Estados Unidos – China y una guerra que excede lo comercial

Pablo Kornblum para Ambito Financiero, 9 de Mayo de 2019.

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El presidente Trump ha dejado en evidencia que no soporta la paciencia confuciana de uno de sus contendientes en esta guerra fría tripartita (el otro es Rusia). Tiene su lógica: la lentitud de los cambios estructurales que promueve china tiene relación con su objetivo de mantener el statu-quo económico – claramente favorable para los asiáticos -, hasta que se encuentren dadas las condiciones científico-tecnológicas y militares adecuadas para avanzar geopolíticamente con la fortaleza suficiente de su músculo bélico; aquel que le permita torcerle definitivamente el brazo a los Estados Unidos.

Es por ello que Beijing ha decidido aminorar el golpe de un juego del cual se ve perdedor, por lo menos en el corto plazo, adoptando medidas de ‘buena voluntad’: la baja de aranceles a los vehículos importados, la reanudación de la compra de soja, el no devaluar el Yuan, o la presentación de un proyecto de ley para prohibir la transferencia forzada de tecnología, se encuentran entre los más destacados. El as en la manga quedará para más adelante y solo en caso de que sea necesario utilizarlo: China es el principal tenedor de bonos de deuda estadounidense, lo que implica que puede movilizar Wall Street y el resto de los mercados globales con meros movimientos premeditados de compra/venta.

Sin embargo, Trump apuesta a algunos datos económicos, tal cual lo sentenciaba su antecesor Clinton, para reforzar su apuesta arancelaria. Él sostiene que la tendencia creciente del PBI (+2,9% en 2018), la desocupación más baja en décadas (3,8%), apropiados niveles de inflación (2,4%), y la estabilidad de los fundamentos macroeconómicos, entre otros, en gran parte se deben a sus políticas de agresivo proteccionismo. A pesar de que hay cierta veracidad en su declamación, que por supuesto tiene aristas más variadas y complejas, sus palabras son una herramienta potente para fidelizar al electorado con vistas a las elecciones presidenciales del año entrante.

Con tres líneas discursivas precisas sostiene un ‘enemigo’ para una sociedad que, mayoritariamente, acepta fervientemente la dicotómica pelea entre el bien y el mal. Los 500.000 millones de dólares al año de déficit comercial, el ‘robo’ de la propiedad intelectual, o el subsidio a las empresas estatales son hechos fácticos que no se le pueden discutir a Trump. Más aún, la ‘demonización’ china es el verdadero valor agregado: el déficit comercial es sinónimo de falta de trabajo y pobreza estadounidense, el robo tecnológico le brinda a China un diferencial en una potencial guerra a futuro, y las políticas de control gubernamental son un sinónimo de comunismo avasallante.

Por su parte, las críticas de los neoliberales, las que entre otras cuestiones afirman que los consumidores estadounidenses van a terminar pagando más caros los productos, a Trump le tienen sin cuidado: desde Washington responden que los movimientos tendrían un ‘dolor a corto plazo’, pero la situación cambiaria positivamente a futuro. El BREXIT es un ejemplo de ello: el gran susto que promovió el liderazgo europeo y los mercados, con el soporte de los principales medios de comunicación, no hizo mella en una transición hasta el momento ordenada. La historia ha demostrado que los países no quiebran, que las economías se acomodan – el Reino Unido ya se encuentra realizando acuerdos comerciales y financieros con terceros actores -, y que lo realmente importante es la solidez técnica y moral de las instituciones gubernamentales.

¿Por qué entonces, por ejemplo, no esperar de encontrar otros proveedores u otros mercados del sudeste asiático, donde se pueda terciarizar la producción y realizar los negocios que se pierden con China? Es razonable que siempre existan costos; más aún que los procesos de adaptación lleven tiempo. Pero no es nada que no se pueda solucionar. Mientras tanto y para contrarrestar este potencial escenario, Xi prometió la “abolición de las reglamentaciones, subvenciones y prácticas no justificadas que alteran la competencia y los mercados”. Aquellos que abrazó desde que China instauró el ‘socialismo de mercado’ en la década de 1980’, y terminó de afianzarlos en el año 2001 cuando, con su membrecía, aceptó cumplir con las regulaciones impuestas por la Organización Mundial de Comercio.

Está claro que la ingenuidad de Xi es meramente especulativa: solo espera, con calma y entereza, que amaine una tormenta que tiene varios frentes (como la extradición pedida por los Estados Unidos para la directora de Huawei en Canadá; o mismo los roces con la Marina de Guerra estadounidense en el Mar del Sur de China), para luego, cuando el politburó lo considere oportuno, poder retomar la iniciativa y continuar sus planes de crecimiento y desarrollo, hasta convertirse en la principal potencia económica, política y militar del mundo.

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