Externalidades (y algunas miserias) globales derivadas del Coronavirus

Pablo Kornblum para Ámbito Financiero, 18-03-2020

https://www.ambito.com/economia/economia/coronavirus-el-impacto-los-mercados-y-las-miserias-globales-derivadas-n5089235

Ante la pandemia global que estamos viviendo, que para el mundo capitalista occidental más desarrollado es prácticamente una película apocalíptica impensada de terror, las externalidades generadas son de las más variadas: algunas muestran el rostro más humano y condescendiente de la especie; otros la avaricia y el aprovechar al máximo posible la situación, muchas a veces a costa de los que más sufren.

Empecemos con los héroes. Aquellos que ponen el cuerpo en las áreas de la sanidad, los denostados científicos que buscan una cura lo más rápidamente posible, los trabajadores de maestranza que se encargan de limpiar sobre lo limpio, los cajeros de los supermercados que se encuentran en contacto con cientos de personas diariamente para proveerles sus productos esenciales. Esos asalariados, desde los que requieren más educación hasta los que ponen su ‘fuerza de trabajo’, son los que sigilosamente han ido perdiendo participación en la distribución de la riqueza global, bajo el marco de un sistema que premia primaria y primordialmente la reproducción y acumulación del capital físico y – sobre todo – financiero. Para ser sinceros, perdieron en lo económico, y seguramente seguirán perdiendo. Llego la hora de que pasemos de  la satisfacción del reconocimiento ético, condición ‘necesaria pero no suficiente’, a una premiación de tinte material.

En consonancia, una vez más se les pide a los gobiernos que respondan para solucionar el caos. Es interesante porque las mayoritarias clases medias, medias-bajas y bajas, pasan la vida reclamando una gasa en un hospital, la posibilidad de tener una educación de calidad, obtener ingresos suficientes para acceder a alimentos nutritivos, o que sean elegibles para que se les otorgue un crédito y puedan adquirir un hogar o desarrollar un emprendimiento. Pero cuando la problemática impacta en los que más tienen, las clases altas y medias-altas acomodadas que se encuentran hoy en una posición de ‘horizontalidad’ en términos de capacidad de respuesta sistémico, salen a la luz los trasfondos de las miserias ocultas mientras ellos no necesitan – y sobre todo les encanta denostar -: los servicios públicos y el rol del Estado en general. Italia es un claro ejemplo: muchos se acuerdan ahora, cuando en su momento lo aplaudían, los recortes en el área de la salud – había que cumplirle la promesa a Bruselas de disminuir el déficit fiscal del 2,9% en 2019 a 2,2% en 2020, 1,8% en 2021 y 1,4% en 2022 -. Que quede claro: nadie habla de potenciar un Estado ineficiente o corrupto. Pero lamentablemente, parece que se necesitan de estas crisis para gestar un punto de inflexión que genere conciencia de la relevancia de un servicio público bien acondicionado para contrarrestar cualquier circunstancia.

Por otro lado, la recesión de la economía real en la mayoría de las regiones del planeta es un hecho. En medio de una globalización neoliberal golpeada marginalmente por la dinámica proteccionista, se resalta el trasfondo que implican las cadenas de valor de bienes intermedios y finales – con la enorme representatividad China y su traccionamiento del resto del pujante mercado asiático -, y la relevancia de los recursos naturales estratégicos, como principalmente observamos en el caso de los hidrocarburos. Por supuesto, los Estados con intereses globales siempre ven una de cal y una de arena, donde la dinámica generada por el coronavirus desató una lucha geopolítica, en la cual los principales actores intentan aprovechar cada ‘hueco’ que se genera para avanzar un casillero en el tablero global.

Un caso testigo es el de Arabia Saudita, quien recibió el reclamo de recortar la producción por parte de los Estados Unidos para contrarrestar la baja natural de la demanda de la economía real, lo que desató inmediatamente una negativa de Rusia en la OPEP; Vladimir Putin está dispuesto a un precio bajo y una rentabilidad mínima, solo porque esos valores se tornan inviables para el Shale que produce su archienemigo estadounidense. En el mientras tanto, los rusos juegan con la devaluación del Rublo, el desplome de los mercados y la incertidumbre sobre el mediano plazo para comprar todo los activos estratégicos a su alcance. Y en la carrera por el poder global de mediano y largo plazo, todo suma.

En sentido similar, el Coronavirus no solo ha desatado una tendencia negativa en la economía real mundial, sino también en la más que ‘lógica locura’ de los mercados financieros. Ello demuestra una vez más que en el mundo de lo ficticio, las expectativas y la racionalidad (y la no tanto), suele perderse. Su consecuencia, en épocas de crisis vuelven siempre ‘a lo seguro’, aquellos activos que históricamente han sido de resguardo y que van más allá del escenario coyuntural. El caso emblemático es la compra masiva de bonos de deuda soberana estadounidense. Mientras la institución Estado sigue brindando ese abanico de poder de coerción económico y militar que nunca va a desaparecer, cualquier otro actor o sus derivados (como por ejemplo el caso de las monedas digitales sin respaldo estatal), continuarán en una incertidumbre de supervivencia que hará repensar a más de uno sus futuras inversiones.

Como complemento, el Coronavirus desnudo la relevancia de la economía real en detrimento de la exponencialmente potenciada en el último medio siglo, economía de las finanzas. El mundo de la producción de bienes y servicios puede sobrevivir con un política monetaria acotada a sus necesidades de ‘provisión de moneda’ para su correcto funcionamiento. La economía financiera, por el contrario, se esfuma – para no decir se derrumba – sin su partenaire del mundo de la generación de riqueza real y el trabajo. En este sentido, este escenario vuelve a poner sobre el tapete la irracionalidad (y porque no la inmoralidad) de un sistema financiero que se multiplica con el paso del tiempo por muchas más veces que la economía real – donde además tiene la característica de ser concentrador de riqueza en el corto plazo, dado la falta de trabas o controles por parte de los gobiernos (ingenuos o cómplices) que tienen la obligación redistributiva  -, lo que conlleva a un proceso de necesaria revisión para conjugar, con mayor justicia y eficiencia, ambas esferas. De no ser así, continuará potenciando negativamente lo que observamos hoy en día: políticas salvajes de estímulo monetario y fiscal de las principales potencias que se muestran inertes para con una realidad ecléctica.

Hablando de mala praxis o ‘praxis tardía’, nos encontramos con la irresponsabilidad política tercermundista del presidente de México y ‘fan de los abrazos’ Andrés Manuel López Obrador; de un presidente como Jair Bolsonaro que prefirió apoyar una marcha de autobombo en medio de un centenar de sus seguidores; o el insólito anti-protocolo del presidente nicaragüense Daniel Ortega ante la pandemia: fronteras abiertas y una marcha contra el coronavirus (y las recomendaciones de la OMS), denominada “Amor en tiempos del covid-19”. Sin palabras. A veces no se entiende si la lógica es negar la problemática tirando la ‘basura debajo de la alfombra’, cuando sabemos que en algún momento va a haber una explosión en la propagación. Y los que más van a sufrir no van a ser ellos ni sus familias, que como miembros de una elite que representan van a tener todas las herramientas para su tratamiento. Sino los millones de pobres que, por su fuera poco, han dejado en sus manos el poder de cambiar su oscura realidad. Y que no solo no cumplen, sino que con la estúpida soberbia expuesta, solo generarán un mayor abandono ante un virus mortal.

Finalmente tenemos, no con menos asombro, la posición del presidente Donald Trump, que después de un mes de negacionismo, recién esta semana le pidió a la población evitar juntarse en grupos de más de 10 personas – aunque descarto una cuarentena general -; o de la Canciller Ángela Merkel, quien sostuvo hace dos semanas que el 70% de la población podría infectarse – pero “el 80% podría recuperarse fácilmente” –, y ahora se vio obligada a tomar medidas drásticas, dejando abiertos solo supermercados, farmacias y un número reducido de otros establecimientos; o las increíbles palabras del recientemente triunfante en las elecciones británicas, el Brexiteer Boris Johnson, quien sostuvo hace pocos días que es mejor que la enfermedad circule para crear inmunidad, ya que existe una “fatiga conductual” que conlleva a que la adhesión pública a las cuarentenas disminuya con el tiempo. Solamente después de una lluvia de críticas de la mayor parte del arco científico y ciudadano, en las últimas horas le recomendó a la población del Reino Unido que eviten “todos los contactos sociales y desplazamientos no esenciales”.

Este retraso en un posicionamiento firme de políticas públicas en pos de la lógica de la acumulación a como dé lugar, se contrapone con las medidas consistentes y sólidas de China o Corea del Sur, quienes con relativo éxito han actuado rápidamente y poniendo todos los recursos a disposición. Si, así es, países menos democráticos y occidentales, además de más paternalistas y controladores. La lógica descripta ha puesto en jaque a aquellos que sostienen indefectiblemente que las democracias capitalistas del mero “voto y delego, esperando eficiencia y libertad”, son la única vía para una gobernanza efectiva que permita lograr mejoras en la calidad de vida de sus poblaciones. Y más aún, torna en evidencia la dificultad de lograr equilibrios políticos e ideológicos ante contextos cada vez más vinculados a libros distópicos que a un verdadero desarrollo socio-económico colectivo y global.

Para concluir, como ocurre con la crisis medioambiental global pero con la diferencia que la actual se vivencia a pasos agigantados y no en el mediano y largo plazo, se observa claramente que la necesaria continuidad sistémica del régimen de acumulación (pregonado principalmente por algunas de las consideradas potencias económicas y militares, pero muy alejadas de demostrar vigor moral), se encuentran por sobre el ser humano y su salubridad. Uno entiende, como ocurre en nuestro país, que las medidas extremas del ‘parar todo’ perjudican a una gran parte de la vida económica, comenzando por las ya castigadas Pymes y sus empleados, pero por sobre todo cae con dureza sobre los más humildes, aquellas mayorías que viven de su trabajo diario en las calles  - muchas veces no registrado –, y los desocupados, que ven cada día más lejos la posibilidad de poder generar algún ingreso en el corto plazo.

Por ello, la enseñanza que nos tiene que dejar está problemática ex post, es casi exclusivamente preventiva. Dotar de un ingente financiamiento al sector de la salud (salarios, insumos, etc.); generar una infraestructura desarrollada para ser flexible a la hora de poder mutar rápidamente las formas de trabajo; y principalmente crear un proceso redistributivo con políticas acordes para terminar con el ahogo a los pequeños y medianos productores, la precariedad laboral en todas sus formas, y la pobreza desesperanzadora que potencia enfermedades y no permite vivir más allá del día a día. Para que cuando aparezca, dios no quiera, una próxima pandemia, nos encuentre a todos mejor preparados.

El impacto geoeconómico del Coronavirus

Pablo Kornblum en Ámbito Financiero el 04-03-2020

https://www.ambito.com/opiniones/coronavirus/el-impacto-geoeconomico-del-coronavirus-n5086604

La historia de la humanidad ha tenido varias epidemias que se extendieron más allá de las fronteras nacionales y regionales, transformándose, en poco tiempo, en pandemias generalizadas a lo largo y ancho de nuestro planeta. Por supuesto, la intensidad ha sido diferente, pero el resultado geopolítico y geoeconómico ha sido casi siempre el mismo: mancomunión diplomática discursiva, poniendo a disposición todos los recursos necesarios para pasar ‘el temblor’ lo más rápidamente posible.

Sin embargo, este contexto ha sido puesto en discusión en la actual pandemia: la Organización Mundial de la Salud ha manifestado que no recibió la respuesta que esperaba cuando pidió a los países miembros 675 millones de dólares para aplicar un plan de respuesta al Covid-19. Todos preocupados, si. Pero al final del día, cada Estado busca su ‘propia salvación’, ya que los recursos son escasos para todos y el mundo se encuentra muy complicado como para continuar insistiendo con la irrealidad que implicó el ‘fin de la historia’ y la gran alianza de cooperación trasnacional.

Posteriormente, siempre se han evaluado las consecuencias macroeconómicas y financieras que dejaron las pandemias. Que en pos de la verdad, con atenuantes diversos y con los avances de la medicina de las últimas décadas, las mismas no han ‘derrumbado’ a la economía global. Por ejemplo, la pandemia de la gripe porcina SARS del año 2003, causó 744 muertes y dejó pérdidas económicas que no superaron los 12.000 millones de dólares. Por su parte, la pandemia de la Gripe A, que comenzó en 2009 y duró poco más de un año, solo impacto en un 0,1% del PBI global. Posteriormente, la pandemia del Ébola, generada en Guinea en 2013 y luego extendida principalmente por varios países del continente, tuvo una duración de 3 años y produjo 11.323 muertes, todas en los países africanos salvo una en los Estados Unidos. La repercusión macro allí fue relativa y difícil de mesurar: amplias problemáticas políticas, económicas y sanitarias (como el HIV) estructurales, diluyeron el dilema económico derivado específicamente del virus. En nuestras latitudes, la pandemia del virus del Zika llegó en el año 2015 y afectó a algunas miles de personas en 76 países. Al no haber muertes sino casos de microcefalia o malformaciones del sistema nervioso central – sobre todo en infantes -, el impacto geoeconómico de corto plazo fue más reducido.

En la actualidad, el propio Fondo Monetario Internacional (FMI), que preveía que 2020 fuera el año del repunte de la economía mundial tras haber tocado fondo la desaceleración en 2019, ahora duda de que el crecimiento global llegue al 3,3% inicialmente calculado; sin embargo, estima que la pandemia del Covid-19 podría solamente restar una o dos décimas a ese crecimiento. El Banco Mundial, por su parte, ha publicado que el costo del agravamiento de una pandemia de gripe grave puede ascender a un total equivalente al 5% del PBI mundial. No es poco, pero tampoco es una tragedia económica de la que el sistema económico global, tal como se encuentra al día de hoy, no pueda recuperarse en el corto/mediano plazo. Más aún, algunos más optimistas en cuanto un ya leve retroceso del virus en términos de la dinámica cuantitativa, como el Citibank, sostiene que la actividad económica en China ya está volviendo a la normalidad y estaría en torno al 45% de su capacidad previa a la epidemia, lo que le conlleva a pensar que el Coronavirus estaría bajo control en el gigante asiático a finales de Marzo. Un paréntesis aquí sobre la relevancia de un Estado totalitario como lo es el chino: mientras por un lado recibe críticas por parte de los pro-derechos humanos, por el otro demuestra la eficacia que ello provoca en tanto al férreo control de la población.

Siguiendo con las consecuencias económicas en China, el Deutsche Bank calcula que la epidemia le restará 0,3 puntos porcentuales en 2020, aunque la agencia Moody’s duplica ese impacto previsto y ha rebajado su previsión para 2020 del 5,8% al 5,3% de crecimiento del producto. El foco en la segunda potencia económica del mundo no es menor: lugar embrionario y principal afectado por el Coronavirus – como más del 95% del total de casos -, conlleva un análisis que excede la coyuntura: cuando apareció el SARS hace casi dos décadas con China como principal afectada (disminución del PBI del 1%), el gigante asiático representaba sólo el 4,2% de la economía mundial; mientras que el año pasado, su participación en el PBI se había incrementado de tal forma hasta alcanzar el 18% del total global. Por ende, su representatividad a la hora de realizar una prospectiva es actualmente mucho mayor.

En este sentido, una gran cantidad de empresas que concentraron su producción en China, podrían reevaluar su lógica de dependencia estratégica y diversificar su cadena de valor, principalmente redistribuyendo sus operaciones en el resto de los países del Sudeste Asiático: justamente aquellos Estados que hasta hace poco eran proveedores complementarios de China, y que de a poco se van tornando en competidores formales, ya sea por menores precios (sobre todo en términos salariales) o por el mejoramiento de sus capacidades tecnológicas.

Un razonamiento complementario expuso el Secretario de Comercio estadounidense, Wilbur Ross, quien declaró declaró que la pandemia “ayudará a acelerar el regreso de los empleos a América del Norte. Algunos a Estados Unidos y otros a México, probablemente”. Por supuesto, a continuación aclaró que “antes que nada, el corazón de cada estadounidense tiene que estar con las víctimas del Coronavirus”. El sincericidio del relevante funcionario estadounidense solo desnuda lo que ya sabemos: las casi tres mil vidas pérdidas hasta el día de hoy son lo que menos importa, aunque los Estados intentan al menos mantener las formas discursivas ante los ojos de una población global aturdida y temerosa de su salubridad.

En términos de la cotidianidad empírica, no cabe duda que el Coronavirus tiene un impacto, sobre todo en los sectores del turismo, el transporte y las industrias que conllevan una cuantiosa aglomeración de trabajadores. En este sentido, cualquier ascendencia negativa sobre el efecto multiplicador del Consumo o el acelerador de la Inversión, generará un proceso de retracción económica de la economía real. A excepción de algunos sectores o industrias, como la farmacéutica o la tecnología digital que se ven impulsados positivamente por el escenario de crisis generado por la pandemia, la mayor parte de los actores económicos se ven afectados: los cierres de fábricas para evitar grandes reuniones de personas conllevan un congelamiento de la producción, el efecto económico negativo derivado de la desaceleración China (siendo el gigante asiático el mayor consumidor de una gran cantidad de las materias primas de las cuales dependen varias regiones del planeta), o el propio sector del turismo, donde solo los chinos en el extranjero representaron 170 millones de visitantes en el 2019, por solo nombrar algunos ejemplos. Y en un mundo donde la vorágine de la globalización neoliberal llegó para quedarse, cualquier obstáculo al crecimiento económico global es un llamado de alerta para los mercados.

En cuanto a estos últimos, no podemos dejar de mencionar la lógica de la economía financiera. Los otrora bien denominados (y lamentablemente conocidos por nosotros) capitales golondrinas, huyen mayoritariamente despavoridos ante el primer síntoma de alarma de inestabilidad. No importa muy bien la razón – y en muchas ocasiones tampoco la comprenden cabalmente -, pero siempre es mejor escapar hacia activos seguros, alejados de las potenciales pérdidas que podrían sufrir ante la persistencia de una crisis pandémica.

En este aspecto, el ‘flight to quality’ al oro o a los bonos del tesoro estadounidense es un deja vú que se ha repetido frecuentemente en la historia económica: una crisis financiera regional, una guerra que involucre algún Estado petrolero del Medio Oriente, o un nuevo virus momentáneamente indescifrable, son algunas variables que desatan el temor y la tempestad de los mercados financieros. Quienes precisamente no son los más racionales para analizar cada caso en detalle, ni para evaluar una prospectiva de largo plazo. También es lógico. Hay mucho dinero en juego – en muchas ocasiones mal habido -, que tiene solo un per se: multiplicarse como sea. Las potenciales pérdidas pueden ser el final; sobre todo de aquellos que solo viven de la especulación.

El otro punto a tener en cuenta es que, al ser un problema de salubridad puntual, la afectación es específicamente sobre los seres humanos. Y no sobre el capital, ya sea financiero o de bienes y servicios. Ello no es un tema menor: en los países donde no penetre el virus en profundidad, los procesos de producción, las transacciones, y la dinámica de las comunicaciones permitirá que los efectos colaterales sean suavizados.

Nuestro país podría ser un ejemplo de ello: más allá del creciente flujo de turistas chinos en nuestro país o los viajes de negocios de empresarios argentinos al gigante asiático, las exportaciones de carne vacuna o la soja con sus derivados, deberían continuar sin mayores inconvenientes operativos. Mismo si tenemos que activar el Swap o efectivizar las inversiones financieras o en la economía real previamente acordadas entre ambos Estados. Por supuesto, en términos de demanda y oferta siempre es más fluido un escenario ‘libre de virus’, pero los impactos macroeconómicos y financieros trasnacionales no deberían ser devastadores. Más aún, seguramente serán mucho menores, por ejemplo, que si la guerra comercial entre Estados Unidos y China – que tiene en vilo al mundo entero – se sostiene a lo largo de los años.

En definitiva, salvó que se genere una potenciación de la problemática de salubridad en términos temporales y cuantitativos, los efectos en el largo plazo no deberían ser catastróficos para la economía global. Y para los argentinos, lejos se encuentra de ser un dilema estructural y endémico, como lo son el dengue, los espeluznantes números de la pobreza, o la violencia social que no cede. Con millones de carentes y miles de muertes que si son, lamentablemente, parte de nuestra vida cotidiana. Y ello es consecuencia de la peor enfermedad que padecemos: un país históricamente vilipendiado por gobiernos inoperantes, sectores económicos concentrados evasores, y sindicalistas cómplices y ajenos a las necesidades de quienes los representan; todos aquellos que han hecho de la mala praxis y la corrupción la norma de la política argentina. Donde el Coronavirus, en comparación, tiene el mismo impacto que una mera caricia.

¿Por qué es importante ser ciudadano de un país que construye poder?

Pablo Kornblum para Ambito Financiero, 19/02/2020

https://www.ambito.com/opiniones/capital/por-que-es-importante-ser-ciudadano-un-pais-que-construye-poder-n5084006

Las peleas del futuro no se distinguen de las del pasado ni las del presente. La lucha por la acumulación de capital físico (con su devenir financiero, aunque se hayan invertido los roles en el orden de prioridades) en base a la apropiación de recursos naturales estratégicos que permitan generar amplias cadenas de valor en industrias de alta tecnología permiten, a través de la lógica del comercio global, continuar incrementando el flujo y stock de bienes y servicios de los Estados; pero también – y por sobre todo – son utilizados como medio para potenciar el círculo virtuoso del poder duro (el aparato militar, la cyber-defensa, el control del espacio).

¿En que radica la importancia de vivir en un Estado ‘poderoso’ en términos geopolíticos y geoeconómicos? Principalmente, por la capacidad de redistribuir la riqueza que poseen. Pero no en términos altruistas, sino simplemente para hacer cumplir los deseos de los paladines de la ‘pax social’: más recursos implican mayores ‘dádivas’ para contener a una ciudadanía cada día más demandante. Así es, mal que les pese a las elites globales, el ser humano quiere vivir mejor; por ende, los pedidos a los gobiernos, pero también a las grandes corporaciones a través de la ‘Responsabilidad Social Empresaria’, o al famoso ‘1% más rico’ bajo el halo de la filantropía coercitiva, tienen una tendencia creciente en cada rincón del planeta. De no recibir respuestas positivas, la expansión de las miserias y desigualdades solo implicará mayores tensiones sociales con consecuentes futuros impredecibles.

A ello se le adiciona otro dilema. La globalización tecnológica de las últimas décadas conllevó a un derrame de información variada y nutrida a aquellos lugares de la tierra que hasta finales del siglo pasado eran considerados remotos. En este sentido, una enorme cantidad de seres humanos tienen acceso a ver con sus propios ojos la pobreza, las injusticias, los peligros, o los debates que se llevan a cabo en torno a sus vidas y los temas de interés internacional. Ello ha enriquecido la capacidad de elaboración de ideas a través del cuestionamiento. Y contrarresta la famosa frase que dice que hay dos formas de poner de rodillas a un pueblo: ‘por las armas, o a través de la ignorancia’.

El otro punto a destacar es que la expansión de medios a nivel global, conlleva una contraparte económica. Los procesos de globalización de la producción se realizan a través de tercerizaciones hacia mercados ‘más económicos’, destruyendo el salario de la clase media del mundo desarrollado para homogeneizar un escenario socio-productivo que perpetua una gigantesca marea de clase media-baja, los cuales se han transformado en variables fundamentales que ayudan a la supervivencia de las Pymes dependientes de las grandes corporaciones, como así también a las erogaciones gubernamentales discrecionales – léase el tan mentado ‘gasto social’ de los poderes de turno. Todo ‘pendiente de un hilo’, contrario a los objetivos de sustentabilidad y desarrollo de la calidad de vida de la ciudadanía trasnacional.

Como se ha descripto, sostener los avatares de las mayoritarias clases empobrecidas y pauperizadas del mundo no es tarea sencilla para los que rigen los destinos del planeta. Sin embargo, no es imposible.

Por un lado, la vital información como ‘herramienta educadora’, es susceptiblemente dominada por los poderes político-económicos. Para una gran parte de la población no especializada en las denominadas Ciencias Sociales (Ciencias Políticas, Economía, Sociología), la manipulación de lo que se dice suele ser moneda corriente. Nadie espera que las mismas sean objetivas; pero deberían mostrar, al menos, los dos lados del mostrador – aunque sabemos que en muchas ocasiones el abanico de grises es amplio -, para que el ciudadano medio pueda tratar de analizar la realidad a través de diferentes prismas ópticos.

La otra temática relevante a destacar es la utilización de la grieta entre clases sociales inter-estatales similares, como elemento disuasivo de aquellos que quieren derribar el estatus-quo. Ya Arghiri Emmanuel, el economista marxista griego que tuvo una enorme relevancia a mediados del siglo pasado, sostenía que mientras las elites de los países desarrollados y sub-desarrollados se beneficiaban de los intercambios comerciales y financieros (los primeros en mayor medida, en base al deterioro en los términos de intercambio de los segundos), existía además algún tipo de beneficio relativo para con las amplias ‘clases medias’ del primer mundo, a través de mercados internos virtuosos. Pero el punto en cuestión es que los perdedores, las mayorías pobres de los países del ‘tercer mundo’, no solo reciben migajas del plusvalor de sus clases dominantes, sino que, y por sobre todo, se encuentran ‘desconectados’ con sus pares trabajadores – o mismo pequeños emprendedores desclasados -, de las otrora potencias Europeas, Estados Unidos, o Japón.

Finalmente los poderes dominantes tienen, como último recurso, el aparato represivo del Estado. Si, ya saben que desde la creación de las Naciones Unidas y todas sus declamaciones, no se encuentra bien visto la utilización de la fuerza para reprimir a una sociedad civil que declama mejoras urgentes y, peor aún, generalmente ‘demasiado racionales’. Pero los reclamos son cada vez más fuertes y poderosos, de sociedades que exigen un verdadero cambio y hacen tambalear a los poderes de turno. Ello es inadmisible. Por ello la validación y el llevar a la praxis – después se verá cómo se justifica -, los secuestros, la represión, las ejecuciones y la violencia psíquica, son una práctica lamentablemente ‘normalizada’ de aquellos que se encuentran justamente para cuidarlos y hacer valer/respetar sus derechos.

Para concluir, podemos afirmar que en la última década hemos vivido un poco de todo lo mencionado: desde los ‘indignados’ pasando por la primavera árabe; guerras comerciales y disminución de costos a como sea; conflictos intrínsecos ideológicos que abarcan desde la posición ante la inmigración o el cómo se controlan epidemias como el Coronavirus, o la violencia paraestatal como son el caso del Chile de Piñera o la Venezuela de Maduro, para ir muy lejos de nuestro entorno.

Dentro de este torbellino de situaciones, donde todas las variables son válidas y la puja de intereses contrapuestos es permanente, siempre termina prevaleciendo la fuerza o el dinero que ella puede comprar. O viceversa, ya que el orden de los factores no altera el producto: poder y riqueza se intercalan y se potencian mutuamente. Y en este sentido, sea cual sea la posición en la cual nos encontremos en cada entramado social nacional – aunque a muchos les pese y lo discutan, el sistema internacional se sigue rigiendo bajo el eje rector de los actores estatales – en el fragor de la batalla, mejor es estar bajo el ala de los ganadores.

Porque de lo contrario, las problemáticas se potencian negativamente y, como nos suele ocurrir a los argentinos, continuaremos descendiendo aún más a escenarios de rispideces políticas intra-nacionales cada vez más agresivas por la escases de recursos económicos/financieros y la falta de capacidades de poder para mantener o conquistar activos estratégicos; que si lo adicionamos a la ya crónica injusta redistribución de la riqueza generada, solo redundará en una mayor violencia y caos social donde ya nadie se salva: ni los que menos tienen que ya no saben como sobrevivir; lo que queda de la clase media que cada vez obtiene menos con un mayor esfuerzo; ni las clases más acomodadas, donde su seguridad corre peligro permanentemente. Como ocurre en ciertos países y regiones del mundo, donde jamás hubiéramos soñado estar. No, no estoy describiendo un escenario distópico. Es nuestra realidad actual.

La Unión Europea, la gran derrotada en la geopolítica del siglo XXI

Pablo Kornblum para Página 12, 17-02-2020

https://www.pagina12.com.ar/247873-como-favorecer-la-insercion-internacional

La Europa renaciente de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial era el futuro. La Unión Europea iba a ser la consolidación de un mundo homogéneo y pujante, bajo la lógica capitalista, occidental y democrática. El tratado de Maastricht de 1992, junto con la creación y puesta en circulación del Euro en los albores de este siglo, eran la culminación de un proceso virtuoso, acordado, prácticamente sin fisuras. Una Europa potencia dispuesta a demostrar que, bajo el halo de un desarrollo socio-económico y productivo común, podrían aventajar como modelo de vida al imperio estadounidense, al alicaído pero siempre vanguardista Japón, a la transicional Rusia, y a la consolidación del ‘Socialismo de Mercado’ chino.

¿Qué Europa tenemos hoy, pasadas nada más que dos décadas de aquel momento cumbre? Un pedido de clemencia para que los Estados Unidos vuelva al dialogo con Irán por el acuerdo nuclear y no se caiga la venta de 112 aviones Airbus al gigante persa;  una Irlanda que hace caso omiso a la legislación laboral o medioambiental comunitaria para incentivar inversiones a como dé lugar; una Francia que aplica una tasa de digitalización que impacta a propios y extraños, agudizando la guerra comercial global; o los mismos británicos, que a días de pegar un portazo denostando a sus otrora ex socios, festejan un convenio con China/Huawei por la tecnología 5-G en todo el Reino Unido.

El complemento macro se nutre además de las políticas que impactan en el entramado socio-económico: los países nórdicos desmantelando lentamente el Estado de Bienestar en nombre del ‘empoderamiento del individuo’; una reconversión productiva que transfirió el valor agregado a las industrias de los países emergentes, equiparando tecnología pero con menores salarios (como es el caso de Alemania, país que ha producido un trasvase de empleados de la industria a los servicios – 59,5% en 1991 a 73,5% en la actualidad -); el pedido de ajuste fiscal a los ‘ineficientes e ineficaces griegos’ por parte de la propia Bruselas – con los bancos alemanes a la cabeza – que solo les interesaba recuperar lo prestado a un país inviable post-crisis del año 2010 (una deuda soberana griega que había alcanzado los 320.000 millones de Euros, casi el 200% de su PBI), a sabiendas que las ganancias se habían concentrado en una elite política y financiera corrupta, mientras las pérdidas se terminarían socializando a través de fuertes medidas de austeridad; o el denostado Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE), donde algunos países han puesto el grito en el cielo cuando Italia pidió ayuda para lidiar con sus pasivos públicos, que al día de hoy ya superan el 130% de su PBI. Los ‘países del sur no son de fiar’, reclamaron desde Holanda y Bélgica. Solo les falto aclarar que existen culturas más proclives al trabajo versus ‘vagos improductivos’, dentro del propio seno comunitario.

Evidentemente, hay 3 ejes que mellan contra lo lógica de poder europeísta: por un lado, los resquebrajamientos intra-nacionales (inmigración, pérdida de las capacidades de los Estados de generar desarrollo socio-económico) propias de un capitalismo cada día más agresivo y desigual; por otro lado, la grave equivocación (bajo la típica dialéctica de los Organismos Internacionales) de homogeneizar las políticas inter-estatales de la Unión Europea (todos – teóricamente -, podían mantener a raja tabla un déficit fiscal y la deuda pública no mayor al 3% y 60% del PBI respectivamente); y finalmente, no alcanza la cooperación y las buenas voluntades para construir poder cohesionado en base a una fortaleza política y militar, que permita avanzar geopolítica y geoeconómicamente sobre el resto de las áreas del planeta (incluida los polos y el ciberespacio).

En contraposición, Estados Unidos, China y Rusia, en ese orden (y por ahora), si han logrado mantener o incrementar sus cuotas de poder global. Poseen claramente en su haber los puntos dos y tres. Y cuando miran hacia adentro, las debilidades generadas inherentes al sistema se las contrarresta con poder de coerción. Y punto.

¿Tenemos desde nuestros lares una lógica de poder regional? En términos políticos-militares, totalmente descartado. A la pulverización de la UNASUR bajo la dinámica de izquierda vs. derecha que prima en nuestra región – trasvasadas por la histórica Doctrina Monroe estadounidense, a la que se le adiciona a partir del corriente siglo XXI el involucramiento, más o menos  explícito y profundo según sea el caso, de China y Rusia -, se le adiciona un Mercosur que claramente nunca funcionó en plenitud. El consenso de las políticas macroeconómicas, tanto domésticas como mirando hacia afuera, quedaron siempre en el debe (Brasil abriendo los brazos a nuestras empresas en la convertibilidad, Uruguay y Paraguay quejándose de su ‘menor relevancia’ en las decisiones trascendentes, etc.).

Como no hemos estado a la altura de construir poder regional, menos aún de avanzar hacia un estatus de potencia media en soledad bajo un escenario intrínseco altamente desfavorable. Las enormes problemáticas argentinas de tinte institucional, enraizadas en la corrupción y la mala praxis, han sido la norma y no la excepción en el último medio siglo. Solo existen soluciones con beneficios individuales y parciales, no para el conjunto de la sociedad.  Ello se observa en el propio Tratado de Libre Comercio entre el Mercosur y la Unión Europea, donde los grandes grupos agroexportadores sacarán provecho una vez más de nuestras abundantes y preciadas materias primas; siempre a cambio de la compra de productos de mediana y alta tecnología, la extensión en la vigencia de patentes (especialmente las industrias farmacéuticas y la electrónica), o la posibilidad de adquirir sin obstáculos los denominados ‘metales raros’. Podemos disentir si económicamente el acuerdo será favorable para nuestra frágil macroeconomía. Lo que es seguro es que no nos servirá para construir poder real – y no el ‘soft power’ que se escurre entre los dedos – en términos de proyección global.

Pero además, las voces de los ganadores de siempre ya comenzaron a pedir cambios que impliquen la reducción de la presión impositiva y la reforma de los convenios laborales. Bajo la bien conocida doctrina del ‘esfuerzo permanente’, estos grupos explicitan, una vez más, la urgente necesidad de ser más competitivos. Salarios africanos y 50% de los niños bajo la línea de la pobreza multidimensional – sin una educación y salubridad de calidad que nos permita desarrollar un capital humano superador para el futuro -, es un cóctel perverso y explosivo que no podemos permitirnos. Pero no solo porque es inmoral para con nuestros conciudadanos: sino porque este eje socio-económico solo ayuda a sostener el círculo vicioso de la dependencia productiva, sin crear un ápice de verdadero poder económico, tecnológico y militar que nos genere, al menos, cierto respeto a nivel internacional.

Brexit, ¿fin o comienzo de la historia?

Pablo Kornblum para Ámbito Financiero – 7-2-2020

https://www.ambito.com/opiniones/brexit/brexit-fin-o-comienzo-la-historia-n5081490

Hartazgo. No cabe otra palabra para los ciudadanos británicos que le dieron el último espaldarazo a Boris Johnson para que, finalmente, obtenga el 12 de Diciembre pasado la mayoría parlamentaria suficiente que le permitió aprobar el borrador acordado con Bruselas. Tres años y medio de idas y venidas que desgastaron a ambas posiciones, pero sobre todo a los políticos ambiguos, quienes ya no encuentran asidero en la actual población global. Nunca más apropiada la frase ‘a los tibios los vomita dios’ para comprender a una ciudadanía cada vez más informada de las miserias y de la urgente necesidad de cambio. Aquellas que los gobiernos de Centro (tanto los progresistas como los conservadores), ya no les pueden brindar respuestas ni siquiera tranquilizadoras. Sino miremos quienes gobiernan en potencias como Estados Unidos, Rusia, China, el Reino Unido, o Brasil. Podemos hablar de su ‘relativo’ éxito en una diversidad de áreas, pero seguramente ‘pisan con mayor firmeza’ que los endebles Macron, Sánchez, Piñera o Lenin Moreno.

En este sentido, el sentimiento a favor del Brexit creció a raíz de la crisis financiera de 2008, cuando los trabajadores británicos se comenzaron a quejar con mayor fuerza por la pauperización en su calidad de vida. No culparon al capitalismo, ni siquiera a las políticas del gobierno del Reino Unido. Para muchos, la responsabilidad fue casi exclusiva de la Unión Europea (UE) y, especialmente, la migración de trabajadores comunitarios que ejercía presión sobre el empleo, la vivienda y los servicios sociales (a pesar de que la mayoría son jóvenes – a menudo solteros que subutilizan el sistema público -, que realizan trabajos de servicios mal pagos – hotelería, restaurantes, agricultura -, y ayudan a pagar las contribuciones de pensiones para los británicos que se encuentran jubilados).

En este aspecto, el “Take Back Control” (retomar el control) ayudó a construir una alianza política exitosa entre una gran parte de la clase obrera británica (cabe destacar que el trabajador promedio ha perdido 11.800 Libras Esterlinas en ingresos reales desde 2008), ideólogos conservadores críticos de la UE, nostálgicos de los días del Imperio que querían ver a “Gran Bretaña” operando más libremente en el mundo, empresarios – sobre todo industriales y del sector agrícola – que se encontraban molestos por las regulaciones y la competencia con otros mercados comunitarios, e incluso sectores de la izquierda que sostenían que la UE es parte de un entramado capitalista perverso.

Como contraparte podemos mencionar a los miembros del establishment, aquellas elites financieras y mediáticas que pronosticaban la ‘hecatombe del imperio’ fuera de Europa, donde se interrumpirían las cadenas de suministro, se pondría en riesgo relaciones comerciales cruciales, y se dañaría fuertemente la inversión en general. Sin embargo, la posición  de los ‘brexiteers’ no cambió; menos aun cuando ninguno de los pronósticos agoreros ocurrieron: la economía británica continuó creciendo (es verdad que más tibiamente que previo al Brexit – levemente inferior al 2% -, pero sustancialmente mejor que, por ejemplo, bajo la crisis global de 2008-2009), y el país no se estrelló con destino seguro al abismo.

Para entender el porqué, hay dos variables que son fundamentales: por un lado, mientras algunos sectores de la economía se vieron (y verán) perjudicados, otros ya han comenzado a sentir algún suave viento de cola. Un ejemplo es la devaluación de la Libra Esterlina (el dólar se apreció de 1,70 a 1,30 por libra), la cual ya ha permitido incrementar exportaciones y sustituir importaciones de sectores previamente ‘poco competitivos’, en contraposición de la actual economía “rentista” que depende demasiado de su sector de servicios financieros y comerciales.

Nadie niega que el 57 % del comercio de bienes y el 40% de servicios del Reino Unido todavía son con la UE. Pero desde el día uno del referéndum los funcionarios técnicos, aquellos que se encuentran más allá de la ‘rosca’ política, comenzaron a trabajar arduamente buscando oportunidades en el resto del mundo. Pero ello no es de extrañar que China se encuentre lista para adentrar en el Reino Unido su nueva tecnología celular 5G de la mano de Huawei, que el presidente Donald Trump pretenda facilitar y acelerar un nuevo tratado bilateral de libre comercio, o que por ejemplo el mismo México, donde la inversión británica ocupa el octavo lugar, también haya mostrado interés y en agosto pasado acordó con el Reino Unido desarrollar una “ambiciosa” relación comercial bilateral.

Quien claramente ha perdido, aunque lo disimule detrás de una tristeza fraternal ante un futuro complejo con sus ahora ex socios, es la UE. Aquel club creado desde las cenizas de la post Segunda Guerra Mundial que deseaba demostrar unidad y capacidad de enfrentar, bajo la lógica occidental capitalista neoliberal que se avecinaba, sus condiciones de pelearles ‘palmo a palmo’ el dominio económico global a los Estados Unidos, Japón, y ahora China. Más de medio siglo después, el fracaso llega hasta el punto de intentar mantener al menos un acuerdo estilo unión aduanera (con aranceles y regulaciones fronterizas similares) y conservar algunos puntos del mercado único existente (como la libertad de movimiento de trabajo y capital, los  derechos de los ciudadanos, etc.). Algo que el nuevo gobierno conservador de Johnson no tendría intención alguna de suscribir.

El otro factor es político-institucional. El Reino Unido fue la principal potencia del mundo hasta hace poco más de un siglo. Su lógica sistémica ha generado decisiones que han injerido en la vida política, económica y social dentro y fuera de sus fronteras, siempre bajo un hilo de cohesión y un norte nacional que va más allá de cualquier idea personalista que pueda mellar sus capacidades como potencia. Aunque constreñida en momentos de su historia reciente, lejos estamos de una implosión del imperio. ¿O acaso ustedes se imaginan, con lo trascendente que son las expectativas en economía, que un país cualquiera puede sobrevivir estoicamente más de tres años de incertidumbre previo a uno de los puntos de inflexión más importantes de su historia como Estado-Nación? Ni pensar lo que ocurriría por estos lares si pasará lo mismo…

A ello se adiciona que el británico, sobre todo el inglés, es un ser muy nacionalista. Sobre todo la clase media y los círculos obreros, aunque denostados desde Margaret Thatcher hasta aquí, aman su país. Johnson lo comprendió perfectamente y bajo el lema “Get Brexit Done”, logró arrasar en las elecciones combinando la salida ‘a como sea’ de una Unión Europea ‘enemiga de los intereses británicos’, y un apoyo a la asistencia social valorado por el hasta entonces indeciso votante de centro.

En cuanto a este aspecto del ser nacional, nos encontramos con el escenario difuso que implica el futuro puertas adentro del Reino Unido. Por un lado, la mayoría de los escoceses votaron para permanecer en la UE en el referéndum, mientras a su vez los nacionalistas obtuvieron una victoria arrasadora en las elecciones de diciembre; por ende, seguramente presionarán nuevamente por un segundo referéndum para la independencia, al estilo catalán. Probabilidad de éxito: casi nula. De la Reina Madre para bajo, de ninguna manera permitirán que 5 millones de escoceses (de los cuales medio millón son ingleses con derecho a voto) resquebrajen el imperio. Mismo es el caso de Irlanda del Norte, que además primero tiene que subsanar diferendos en diversas áreas institucionales entre los católicos pro europeos y los unionistas protestantes. Y en una temática tan compleja y determinante para su futuro, mejor es no reabrir heridas del pasado que pueden derivar en tensiones que pudieran salirse de control.

Finalmente y en cuanto al impacto en nuestro país, debemos estar atentos para comprender sobre que variables se puede trabajar, con algún tipo de injerencia, para sacar provecho del conflictivo Brexit descripto. Por un lado, es claro que no podemos sostener una lógica militarista – un camino inviable, por lo menos por ahora – donde nos encontramos a años luz de las capacidades del Reino Unido. Más aún si tenemos en cuenta que, ni con todos los dilemas que conllevó el Brexit se atrevieron a realizar un ajuste en la cartera militar: el presupuesto del Ministerio de Defensa Británico pasó de 37.100 millones de Libras Esterlinas al momento del Referéndum de salida de la Unión Europea, a los 41.300 millones de Libras Esterlinas para el próximo período fiscal 2020/2021.

Lo que si es factible es aprovechar en términos políticos, económicos y jurídicos, este momento de debilidad que provoca la incertidumbre en los Territorios Británicos de Ultramar, olvidados y ninguneados desde el día uno del referéndum de salida, y todavía sin respuestas concretas por parte del gobierno de Johnson. La libido de la agenda de los equipos técnicos negociadores definitivamente se centrará en la frontera irlandesa, para citar una prioridad, y no en los aranceles a la pesca que deberán comenzar a pagar los buques provenientes de las Islas Malvinas, hasta ahora exentos de cualquier tipo de imposición (que rondan entre el 6% y 18% para la pesca de los ‘no comunitarios’, según el tipo de especie). No es un tema menor, sino mayúsculo para los menos de tres mil habitantes de las Islas Malvinas: casi el 60% del valor agregado de las islas proviene de la industria pesquera, cuyo destino del 95% de sus exportaciones generadoras de divisas es la propia UE.

El otro punto clave para la continuidad de la política económica isleña (donde asienta sus capacidades diplomáticas), es el escenario petrolero. Como diría algún crítico teatral, es ‘la farsa que deriva en tragedia’: a los altos costos de exploración, desarrollo, y potencial explotación y producción, se le adiciona la incertidumbre de la viabilidad comercial y tecnológica, además de un escenario geográfico, climatológico y geopolítico sumamente adverso. Mismo los documentos oficiales de las propias empresas que operan en la zona indican que solo habría (en claro potencial y si se alinean todos los planetas) unos 3.000 millones de barriles de petróleo, sumado a una suma menor de gas condensado. Irrelevante en términos geopolíticos globales, para un mundo que consume 100 millones de barriles de petróleo diarios. No por nada las dos principales empresas que quedan operando en la isla, Rockhopper y Premier, están pidiendo la hora como boxeador castigado en el último round: durante el año pasado, la primera presentó una solicitud de financiamiento a “posibles prestamistas senior” para poder continuar los ‘eternos’ procesos de exploración, mientras que Premier quiere reducir su participación en la Cuenca Norte de las Islas Malvinas, en el marco de un proceso de reestructuración para disminuir una deuda mínima de 2.150 millones de dólares – lo que muestra el irrelevante tamaño y valor de las empresas que operan en las Islas Malvinas -.

Dado el contexto descripto, la grandes preguntas entonces que nos podemos hacer son ¿vamos a continuar presionando en el Comité de descolonización de Naciones Unidas por la soberanía de nuestro país, con una Europa pragmática que ya no levantará la mano automáticamente a favor de los intereses británicos? ¿Se mantendrá la prohibición para que las empresas hidrocarburíferas que operan en las Islas Malvinas no lo puedan hacer en suelo Argentino? ¿Se realizará un control exhaustivo de los productos (alimentos, bienes de capital) que ingresan y salen de las Islas Malvinas a través de nuestros mares y cielos, buscando además la cooperación de nuestros ‘aliados’ del Mercosur ampliado en sus propias jurisdicciones?

O por el contrario, ¿dejaremos que se intensifiquen los vuelos desde y hacia las islas (incluido el inaugurado desde San Pablo hace escasos 3 meses, con escala mensual en el aeropuerto de Córdoba)? ¿Se ratificarán la adjudicación de áreas de las recientemente licitadas Cuencas en el Mar Argentino a las empresas Tullow y Equinor, con enormes intereses cruzados en las Islas Malvinas y el Reino Unido? ¿Se apoyará el acuerdo Foradori-Duncan en términos de remover todos los obstáculos para con la explotación de los recursos naturales que limitan el crecimiento económico y el desarrollo sustentable de las Islas Malvinas, sin mencionar un ápice de la disputa de la soberanía (que por supuesto no harán nunca)?

No debería haber lugar a dudas para con la elección entre ambas opciones dicotómicas, si pensamos en cómo las futuras generaciones de Argentinos podrán sacar provecho en término de los recursos naturales estratégicos como la biodiversidad o los minerales – los cuales son vitales para la industria farmacéutica o la electrónica, solo por citar algunos ejemplos -, que se encuentran en las Islas y su proyección sobre la reclamada Antártida Argentina. Pero menos aún, si la elección se la dejamos a los familiares de los 629 argentinos que fallecieron en la Guerra de las Islas Malvinas.

Un ecocidio que no reconoce fronteras

Pablo Kornblum para Ámbito Financiero – 23-01-2020

https://www.ambito.com/opiniones/australia/australia-un-ecocidio-que-no-reconoce-fronteras-n5078285

Cuando se habla de Australia, no son pocos a los que se viene a la mente sus hermosos paisajes, el bienestar de su población, la calidez de su gente. La mayoría de las variables socio-económicas lo sostienen: 28 años seguidos de expansión económica basados en un mercado interno sólido, un pujante sector de servicios (desde financieros, pasando por las telecomunicaciones o los educativos), junto con exportaciones masivas de materias primas (lácteos, carne bovina) y una amplia variedad de recursos naturales estratégicos (donde el país cuenta con, por ejemplo, con el 40% de las reservas totales de uranio en el mundo). Pero sobre todo, Australia tiene instituciones creíbles. Y que, en su mayoría, funcionan con enorme fluidez enmarcadas en valores fundamentales: capacidad, meritocracia, eficiencia, eficacia, justicia, y bajos niveles corrupción.

Ello permite que la desaceleración de la economía china, la guerra comercial global, o las señales de una incipiente burbuja inmobiliaria, puedan ser capeadas para que se transformen de potentes huracanes, a suaves tendencias económicas negativas que no impacten, por ejemplo, en un desempleo que ha rondado por décadas el 5%, o un PBI per cápita que históricamente se mantiene en el top 10 global. Las respuestas coyunturales para sostener este escenario suelen ser multi-causales: la necesidad de recursos naturales por parte de China para dinamizar su economía exceden cualquier tipo de ralentización del gigante asiático, que Australia tiene poca exposición a las cadenas globales de producción manufacturera – lo que la aleja de las ‘peleas arancelarias’ -, o que las políticas crediticias contra-cíclicas han tenido un éxito quirúrgico.

Sin embargo, la especialidad australiana para alcanzar el objetivo de crecimiento con estabilidad, se encuentra en lo que se podría denominar ‘pragmatismo de anticipación’: Cuando en la primera mitad del siglo pasado el modelo agroexportador generaba una dependencia bajo la lógica del deterioro de los términos de intercambio – tan bien conocida por nosotros -, el gobierno australiano entendió que existía la necesidad de realizar un proceso de industrialización sustituyendo importaciones. Cuando sus vecinos asiáticos se transformaron en los ‘tigres del crecimiento industrial’ luego de la segunda guerra mundial, Australia decidió transformarse en una economía de servicios. Cuando comenzó el ascenso económico de China, los australianos dejaron de mirar rápidamente a sus vecinos asiáticos como ‘comunistas de cuidado’ – bajo el paraguas de seguridad global en alianza con los Estados Unidos – , a ser uno de sus principales socios para con la exportación de sus recursos naturales. Con la crisis global de 2008-2009, pasaron de ser liberales – con un Estado moderado pero eficiente, basado en  enormes incentivos para con la creación de empresas, Pymes principalmente – a convertirse, en un abrir y cerrar de ojos, en keynesianos a favor de la generación de enormes estímulos fiscales. Y así podríamos continuar.

Sin embargo, luego de describir las bondades socio-económicas, productivas, y porque no estratégicas, debemos mencionar que hay un detalle, no menor, en el que Australia falla, el cual es estructural y mayúsculo: el de la sustentabilidad. Aquella que no piensa en el bienestar material de genera el consumo actual, sino el que tiene la empatía de mirar más allá, el de pensar en una vida plena para las futuras generaciones.

La grave y prolongada sequía y las olas de calor récord que está sufriendo Australia como consecuencia del cambio climático, ha tenido un rol fundamental en los graves incendios acaecidos en las últimas semanas; los cuales, cada vez tienen mayor asiduidad, duran más y son más severos e impredecibles. El país vive con un grado y medio por encima del promedio del período 1961-1990 y dos grados con respecto a la época preindustrial. En este sentido, la Agencia de Meteorología de Australia reveló que 2019 fue el año más caluroso y seco en la historia del país, con una temperatura media de 1,52 grados centígrados por encima del promedio, y una media nacional de lluvia de solo 277 milímetros, la más baja registrada hasta la fecha. El dato respecto a las secuelas habla por sí solo: 10 millones de hectáreas arrasadas. Prácticamente toda la superficie de Portugal. Y a futuro, las estimaciones no son más alentadoras: el propio organismo sostiene que el número de días con peligro extremo de incendio habrá aumentado un 30% para finales de la corriente década, y un 100% para el año 2050.

No podemos decir que los australianos no saben que su país es el decimoquinto mayor emisor de gases de efecto invernadero del mundo, cuando su historia de desastres naturales habla por sí sola: sin ir tan lejos en el tiempo, hace una década se quemaron aproximadamente 450.000 hectáreas en el estado de Victoria, en el extremo sur del continente. Por otro lado, en el año 2016 el Gran Arrecife de Coral perdió el 20% de su tamaño; mientras el sistema fluvial Murray Darling, el más caudaloso de Australia, se ha secado un 40% en el último quinquenio.

El actual Primer Ministro australiano, Scott Morrison, tiene una visión diferente: pide paciencia y asegura que los incendios son parte de la vida cotidiana australiana. Por ende, no tiene planes creíbles para reducir, por ejemplo, las emisiones de carbono australianas. Ello a pesar de que los propios datos oficiales indican que la cantidad de gas que ingresó a la atmósfera australiana entre 2015 y 2019, se incrementó en un 20% en comparación con los cinco años anteriores.

Por el contrario, el gobierno solo ha tomado medidas coyunturales cosméticas que conllevan una incidencia económica menor. Por ejemplo, en el año 2018 Australia se unió a la campaña Mares Limpios propuesta por el área de Medio Ambiente de la ONU; un llamamiento a los gobiernos, las empresas y los ciudadanos a emprender acciones para frenar la contaminación por plásticos en los océanos. También se comprometió a invertir 2.500 millones de dólares para financiar a gobiernos locales y empresas agrícola-ganaderos para que pongan en marcha proyectos de vegetación y el reemplazo de sus sistemas de alumbrado y refrigeración. Parece extraño: trabajar sobre las consecuencias no parece entrar bajo la lógica australiana del planeamiento a largo plazo. O será que los intereses son tan profundos que no alcanza la superioridad moral de un modelo que pregona los más altos índices de calidad de vida.

Ello es lo que sostienen sus detractores, quienes resaltan que las medidas son meras caricias inocuas. “Demasiado poco, demasiado tarde”, indican desde el Consejo del Clima, un organismo independiente creado tras la disolución de la comisión gubernamental abocada al Medio Ambiente: por ejemplo, lo realizado hasta el momento  de ninguna manera puede contrabalancear equitativamente la política llevada a cabo en el año 2014 por el entonces primer ministro Tony Abbott, cuando eliminó el impuesto que obligaba a las empresas a pagar 15 euros por cada tonelada de emisión de carbono. Por otro lado, mientras se observa una permanente inacción para con la reducción de la dependencia del país de los combustibles fósiles, particularmente en sectores como la electricidad y el transporte, el gobierno se muestra ‘muy activo’ para autorizar, por ejemplo, la ampliación del puerto de Abbott Point, en el noreste de Australia, uno de los más grandes del mundo destinados a la extracción y transporte de carbón. El detalle: se encuentra ubicado en medio de una gran barrera acuífera que alberga más de 500 especies de peces y más de 400 de coral.

Lo interesante es que tampoco el costo económico de los desastres naturales – que, de continuar esta tendencia, podría alcanzar los 30.000 millones de dólares al año de aquí a 2050 – hace mella en las clases dominantes. En este aspecto, es claro que mientras el perjuicio económico, más allá del daño medio ambiental, se socializa, las ganancias de las elites corporativas, son individuales. Evidentemente, el lobby y las presiones de unos pocos, pueden más que los intereses colectivos. Ejemplos recientes sobran: en el año 2010 el Primer Ministro, Kevin Rudd, fue enormemente cuestionado tras su intento de aplicar impuestos sobre las empresas mineras que las obligue a la reducción de la contaminación del carbón. En 2018 sucedió algo similar con el premier Malcolm Turnbull, cuando éste promovió un nuevo esquema de infraestructuras corporativas y sociales con energías renovables.

La situación actual es claramente diferente. Morrison cuenta con el apoyo del también negacionista Rupert Murdoch, cuyos medios lideraron la campaña que lo llevaron a ser Primer Ministro. Y su discursiva no se mueve un ápice de la lógica de acumulación: “No vamos a involucrarnos en los objetivos irresponsables, destructores de empleo y económicamente perjudiciales que se están buscando”, sostuvo ante el reclamo de una parte importante de la sociedad. Y para sostener su discursiva, desempolva el Excel con los datos de la macroeconomía dura: solo para citar un ejemplo, el sector minero pasó de representar el 2% del PBI hace una década, al 8% al día de hoy. Y en términos comerciales, Australia se ha convertido en el principal proveedor de hierro y cobre de China (un promedio de 50.000 millones de dólares de exportaciones anuales al gigante asiático en el último quinquenio), además de alcanzar en 2019 el segundo lugar como exportador mundial de carbón, con China e India como sus principales destinos. Si, así es, dos países que a su vez pertenecen al grupo ‘selecto’ de los grandes emisores de gases.

En este aspecto, lo que pasa en Australia es, lamentablemente, también una problemática  global. Sin ir muy lejos en tiempo y espacio, hace unos meses en Brasil ardieron unas 5.500.000 hectáreas en la región del Amazonas. O un año antes, donde se habían quemado alrededor de 800.000 hectáreas de bosques en California, Estados Unidos. Y en nuestro país, aunque no hemos vivido un desastre ambiental de estas magnitudes, no nos encontramos ajenos a los dilemas medio ambientales que acontecen en cada rincón de la tierra.

Poseemos una de las mayores reservas a nivel mundial de litio, lo que implica una importante cantidad de emisiones sólidas, propias de las actividades extractivas durante la voladura y el arranque del material. También tenemos una producción importante de megaminería metalífera; cabe destacar que para extraer un gramo de oro, es preciso remover 4 toneladas de roca, consumir 380 litros de agua, 43,6 kwh de electricidad, 1 kilogramo de explosivos, y 850 gramos de cianuro. Si hablamos de las potencialidades de la industria hidrocarburífera – con Vaca muerta a la cabeza -, no podemos dejar de mencionar la necesidad de un sobreconsumo de agua y el  uso intensivo de químicos contaminantes. Por su parte, la falta de control con la consecuente depredación de nuestros mares, conlleva serios riesgos de reproducción para con la pesca sustentable. Ello sin olvidar a la agricultura industrial y la deforestación: con solo mencionar que la soja pasó de ocupar 5 millones de hectáreas hace 2 décadas, a más de 18 millones al día de hoy, comprenderemos el porqué de la pérdida de 7 millones de hectáreas de bosques nativos y más de 1 millón de pastizales naturales. Y así podríamos continuar. Todo con enorme impacto en nuestro ecosistema.

Pero la acumulación de capital manda, y los números así lo demuestran. Un informe elaborado por el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente comparó el crecimiento económico y la cantidad de reservas de recursos naturales de 4 países importantes y representativos a nivel global para el período 1990-2008: mientras Estados Unidos, China, Brasil y Sudáfrica, incrementaron su PBI en 37%, 422%, 31% y 24% respectivamente en dicho período, la naturaleza siguió el camino exactamente inverso: disminuyeron las reservas un 20% en Estados Unidos, 17% en China (el número no fue mayor dado que gran parte del abastecimiento de materias primas y recursos estratégicos se importan); 25% en Brasil y 33% en Sudáfrica.

Evidentemente, la búsqueda desenfrenada e inmediata de una mayor productividad en pos del lucro y el consumo, se contrapone con la protección de los ecosistemas que nos permitirán vivir un futuro sustentable para todos. Y está demostrado que no alcanza con una mayor concientización global, mediatizada y movilizada, para que la destrucción del medio ambiente tenga cada vez más obstáculos. A las elites que detentan el poder no les importa. Vaya uno a saber lo que piensan. Que si hay desastres naturales, ellos tendrán recursos para escapar. O que si nos encontramos en un contexto de escases de alimentos u otros bienes esenciales, siempre habrá para ellos y tendrán la forma de adquirirlos.

Lo que sí es seguro es que las mayorías no pueden quedarse sentadas esperando a que los señores del poder decidan si están dispuestos a vivir en un mundo inclusivo y sustentable para los niños del mundo por nacer, o querrán seguir con posturas peligrosamente egoístas. Por lo tanto, para que la historia no nos encuentre en una  pasividad languideciente, el castigo a los que contaminan debe ser político, en las urnas. Y aquí traigo a mi memoria las palabras de aquel cartel ubicado justo antes del túnel de salida al campo de juego de un equipo de futbol americano en los Estados Unidos, con el objetivo de que cada jugador lo recordara previo ingresar a cada partido: ¿Porqué no nosotros? ¿Porqué no ahora? Quien dice que en estas palabras podamos encontrar la respuesta. Que debe ser urgente. Sino puede ser demasiado tarde.

 

Esquirlas económicas desde Medio Oriente

Publicado el 8-1-2020 en Ambito Financiero

https://www.ambito.com/opiniones/petroleo/esquirlas-economicas-medio-oriente-n5075507

Cuando el mes de Noviembre pasado el actual líder supremo de la revolución iraní, el ayatolá Ali Khamenei, respaldó las medidas del gobierno de Teherán para incrementar el precio de la gasolina en un 50%, hubo disturbios en distintos puntos del país. Eran voces disidentes que sostenían que las mafias del poder disfrutan de monopolios (más de un 50% del sector de la producción corresponde a las empresas estatales), controlando un sistema de toma de decisiones que favorece la concentración de la riqueza, el saqueo de los recursos nacionales y la fuga de divisas: se calcula que solo en los primeros tres meses de 2019, salieron 20.000 millones de dólares de las arcas iraníes. Estos números asustan, aunque en argentina estemos mal acostumbrados. Algunos lo racionalizarían como algo lógico, dada la inestabilidad geopolítica y financiera. Nosotros podríamos asemejarlo a la famosa ‘viveza criolla’: los formadores de precios, en lugar de vender los productos para el mercado doméstico, se encuentran exportando producción realizada con el ‘dólar barato’ de hace seis meses, quedándose con las divisas que ya valen el triple del momento de producción, para luego redireccionarlas a paraísos fiscales.

Poco parece importarle al líder supremo, cuya respuesta fue contundente: “el sabotaje y los incendios son obra de hooligans y no de nuestro pueblo. La contrarrevolución y los enemigos de Irán siempre han apoyado el quiebre de la seguridad, y van a continuar haciéndolo”. Una ‘economía de resistencia’, como lo sentenció el presidente Hasan Rohani al parlamento nacional, luego de presentar el presupuesto para el año venidero. Lo que sea para generar una mayor cohesión interna.

Por ahora ha dado resultados. Una inflación en torno al 50% (y cercano al 100% para alimentos básicos y medicinas), una devaluación del 68% del Rial en el último año, la escasez de bienes y servicios, una caída estimada del PBI de entre el 7% y el 10% para 2019, un incremento del índice de desempleo que pasó del 9% al 16% desde la reimposición de las sanciones, exportaciones de petróleo en torno a los 250.000 barriles diarios (un 10% de lo que vendía previo a las sanciones estadounidenses) y el empobrecimiento general de la población – quienes, como suele ocurrir siempre, son los que más sufren las sanciones financieras exógenas -, han sido inertes para resquebrajar un régimen que ya lleva 40 años en el poder. Estados Unidos, con su experiencia en Cuba, ya lo debería saber. El poder de la moral, léase la ideología, la cultura, o la religión, siempre han prevalecido por sobre los dilemas económicos en el país persa.

En términos geopolíticos y geoeconómicos, la situación tiene aristas de tinte ‘venezolanas’. Amenazas bélicas de Trump que se diluyeron en un férreo ahogo financiero, un apoyo explícito de Moscú y uno implícito de Beijing. Está claro que los aspirantes al trono estadounidense de ningún modo se van a quedar afuera de la pelea por el control de Medio Oriente, menos si se entiende que Irán cuenta con el 10% y el 15% de las reservas mundiales probadas de petróleo y gas respectivamente.

Por un lado, la alianza con Rusia excede largamente lo político y militar, ya que conlleva vínculos económicos de vital relevancia. Por ejemplo, para el año 2018  los intercambios en monedas nacionales ascendían al 40%; ya en 2019 la cuota de compra-venta a través del rial y el rublo ha rebasado el 50%. Desde la lógica de los BRICS de principios del corriente siglo XXI, el ‘sacarse de encima al dólar’ ha sido una prioridad. Y un golpe geoeconómico fuerte para las otrora intensiones financieras monopólicas globales de los Estados Unidos.

A ello hay que agregarle el otro punto determinante de las inversiones rusas en el mundo: los proyectos de infraestructura para con el facilitar la posterior extracción de recursos estratégicos. Para citar algunos ejemplos, ya se encuentra firmada la inversión rusa por más de 1.200 millones de euros para la construcción de Sirik, una central eléctrica de 1.400 megavatios que aumentará significativamente la capacidad de la producción de electricidad iraní; o mismo los 2.800 millones de dólares prometidos por el gobierno de Moscú para financiar la construcción de una línea de ferrocarril de más de 600 kilómetros que cruce de este a oeste el país persa.

La otra gran potencia, China, hace caso omiso a las sanciones impuestas por su partenaire estadounidense en el juego del ‘Tom y Jerry’ de las guerras comerciales: continúa comprándole petróleo a Irán – en torno a los 400.000 barriles diarios -, pero también otras materias primas fundamentales para su desarrollo económico doméstico. Por ejemplo, a pesar de las prohibiciones, incrementó la adquisición de minerales (como el Hierro, el Cobre y el Zinc), en torno al 150% en el último año.

El otro punto clave es el masivo proyecto de integración de Eurasia. Cuando el presidente Xi Jinping visitó Teherán en Enero del 2015, Rouhani dijo: “Irán y China acordaron aumentar el comercio a 600.000 millones de dólares en los próximos 10 años”. La mayoría de las inversiones, por supuesto, involucran al petróleo y el gas, pero crucialmente también abarcan la cooperación en energía nuclear y el posicionamiento de Irán como un centro absolutamente crucial de la ‘Ruta de la Seda’.

La Unión Europea es el otro gran actor de relevancia, quien ha sido enormemente beneficiado por el acuerdo nuclear del 2015: un claro ejemplo es el contrato del año 2016 entre Airbus y el gobierno de Irán para la compra de 112 aviones de pasajeros, del cual solo pudieron entregarse 3 debido al restablecimiento de las sanciones estadounidenses.

En este aspecto, los números mandan para una Europa estancada en dilemas políticos, económicos y sociales: en juego está casi el 5% de las importaciones de petróleo de sus países miembros, como así también intercambios comerciales valorados en 21.000 millones de euros previos a la salida de Trump del acuerdo nuclear en 2018. Italia es otra muestra de ello: esperan que se destrabe el conflicto para poder avanzar en la construcción de un oleoducto de 2.000 kilómetros, con una valuación de 4.300 millones de dólares, a cargo del grupo Saipem, subsidiario de la empresa italiana ENI. Para Irán, la UE tampoco es un tema menor: es el principal proveedor de bienes de capital tecnológicos, fundamental para el desarrollo industrial y de infraestructura del país persa.

El otro punto de desahogo iraní es la ayuda correligionaria. De los diez países que son destinatarios del 80% de las exportaciones iraníes, siete son musulmanes. La mayoría de Medio Oriente, pero también algunos países asiáticos como Indonesia o Pakistán. Pero además se ha expandido en Yemen, Qatar, Siria, Irak, y el Líbano a través de un puntilloso trabajo político y militar. Un caso ejemplo ha sido el fenómeno yihadista del Estado Islámico en el norte de Irak; escenario bajo el cual los iraníes supieron aprovechar la situación gracias a su ancestral conocimiento de la zona, el liderazgo religioso sobre las comunidades chiitas, la influencia cultural persa sobre los pueblos indoeuropeos de la región, y una alianza política con los alawitas de Siria. Por supuesto, los vínculos en terreno muchas veces terminan sellando acuerdos económicos: la exportación de  productos no petroleros (35% del total), como químicos, plásticos, metales, hortalizas y frutas, tiene como destinos principales los países islámicos aliados en la región.

Más aún, podemos afirmar que la experiencia – trasformada en sabiduría – es fundamental para que Irán pueda manejarse a nivel internacional bajo un permanente contexto de coacción económica. En este sentido, Con la finalidad de eludir las sanciones bancarias y financieras de los Estados Unidos, el gobierno de Teherán ha creado una red de comerciantes, empresas, oficinas de cambio y recaudadores de dinero en diferentes países. Hasta un sistema de trueque, expandido principalmente con sus países vecinos Irak, Pakistán y Afganistán. Claro, porque no recurrir al contrabando: “Sin seguro, sin bancos, solo efectivo”, le mencionaba hace poco un alto funcionario iraní a un grupo de comerciantes extranjeros de países afines al régimen. En este juego de salir airoso a como sea, todo vale.

Bajo el marco descripto, el desencadenante económico y financiero global derivado del incremento en las tensiones miliares ha sido el esperado. Como siempre, la mayoría de las bolsas son aliadas de la certidumbre – sobre todo cuando la inestabilidad proviene de la geopolítica del petróleo -, y retrocedieron fuertemente en los primeros días luego de la escalada. En adición, los mercados temen sobre todo ‘un conflicto más amplio’ que arrastre a Irak, Arabia Saudita y otros, lo que impactaría más fuertemente en el precio de los hidrocarburos. Más aún, los incrementos en los surtidores se podrían potenciar exponencialmente en el caso de que se produzcan ataques a buques petroleros que podrían interrumpir los flujos de petróleo en el mar. Como contraparte, la salida de capitales de los mercados emergentes y el repunte de los activos de resguardo como el oro (nuestra conocida Barrick Gold fue una de las grandes beneficiadas) fueron, como suele ser, las vedettes de los primeros días post-asesinato.

Ante este contexto abrupto generado exógenamente, las consecuencias para nuestro país son variadas y de diversa intensidad. En tanto a las relaciones geopolíticas o comerciales, los cambios que podrían producirse serían marginales o nulos. En tanto a la diplomacia, las relaciones con los Estados Unidos no cambiarán: pasando de una total subordinación en el anterior gobierno, a una relación de ‘abandono al alineamiento directo bajo el alo de un mayor respeto y profesionalismo’, se intentará definir la situación como ‘en un stand-by de análisis’, al menos en el corto plazo. Con Irán tampoco conviene que haya cambios: cualquier mínimo atisbo de acercamiento o alejamiento podría sentenciarse como un potente movimiento telúrico, especialmente luego de los atentados de la década de 1990’ y el más reciente memorándum de entendimiento, todavía frescos y latentes en la memoria de la mayoría de los argentinos. No parece ser entonces inteligente mover el avispero, menos en los primeros pasos de un gobierno recientemente asumido. Equidistancia pragmática, se podría decir.

En el escenario comercial, tampoco veremos grandes movimientos derivados de la escalada del conflicto. Estados Unidos continuará siendo uno de los socios comerciales más relevantes para nuestro país, con cadenas de valor bilaterales que, más allá del impacto en los precios de la energía, muy lejos se encuentran de verse afectadas por el conflicto en un lejano Medio Oriente. Por otro lado, el intercambio comercial con Irán tampoco es relevante para nuestro país: el comercio bilateral del último año se mantuvo en torno a los 450 millones de dólares, un 0,77% del total de exportaciones de nuestro país. Bajo el esquema agroexportador clásico, casi la totalidad de las ventas argentinas se han centrado en la soja y sus derivados (harina, pellets), aceites y cereales. Por su parte, Irán solo le exportó 5 millones de dólares a la Argentina en el 2019: se destacan aquí los plásticos y una variedad de frutos secos. En tanto a las inversiones bilaterales, las mismas son prácticamente nulas; solo pensar que la Inversión Extranjera Directa mundial iraní promedió anualmente los 2.500 millones de dólares durante el corriente siglo, implica que para la Argentina solo quedan las migajas. No suena tampoco ilógico: en los últimos 15 años casi no ha habido visitas bilaterales de delegaciones comerciales de relevancia, a lo que se adiciona las dificultades financieras y de pago derivadas de las sanciones impuestas contra el régimen persa.

Como contraparte, el sector financiero si se ha visto afectado. La salida de los capitales de los mercados emergentes comenzó a impactar negativamente en los valores de nuestros títulos públicos, con incrementos en el riesgo país, y bajas significativas en la cotización de los ADR de empresas argentinas listadas en Nueva York (lógicamente las energéticas y aerolíneas argentinas han estado entre las más afectadas los primeros días).

El otro punto débil es el hidrocarburífero. Cuando asumió el nuevo gobierno en nuestro país, desde el sector petrolero mencionaban que el atraso tarifario rondaba entre un 10% y 15% con un barril a 60USD. Un atraso que se incrementó al día de hoy, donde el Brent ya se encuentra en torno a los 70USD. Igual y tal como sabemos, en Argentina la teoría nunca se traslada a la práctica. Al menos de manera proporcional. Con los precios de combustibles prácticamente congelados, la inflación promedio en nuestro país fue del 4% mensual en el último semestre de 2019. Desequilibrios macroeconómicos y monopolios formadores de precios domésticos, sería la conclusión preocupante. Por ello, el incremento del crudo a nivel internacional, solo implicaría echar más nafta al fuego.

En definitiva, cuando la externalidad macro es tan potente, poco se puede incidir siendo un ‘país medio’ con enormes dificultades intrínsecas; solo se puede actuar proactiva y cautelosamente para paliar la situación. Ya bastante complicado es lidiar con la negociación de la deuda con el FMI/Trump luego del asilo a Evo Morales y la ambivalencia diplomática ante Maduro; por ende, en el corto plazo solo queda lidiar con las consecuencias: contener los precios del surtidor y mostrar ‘una argentina cumplidora – se han pagado al día de hoy las obligaciones previstas en materia de deuda, como el  bono Centenario (AC17) por unos u$s100 millones – y en modo crecimiento’, para que los activos no se continúen devaluando. No mucho más en apenas un mes de mandato.

Luego solo queda esperar, siendo lo más diplomáticamente correctos y sin hacer declaraciones altisonantes a favor de una u otra posición. Porque lamentablemente, y más allá de los daños y las dolorosas muertes de seres humanos, las derivaciones para nuestro país difícilmente tengan alguna vertiente positiva. En un momento en el que necesitamos justamente apaciguar las variables y generar un contexto normalizador, la inestabilidad e incertidumbre solo generan obstáculos para con el poder mostrar y llevar adelante un proyecto superador de largo plazo; ya sea tanto para los expectantes actores relevantes domésticos, como para los que esperan – más ansiosamente ante el actual contexto beligerante – los repagos financieros desde el exterior. Ojalá entonces que pase la tormenta lo más rápido posible y se pueda llevar a la práctica, con menor ruido externo, la nueva racionalidad de unas políticas económicas que demuestren verdaderamente un cambio de rumbo.

Al César, lo que es del César

Pablicado en el diario Ámbito Financiero el 31-12-2019

https://www.ambito.com/opiniones/impuestos/al-cesar-lo-que-es-del-cesar-n5073925

La cuestión impositiva es tan antigua como la humanidad misma. Ya se discutía en los tres evangelios sinópticos de la Biblia cómo los fariseos intentaron que Jesús se pronunciara de forma explícita sobre si los judíos debían pagar impuestos a Roma: su respuesta dio lugar al popular refrán “Al César, lo que es del César”. Sin ir tan lejos en el tiempo, desde la creación de los Estados Nacionales modernos el contrato social sostiene que los gobernantes, en nombre del Estado, recaudan dinero – mayoritariamente a través de la vía impositiva -, para luego redistribuirlo en pos del bien común. Simplemente eso.

Por supuesto y como ocurre en toda ciencia social, podemos discutir si el Estado se parece más a un ‘Gran Hermano’ que a una institución libre de toda subjetividad; que si la elección de los gobernantes y su posterior desempeño se emparentan o por el contrario se distancian abismalmente de sus promesas o el mismo deber ser; o qué es realmente el bien común en un mundo donde prima el desempleo, la desigualdad y la exclusión. La realidad es que vivimos en un sistema económico global de demandas crecientes en la mayoría de los rincones del planeta, parí passu nos encontramos con sociedades cada vez más informadas y, lentamente, más educadas. Ello se ve reflejado, por un lado, en que cada vez más personas tienen acceso a lo que ocurre en otros lugares del mundo. A través de los diversos medios de comunicación, pueden observar que otros seres humanos, sus pares, poseen claramente una mejor salubridad, educación, u ocio. Por otro lado, no podemos dejar de lado el espíritu per se de la lógica de la evolución: no hay lugar en el mundo donde una persona no quiera que sus hijos y nietos vivan mejor. La consecuencia, mayores exigencias y presiones fiscales para solventar una realidad social que lo reclama. Y gobiernos temerosos que si no dan respuestas, las tensiones sociales se puedan incrementar. Y como lo hemos visto en nuestras latitudes últimamente, a una velocidad y con una voracidad inusitadas.

La realidad global es que un puñado de personas y corporaciones, más poderosos y ricos que naciones enteras, no quieren cubrir el costo de una imposición que derive en ingresos a las arcas estatales para su posterior distribución. Con una quirúrgica ingeniería de operaciones globales, vivimos en tiempos de secretismo bancario y exuberantes paraísos fiscales  – existen unos 50 territorios en ‘listas negras’ -, que alimentan el fraude y la elusión fiscal (se calcula que las prácticas de elusión de las multinacionales deja unas pérdidas de 500.000 millones de dólares al año en el planeta). Por ello es que el economista Thomas Piketty propone un impuesto global sobre el patrimonio que grave con un 5% o 10% a las fortunas superiores a los 10 millones de Euros. O la misma propuesta de James Tobin, cuya idea fue aplicar una tasa que grave las transacciones financieras mundiales como forma de generar recursos de bienes públicos globales y contribuir a la estabilidad financiera internacional. Pero más allá de estos proyectos macroaltruistas globales, que han quedado hasta el día de hoy en la nada – igual que todo lo que proponen los Organismos Internacionales, denostados bajo un mundo de nacionalismos crecientes y alianzas estratégicamente pensadas -, cada país intenta hacer lo que mejor puede. O quiere.

Por un lado, los países nórdicos que personifican el mundo más desarrollado – Islandia, Dinamarca, Bélgica, Suecia, Finlandia -, tienen los impuestos más altos del mundo. Y además poseen una mayúscula calidad de vida, son profundamente competitivos y poseen altos niveles de productividad. La clave: transparencia, sustentabilidad, ética, eficiencia y eficacia en la recolección y el expendio de los recursos gubernamentales. Un ejemplo minimalista es el caso austriaco: como política de incentivos al cuidado del medioambiente, han reducido la carga fiscal para bicicletas y otros vehículos eléctricos.

Como contraparte a las altas cargas impositivas, se encuentran varios Estados del mundo árabe: Qatar, Kuwait, Bahréin, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos pertenecen a los países del Top 10 donde la carga tributaria es la menor del planeta. La respuesta a ello es muy sencilla: la recaudación proviene de sus altos ingresos hidrocarburíferos, los cuales suplantan ampliamente cualquier tipo de imposición.

En el caso de nuestra región latinoamericana, el promedio de los tributos llega a un 23% del PBI  (hay que tener en cuenta que en la OCDE es el 34%). Los países de la región que menos impuestos pagan son Guatemala, República Dominicana y Perú (12,6%, 13,7% y 16,1% del PBI respectivamente). En el otro extremo se encuentran Cuba (41,7% del PBI), seguido por Brasil (32,2% del PBI) y Argentina (31,3% del PBI). Salvo la excepcionalidad socialista del caso cubano, son todos Estados con enormes niveles de desigualdad. Pero la diferencia entre Argentina o Brasil y los que menos tributan, es el nivel de ‘tolerancia ciudadana’ ante las exigencias de incrementos del gasto social bajo el marco redistributivo de los recursos escasos. Diferencias educativas y culturales, se podría decir.

Saliendo de los escenarios estructurales, la dinámica económica también requiere de cambios puntuales en términos impositivos. Un claro ejemplo ha sido la crisis europea de hace una década. Si nos fijamos en el caso de España, la enorme deuda pública contraída previamente ‘obligó’ al gobierno a incrementar el IVA en el año 2010  y nuevamente en el año 2012 – del 16% al 18%, para luego pasar al 21% -, lo que le permitió generar ingresos extras (unos 8.000 millones de Euros) destinados casi con exclusividad para el repago de sus compromisos externos. La misma suerte han tenido los contribuyentes griegos, que desde el año 2007 al 2017 tuvieron un incremento de 8,2% – hasta alcanzar el 39,4% del PBI – en términos impositivos totales. El objetivo recaudatorio, en mayor o menor medida, se cumplió para ambos países mediterráneos. Queda en el debe el impulso a las mayoritarias clases medias y bajas, todavía ahogadas en un mar de endeudamiento, mercados internos deprimidos, y disminución en el gasto social y las inversiones estatales.

Un caso similar de ajuste fiscal se dio en Irlanda, con la excepción que su situación previa le permitió capear la crisis con mayor solvencia y menores consecuencias socio-económicas. En este aspecto, en la década de 1980’ se iniciaron reformas que incluyeron, por ejemplo, la diferenciación de los niveles de aportes al Estado según el tipo de empresa y su ubicación geográfica. Poco más de una década después se evaluó que era conveniente unificar los regímenes, con una tasa de imposición a las sociedades del 12,5% (antes de los cambios ese porcentaje había llegado al 50%). Luego se sumaron incentivos específicos, como un menor nivel de impuestos – hasta el 6,25% – para los beneficios logrados por inventos patentados en el país; lo que a su vez se complementó con una deducción por invertir en investigación y desarrollo, lo que conllevó a que muchas compañías multinacionales – sobre todo del sector tecnológico – se instalaran en el país. Los opositores hacen hincapié en que el “race to the bottom”, donde países como Irlanda ceden una cierta cantidad de ingresos y beneficios directos para con las arcas estatales – inclusive perforando la legislación laboral o medioambiental –, terminan perjudicando al conjunto. No es el caso de Luxemburgo, que ha hecho de la competencia fiscal una política de Estado. No son pocos los que sostienen que si Amazon, que se instaló en aquel país en el año 2003, se ha transformado en el mayor retailer del planeta, es en parte porque ha arrinconado la fiscalidad hasta el borde de lo ético. Como indica el dicho, el tango se baila de a dos. O de a tres. En este sentido, Francia fue más allá y ya decidió aplicar una tasa a la digitalización. Desde los Estados Unidos ya comenzaron las quejas: en el discurso dicen que afectarían a consumidores y pymes dentro de la cadena de valor tecno-productiva; aunque implícitamente, sabemos que el dilema es geoeconómico. Las principales empresas afectadas, entre las que se encuentra Google, por ejemplo, son estadounidenses.

China es otro caso de políticas tributarias dinámicas y quirúrgicas. El gigante asiático redujo recientemente la alícuota del impuesto al valor agregado, con porcentajes diferenciales según el tipo de actividad y el tamaño de la empresa; también hubo reducciones tributarias referidas a los ingresos obtenidos por inversiones en bonos. En este sentido, la motorización el consumo y la multiplicación de las operaciones bursátiles son un debe para con la mejora de la macro y microeconomía china; pero sobre todo, es necesario geopolíticamente para con el achicar la brecha con el resto de las principales economías capitalistas.

No podemos dejar de mencionar que, en ciertas ocasiones, la dinámica tributaria viene acarreada de fuertes pactos sociales. En Japón, por ejemplo, hubo una modesta caída del aporte de los empleados para el fondo de desempleo, contrabalanceado por un aumento en las contribuciones para las jubilaciones y pensiones. Este tipo de medidas mixtas (alzas y bajas), también se dio en otros paises, como es el caso de Finlandia, donde un pacto de competitividad derivó en una reducción de lo que aporta el empleador, en contraposición a un incremento de lo que se encuentra a cargo del empleado.

Por último, más allá de lo estructural y coyuntural, debemos analizar qué tipos de impuestos se cobran y, por ende, que grupos o sectores económicos se perjudican/benefician con cada política impositiva. Por ejemplo, en algunos países se decide incrementar el IVA (en nuestro país representa casi el 50% de la recaudación, mientras que el promedio OCDE se sitúa en torno al 10%), un impuesto regresivo pero sencillo de recaudar. En la mayoría de los Estados hay espacio fiscal para gravar la renta – proveniente de la economía real, pero también de la especulativa -, pero suele contar con una férrea oposición de los sectores concentrados de mayores ingresos, con una discursiva ligada a los perjuicios sobre las tan mentadas inversiones que ellos solo pueden generar.

Ello puede centrarse en una discusión ética, aunque en nuestro país se puede traducir en una cuestión de racionalidad económica: la presión impositiva es la segunda más alta a nivel global en términos de las contribuciones obligatorias que pagan las empresas que producen — después de las deducciones y exenciones permitidas — como parte de las ganancias comerciales. Aunque podemos discutir sobre la explicación técnica que menciona la imposibilidad de las empresas locales de ajustar sus balances por inflación, la verdadera respuesta a la problemática se encuentra en otro lado: la mala praxis económica que ha llevado a una inercia inflacionaria de más de dos dígitos por años, tasas de interés exorbitantes y prohibitivas para mejorar la producción (o simplemente para apalancar las deudas contraídas), gran cantidad de Pymes proveedoras de bienes y servicios que cobran con suerte a 120/150 días en un mercado interno deprimido, o la alta evasión impositiva de una gran parte del empresariado más rico, y por lo tanto, con mayor capacidad contributiva. Pero sobre todo, la real imposibilidad de la mayoría de las Pymes de poder pagar todos los impuestos dado el contexto descripto. Para una parte importante de los actores económicos, manejarse, al menos en parte, en la informalidad, se ha tornado una realidad cotidiana para poder sobrevivir. Ello a su vez promueve el discurso lógico de quienes sostienen que los pocos que pagan todo, terminan pagando por los que no lo hacen. Una discusión inerte y que no conlleva ninguna solución.

Por lo tanto, podemos afirmar que la recaudación impositiva es un eslabón determinante, pero no es el único. Hasta podríamos decir que no es el más importarte. Por ende, urge una necesaria complementariedad con otras políticas económicas apropiadas. El caso de Sudáfrica es emblemático: el país tiene uno de los sistemas fiscales más progresivos del mundo y, al mismo tiempo, una de las sociedades más desiguales del planeta. En este sentido, los ricos pagan altas imposiciones – el decil con mayor nivel de ingresos debe tributar en torno al 42% -, el impuesto corporativo es difícil de eludir, y los gravámenes al consumo incluyen excepciones para los alimentos y otros suministros básicos para los hogares de menores ingresos. Por otro lado, la naturaleza redistributiva del impuesto es modélica en términos de poner el foco en los pobres y en la asistencia social. Sin embargo, luego de décadas de ‘apartheid’, no solo la mayoría de la población es incapaz de acumular capital humano o financiero, sino que además la tasa de desempleo supera el 20%, lo que cerciora la capacidad contributiva. Evidentemente, la concentración de la riqueza en un minúsculo grupo de la población dedicado principalmente a los servicios financieros, tiene un límite fiscal para con las soluciones que se puedan generar en términos de mayor igualdad y desarrollo socio-económico. Y el no generar un escenario macro y microeconómico pro-positivo, suele terminar en la necesidad de recaudar ‘a como sea’. Este es el caso de Chad, un país agrícola de los más pobres del mundo, que aplica un impuesto corporativo del 1,5% sobre el volumen de negocio, o el 40% de los beneficios, en función simplemente de cuál sea el más elevado.

Por último, como me dijo una vez un profesor cuando daba mis primeros pasos como estudiante de economía, “no hay sistema económico que funcione, ya sea de derecha o izquierda, si se embebe en la ineficiencia y la ineficacia, pero sobre todo si perdura bajo un manto inmoral de total corrupción e impunidad”. Instituciones éticas y sólidas, una sociedad que culturalmente castigue la corrupción, la evasión y la mala praxis económica, y un modelo de solidaridad impregnada en cada uno de los actores sociales en pos de una mayor justicia distributiva, podrían ser el norte para generar un sistema tributario racional, eficiente y eficaz. Y que por sobre todo, ayude a los más necesitados. Que en definitiva, como se mencionó al principio, para ello fue creado.

La geopolítica en la reestructuración de deuda soberana

Pablo Kornblum para Ámbito Financiero, 12-12-2019

https://www.ambito.com/economia/reestructuracion/que-paises-reestructuraron-la-deuda-soberana-y-como-les-fue-n5070656

El incumplimiento del pago de una deuda es tan antiguo como la historia misma. Antes del siglo XIX, los defaults se producían mayoritariamente por eventos extraordinarios, como guerras y revoluciones. A partir de entonces, su principal bandera ha sido la lógica financiera, pero siembre en conjunción con intereses geopolíticos que implican una interdependencia compleja de análisis. La mayoría de las 250 cesaciones de pagos de deudas soberanas desde 1800 hasta el año 2000 que requirieron una reestructuración, han tenido su correlato con la dinámica del statu-quo sistémico: una rentabilidad suntuosa reflejada en una elite concentrada trasnacional, la cual se ha tornado acreedora permanente de gobiernos cómplices que perjudican a los más débiles.

 

El abanico de casos es tan grande como la geografía global. Por ejemplo, en la reestructuración ucraniana de 2015, el gobierno de Kiev hizo uso de todas las opciones disponibles: quita de capital, extensión de plazos con periodo de gracia, aumento de la tasa de interés y la emisión de un bono atado al crecimiento, similar al Cupón PBI que utilizó Argentina en 2005. Aquí el FMI ha ocupado un rol sustancial. Los acreedores privados no aceptaban un recorte de capital mayor al 5%, mientras Ucrania aspiraba a una poda del 40%. En este sentido, la presión del organismo multilateral de crédito apéndice de los Estados Unidos fue clave para que los grandes Fondos de Inversión (entre los que se encontraban nuestros conocidos Franklin Templeton y Black Rock) dieran su aval a una quita del 20%. No sea cuestión, pensaban desde el imperio, que el detrimento macroeconómico ucraniano se contraponga con un fortalecimiento geopolítico del enemigo ruso.

 

El otro elemento clave en Ucrania ha sido su casi simultaneidad con la decisión de la ONU de poner un límite al accionar de los ‘Fondos Buitres’. En aquella resolución, se dictaminaba que un Estado soberano tiene derecho a elaborar sus políticas macroeconómicas, incluida la reestructuración de su deuda soberana, sin que sea frustrado ni obstaculizado por medidas abusivas. Pero específicamente, se debía respetar la decisión de la mayoría en los casos de canje de deuda, de manera de evitar que un número ínfimo de acreedores pueda accionar contra una reestructuración y promover el embargo de los bienes de un país, como embajadas o embarcaciones (como bien lo hemos sufrido con la Fragata Libertad en el puerto de Ghana). Podríamos decir que ha sido una justa y racional medida de la principal institucional global; lamentablemente, la misma se encuentra embebida en el ninguneo y el destrato de una lógica internacionalista vapuleada por la logia que representa la elite financiera/política/judicial trasnacional.

 

Ello también se vio claramente reflejado en uno de los mayores default de la historia, como ha sido el de Grecia en el año 2010; en aquel momento, la deuda soberana griega había escalado hasta los 320.000 millones de euros. El país europeo, quebrado por la crisis financiera que estalló en 2008 y sin poder financiar más un gasto público que se había incrementado un 50% entre 1999 y 2007, realizó un referendo donde el 61% de los electores votaron por el “No” a los ajustes exigidos por la denominada ‘Troika’. El resultado era previsible: la mayoría de los griegos no había vivido la ‘fiesta de los Euros’, ya que los préstamos internacionales habían sido licuados por unas elites políticas y economías evasoras y corruptas.

 

La Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el FMI, rechazaron de cuajo la decisión democrática: sin importar las consecuencias socio-económicas, los principales acreedores, los más renombrados bancos europeos (alemanes sobre todo, donde reside el motor económico del viejo mundo) y estadounidenses, debían cobrarse sus deudas. Evidentemente, mientras las ganancias se habían concentrado en una elite financiera, las pérdidas se socializaron a través de fuertes medidas de austeridad, como por ejemplo la reforma del mercado laboral. Las consecuencias, a la vista: una década después todavía se observa un mercado interno deprimido, el desempleo más alto en la región y, por supuesto, una creciente desigualdad social.

 

En el fondo, la geopolítica denotaba la otra gran problemática: encontrar el equilibrio justo entre el repago de los compromisos y la tensión social que podía implicar la salida del Euro – en aquel momento la temática en boga de los mercados y los líderes regionales -, con nefastas consecuencias económicas y un temor al ‘efecto contagio’ de otros actores estatales que en aquel momento también se encontraban en graves problemas financieros (Portugal, España, Irlanda). Finalmente, Europa le torció el brazo al pueblo griego y el gobierno a cargo del premier Tsipras decidió que el ajuste prevalezca sobre una potencial salida de la Unión Monetaria. Lo interesante es que aquel dilema geopolítico con tintes dramáticos se contrapone con lo que está ocurriendo años después con el Brexit, donde el dilema británico no se encuentra directamente vinculada ni con el Euro, ni con la deuda soberana. Evidentemente las complejidades y la enorme cantidad de variables en juego se conjugan tanto a nivel internacional, como a nivel doméstico.

 

Ello se observa de forma similar en las discusiones que se han planteado dentro del Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE), el Organismo creado en el año 2011 que tiene como objetivo ayudar a los Estados miembros de la Unión Europea que se encuentran en graves dificultades financieras. Italia es el país apuntado en la disputa actual: con las nuevas reglas se afectaría directamente al valor de su deuda soberana, principalmente dadas las facilidades que se incluirían para con la reestructuración de sus pasivos públicos que al día de la fecha ya superan el 130% de su PBI. En este aspecto, los países nórdicos ya han puesto el grito en el cielo: son contrarios a compartir cualquier tipo de riesgo con los ‘países del sur que no son de fiar’. Culturas más proclives al trabajo versus ‘vagos improductivos’, se podría decir. Una retórica discutida y peligrosa, pero más actual que nunca y que impacta de lleno en el financiamiento y posterior repago de las deudas intra-regionales.

 

Más al sur, las problemáticas parecen acrecentarse. La denominada por muchos ‘ilegitima’ deuda de Mozambique que salió a la luz mundial en el año 2017, tiene aristas de un negociado financiero con ribetes de colonialismo del siglo XX: empresas de alimentos y militares financiadas por bancos europeos (como por ejemplo los 500 millones de dólares otorgados por el Crédit Suisse para el desarrollo de una empresa nacional de Atún), gerenciados por compañías ligadas al gobierno francés, bajo el manto de un enorme desvío de los préstamos con, al menos, la complicidad de las más altas autoridades del gobierno mozambiqueño.

 

Poco han importado el bypass ilegal realizado al parlamento nacional, o la falta de capacidad para generar procesos productivos verdaderamente viables y provechosos para la generación de bienes y empleo que favorezcan a la mayor parte de la ciudadanía. Peor aún, dado que la deuda pública había llegado al 120% del PBI y Mozambique se tornó incapaz de honrar sus reembolsos, los acreedores propusieron una reestructuración que fue aceptada por el gobierno; un repago que compromete fuertemente a una producción gasífera de enorme potencial, ya que implicaría una fuga de recursos contraria a los intereses de una población que tiene ingresos promedio de 150 dólares mensuales. Por las dudas, empresas británicas, estadounidenses e italianas, con la conveniencia del gobierno mozambiqueño, ya se encuentran operando en la zona.

 

Por nuestras latitudes, el caso de Venezuela tiene ciertas similitudes con el descripto país africano. Las posibilidades de que el gobierno se declare en default se diluyeron de forma inversamente proporcional al involucramiento masivo de China y Rusia en la dinámica económica venezolana, sobre todo luego del intento de derrocamiento del presidente Nicolás Maduro promovido por los Estados Unidos y los grupos insurgentes domésticos a principios del corriente año. La pelea por los recursos naturales estratégicos – de eso se trata ciertamente, no del bienestar de la mayoría del pueblo venezolano -, le ha permitido reperfilar permanentemente los casi 80.000 y 20.000 millones de dólares de deuda que tiene con los acreedores chinos y rusos respectivamente. El costo no es menor, pero es el único que permite la supervivencia de un régimen asediado financiera y operativamente por los Estados Unidos: ceder a todos los requisitos de las potencias aliadas para con la obtención de los bienes tan preciados que provee la geología del país caribeño.

 

Para el resto de los Holdouts involucrados en el financiamiento venezolano, el aprovechar las altísimas tasas de interés o el comprar bonos a valor usurario (como los que se ofrecen de PDVSA), saben que solo conlleva a un futuro litigio espurio: una macroeconomía seriamente dañada en términos financieros y productivos (la inflación de cuatro dígitos no brinda margen alguno de racionalizar algún tipo de devolución seria de un préstamo), y una institución gubernamental que no puede brindar ningún tipo de previsibilidad o estabilidad de mediano plazo cuando se produzcan los vencimientos, les implica a los Fondos Buitre el demostrar toda su pericia para articular un trabajo conjunto con las elites políticas/judiciales/mediáticas, que les permitan obtener el mayor rédito financiero posible. Más allá de todo, sus detractores de la oposición venezolana sostienen que la posición de Maduro ante los acreedores solo es comparable con la que tenía el ex presidente comunista de Rumania Nicolás Ceausescu: mientras su población pasaba hambre durante años, él cumplía religiosamente con el pago de la deuda externa.

 

Luego de lo descripto, podríamos afirmar que la lógica del endeudamiento tiene aristas específicas para cada situación geográfica e histórica en particular, como así también dependiendo del monto recibido o la capacidad de repago de cada actor estatal. Lo que sí es generalizado es la dependencia que el préstamo genera, en mayor o menor medida, para cada uno de los deudores. Por otro lado, se encontrará en la idoneidad técnica y moral de cada gobierno su utilización: para acumular capital, generar divisas, repagar deuda o avalar la fuga del préstamo. Y su complemento con el resto de las políticas económicas exteriores y domésticas nos dirá, en el largo plazo, si la decisión de tomar deuda y su posterior renegociación ha sido beneficiosa para con las futuras generaciones.

 

Lamentablemente, el desarrollo institucional macroeconómico, social y productivo de nuestro país, lejos se encuentra de Suiza, Bélgica, Noruega, Finlandia, Corea del Sur, Singapur y Nueva Zelanda, los países que siempre han honrado en tiempo y forma sus deudas soberanas. Podemos esgrimir que subestimamos la capacidad de repago en términos de la dinamización del aparato productivo exportador, que los acreedores privados tendrían que haber sabido de las dificultades financieras del país y por ende son corresponsables de la necesaria reestructuración, que habría que haber activado el Swap Chino en lugar del desesperado salvataje de 50.000 millones de dólares provisto por el dúo Donald Trump/FMI – y cuyo objetivo era evitar el ‘avance del comunismo en Sudamérica’ -, o que el tomador del préstamo fue el gobierno anterior y no se puede honrar las deudas sin crecimiento económico y a costa de la miseria del pueblo argentino. En definitiva, la realidad es que las cartas están echadas y ahora hay que jugar. En el mientras tanto, nunca es tarde para desempolvar el libro del recordado Aldo Ferrer y volver discutir a futuro, si queremos – y podemos – “vivir con lo nuestro”.

La insoportable levedad del ser

Publicado en Ámbito Financiero el 27-11-2019

https://www.ambito.com/la-insoportable-levedad-del-ser-n5068143

La obra maestra de Milan Kundera podría reflejar, con matices propios de la época, el escenario latinoamericano de estos últimos meses. Ideología y pasión se han fusionado para discutir el per se de la lógica política, en modalidad siglo XXI: las grandes epopeyas de cambios sistémicos se tradujeron en deseos de mejoras coyunturales de temáticas especificas, a través de marchas masivas alejadas de la otrora violencia organizada estilo ‘guerrilla’. Más ‘light’, puede ser. Pero no menos efectivas para con el resquemor de muchos gobiernos temerosos de perder sus privilegios.

Colombia, con sus especificidades, posee los síntomas de la dinámica regional. Aquella que se basó históricamente en una estructura socio-productiva desequilibrada – acentuada con el modelo neoliberal promovido en las últimas décadas -, la aplicación de la teoría de la dependencia en detrimento de los productores de las abundantes materias primas, una doctrina Monroe con complicidad endógena, y un sometimiento socio-económico bajo un halo coercitivo sin fisuras.

Los recursos naturales estratégicos (carbón, minería, petróleo), los servicios de telecomunicaciones y finanzas – todos ellos con un efecto multiplicador menor sobre la generación de empleo -, y por supuesto el narcotráfico, son los sectores que han impulsado la economía del país desde finales del siglo pasado. Estos sectores concentrados con grandes beneficios y enorme rentabilidad, han sido enmarcados y balanceados bajo la lógica monetarista del control férreo de la inflación y el erario público, en complemento con diversificados Tratados de Libre Comercio (con su eje latinoamericano en una Alianza del Pacifico que mira con ansias el continente asiático).

Esta dinámica excluye a vastos sectores productivos compuestos por Pymes regionales incapaces de competir con los enormes monopolios de escala, relegando a un segundo plano el crecimiento de la producción y el desarrollo de un mercado interno sustentable. Un fiel reflejo de ello fue la “apertura hacia adentro” implementada a partir de la década de 1990’: con la reducción de aranceles y la eliminación cuasi total de las barreras arancelarias, desde entonces las importaciones casi que duplicaron su participación en el PBI (del 15% al 30%). Sin embargo, las exportaciones apenas se incrementaron marginalmente, generando una lógica de endeudamiento procíclico que limita la praxis de la política económica.

A todo ello se le adiciona la falta de un análisis detallado que requieren las medidas especificas coyunturales, las cuales han traído consecuencias negativas sobre escenarios estructurales de profunda discusión en la historia de Colombia: en este sentido, tenemos como ejemplo la dura crítica sobre lo que se considera un incumplimiento por parte del gobierno respecto al punto 4 del acuerdo con las FARC, donde se promueve la sustitución gradual y voluntaria de los cultivos de uso ilícito, por otras alternativas de subsistencia en beneficio de las comunidades más pobres. Lo que debería ser una prioridad si realmente no se desea volver al pasado, ha quedado relegado a un segundo plano. Será que los que reclaman por ello son primordialmente ‘ciudadanos de segunda’ que se encuentran alejados de los centros de poder real.

Como se ha descripto, el crecimiento económico de unos pocos actores privilegiados ha menguado cualquier atisbo de desarrollo social sustentable. Es inútil buscar en la escasa productividad total de los factores o el ‘tardío’ efecto derrame las causas centrales de las exigencias desatadas por las injusticas socio-económicas. Monseñor Héctor Fabio Henao Gaviria, director del Secretariado Nacional de la Pastoral Social de Colombia, lo indicó tajantemente (sin la necesidad de tener que sopesar la teoría de Piketty por sobre Friedman): “se vive una inequidad muy grande donde el sector financiero está absolutamente enriquecido, la mayoría de los bienes de mayor valor se encuentran concentrados en unos pocos, y las empresas de recursos naturales estratégicos ganan mucho dinero y pagan muy pocos impuestos; todo ello mientras la mayoría de los colombianos sufre carencias básicas. Sobre todo en el campo y las personas menos educadas”.

En este aspecto, los dos ejes centrales para con el despertar y el desarrollo sostenible, inclusivo y digno – esto es una educación de calidad sin excluidos que se complemente con un ingente financiamiento para los más postergados -, se encuentran en falta para la mayoría de los colombianos. El caso emblemático de Dylan Cruz, el joven asesinado por la policía, abarcaba ambas premisas: falleció protestando porque le habían negado un crédito – el cual a futuro seguramente le sería realmente difícil pagarlo, con un PBI per cápita promedio de US$6.500 al año -, para acceder a la universidad.

Ahora hay que lidiar con las muertes. Por ello, el presidente Duque, en un halo de desesperación que replica lo ocurrido con Moreno en Ecuador o Pi?era en Chile, quiere dialogar de lo que sea y con quien sea de cualquier tema de agenda que lo libere indemne de esta situación: eliminar las propuestas previas de flexibilización laboral y recorte a las pensiones, brindar mayores fondos para la educación pública, dar marcha atrás con la privatización de empresas estratégicas (como por ejemplo Ecopetrol), comprometerse radicalmente a terminar con los altos niveles de corrupción, dar cumplimiento integral del acuerdo de paz con las FARC, o proponer con firmeza el cese definitivo de los asesinatos de líderes sociales, indígenas y excombatientes. En definitiva, un completo menú a la carta bajo el agobiado marco de una ‘necesaria conversación nacional’. Eso sí, tarde, siempre tarde.

El vaciamiento institucional descripto que aplica a Latinoamérica toda, tuvo como consecuencia primaria convertirnos en la región más desigual del mundo. Y la inequidad es el principal factor disparador de las tensiones sociales. Cuando la pobreza es homogénea, y dada que la capacidad de análisis de los más humildes se vincula directamente con lo visual y la inmediatez, el no procesar escenarios adversos diluye la posibilidad de reacción. Por ello, la ignorancia y la mentira han sido el antídoto aplicado ante la menguante represión física. Simplemente porque esta ‘mal visto’, no porque los poderes de turno reflexionen sobre la falta de ética de lo cotidiano.

Sino pregúntenle al Secretario General de la ONU, Antonio Guterres, que lo primero que verbalizó ante los escenarios de reclamos fue su “preocupación por los incidentes de violencia y vandalismo en los países de la región”. Cuidado con hacer tambalear el statu-quo, pensarán en voz alta desde Washington y otras potencias con intereses en la región, a través de los legalistas y moralistas Organismos Internacionales. Mismo el Banco Mundial, que en un informe del 10 de Octubre pasado, focalizaba los problemas de Colombia en la recepción del flujo masivo y acelerado de migrantes venezolanos (casi 1.500.000 hasta Septiembre de 2018), mientras alababa el historial de ‘gestión macroeconómica y fiscal prudente’ de los sucesivos gobiernos colombianos. Los ‘mejores alumnos’, como lo solemos conocer por estos lares.

Sin embargo, y a pesar de que algunos prefieren mirar para otro lado y poner el foco en la estrategia de desprestigiar y deslegitimar la protesta social – argumentando que quienes reclaman no tienen razón en sus demandas y son parte de una conspiración castro-chavista internacional o miembros del subversivo Foro de Sao Paulo -, estas últimas semanas hemos observado esencialmente tres elementos disruptivos comunes en los países al sur del Rio Bravo.

Por un lado, la dinámica de una democratización de los medios de comunicación que permite aunar rápidamente objetivos, deseos, miserias compartidas. Por el otro, la inconsciencia que deriva en una falta de temor: la mayoría de los que reclaman son jóvenes que no han vivido la violencia estatal, paramilitar, guerrillera. Y finalmente, tenemos la explosión de aquellos grupos históricamente olvidados, ninguneados, y empobrecidos en sus respectivos países, que en algún momento de las últimas décadas han tenido conquistas socio-económicas tangibles (con gobiernos reivindicadores de un progresismo abarcativo en términos económicos, políticos y culturales), y no quieren de ningún modo volver al pasado.

Por ello y para concluir, creo que es importante recordar el momento en el que le preguntaron al propio Kundera como podía resumir su obra maestra: sin vacilar, sostuvo que “la lucha del ser humano contra el poder, es la lucha de la memoria contra el olvido”. En un país de una baja tasa de representatividad sindical (menor al 5% de los trabajadores), y donde el último gran paro nacional se produjo hace 42 años contra el gobierno del liberal Alfonso López Michelsen, lo ocurrido estos últimos días podría parecer extraño. Pero las elites, aquellas que desean que los focos de poder y riqueza se mantengan inalterados in eternum, deberían poder reflexionar e ir más allá: ojo con el despertar de un ‘monstruo dormido’. No sea que se transforme en una marea social con reflexión y comprensión histórica, deseosa de generar una conciencia irreversible para con la búsqueda permanente de un futuro sustancialmente mejor para la mayoría de los colombianos.