene en vilo al mundo entero – se sostiene a lo largo de los años.

En definitiva, salvó que se genere una potenciación de la problemática de salubridad en términos temporales y cuantitativos, los efectos en el largo plazo no deberían ser catastróficos para la economía global. Y para los argentinos, lejos se encuentra de ser un dilema estructural y endémico, como lo son el dengue, los espeluznantes números de la pobreza, o la violencia social que no cede. Con millones de carentes y miles de muertes que si son, lamentablemente, parte de nuestra vida cotidiana. Y ello es consecuencia de la peor enfermedad que padecemos: un país históricamente vilipendiado por gobiernos inoperantes, sectores económicos concentrados evasores, y sindicalistas cómplices y ajenos a las necesidades de quienes los representan; todos aquellos que han hecho de la mala praxis y la corrupción la norma de la política argentina. Donde el Coronavirus, en comparación, tiene el mismo impacto que una mera caricia.

¿Por qué es importante ser ciudadano de un país que construye poder?

Pablo Kornblum para Ambito Financiero, 19/02/2020

https://www.ambito.com/opiniones/capital/por-que-es-importante-ser-ciudadano-un-pais-que-construye-poder-n5084006

Las peleas del futuro no se distinguen de las del pasado ni las del presente. La lucha por la acumulación de capital físico (con su devenir financiero, aunque se hayan invertido los roles en el orden de prioridades) en base a la apropiación de recursos naturales estratégicos que permitan generar amplias cadenas de valor en industrias de alta tecnología permiten, a través de la lógica del comercio global, continuar incrementando el flujo y stock de bienes y servicios de los Estados; pero también – y por sobre todo – son utilizados como medio para potenciar el círculo virtuoso del poder duro (el aparato militar, la cyber-defensa, el control del espacio).

¿En que radica la importancia de vivir en un Estado ‘poderoso’ en términos geopolíticos y geoeconómicos? Principalmente, por la capacidad de redistribuir la riqueza que poseen. Pero no en términos altruistas, sino simplemente para hacer cumplir los deseos de los paladines de la ‘pax social’: más recursos implican mayores ‘dádivas’ para contener a una ciudadanía cada día más demandante. Así es, mal que les pese a las elites globales, el ser humano quiere vivir mejor; por ende, los pedidos a los gobiernos, pero también a las grandes corporaciones a través de la ‘Responsabilidad Social Empresaria’, o al famoso ‘1% más rico’ bajo el halo de la filantropía coercitiva, tienen una tendencia creciente en cada rincón del planeta. De no recibir respuestas positivas, la expansión de las miserias y desigualdades solo implicará mayores tensiones sociales con consecuentes futuros impredecibles.

A ello se le adiciona otro dilema. La globalización tecnológica de las últimas décadas conllevó a un derrame de información variada y nutrida a aquellos lugares de la tierra que hasta finales del siglo pasado eran considerados remotos. En este sentido, una enorme cantidad de seres humanos tienen acceso a ver con sus propios ojos la pobreza, las injusticias, los peligros, o los debates que se llevan a cabo en torno a sus vidas y los temas de interés internacional. Ello ha enriquecido la capacidad de elaboración de ideas a través del cuestionamiento. Y contrarresta la famosa frase que dice que hay dos formas de poner de rodillas a un pueblo: ‘por las armas, o a través de la ignorancia’.

El otro punto a destacar es que la expansión de medios a nivel global, conlleva una contraparte económica. Los procesos de globalización de la producción se realizan a través de tercerizaciones hacia mercados ‘más económicos’, destruyendo el salario de la clase media del mundo desarrollado para homogeneizar un escenario socio-productivo que perpetua una gigantesca marea de clase media-baja, los cuales se han transformado en variables fundamentales que ayudan a la supervivencia de las Pymes dependientes de las grandes corporaciones, como así también a las erogaciones gubernamentales discrecionales – léase el tan mentado ‘gasto social’ de los poderes de turno. Todo ‘pendiente de un hilo’, contrario a los objetivos de sustentabilidad y desarrollo de la calidad de vida de la ciudadanía trasnacional.

Como se ha descripto, sostener los avatares de las mayoritarias clases empobrecidas y pauperizadas del mundo no es tarea sencilla para los que rigen los destinos del planeta. Sin embargo, no es imposible.

Por un lado, la vital información como ‘herramienta educadora’, es susceptiblemente dominada por los poderes político-económicos. Para una gran parte de la población no especializada en las denominadas Ciencias Sociales (Ciencias Políticas, Economía, Sociología), la manipulación de lo que se dice suele ser moneda corriente. Nadie espera que las mismas sean objetivas; pero deberían mostrar, al menos, los dos lados del mostrador – aunque sabemos que en muchas ocasiones el abanico de grises es amplio -, para que el ciudadano medio pueda tratar de analizar la realidad a través de diferentes prismas ópticos.

La otra temática relevante a destacar es la utilización de la grieta entre clases sociales inter-estatales similares, como elemento disuasivo de aquellos que quieren derribar el estatus-quo. Ya Arghiri Emmanuel, el economista marxista griego que tuvo una enorme relevancia a mediados del siglo pasado, sostenía que mientras las elites de los países desarrollados y sub-desarrollados se beneficiaban de los intercambios comerciales y financieros (los primeros en mayor medida, en base al deterioro en los términos de intercambio de los segundos), existía además algún tipo de beneficio relativo para con las amplias ‘clases medias’ del primer mundo, a través de mercados internos virtuosos. Pero el punto en cuestión es que los perdedores, las mayorías pobres de los países del ‘tercer mundo’, no solo reciben migajas del plusvalor de sus clases dominantes, sino que, y por sobre todo, se encuentran ‘desconectados’ con sus pares trabajadores – o mismo pequeños emprendedores desclasados -, de las otrora potencias Europeas, Estados Unidos, o Japón.

Finalmente los poderes dominantes tienen, como último recurso, el aparato represivo del Estado. Si, ya saben que desde la creación de las Naciones Unidas y todas sus declamaciones, no se encuentra bien visto la utilización de la fuerza para reprimir a una sociedad civil que declama mejoras urgentes y, peor aún, generalmente ‘demasiado racionales’. Pero los reclamos son cada vez más fuertes y poderosos, de sociedades que exigen un verdadero cambio y hacen tambalear a los poderes de turno. Ello es inadmisible. Por ello la validación y el llevar a la praxis – después se verá cómo se justifica -, los secuestros, la represión, las ejecuciones y la violencia psíquica, son una práctica lamentablemente ‘normalizada’ de aquellos que se encuentran justamente para cuidarlos y hacer valer/respetar sus derechos.

Para concluir, podemos afirmar que en la última década hemos vivido un poco de todo lo mencionado: desde los ‘indignados’ pasando por la primavera árabe; guerras comerciales y disminución de costos a como sea; conflictos intrínsecos ideológicos que abarcan desde la posición ante la inmigración o el cómo se controlan epidemias como el Coronavirus, o la violencia paraestatal como son el caso del Chile de Piñera o la Venezuela de Maduro, para ir muy lejos de nuestro entorno.

Dentro de este torbellino de situaciones, donde todas las variables son válidas y la puja de intereses contrapuestos es permanente, siempre termina prevaleciendo la fuerza o el dinero que ella puede comprar. O viceversa, ya que el orden de los factores no altera el producto: poder y riqueza se intercalan y se potencian mutuamente. Y en este sentido, sea cual sea la posición en la cual nos encontremos en cada entramado social nacional – aunque a muchos les pese y lo discutan, el sistema internacional se sigue rigiendo bajo el eje rector de los actores estatales – en el fragor de la batalla, mejor es estar bajo el ala de los ganadores.

Porque de lo contrario, las problemáticas se potencian negativamente y, como nos suele ocurrir a los argentinos, continuaremos descendiendo aún más a escenarios de rispideces políticas intra-nacionales cada vez más agresivas por la escases de recursos económicos/financieros y la falta de capacidades de poder para mantener o conquistar activos estratégicos; que si lo adicionamos a la ya crónica injusta redistribución de la riqueza generada, solo redundará en una mayor violencia y caos social donde ya nadie se salva: ni los que menos tienen que ya no saben como sobrevivir; lo que queda de la clase media que cada vez obtiene menos con un mayor esfuerzo; ni las clases más acomodadas, donde su seguridad corre peligro permanentemente. Como ocurre en ciertos países y regiones del mundo, donde jamás hubiéramos soñado estar. No, no estoy describiendo un escenario distópico. Es nuestra realidad actual.

La Unión Europea, la gran derrotada en la geopolítica del siglo XXI

Pablo Kornblum para Página 12, 17-02-2020

https://www.pagina12.com.ar/247873-como-favorecer-la-insercion-internacional

La Europa renaciente de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial era el futuro. La Unión Europea iba a ser la consolidación de un mundo homogéneo y pujante, bajo la lógica capitalista, occidental y democrática. El tratado de Maastricht de 1992, junto con la creación y puesta en circulación del Euro en los albores de este siglo, eran la culminación de un proceso virtuoso, acordado, prácticamente sin fisuras. Una Europa potencia dispuesta a demostrar que, bajo el halo de un desarrollo socio-económico y productivo común, podrían aventajar como modelo de vida al imperio estadounidense, al alicaído pero siempre vanguardista Japón, a la transicional Rusia, y a la consolidación del ‘Socialismo de Mercado’ chino.

¿Qué Europa tenemos hoy, pasadas nada más que dos décadas de aquel momento cumbre? Un pedido de clemencia para que los Estados Unidos vuelva al dialogo con Irán por el acuerdo nuclear y no se caiga la venta de 112 aviones Airbus al gigante persa;  una Irlanda que hace caso omiso a la legislación laboral o medioambiental comunitaria para incentivar inversiones a como dé lugar; una Francia que aplica una tasa de digitalización que impacta a propios y extraños, agudizando la guerra comercial global; o los mismos británicos, que a días de pegar un portazo denostando a sus otrora ex socios, festejan un convenio con China/Huawei por la tecnología 5-G en todo el Reino Unido.

El complemento macro se nutre además de las políticas que impactan en el entramado socio-económico: los países nórdicos desmantelando lentamente el Estado de Bienestar en nombre del ‘empoderamiento del individuo’; una reconversión productiva que transfirió el valor agregado a las industrias de los países emergentes, equiparando tecnología pero con menores salarios (como es el caso de Alemania, país que ha producido un trasvase de empleados de la industria a los servicios – 59,5% en 1991 a 73,5% en la actualidad -); el pedido de ajuste fiscal a los ‘ineficientes e ineficaces griegos’ por parte de la propia Bruselas – con los bancos alemanes a la cabeza – que solo les interesaba recuperar lo prestado a un país inviable post-crisis del año 2010 (una deuda soberana griega que había alcanzado los 320.000 millones de Euros, casi el 200% de su PBI), a sabiendas que las ganancias se habían concentrado en una elite política y financiera corrupta, mientras las pérdidas se terminarían socializando a través de fuertes medidas de austeridad; o el denostado Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE), donde algunos países han puesto el grito en el cielo cuando Italia pidió ayuda para lidiar con sus pasivos públicos, que al día de hoy ya superan el 130% de su PBI. Los ‘países del sur no son de fiar’, reclamaron desde Holanda y Bélgica. Solo les falto aclarar que existen culturas más proclives al trabajo versus ‘vagos improductivos’, dentro del propio seno comunitario.

Evidentemente, hay 3 ejes que mellan contra lo lógica de poder europeísta: por un lado, los resquebrajamientos intra-nacionales (inmigración, pérdida de las capacidades de los Estados de generar desarrollo socio-económico) propias de un capitalismo cada día más agresivo y desigual; por otro lado, la grave equivocación (bajo la típica dialéctica de los Organismos Internacionales) de homogeneizar las políticas inter-estatales de la Unión Europea (todos – teóricamente -, podían mantener a raja tabla un déficit fiscal y la deuda pública no mayor al 3% y 60% del PBI respectivamente); y finalmente, no alcanza la cooperación y las buenas voluntades para construir poder cohesionado en base a una fortaleza política y militar, que permita avanzar geopolítica y geoeconómicamente sobre el resto de las áreas del planeta (incluida los polos y el ciberespacio).

En contraposición, Estados Unidos, China y Rusia, en ese orden (y por ahora), si han logrado mantener o incrementar sus cuotas de poder global. Poseen claramente en su haber los puntos dos y tres. Y cuando miran hacia adentro, las debilidades generadas inherentes al sistema se las contrarresta con poder de coerción. Y punto.

¿Tenemos desde nuestros lares una lógica de poder regional? En términos políticos-militares, totalmente descartado. A la pulverización de la UNASUR bajo la dinámica de izquierda vs. derecha que prima en nuestra región – trasvasadas por la histórica Doctrina Monroe estadounidense, a la que se le adiciona a partir del corriente siglo XXI el involucramiento, más o menos  explícito y profundo según sea el caso, de China y Rusia -, se le adiciona un Mercosur que claramente nunca funcionó en plenitud. El consenso de las políticas macroeconómicas, tanto domésticas como mirando hacia afuera, quedaron siempre en el debe (Brasil abriendo los brazos a nuestras empresas en la convertibilidad, Uruguay y Paraguay quejándose de su ‘menor relevancia’ en las decisiones trascendentes, etc.).

Como no hemos estado a la altura de construir poder regional, menos aún de avanzar hacia un estatus de potencia media en soledad bajo un escenario intrínseco altamente desfavorable. Las enormes problemáticas argentinas de tinte institucional, enraizadas en la corrupción y la mala praxis, han sido la norma y no la excepción en el último medio siglo. Solo existen soluciones con beneficios individuales y parciales, no para el conjunto de la sociedad.  Ello se observa en el propio Tratado de Libre Comercio entre el Mercosur y la Unión Europea, donde los grandes grupos agroexportadores sacarán provecho una vez más de nuestras abundantes y preciadas materias primas; siempre a cambio de la compra de productos de mediana y alta tecnología, la extensión en la vigencia de patentes (especialmente las industrias farmacéuticas y la electrónica), o la posibilidad de adquirir sin obstáculos los denominados ‘metales raros’. Podemos disentir si económicamente el acuerdo será favorable para nuestra frágil macroeconomía. Lo que es seguro es que no nos servirá para construir poder real – y no el ‘soft power’ que se escurre entre los dedos – en términos de proyección global.

Pero además, las voces de los ganadores de siempre ya comenzaron a pedir cambios que impliquen la reducción de la presión impositiva y la reforma de los convenios laborales. Bajo la bien conocida doctrina del ‘esfuerzo permanente’, estos grupos explicitan, una vez más, la urgente necesidad de ser más competitivos. Salarios africanos y 50% de los niños bajo la línea de la pobreza multidimensional – sin una educación y salubridad de calidad que nos permita desarrollar un capital humano superador para el futuro -, es un cóctel perverso y explosivo que no podemos permitirnos. Pero no solo porque es inmoral para con nuestros conciudadanos: sino porque este eje socio-económico solo ayuda a sostener el círculo vicioso de la dependencia productiva, sin crear un ápice de verdadero poder económico, tecnológico y militar que nos genere, al menos, cierto respeto a nivel internacional.

Brexit, ¿fin o comienzo de la historia?

Pablo Kornblum para Ámbito Financiero – 7-2-2020

https://www.ambito.com/opiniones/brexit/brexit-fin-o-comienzo-la-historia-n5081490

Hartazgo. No cabe otra palabra para los ciudadanos británicos que le dieron el último espaldarazo a Boris Johnson para que, finalmente, obtenga el 12 de Diciembre pasado la mayoría parlamentaria suficiente que le permitió aprobar el borrador acordado con Bruselas. Tres años y medio de idas y venidas que desgastaron a ambas posiciones, pero sobre todo a los políticos ambiguos, quienes ya no encuentran asidero en la actual población global. Nunca más apropiada la frase ‘a los tibios los vomita dios’ para comprender a una ciudadanía cada vez más informada de las miserias y de la urgente necesidad de cambio. Aquellas que los gobiernos de Centro (tanto los progresistas como los conservadores), ya no les pueden brindar respuestas ni siquiera tranquilizadoras. Sino miremos quienes gobiernan en potencias como Estados Unidos, Rusia, China, el Reino Unido, o Brasil. Podemos hablar de su ‘relativo’ éxito en una diversidad de áreas, pero seguramente ‘pisan con mayor firmeza’ que los endebles Macron, Sánchez, Piñera o Lenin Moreno.

En este sentido, el sentimiento a favor del Brexit creció a raíz de la crisis financiera de 2008, cuando los trabajadores británicos se comenzaron a quejar con mayor fuerza por la pauperización en su calidad de vida. No culparon al capitalismo, ni siquiera a las políticas del gobierno del Reino Unido. Para muchos, la responsabilidad fue casi exclusiva de la Unión Europea (UE) y, especialmente, la migración de trabajadores comunitarios que ejercía presión sobre el empleo, la vivienda y los servicios sociales (a pesar de que la mayoría son jóvenes – a menudo solteros que subutilizan el sistema público -, que realizan trabajos de servicios mal pagos – hotelería, restaurantes, agricultura -, y ayudan a pagar las contribuciones de pensiones para los británicos que se encuentran jubilados).

En este aspecto, el “Take Back Control” (retomar el control) ayudó a construir una alianza política exitosa entre una gran parte de la clase obrera británica (cabe destacar que el trabajador promedio ha perdido 11.800 Libras Esterlinas en ingresos reales desde 2008), ideólogos conservadores críticos de la UE, nostálgicos de los días del Imperio que querían ver a “Gran Bretaña” operando más libremente en el mundo, empresarios – sobre todo industriales y del sector agrícola – que se encontraban molestos por las regulaciones y la competencia con otros mercados comunitarios, e incluso sectores de la izquierda que sostenían que la UE es parte de un entramado capitalista perverso.

Como contraparte podemos mencionar a los miembros del establishment, aquellas elites financieras y mediáticas que pronosticaban la ‘hecatombe del imperio’ fuera de Europa, donde se interrumpirían las cadenas de suministro, se pondría en riesgo relaciones comerciales cruciales, y se dañaría fuertemente la inversión en general. Sin embargo, la posición  de los ‘brexiteers’ no cambió; menos aun cuando ninguno de los pronósticos agoreros ocurrieron: la economía británica continuó creciendo (es verdad que más tibiamente que previo al Brexit – levemente inferior al 2% -, pero sustancialmente mejor que, por ejemplo, bajo la crisis global de 2008-2009), y el país no se estrelló con destino seguro al abismo.

Para entender el porqué, hay dos variables que son fundamentales: por un lado, mientras algunos sectores de la economía se vieron (y verán) perjudicados, otros ya han comenzado a sentir algún suave viento de cola. Un ejemplo es la devaluación de la Libra Esterlina (el dólar se apreció de 1,70 a 1,30 por libra), la cual ya ha permitido incrementar exportaciones y sustituir importaciones de sectores previamente ‘poco competitivos’, en contraposición de la actual economía “rentista” que depende demasiado de su sector de servicios financieros y comerciales.

Nadie niega que el 57 % del comercio de bienes y el 40% de servicios del Reino Unido todavía son con la UE. Pero desde el día uno del referéndum los funcionarios técnicos, aquellos que se encuentran más allá de la ‘rosca’ política, comenzaron a trabajar arduamente buscando oportunidades en el resto del mundo. Pero ello no es de extrañar que China se encuentre lista para adentrar en el Reino Unido su nueva tecnología celular 5G de la mano de Huawei, que el presidente Donald Trump pretenda facilitar y acelerar un nuevo tratado bilateral de libre comercio, o que por ejemplo el mismo México, donde la inversión británica ocupa el octavo lugar, también haya mostrado interés y en agosto pasado acordó con el Reino Unido desarrollar una “ambiciosa” relación comercial bilateral.

Quien claramente ha perdido, aunque lo disimule detrás de una tristeza fraternal ante un futuro complejo con sus ahora ex socios, es la UE. Aquel club creado desde las cenizas de la post Segunda Guerra Mundial que deseaba demostrar unidad y capacidad de enfrentar, bajo la lógica occidental capitalista neoliberal que se avecinaba, sus condiciones de pelearles ‘palmo a palmo’ el dominio económico global a los Estados Unidos, Japón, y ahora China. Más de medio siglo después, el fracaso llega hasta el punto de intentar mantener al menos un acuerdo estilo unión aduanera (con aranceles y regulaciones fronterizas similares) y conservar algunos puntos del mercado único existente (como la libertad de movimiento de trabajo y capital, los  derechos de los ciudadanos, etc.). Algo que el nuevo gobierno conservador de Johnson no tendría intención alguna de suscribir.

El otro factor es político-institucional. El Reino Unido fue la principal potencia del mundo hasta hace poco más de un siglo. Su lógica sistémica ha generado decisiones que han injerido en la vida política, económica y social dentro y fuera de sus fronteras, siempre bajo un hilo de cohesión y un norte nacional que va más allá de cualquier idea personalista que pueda mellar sus capacidades como potencia. Aunque constreñida en momentos de su historia reciente, lejos estamos de una implosión del imperio. ¿O acaso ustedes se imaginan, con lo trascendente que son las expectativas en economía, que un país cualquiera puede sobrevivir estoicamente más de tres años de incertidumbre previo a uno de los puntos de inflexión más importantes de su historia como Estado-Nación? Ni pensar lo que ocurriría por estos lares si pasará lo mismo…

A ello se adiciona que el británico, sobre todo el inglés, es un ser muy nacionalista. Sobre todo la clase media y los círculos obreros, aunque denostados desde Margaret Thatcher hasta aquí, aman su país. Johnson lo comprendió perfectamente y bajo el lema “Get Brexit Done”, logró arrasar en las elecciones combinando la salida ‘a como sea’ de una Unión Europea ‘enemiga de los intereses británicos’, y un apoyo a la asistencia social valorado por el hasta entonces indeciso votante de centro.

En cuanto a este aspecto del ser nacional, nos encontramos con el escenario difuso que implica el futuro puertas adentro del Reino Unido. Por un lado, la mayoría de los escoceses votaron para permanecer en la UE en el referéndum, mientras a su vez los nacionalistas obtuvieron una victoria arrasadora en las elecciones de diciembre; por ende, seguramente presionarán nuevamente por un segundo referéndum para la independencia, al estilo catalán. Probabilidad de éxito: casi nula. De la Reina Madre para bajo, de ninguna manera permitirán que 5 millones de escoceses (de los cuales medio millón son ingleses con derecho a voto) resquebrajen el imperio. Mismo es el caso de Irlanda del Norte, que además primero tiene que subsanar diferendos en diversas áreas institucionales entre los católicos pro europeos y los unionistas protestantes. Y en una temática tan compleja y determinante para su futuro, mejor es no reabrir heridas del pasado que pueden derivar en tensiones que pudieran salirse de control.

Finalmente y en cuanto al impacto en nuestro país, debemos estar atentos para comprender sobre que variables se puede trabajar, con algún tipo de injerencia, para sacar provecho del conflictivo Brexit descripto. Por un lado, es claro que no podemos sostener una lógica militarista – un camino inviable, por lo menos por ahora – donde nos encontramos a años luz de las capacidades del Reino Unido. Más aún si tenemos en cuenta que, ni con todos los dilemas que conllevó el Brexit se atrevieron a realizar un ajuste en la cartera militar: el presupuesto del Ministerio de Defensa Británico pasó de 37.100 millones de Libras Esterlinas al momento del Referéndum de salida de la Unión Europea, a los 41.300 millones de Libras Esterlinas para el próximo período fiscal 2020/2021.

Lo que si es factible es aprovechar en términos políticos, económicos y jurídicos, este momento de debilidad que provoca la incertidumbre en los Territorios Británicos de Ultramar, olvidados y ninguneados desde el día uno del referéndum de salida, y todavía sin respuestas concretas por parte del gobierno de Johnson. La libido de la agenda de los equipos técnicos negociadores definitivamente se centrará en la frontera irlandesa, para citar una prioridad, y no en los aranceles a la pesca que deberán comenzar a pagar los buques provenientes de las Islas Malvinas, hasta ahora exentos de cualquier tipo de imposición (que rondan entre el 6% y 18% para la pesca de los ‘no comunitarios’, según el tipo de especie). No es un tema menor, sino mayúsculo para los menos de tres mil habitantes de las Islas Malvinas: casi el 60% del valor agregado de las islas proviene de la industria pesquera, cuyo destino del 95% de sus exportaciones generadoras de divisas es la propia UE.

El otro punto clave para la continuidad de la política económica isleña (donde asienta sus capacidades diplomáticas), es el escenario petrolero. Como diría algún crítico teatral, es ‘la farsa que deriva en tragedia’: a los altos costos de exploración, desarrollo, y potencial explotación y producción, se le adiciona la incertidumbre de la viabilidad comercial y tecnológica, además de un escenario geográfico, climatológico y geopolítico sumamente adverso. Mismo los documentos oficiales de las propias empresas que operan en la zona indican que solo habría (en claro potencial y si se alinean todos los planetas) unos 3.000 millones de barriles de petróleo, sumado a una suma menor de gas condensado. Irrelevante en términos geopolíticos globales, para un mundo que consume 100 millones de barriles de petróleo diarios. No por nada las dos principales empresas que quedan operando en la isla, Rockhopper y Premier, están pidiendo la hora como boxeador castigado en el último round: durante el año pasado, la primera presentó una solicitud de financiamiento a “posibles prestamistas senior” para poder continuar los ‘eternos’ procesos de exploración, mientras que Premier quiere reducir su participación en la Cuenca Norte de las Islas Malvinas, en el marco de un proceso de reestructuración para disminuir una deuda mínima de 2.150 millones de dólares – lo que muestra el irrelevante tamaño y valor de las empresas que operan en las Islas Malvinas -.

Dado el contexto descripto, la grandes preguntas entonces que nos podemos hacer son ¿vamos a continuar presionando en el Comité de descolonización de Naciones Unidas por la soberanía de nuestro país, con una Europa pragmática que ya no levantará la mano automáticamente a favor de los intereses británicos? ¿Se mantendrá la prohibición para que las empresas hidrocarburíferas que operan en las Islas Malvinas no lo puedan hacer en suelo Argentino? ¿Se realizará un control exhaustivo de los productos (alimentos, bienes de capital) que ingresan y salen de las Islas Malvinas a través de nuestros mares y cielos, buscando además la cooperación de nuestros ‘aliados’ del Mercosur ampliado en sus propias jurisdicciones?

O por el contrario, ¿dejaremos que se intensifiquen los vuelos desde y hacia las islas (incluido el inaugurado desde San Pablo hace escasos 3 meses, con escala mensual en el aeropuerto de Córdoba)? ¿Se ratificarán la adjudicación de áreas de las recientemente licitadas Cuencas en el Mar Argentino a las empresas Tullow y Equinor, con enormes intereses cruzados en las Islas Malvinas y el Reino Unido? ¿Se apoyará el acuerdo Foradori-Duncan en términos de remover todos los obstáculos para con la explotación de los recursos naturales que limitan el crecimiento económico y el desarrollo sustentable de las Islas Malvinas, sin mencionar un ápice de la disputa de la soberanía (que por supuesto no harán nunca)?

No debería haber lugar a dudas para con la elección entre ambas opciones dicotómicas, si pensamos en cómo las futuras generaciones de Argentinos podrán sacar provecho en término de los recursos naturales estratégicos como la biodiversidad o los minerales – los cuales son vitales para la industria farmacéutica o la electrónica, solo por citar algunos ejemplos -, que se encuentran en las Islas y su proyección sobre la reclamada Antártida Argentina. Pero menos aún, si la elección se la dejamos a los familiares de los 629 argentinos que fallecieron en la Guerra de las Islas Malvinas.