Una vez más, un Trump impredecible en la relación con Méjico

Publicado en Ámbito Financiero, el 05 de Junio de 2019

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“Los problemas sociales no se resuelven con impuestos o medidas coercitivas”, le respondió el presidente de Méjico, Andrés Manuel López Obrador, a su par estadounidense Donald Trump. Su racionalidad es lógica: la desigual estructura económica centroamericana, la violencia social y política, la corrupción endémica, la falta de oportunidades educativas y los obstáculos de acceso a un sistema financiero concentrado, son algunas de las razones que potencian el círculo vicioso de la pobreza del que millones de pre-migrantes no pueden escapar. Resulta evidente que el establecimiento de un impuesto incremental mensual del 5% a todas las exportaciones mejicanas – hasta llegar al 25% el próximo mes de Octubre – no calmarán sus ansias de una vida mejor. Y es muy probable que López Obrador tampoco pueda – ni quiera -, realizar cambios estructurales para eliminar de raíz la inmigración ilegal.

Trump lo sabe, pero lo que realmente le interesa es ‘matar varios pájaros de un tiro’. Por un lado, el tener una discursiva beligerante ante un Estado inepto o “fallido”, le permite no solo desligar sus responsabilidades, sino también intentar hacer olvidar, por lo menos mientras pueda, las imágenes de niños inmigrantes encerrados en jaulas. Bajo su concepción, seguramente habrá pensado en un potencial efecto disuasivo que denote poder, y no en la demostración de sus miserias más oscuras; por supuesto, es más sencillo propiciar la mano dura con familias desvalídas, que avanzar militarmente en Siria, Ucrania, Venezuela o Corea del Norte con Putin o Xi en la vereda de enfrente.

A su vez, el discurso anti-extranjero que enmascara los desaciertos propios también se fortalece al analizar la balanza comercial y de cuenta corriente bilateral con Méjico. Con remesas que han rondado los 30.000 millones de dólares en la última década, y un déficit comercial en torno a los 80.000 millones de dólares el año pasado, esta ‘fuga financiera’ se torna intolerable para la altisonante y ya clásica frase de campaña ‘Make America Great Again’. Por supuesto, no menciona – u mejor dicho oculta – los efectos multiplicados positivos que impactan fuertemente en el mercado interno estadounidense dada la alta propensión marginal al consumo de los inmigrantes. Menos aún lo que ocurre fronteras afuera, resaltando a las remesas como una fuente fundamental de ingresos externos para muchos países de la región, con derivaciones directas para con la mejora en la calidad de vida de millones de familias centroamericanas. Lo que a su vez podría redundar en un beneficio propio para los Estados Unidos, ante una menor tasa de emigración.

Finalmente, la mayor violencia verbal derivada de las problemáticas económicas y financieras globales de las últimas décadas, las cuales se han traducido en sostenidos corrimientos hacia los extremos ideológicos, le ha habilitado a Trump una discursiva potente para arengar a sus votantes, sosteniendo que Méjico es un país “abusador” de los Estados Unidos. Se podría decir que es un ‘extraño abusador’, ya que con su vecino del sur ha firmado un nuevo Tratado de Libre Comercio, junto con Canadá, hace escasos ocho meses. Es por ello que podemos dilucidar que la problemática per se no es lo importante: la clave en lógica ‘trumpteana’ es viralizar una palabra con una fuerte connotación social – con reminiscencias en clave de ‘violación’ u otras atrocidades -, entre aquellos trabajadores no calificados estadounidenses que observan con recelo a los inmigrantes ante una situación de competencia laboral desigual.
Toda esta situación, que entremezcla conceptos, selecciona variables de análisis según conveniencia, y muestra permanentes contradicciones, lo único que ha provocado es que el resto de los actores estatales le ‘tomen el tiempo’ a Trump. Con una credibilidad que decrece proporcionalmente ante cada declaración altisonante en tono de ‘factor sorpresa’, López Obrador le respondió con el mismo discurso agresivo: “no me falta valor, ni soy cobarde”, fueron sus primeras palabras luego de enterarse de la novedosa política arancelaria estadounidense. Luego le ha intentado explicar a su homólogo norteamericano, muy didácticamente, que el impuesto adicional lo terminaría pagando el consumidor estadounidense, que si Méjico responde con medidas similares los Estados agrícolas estadounidenses – una de las bases electorales de Trump – serían fuertemente afectados en términos financieros, como así también que habría profundas pérdidas económicas por el incremento de los costos de muchas industrias que tienen cadenas de suministro establecidas en Méjico. Y sin expresarlo taxativamente, también sabe que una gran cantidad de empresarios estadounidenses, que se encuentran siempre ávidos de utilizar la mano de obra barata y laboriosa inmigrante, no estarían muy conformes con una disminución sostenida de la inmigración centroamericana.

Es interesante como este escenario economico descripto desnuda una ‘estuctura economica desigual’ – tal cual reflotaría algun teórico estructuralista latinoamericano -, con una economia que comulga sectores industriales y de servicios fuertemente tecnologizados, conviviendo con otros más atrasados que requieren mano de obra de bajo costo, como son la agricultura, la pesca, la construcción, o la manufactura. Estos sectores más subdesarrollados, los cuales se intentan permanentemente minimizar en los países con mejor calidad de vida, todavía tienen relevancia en la principal potencia económica del mundo: su necesidad de evitar la dependencia bajo el ala del autoabastecimiento, el poder competir en todos los sectores económicos a nivel internacional, y el continuar siendo el motor de acumulación de capital global, son parte del ‘deber ser’ estadounidense para lidiar con las potencias desafiantes en este siglo XXI, China y Rusia.

Este escenario es bien sabido al sur del Rio Bravo. Por ende, mientras los gobiernos centroamericanos solo especulan con la ingente recepción de remesas y sue?an con la hipoteticamente teórica disminución proporcional del gasto público en relacion a cada emigrante que parte, el ciudadano de a pie, quien ha perdido su convicción en la capacidad gubernamental de lograr el objetivo primordial de proveer un decente bienestar económico, encuentra en la emigración una salvación a su vida. En el Estado mejicano de Guerrero hay un dicho muy común entre la población, que sostiene que “Si eres estúpido y no tienes suerte, te quedas atrapado en Méjico haciendo tareas agrícolas o trabajando en las maquilas, donde apenas te alcanza para comer. Si eres estúpido, pero suertudo, te incorporas a la policía. Si no eres listo, te vas con los narcos. Y si eres listo, cruzas la frontera y llegas a Estados Unidos”.

En definitiva, una vez más los ciudadanos más necesitados se han convertido en la variable de ajuste en ambos lados de la frontera; bajo un paradigma en donde las hipótesis de conflictos intra e interestatales poseen fuertes componentes histórico-culturales, políticos y sociológicos en términos de la comprensión ciudadana y la manipulación política. Ahora le toca el turno a la política arancelaria, la cual desdeña una solución racional y ética, pero pone sobre el tapete una puja de intereses socio-económicos y productivos con resultados macro y microeconómicos ambivalentes de largo plazo. Y aunque las ganancias obtenidas luego de las disputas entre los diversos actores terminarán siendo los grandes temas de discusión y análisis de los medios de comunicación más relevantes, lo único certero es que los desprotegidos y pauperizados inmigrantes continuarán siendo los grandes perdedores de esta disputa inter-estatal.

Estados Unidos-China: Una historia que puede explicar el futuro

Por Pablo Kornblum para el Diario Ámbito Financiero

La guerra del opio contra los británicos o la invasión japonesa a Manchuria no pasaron desapercibidos en la historia china; desde 1949, el gigante asiático se perjuró nunca más encontrarse subyugado ante el enemigo foráneo. Ello debe quedar claro: China no representa solamente un modelo económico socialista que utiliza las herramientas del capitalismo para alcanzar sus objetivos de desarrollo y prosperidad. China es mucho más.

El gigante asiático ha jugado siempre de la misma manera desde su apertura económica a fines de los años 1970’: responder al mundo con lo que mejor tiene y, en paralelo, ser consecuente con su fin. Nadie puede negar que, a nivel comercial, haya sido el principal proveedor de bienes del mundo en las últimas décadas. También el mayor comprador. En el mientras tanto, no ha hecho nada diferente de lo realizado por el resto de las principales potencias que aspiraron a dominar el planeta en la historia moderna: sus políticas se pueden ver reflejadas en la producción en masa británica durante las revoluciones industriales, la innovación alemana que le permitió una supremacía militar para atravesar las ‘grandes guerras’, la carrera espacial soviética, o la globalización tecnológica con rostro estadounidense de la segunda mitad del Siglo XX. China tiene un poco de todo ello, visualizado en las patentes, los desarrollos en telecomunicaciones, el fortalecimiento de su aparato militar, o el avance satelital. Con una potente proyección exógena, que se complementa con una lógica endógena al servicio del país.

Es por ello que las palabras altisonantes de Trump para castigar los negocios de las empresas chinas no hacen mella en el gigante asiático. Explotar vulnerabilidades, realizar actos maliciosos o desarrollar un sofisticado sistema de espionaje, son parte de una retórica que no dará resultado. Por ‘las malas’, China no modificará sus políticas de Estado. Pero el presidente de los Estados Unidos tiene su racionalidad: por las buenas tampoco se ha logrado perforar la senda de crecimiento político, económico y militar chino. Los ejemplos sobran en el corriente siglo: desde los pedidos de Bush hijo para que cesen las políticas de Dumping, los requerimientos de Obama para lograr una revaluación del Yuan, o las mismas presiones de Trump para que se terminen los subsidios a los conglomerados corporativos ‘campeones nacionales’ por parte del gobierno. Nada ha dado resultado. Solo tibios cambios marginales que no han frenado las aspiraciones chinas.

Más aún, para China, deshacerse en cualquier momento de los 1.189 billones de dólares en bonos del tesoro estadounidense, fortalecer medidas de control burocrático a los flujos comerciales, o jugar con el tipo de cambio a su antojo, son solo herramientas accesorias para ser utilizadas, solo en caso de ser estrictamente necesario, para sopesar una coyuntura financiera desfavorable provocada por el adversario norteamericano. Nada más que eso. En este contexto, y mientras Estados Unidos busca mantener su preeminencia bajo la permanente presión de la coyuntura económica internacional, China ha comenzado un sendero de crecimiento que solo finalizará cuando logre ser la gran superpotencia global dominante que pueda abastecerse de todos los recursos necesarios para que su población posea una digna calidad de vida. O por lo menos ese es el discurso del Partido para transitar, junto al ‘hombre nuevo’, el camino hacia un comunismo pleno.
Por ahora, el pragmatismo que impera en Beijing apunta a alcanzar la autosuficiencia tecnológica del 70% de los componentes y materiales claves para el año 2025. Por ello no reniega de la “cortina de hierro tecnológica”: por ejemplo, los BATX (Baidu, Alibaba, Tencent, Xiaomi), aprovechando la prohibición de todas las redes sociales y de motores de búsqueda extranjeros, reemplazan en China a los GAFA (Google, Apple, Facebook, Amazon). Y a su vez, el gigante asiático intenta seducir a los países participantes de la Nueva Ruta de la Seda para convencerlos que utilicen su tecnología. En este sentido, el caso de Huawei es emblemático: con su red 5G intercontinental tienen planeado crear más de ocho millones de empleos en China para el año 2030. Por lo tanto, que mejor discursivo anti-estadounidense que presentar las interpelaciones de Occidente al gigante de las telecomunicaciones chino como un obstáculo al derecho a “desarrollarse y prosperar”.

Más aún, Trump hace caso omiso a un escenario Win-Win, donde bien sabe que Huawei destina un tercio de su presupuesto anual de 11.000 millones de dólares a comprar componentes estadounidenses. La realidad es que las luminarias del dilema estadounidense se centran en las 4024 solicitudes de patentes presentadas internacionalmente por Huawei durante el año pasado, convirtiéndola en la más innovadora corporación a nivel global. En las sombras, lo que realmente le preocupa es su ‘necesaria cooperación’ – obligada para todas las compañías chinas por ley desde el año 2017 – con los servicios de inteligencia del país. No es por nada que los halcones de Washington ya han exigido, por esta o y otras razones, que China tenga flexibilidad para modificar su legislación. A una propuesta utópica, una respuesta distópica por parte del gobierno chino: no aceptarán de ningún modo una injerencia en los asuntos internos ni en las políticas de Estado dictaminadas desde Beijing.

Será que entonces la conveniencia del gobierno de los Estados Unidos se encuentre, por un lado, en continuar aprovechando, con mucho cuidado y regulación, los beneplácitos de los intercambios comerciales y financieros que les provee una globalización bajo el formato que ellos han creado décadas atrás. Para las injusticias inter-estatales, tanto por izquierda como por derecha, siempre existe el dialogo, el consenso sobre la determinación de los precios, el financiamiento, las mejoras de productividad, las posibilidad de exportar a escala, etc.

Pero por otro lado, al mismo tiempo y tal como lo hace China, Estados Unidos deberá continuar desarrollando y potenciando – con igual o mayor velocidad que su oponente – la carrera tecnológica civil y militar; simplemente para que cuando la escasez de recursos o un dilema geopolítico de gravedad se tornen inmanejables, los encuentre lo suficientemente preparados para enfrentar un potencial deshielo de esta nueva ‘guerra fría’. Porque la posición china es y será clara, y se puede resumir en una frase: “Negociar, seguro. Luchar, en cualquier momento. Intimidarnos, ni en sueños”.

Estados Unidos – China y una guerra que excede lo comercial

Pablo Kornblum para Ambito Financiero, 9 de Mayo de 2019.

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El presidente Trump ha dejado en evidencia que no soporta la paciencia confuciana de uno de sus contendientes en esta guerra fría tripartita (el otro es Rusia). Tiene su lógica: la lentitud de los cambios estructurales que promueve china tiene relación con su objetivo de mantener el statu-quo económico – claramente favorable para los asiáticos -, hasta que se encuentren dadas las condiciones científico-tecnológicas y militares adecuadas para avanzar geopolíticamente con la fortaleza suficiente de su músculo bélico; aquel que le permita torcerle definitivamente el brazo a los Estados Unidos.

Es por ello que Beijing ha decidido aminorar el golpe de un juego del cual se ve perdedor, por lo menos en el corto plazo, adoptando medidas de ‘buena voluntad’: la baja de aranceles a los vehículos importados, la reanudación de la compra de soja, el no devaluar el Yuan, o la presentación de un proyecto de ley para prohibir la transferencia forzada de tecnología, se encuentran entre los más destacados. El as en la manga quedará para más adelante y solo en caso de que sea necesario utilizarlo: China es el principal tenedor de bonos de deuda estadounidense, lo que implica que puede movilizar Wall Street y el resto de los mercados globales con meros movimientos premeditados de compra/venta.

Sin embargo, Trump apuesta a algunos datos económicos, tal cual lo sentenciaba su antecesor Clinton, para reforzar su apuesta arancelaria. Él sostiene que la tendencia creciente del PBI (+2,9% en 2018), la desocupación más baja en décadas (3,8%), apropiados niveles de inflación (2,4%), y la estabilidad de los fundamentos macroeconómicos, entre otros, en gran parte se deben a sus políticas de agresivo proteccionismo. A pesar de que hay cierta veracidad en su declamación, que por supuesto tiene aristas más variadas y complejas, sus palabras son una herramienta potente para fidelizar al electorado con vistas a las elecciones presidenciales del año entrante.

Con tres líneas discursivas precisas sostiene un ‘enemigo’ para una sociedad que, mayoritariamente, acepta fervientemente la dicotómica pelea entre el bien y el mal. Los 500.000 millones de dólares al año de déficit comercial, el ‘robo’ de la propiedad intelectual, o el subsidio a las empresas estatales son hechos fácticos que no se le pueden discutir a Trump. Más aún, la ‘demonización’ china es el verdadero valor agregado: el déficit comercial es sinónimo de falta de trabajo y pobreza estadounidense, el robo tecnológico le brinda a China un diferencial en una potencial guerra a futuro, y las políticas de control gubernamental son un sinónimo de comunismo avasallante.

Por su parte, las críticas de los neoliberales, las que entre otras cuestiones afirman que los consumidores estadounidenses van a terminar pagando más caros los productos, a Trump le tienen sin cuidado: desde Washington responden que los movimientos tendrían un ‘dolor a corto plazo’, pero la situación cambiaria positivamente a futuro. El BREXIT es un ejemplo de ello: el gran susto que promovió el liderazgo europeo y los mercados, con el soporte de los principales medios de comunicación, no hizo mella en una transición hasta el momento ordenada. La historia ha demostrado que los países no quiebran, que las economías se acomodan – el Reino Unido ya se encuentra realizando acuerdos comerciales y financieros con terceros actores -, y que lo realmente importante es la solidez técnica y moral de las instituciones gubernamentales.

¿Por qué entonces, por ejemplo, no esperar de encontrar otros proveedores u otros mercados del sudeste asiático, donde se pueda terciarizar la producción y realizar los negocios que se pierden con China? Es razonable que siempre existan costos; más aún que los procesos de adaptación lleven tiempo. Pero no es nada que no se pueda solucionar. Mientras tanto y para contrarrestar este potencial escenario, Xi prometió la “abolición de las reglamentaciones, subvenciones y prácticas no justificadas que alteran la competencia y los mercados”. Aquellos que abrazó desde que China instauró el ‘socialismo de mercado’ en la década de 1980’, y terminó de afianzarlos en el año 2001 cuando, con su membrecía, aceptó cumplir con las regulaciones impuestas por la Organización Mundial de Comercio.

Está claro que la ingenuidad de Xi es meramente especulativa: solo espera, con calma y entereza, que amaine una tormenta que tiene varios frentes (como la extradición pedida por los Estados Unidos para la directora de Huawei en Canadá; o mismo los roces con la Marina de Guerra estadounidense en el Mar del Sur de China), para luego, cuando el politburó lo considere oportuno, poder retomar la iniciativa y continuar sus planes de crecimiento y desarrollo, hasta convertirse en la principal potencia económica, política y militar del mundo.

Consecuencias para Sudamérica de la situación venezolana

Pablo Kornblum para el diario Ámbito Financiero

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Más allá de las declamaciones, lo que hoy se encuentra en la picota del escenario venezolano es la factibilidad (o no) de la intervención militar estadounidense. En este sentido, Trump acusa a Maduro de sostener una dictadura comunista que hambrea a su población. Una discursiva sencilla e históricamente efectiva; más aún en una época de liderazgos duros, donde la oposición doméstica – sobre todo en cuestiones internacionales, donde el nacionalismo es aún más profundo y abarcativo en la mayoría de las capas sociales – es meramente declamativa.

Sin embargo, cuando se intenta ahondar un poco más en la temática en cuestión, se debe entender que a la actual administración estadounidense poco le importan si existen diferencias o matices: sea un marxismo centralista y programado a la cubana; un capitalismo de amigos bajo una lógica chavista o sandinista, o el progresismo populista de Evo Morales. Ideología, planificación o diversidad en la avidez al consumo, no son relevantes. El real enemigo es cualquier Estado al sur del Rio Bravo – cual poseedor de vastos recursos naturales -, que tiene una alianza estratégica con China o Rusia. El ser ‘de izquierda’ es una variable más en el juego global, una excusa simplista para seleccionar el objetivo.
El ataque ha comenzado. El ‘Poder Blando’ de la presión mediática es quien ya se encuentra operando desde un primer momento; simplemente para mellar sobre el prestigio, que bien se sabe se termina cuando hablan las armas. El próximo – y porqué no el último – eslabón que podría actuar como obstáculo de un conflicto bélico es, como ha ocurrido en el transcurso del último siglo, el hacer ‘desangrar’ económicamente al enemigo: obstaculizar las cuentas bancarias, dificultar la producción y logística de la industria hidrocarburífera, y quebrantar las alianzas comerciales/financieras al máximo para golpear el corazón del gobierno chavista. Mejor dicho el bolsillo, aquel que le ha permitido sostener la lealtad inquebrantable de los altos mandos de las Fuerzas Armadas y las milicias bolivarianas.
Difícilmente exista otra manera de generar el desmembramiento interno, ese punto de quiebre que cambie la balance endógeno de todo el aparato de poder. Más allá del adoctrinamiento y el estatus ganado en las últimas dos décadas, el poder económico y político del aparato de coerción (manejo de la importación y distribución de alimentos, el sistema cambiario, PDVSA, el Arco Minero) no permite una fácil ruptura del statu-quo. Podrían ser los oficiales de rangos medios o bajos de las FANB quienes fracturen lealtades, al ser ellos los que sufren en cercanía las penurias del venezolano común, además de que se ponga en juego la variable aspiracional para con el escalar profesionalmente bajo otro gobierno que ‘limpie’ a la actual comandancia. Pero ello dependerá que alcancen una masividad suficiente para evitar sus propias ‘desapariciones forzadas’ por parte de los Servicios de Inteligencia y los Comandos contrainsurgentes adiestrados por el régimen.
Por lo tanto, nos encontramos ante un peligroso contexto que podría alcanzar un desenlace inédito para nuestra región. En este sentido, desde los procesos independentistas nunca ha habido una injerencia militar interna directa de los Estados Unidos en Sudamérica. Aunque la cooptación de intereses civiles y militares en su ‘patio trasero’ durante buena parte de la segunda mitad del siglo pasado haya dejado una impronta potente en nuestra región (aunque con versiones diversas según quien la evalué), la situación actual es diferente: no solo la globalización, la tecnología y la cultura moderna conllevaron a que todo se encuentre más vivo, a flor de piel, visualizado, discutido – lo que hace que el apoyo externo tuviera que ser más marginal y suavizado, como ha sido el caso de los derrocamientos de Lugo en Paraguay o Zelaya en Honduras -, sino que además los intereses de China y Rusia ahora son claros y concisos.
Recursos Naturales, ampliación logística, posicionamiento geoestratégico. Los mares y ríos, el litio, la minería, el petróleo, el Amazonas y la Antártida. Además de la provisión de cazabombarderos, sistemas de misiles, armamento liviano, tanques, buques de guerra, redes de ciberdefensa. Todo demasiado interesante para las potencias desafiantes. No cabe duda que los tentáculos chinos y rusos, ya bien adentrados en toda nuestra región, indefectiblemente provocan que los gobiernos sudamericanos deban balancearse como quirúrgicos equilibristas ante los intereses cruzados de Oriente y Occidente.
Es por ello que el alineamiento cuasi total con los Estados Unidos a través del Grupo Lima pareciera ser más una mera imposición desde el norte, que un real deseo de destronar a Maduro. Ni los cientos de miles de migrantes venezolanos desparramados por toda la región habían logrado más que algunas escasas y tibias declaraciones diplomáticas. Menos aún el pensar en intervenciones militares, aunque sean de sus más acérrimos enemigos en la actualidad, como lo son Brasil y Colombia: soldados de estos países ingresando con armas en territorio venezolano es un punto de no retorno en la relación a futuro. Los gobiernos pueden cambiar, las dinámicas políticas son impredecibles. Hasta las relaciones comerciales y financieras se podrán volver a solidificar. Pero los lazos ciudadanos, la mancomunidad, y los vínculos ligados a lo cultural y lo afectivo, serán embebidos por un daño irreparable y seguramente no deseado, ni por un ferviente extremista como lo es el presidente Bolsonaro.
Aunque como lo hemos visto hasta hora Trump ha sido más un perro que, estratégicamente, ladra pero no muerde, no se puede descartar una real decisión estadounidense de recurrir a la opción belicista: ese camino que abriría una puerta peligrosa para nuestra Sudamérica. A futuro, cualquier otro gobierno calificado de ‘tinte populista’ por los halcones de Washington, podría ser motivo de una invasión militar para restaurar el orden. Aquel que, contrariamente a lo declamado, seguramente generará una inestabilidad que provendrá de los intereses contrapuestos de China y Rusia. Ambas potencias no querrán perder sus asentados privilegios: el obtener materias primas, cobrar sus préstamos, expandir su poder e injerencia. En fin, un conflicto de potencias, pero en casa. Siria, Ucrania o Nigeria dan claros ejemplos de ello.
Pero hay algo más. Por un lado, el desastre institucional, político, humanitario y económico que provocaría una intervención extranjera estadounidense, donde casi nunca han solucionado nada a través de la injerencia militar directa. Recordemos que mismo el – prácticamente en exclusividad – exitoso Plan Marshall, se ha dado a través de un ingente financiamiento, pero manteniendo en el poder socio-institucional al enemigo vencido, como ha sido por ejemplo el caso del emperador del Japón. El resto ha sido fracaso tras fracaso.
Pero sobre todo está el futuro. Los recursos estratégicos de nuestros hijos y nietos. Ya no solo sería el control a través de sus ‘Gran Hermanos’ a nivel virtual, donde las potencias ya poseen el control de nuestra información a través de los satélites, las comunicaciones, internet. Ahora sería además el directo dominio de los bienes más preciados, la economía real, la vida misma. En este sentido, los alimentos, el agua dulce, los recursos ictícolas o la biodiversidad desde Maracaibo a la Antártida, con su correspondiente formación de capital humano e infraestructura necesaria, no se utilizarán en pos de una mejor calidad de vida de los niños sudamericanos; sino más bien de los objetivos foráneos. Porque como lo mencione previamente, cuando el de afuera decide, la historia ha demostrado que poco le interesa el de adentro.

¿Se mantendrá Maduro en el poder?

Pablo Kornblum para el diario Ámbito Financiero

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Esa es la gran pregunta. Se sabe de la penosa situación económica – que como siempre ocurre, implica culpabilidades tanto endógenas como exógenas -, sumado a un contexto institucional con ribetes dignos de una montaña rusa. Pero además, Maduro no posee plan B. El mejor escenario en caso de su destitución sería el asilo, con potencial extradición, o la prisión perpetua. Para él, sus seguidores y su familia. Ya lo dijo. Va a combatir hasta el final.

Sin embargo, el presidente de Venezuela posee dos variables claves – sino las más importantes – a su favor. Por un lado, el apoyo mayoritario de las Fuerzas Armadas. A la mejora sustancial en términos económicos y para con su status social, se le adiciona una política de fuerte adoctrinamiento ya proveniente de la época del ya fallecido presidente Chávez. Una combinación letal que se torna fundamental para mantener de pie al gobierno.

El otro punto es el apoyo internacional explicito de dos de las principales potencias del mundo, tanto en términos económicos como militares: China y Rusia. Con una lógica expansionista en pos de asentarse fuertemente en una zona del mundo históricamente ajena, pero con un enorme potencial; ya sea tanto por sus objetivos geopolíticos, como geoeconómicos. En este sentido, la doctrina Monroe que obligaba a los países al sur del Rio Bravo a seguir fielmente las demandas de Washington ha sido perforada: en la actualidad, la cambiante dinámica global es potenciada por la complejidad que entremezcla un pragmatismo inteligente con una ideologización traccionada por los partidos de extremas; nutridos estos por votos mayoritariamente provenientes de gobiernos centristas incapaces (por acción u omisión) de proveer respuestas para con las necesidades de las mayorías.
En cuanto a Rusia, Putin es un presidente que no le rehúye al conflicto bélico; más aún, no vería con desagrado una ‘península Coreana’ en la frontera brasileña-venezolana, cuyo marginal costo político de los acallados opositores domésticos, se diluiría por la lejanía que implican los diez mil kilómetros de distancia de Moscú.
Por el contrario, no solo le brindaría un protagonismo más que interesante – porque no con reminiscencias de la gloriosa etapa soviética en Bahía de Cochinos -, sino que también potenciaría sus objetivos económicos vinculados a las materias primas (en Venezuela sus inversiones en el sector hidrocarburífero han rondado los 6000 millones dólares en 2018, mientras las exportaciones de trigo alcanzaron las 600.000 toneladas), pero sobre todo para con la industria militar rusa (la compra de los rifles de asalto Kalashnikov y la adquisición del sistema satelital Glonass por parte de Venezuela han sido parte de los acuerdos de cooperación firmados el año pasado), uno de los bastiones de su macroeconomía. Ya lo ha hecho en Siria: la mantención de Bashar al Assad en el poder es claramente un éxito ruso de provisión armamentística, sosteniendo a un aliado en una zona geográfica de gran relevancia en términos logísticos y de recursos para con los vínculos asiáticos, europeos y norafricanos. Además de ser una región por la cual también quiere transitar China bajo su nueva ruta de la seda.
Pero el gigante asiático también tiene entre sus objetivos el realizar una ruta similar en Latinoamérica en el corto plazo. Unir Nicaragua a través de la construcción del canal, llegando hasta la Venezuela y el Ecuador de los recursos hidrocarburíferos, hasta posarse sobre las materias primas – como la soja o la carne de res – provistas en cuantía desde Brasil y Argentina. Y porque no más allá mirando hacia la Antártida.
Por ende Venezuela no se encuentra excluida de esta lógica economicista de provisión de recursos estratégicos y objetivos de largo plazo: los 28 acuerdos de cooperación en áreas vitales firmados el año pasado entre ambos Estados (en diversos sectores como el petróleo, la minería, la tecnología, la educación o la cultura) dan cuenta de ello. Como suelen hacer en todo el mundo, sin inmiscuirse en la política doméstica venezolana. Salvo que interfieran en sus negocios.

Seguramente no querrán perder los 23.000 millones de dólares que le han otorgado a Venezuela para refinanciar sus deudas y reforzar el maltrecho aparato productivo petrolero. Tampoco los 70.000 millones de dólares en Inversión Extranjera Directa que han destinado a la economía real de su socio sudamericano. Menos aún que se desactive la acordada empresa mixta Petrozumano, constituida entre Petróleos de Venezuela (Pdvsa) y la China National Petroleum Corporation (CNPC). No podemos dejar de mencionar que de cada tres nuevos barriles de petróleo que se demandan en el mundo, dos son de China. Es entonces totalmente racional que uno de los principales países con reservas petroleras, como lo es Venezuela, tenga relaciones estratégicas con el principal consumidor del mundo.

En definitiva, aún con el paso de los siglos, la obtención y construcción de poder, junto con una ingente y sustentable acumulación de riqueza, continúan siendo los pilares de cualquier gobierno que desea mantener el statu-quo. La Venezuela actual no es la excepción. Para Maduro, un blindaje interno y externo era necesario para sostenerse en el Palacio de Miraflores. La entrega de ambos objetivos a estos actores mayúsculos, le permiten al oficialismo tomar aire y diseñar, por lo menos en el corto plazo, los próximos pasos a seguir para continuar enfrentando los embates de una oposición eminentemente obsesionada por terminar las casi dos décadas de chavismo en Venezuela.

La inflación Argentina en 2018

Por Pablo Kornblum para agencia AA Turca de Noticias.

https://www.aa.com.tr/es/econom%C3%ADa/un-amargo-2018-para-argentina-en-materia-econ%C3%B3mica/1351405

La inflación argentina cerrará en torno al 47% el corriente 2018, muy por encima de los propios pronósticos del gobierno de principios de año.
La causa fundamental ha sido la devaluación del Peso argentino de casi el 100% en relación al dólar estadounidense. En este sentido, no podemos dejar de retrotraernos a la raíz de esta problemática: un gran nivel de endeudamiento con su consecuente incapacidad de pago; la utilización de herramientas estrictamente monetarias para multiplicar el dinero – en detrimento de la economía real – bajo un claro proceso de liberalización financiera; una apertura comercial indiscriminada que provocó un fuerte desbalance entre exportaciones estancadas e importaciones crecientes; y un escenario internacional adverso, con tasas de interés en ascenso y una guerra comercial/financiera que provocó temor en los inversionistas globales.
Ahora bien, entrando ya en el terreno del proceso devaluatorio en sí, es evidente que una pérdida de valor del Peso argentino de semejante magnitud derivaría, al menos parcialmente, en incrementos de precios sostenidos y generalizados. Por un lado, gran parte del aparato productivo (industrial sobre todo, pero también agrícola y de servicios), como así también de bienes de consumo masivo, conllevan insumos importados, lo que ha derivado en un automático traslado a precios. Por otro lado, la devaluación encontró más activos a los exportadores (que en la Argentina suelen ser grupos concentrados monopólicos y formadores de precios), ya que reconocen una rentabilidad más atractiva en el extranjero; lo que ha provocado, como consecuencia indirecta, una presión alcista de los precios del mercado doméstico.
No podemos dejar de mencionar el ‘efecto contagio’ que se ha producido en vastos sectores de la economía nacional que requirieron de la compra de material extranjero para producir: invariablemente impactaron en toda la cadena de valor. Ni que hablar el impulso devaluatorio sobre las materias primas estratégicas: el ejemplo del petróleo es realmente relevante, ya que su incremento frecuente de precios, siguiendo el valor internacional, ha mellado en toda la economía Argentina. Finalmente, un punto no menor es el ‘efecto imitación’, combinado con la tradicional puja distributiva y la necesidad de mantener el salario real sin perder poder adquisitivo. La relación de los trabajadores con sus pares de otros rubros, o mismo la incapacidad de compra por parte de vastos sectores de la población, han generado tensiones sociales y, como mínimo, inevitables reaperturas de paritarias.
En definitiva, la devaluación y sus efectos colaterales han provocado un crecimiento de precios descontrolado en la Argentina durante todo el año 2018. Solo cabe mencionar – y destacar – el ‘tapón de contención’ que ha permitido mitigar el círculo vicioso inflacionario: el ingente financiamiento del FMI (léase el apoyo de Estados Unidos para evitar un caos regional – sobre todo dado que el acuerdo se realizó antes de mitad de año, cuando Lula marchaba primero en las encuestas y Maduro comenzaba a buscar desesperadamente el apoyo ruso y chino -) y seguidamente el Swap con China (menos oneroso pero no menos importante, en un escenario donde la potencia asiática desea continuar expandiendo sus tentáculos en Sudamérica en pos de abastecerse de recursos estratégicos y posicionarse como un ‘aliado de confianza’ de Argentina), han generado cierta morigeración de la devaluación y por ende de los incrementos de precios. Evidentemente, las dos grandes potencias económicas mundiales, bajo una impronta geopolítica vigorosa, han ayudado a la Argentina a que el proceso inflacionario no sea aún más grave de lo que fue en el año que está por concluir.

Un despertador para nuestra sociedad

Por Pablo Kornblum

https://www.pagina12.com.ar/159238-un-despertador

Levantarse a la mañana. Ir a trabajar o buscar trabajo. Pocos son los privilegiados que no salen de su casa bien temprano y regresan antes que anochezca. Menos aún quienes se acuestan sabiendo que tendrán una vida con eximia educación, excelente salubridad, y una infraestructura hogareña apropiada para disfrutar amplios momentos de ocio. Una utopía que, a esta altura del Siglo XXI, no debería ser tal.
No solo se vive mal, con carencias de bienes y servicios asequibles, sino que además nos enmarcamos en un camino de inseguridad y segregación. Hay un halo de tensión permanente, de conflictos de intereses que se alejan lentamente de la mancomunidad y la cooperación en cada rincón de la esfera global. Evidentemente, la insaciable búsqueda de poder y riqueza no se ha aplacado.
Probablemente sea una combinación de dos factores: por un lado, una sociedad falta de educación e información objetiva. Ello conlleva a que los de abajo, los más necesitados y los excluidos, no puedan comprender, analizar, y digerir el contexto en el cual se encuentran inmersos, lo que obstaculiza la generación de políticas de acción colectiva que permitan revertir su situación. Del otro lado, la propia condición humana, su biología para con la necesidad de autosatisfacción, y por sobre todo la vorágine por el reconocimiento y la acumulación, conllevan a que las elites, quienes detentan el poder y miran al resto desde arriba, quieran mantener, a como sea, el statu-quo.
Solo esta descripción de la lógica colectiva permitiría aceptar el actual escenario inmoral. Sino sería inaceptable que, por ejemplo, el Ministro del Interior Italiano sostenga que no permitirá de ningún modo que ingresen más inmigrantes norafricanos a sus costas, aunque sea escapando de la miseria y la violencia social. O que el destituido presidente español Rajoy no realice ningún mea-culpa luego de que se haya probado la conveniencia entre los empresarios, beneficiados con licitaciones espurias, y los funcionarios del PP, quienes han recibido dadivas para su beneficio propio y las campañas políticas de su partido.
El vector central para con la racionalidad elusiva son las corrientes culpabilidades cruzadas. Las guerras comerciales son mala voluntad, las tercerizaciones son necesarias para competir, los flujos financieros requieren libertad para generar las tan preciadas inversiones y sus consecuentes fuentes de trabajo. Que los esfuerzos deben ser de los individuos para salir adelante, pero las cargas deben ser colectivas para soportar las cada vez más frecuentes crisis macroeconómicas. Ni que hablar de la castigada microeconomía del ciudadano de a pie: aquel que, anestesiado por una confusión desgastante, deambula por una vida de esfuerzo sin un claro horizonte de, aunque sea, alguna mejora marginal esperanzadora.
La fatalidad llega cuando la exclusión toca la puerta. El avance de la tecnologización y robotización de los procesos productivos emerge a una velocidad muy superior a cualquier escenario de desarrollo de capital humano totalizador. Y en un proceso de achicamiento de las funciones del Estado, garante de los derechos colectivos – sobre todo de las mayorías empobrecidas -, los círculos viciosos de la violencia y la marginalidad se potencian peligrosamente.
Quedan la utilización de los medios de comunicación, la justicia, y el poder de coerción para mitigar los males que nos aquejan. Este colectivo siente el apoyo de las clases de soporte (el 15%/20% de la clase media-alta que trabaja para el 1% que representan las elites), las cuales se han visto embebidas en una encarnizada lucha de ‘pobres contra pobres’, aunque siempre con el inconsciente temor de caer en el 80% que representa el ‘planeta miseria’; aquellos sin acceso al conocimiento y al capital financiero, destinados a depender toda su vida de la histéricamente inestable voluntad de terceros. Igualmente, el común denominador del 99% es encontrarse lejos de las elites dominantes que, como titiriteros, ejercen todo su poder. En definitiva, la mayoría son pobres de riqueza; algunos, simplemente pobres de alma.
Para terminar con la subversión de los pocos que intentan realizar un verdadero cambio estructural, el control social termina siendo el medio y el fin.
Con lógicas capciosas, como puede ser el coaccionar violentamente contra aquellos que ‘siembran el terror’ cuando reclaman por una mejor calidad de vida en las calles, o contra todos los inmigrantes que viene a ‘robar’ y causan los permanentes hechos de inseguridad. Pero también a través del sometimiento discursivo en torno a los ‘beneficios invariablemente necesarios’ de obedecer los dictámenes de los Organismos Internacionales de Crédito, o una política macroeconómica ‘seria’ en pos de una distribución profundamente regresiva de los recursos en el corto plazo, para ver la ‘luz al final del túnel’ más adelante.
En pos de liberarse de este escenario realmente antidemocrático embebido en la mentira y el engaño, no hay otra salida que una profunda educación y formación plural. Que imperativamente debe encontrarse complementada con los recursos suficientes para alcanzar una base alimentaria adecuada y una salubridad enraizada apropiadamente desde la concepción. Y sobre todo, un amor altruista que permita cortar las cadenas del individualismo que, aunque provengan de mandatos egoístamente difusos, conllevan una clara intencionalidad socio-política. Solo así podremos comprender donde nos encontramos parados. Pero sobre todo, nos llevará a tomar las mejores decisiones en pos de un mundo realmente inclusivo que genere una calidad de vida digna para todos.

Simplemente cumplir con el lema de la Cumbre

Por Pablo Kornblum

https://www.infobae.com/opinion/2018/11/25/simplemente-cumplir-con-el-lema-de-la-cumbre/

https://www.clarin.com/opinion/cumplir-lema-oficial_0_2PU5CNvqi.html

No caben dudas que el ojo de la política mundial se situará en Buenos Aires a partir del 30 de noviembre. En esta oportunidad, la presidencia argentina para con la cumbre del G-20 estableció tres prioridades de vital relevancia, bajo el lema de “construir consensos para un desarrollo equitativo sostenible”.

La primera prioridad es ‘El futuro del trabajo’. En este sentido, la situación global es preocupante para la mayoría de los trabajadores. La lógica financiera en detrimento de la economía real, los mercados internos concentrados que solo desarrollan capacidades de consumo limitadas, las tercerizaciones a nivel global que conllevan a una tendencia a la baja de los salarios medios, y los escenarios de recesión frecuentes, se complementan con una dinámica incierta: la robotización y la inteligencia artificial, que si bien generan una cierta bonanza en la escueta mano de obra calificada, excluyen a las mayorías desfavorecidas en su formación y con poca accesibilidad a los empleos de calidad.

El segundo punto es la ‘Infraestructura para el desarrollo’. Ha sido evidente que a lo largo de la historia, los desarrollos de infraestructura edilicia, sanitaria, educativa o medio ambiental, solo para señalar algunos ejemplos, son vitales para alcanzar la dignidad y sustentabilidad socio-económica de los pueblos. Pero si como ocurre en la mayoría de los países de del mundo, las inversiones dependen de un escenario de permanente déficit y su derivado ajuste fiscal, la rentabilidad es obscena para las elites económicas, el financiamiento deriva en un proceso de insostenible endeudamiento – cuando no con una consecuente dependencia geopolítica -, o existe un claro proceso de enmascaramiento de lavado de activos o corrupción, se torna imposible trasvasar proporcionalmente la ingente magnitud de activos monetarios requeridos para lograr la deseada dinámica de obras necesarias que permitan alcanzar el bienestar social.

Finalmente, ‘Un futuro alimentario sostenible’, es la urgencia por sobre la urgencia. Lo menos relevante sería realizar una reducción economicista, la cual sostendría que un niño desnutrido no solo no podrá educarse, sino que además acarreará una salubridad endeble toda su vida, con efectos nocivos para con su productividad económica. El eje central debiera ser el daño moral que representa un niño con hambre, y que no tiene razón de análisis ni justificación: ni que los incrementos de precios de las materias primas alimentarias se deliberan en mercados globales bajo la presión (o mejor dicho opresión) de los monopolios formadores de precios, ni que la escasez se deriva de la preferencia por la producción de combustibles más rentables, o mismo que el problema se centra en la incapacidad gubernamental para hacer frente a una pobreza alimentaria extrema proveniente de una distribución ineficiente e ineficaz de la riqueza.

Sin embargo, pocas de las problemáticas previamente mencionadas encontrarán respuestas en la próxima Cumbre del G-20: los líderes globales se pelean, en realidad, para mantener su legitimidad doméstica a través de un sistema de puja de intereses dinámico y asimétrico; pero sin abandonar nunca, más allá de las diferentes preferencias de roles gubernamentales más activos o pasivos para con las acciones económica, el sustento sistémico que se deriva de una lógica de estabilización macroeconómica y financiera basada en las directrices neoliberales de los principales Bancos Centrales y Organismos Internacionales de Crédito.

Cuando se les cuestiona que ello repercute, claramente de manera negativa, en las políticas socio-económicas propositivas, los gobernantes se especializan en responder embebidos en una racionalidad elusiva con frecuentes culpabilidades cruzadas: que las guerras comerciales son perjudiciales, a pesar de que cumplen en determinadas ocasiones un rol de protectores de la infraestructura nacional; que las tercerizaciones son necesarias para competir, aunque afecten los empleos en ciertos países; o que los flujos financieros requieren libertad para generar el tan preciado dinamismo económico doméstico, a pesar de que puedan ir en detrimento de la producción alimentaria en la economía real, la cual suele tener una menor rentabilidad aunque sea socialmente prioritaria.

A pesar de lo expuesto, esperemos que esta vez la declaración final no quede, como casi siempre, en una discursiva confusa, falaz y vacía de contenido. Y no solo para darle veracidad al lema de la Cumbre; sino, y principalmente, para poder brindarle una real esperanza de futuro a las mayorías necesitadas del planeta.

Elecciones en Brasil: cuando la estrella es la antipolítica

Revista Perfil, Domingo 7 de Octubre de 2018

https://noticias.perfil.com/2018/10/07/elecciones-en-brasil-cuando-la-estrella-es-la-antipolitica/

En las elecciones presidenciales de hoy en Brasil el panorama es poco más que incierto. Pese a su estilo confrontativo y polémico, el candidato conservador Jair Bolsonaro lidera las encuestas de cara a la primera vuelta. El descreimiento de los políticos convencionales y un sistema gubernamental socavado por la corrupción fomentan el crecimiento de figuras radicalizadas.

Pablo Kornblum, economista especializado en relaciones internacionales, desarrolla la teoría en su libro “La sociedad anestesiada”. “El fracaso de los partidos de centro se debe al abuso de la mentira y a un sistema político que no genera respuestas en un mundo cada vez más desigual”, asegura el economista. “En Brasil se puede ver una clara tendencia a votar lo que no está manchado de corrupción, y ese es un punto a favor de Bolsonaro”, afirma Gustavo Segré, socio director de CenterGroup y profesor de la Universidad Paulista.

En medio de la campaña presidencial, Jair Bolsonaro sufrió un atentado que puso en riesgo su vida y exacerbó una contienda cada vez más radicalizada. “El episodio de la puñalada generó cierto misticismo en torno a la figura de Bolsonaro, sobre todo en los sectores evangélicos”, afirma Kornblum. “El reponerse al atentado puede llegar a mostrarlo como una persona fuerte, pero dudo que le sume dos o tres puntos en el electorado”, sentenció el analista.

El caso de Bolsonaro no es una excepción a la regla. En todo el mundo, desde Trump a Marine Le Pen, los movimientos de extrema derecha e izquierda cada vez adquieren más relevancia. “Cuando la gente no encuentra solución a sus problemas socioeconómicos, se genera un descreimiento de las instituciones convencionales y se recurre a los extremos”, asegura Kornblum. “En el mundo se está generando un movimiento que busca restituir los valores nacionalistas, muchas veces enraizando la xenofobia y la homofobia”, añade Segré.

Sin embargo, tanto Segré como Kornblum creen que es muy difícil que las elecciones en Brasil se resuelvan en primera vuelta, sobre todo a favor de Bolsonaro. “Es posible que Bolsonaro no solamente no lidere la primera vuelta, sino que pueda llegar a salir tercero por el voto útil a Alckmin en caso de un ballottage”, afirma Segré. “Lo más probable es que haya una segunda vuelta entre Haddad y Bolsonaro”, sentencia Kornblum.

En un hipotético caso de ballottage, Segré asegura que es un barajar y dar de nuevo en el cual el resultado es incierto. “Se va a terminar votando entre lulismo y anti-lulismo”, asegura el profesor paulista. “Haddad no solamente va a traccionar los votos del PT, sino también los del establishment, que buscara una alternativa más predecible a la hora de gobernar”, completa Kornblum.

Estamos en una brecha entre una minoría cada vez más rica y una mayoría cada vez más pobre

Por Pablo Kornblum publicado en el Diario Ámbito Financiero el 24 de Septiembre de 2018

http://www.ambito.com/934598-kornblum-estamos-en-una-brecha-entre-una-minoria-cada-vez-mas-rica-y-una-mayoria-cada-vez-mas-pobre

El economista y doctor en Relaciones Internacionales, Pablo Kornblum, dialogó con ámbito.com acerca de su último libro, La sociedad anestesiada, en el que realiza un crudo diagnóstico del sistema capitalista y de los efectos de la globalización.

¿Entendemos los procesos que gobiernan el mundo en que vivimos? Este es el eje disparador del libro La sociedad anestesiada, del economista y doctor en Relaciones Internacionales, Pablo Kornblum. Un ensayo político y económico que pretende clarificar, mientras nos mantenemos anclados a una coyuntura compleja y difusa, el sistema-global en el cual estamos inmersos.

Kornblum, profesor de las materias Estructura Económica Mundial y Argentina y Política Internacional en la Universidad de Buenos Aires (UBA), da cuenta en su último libro cómo funciona el sistema económico global y denuncia a lo largo del texto que una gran mayoría de la población todavía sobrevive sin la salubridad, educación e infraestructura acorde a una realidad sin carencias.

En ese contexto, sostiene en diálogo con ámbito.com que “urge la necesidad de crear las bases de la dignidad socioeconómica para poder cubrir las necesidades materiales básicas, bienes y servicios esenciales para poder disfrutar de la vida como individuos y en comunidad”.

El economista y profesor universitario destaca que el sistema internacional en el que estamos inmersos ha conllevado a un escenario donde el desinterés por la pobreza y la miseria ajena son moneda corriente. “Estamos en medio de una brecha entre una minoría cada vez más rica y unas mayorías cada vez más pobres y excluidas”, sostiene.

Según Kornblum, el capitalismo y su modernidad han sido destructivos para el ser humano. Se trata de un modelo de socialización espiral descendente que tiende a reducir a los seres humanos a la condición de gente sin otra identidad que la de consumidores en el plano económico.

Para el autor de “La sociedad anestesiada”, el actual objetivo que lo abarca todo es la lógica de la acumulación. “Producir y consumir se intercalan cíclicamente sin dejar una bocanada de aire para que el hombre piense y se desarrolle”, afirma.

A lo largo de los capítulos del libro se observa una aguda crítica hacia el poder tanto político como económico. En ese aspecto, señala que los procesos se desarrollan de antemano en las mentes de las elites mientras que las clases subyugadas se adaptan. Y remarca que “las elites políticas y económicas desean conservar de cualquier manera el statu quo”.

La tendencia del capital a subordinar cada aspecto de la vida con creciente intensidad es la esencia del sistema actual, dice Kornblum. Y agrega que el ajuste sobre millones de pobres y excluidos vuelve a poner en discusión bajo qué tipo de organización social desean vivir los hombres y mujeres del mundo.

“El proceso globalizador le ha posibilitado a los grandes grupos económicos y a sus respectivos flujos de capital las herramientas necesarias para mantener o incrementar sus tasas de utilidad. Por otra parte, el sistema financiero actual agudiza el punto más alto de los dos males tradicionales del capitalismo: la inestabilidad y la desigualdad. La falta de un modelo ético ha reproducido un sistema financiero inmoral que se ha llevado puesto una lógica de desarrollo productivo y social sustentable”, analiza.

Por eso, en el mediano plazo, las sociedades se encontrarán, indefectiblemente, con mayores niveles de desempleo, recesión y retracción de un consumo necesario para motorizar el sistema macroeconómico, afirma.

Con una pluma destacada y una prosa didáctica y esclarecedora, Kornblum propone hacia el final del libro lograr el viraje hacia un sistema político económico más justo, en el que se requeriría entonces “una lógica moral y ética diferente, donde la equidad colectiva prime”.

“El escenario superador, aquel que verdaderamente podrá cambiar estructuralmente el futuro de las mayorías, dependerá de las capacidades y posibilidades que brindan la conjugación y simultaneidad de una infinidad de variables en cada especificidad geográfica y temporal”, sostiene.

Y concluye: “Comprender es el mayor desafío para combatir las injusticias y alcanzar el objetivo de un mundo inclusivo con una calidad de vida digna para todos. Esta obra pretende ser un despertador que aporte un granito de arena para con esta causa mayúscula”.