Un ecocidio que no reconoce fronteras

Pablo Kornblum para Ámbito Financiero – 23-01-2020

https://www.ambito.com/opiniones/australia/australia-un-ecocidio-que-no-reconoce-fronteras-n5078285

Cuando se habla de Australia, no son pocos a los que se viene a la mente sus hermosos paisajes, el bienestar de su población, la calidez de su gente. La mayoría de las variables socio-económicas lo sostienen: 28 años seguidos de expansión económica basados en un mercado interno sólido, un pujante sector de servicios (desde financieros, pasando por las telecomunicaciones o los educativos), junto con exportaciones masivas de materias primas (lácteos, carne bovina) y una amplia variedad de recursos naturales estratégicos (donde el país cuenta con, por ejemplo, con el 40% de las reservas totales de uranio en el mundo). Pero sobre todo, Australia tiene instituciones creíbles. Y que, en su mayoría, funcionan con enorme fluidez enmarcadas en valores fundamentales: capacidad, meritocracia, eficiencia, eficacia, justicia, y bajos niveles corrupción.

Ello permite que la desaceleración de la economía china, la guerra comercial global, o las señales de una incipiente burbuja inmobiliaria, puedan ser capeadas para que se transformen de potentes huracanes, a suaves tendencias económicas negativas que no impacten, por ejemplo, en un desempleo que ha rondado por décadas el 5%, o un PBI per cápita que históricamente se mantiene en el top 10 global. Las respuestas coyunturales para sostener este escenario suelen ser multi-causales: la necesidad de recursos naturales por parte de China para dinamizar su economía exceden cualquier tipo de ralentización del gigante asiático, que Australia tiene poca exposición a las cadenas globales de producción manufacturera – lo que la aleja de las ‘peleas arancelarias’ -, o que las políticas crediticias contra-cíclicas han tenido un éxito quirúrgico.

Sin embargo, la especialidad australiana para alcanzar el objetivo de crecimiento con estabilidad, se encuentra en lo que se podría denominar ‘pragmatismo de anticipación’: Cuando en la primera mitad del siglo pasado el modelo agroexportador generaba una dependencia bajo la lógica del deterioro de los términos de intercambio – tan bien conocida por nosotros -, el gobierno australiano entendió que existía la necesidad de realizar un proceso de industrialización sustituyendo importaciones. Cuando sus vecinos asiáticos se transformaron en los ‘tigres del crecimiento industrial’ luego de la segunda guerra mundial, Australia decidió transformarse en una economía de servicios. Cuando comenzó el ascenso económico de China, los australianos dejaron de mirar rápidamente a sus vecinos asiáticos como ‘comunistas de cuidado’ – bajo el paraguas de seguridad global en alianza con los Estados Unidos – , a ser uno de sus principales socios para con la exportación de sus recursos naturales. Con la crisis global de 2008-2009, pasaron de ser liberales – con un Estado moderado pero eficiente, basado en  enormes incentivos para con la creación de empresas, Pymes principalmente – a convertirse, en un abrir y cerrar de ojos, en keynesianos a favor de la generación de enormes estímulos fiscales. Y así podríamos continuar.

Sin embargo, luego de describir las bondades socio-económicas, productivas, y porque no estratégicas, debemos mencionar que hay un detalle, no menor, en el que Australia falla, el cual es estructural y mayúsculo: el de la sustentabilidad. Aquella que no piensa en el bienestar material de genera el consumo actual, sino el que tiene la empatía de mirar más allá, el de pensar en una vida plena para las futuras generaciones.

La grave y prolongada sequía y las olas de calor récord que está sufriendo Australia como consecuencia del cambio climático, ha tenido un rol fundamental en los graves incendios acaecidos en las últimas semanas; los cuales, cada vez tienen mayor asiduidad, duran más y son más severos e impredecibles. El país vive con un grado y medio por encima del promedio del período 1961-1990 y dos grados con respecto a la época preindustrial. En este sentido, la Agencia de Meteorología de Australia reveló que 2019 fue el año más caluroso y seco en la historia del país, con una temperatura media de 1,52 grados centígrados por encima del promedio, y una media nacional de lluvia de solo 277 milímetros, la más baja registrada hasta la fecha. El dato respecto a las secuelas habla por sí solo: 10 millones de hectáreas arrasadas. Prácticamente toda la superficie de Portugal. Y a futuro, las estimaciones no son más alentadoras: el propio organismo sostiene que el número de días con peligro extremo de incendio habrá aumentado un 30% para finales de la corriente década, y un 100% para el año 2050.

No podemos decir que los australianos no saben que su país es el decimoquinto mayor emisor de gases de efecto invernadero del mundo, cuando su historia de desastres naturales habla por sí sola: sin ir tan lejos en el tiempo, hace una década se quemaron aproximadamente 450.000 hectáreas en el estado de Victoria, en el extremo sur del continente. Por otro lado, en el año 2016 el Gran Arrecife de Coral perdió el 20% de su tamaño; mientras el sistema fluvial Murray Darling, el más caudaloso de Australia, se ha secado un 40% en el último quinquenio.

El actual Primer Ministro australiano, Scott Morrison, tiene una visión diferente: pide paciencia y asegura que los incendios son parte de la vida cotidiana australiana. Por ende, no tiene planes creíbles para reducir, por ejemplo, las emisiones de carbono australianas. Ello a pesar de que los propios datos oficiales indican que la cantidad de gas que ingresó a la atmósfera australiana entre 2015 y 2019, se incrementó en un 20% en comparación con los cinco años anteriores.

Por el contrario, el gobierno solo ha tomado medidas coyunturales cosméticas que conllevan una incidencia económica menor. Por ejemplo, en el año 2018 Australia se unió a la campaña Mares Limpios propuesta por el área de Medio Ambiente de la ONU; un llamamiento a los gobiernos, las empresas y los ciudadanos a emprender acciones para frenar la contaminación por plásticos en los océanos. También se comprometió a invertir 2.500 millones de dólares para financiar a gobiernos locales y empresas agrícola-ganaderos para que pongan en marcha proyectos de vegetación y el reemplazo de sus sistemas de alumbrado y refrigeración. Parece extraño: trabajar sobre las consecuencias no parece entrar bajo la lógica australiana del planeamiento a largo plazo. O será que los intereses son tan profundos que no alcanza la superioridad moral de un modelo que pregona los más altos índices de calidad de vida.

Ello es lo que sostienen sus detractores, quienes resaltan que las medidas son meras caricias inocuas. “Demasiado poco, demasiado tarde”, indican desde el Consejo del Clima, un organismo independiente creado tras la disolución de la comisión gubernamental abocada al Medio Ambiente: por ejemplo, lo realizado hasta el momento  de ninguna manera puede contrabalancear equitativamente la política llevada a cabo en el año 2014 por el entonces primer ministro Tony Abbott, cuando eliminó el impuesto que obligaba a las empresas a pagar 15 euros por cada tonelada de emisión de carbono. Por otro lado, mientras se observa una permanente inacción para con la reducción de la dependencia del país de los combustibles fósiles, particularmente en sectores como la electricidad y el transporte, el gobierno se muestra ‘muy activo’ para autorizar, por ejemplo, la ampliación del puerto de Abbott Point, en el noreste de Australia, uno de los más grandes del mundo destinados a la extracción y transporte de carbón. El detalle: se encuentra ubicado en medio de una gran barrera acuífera que alberga más de 500 especies de peces y más de 400 de coral.

Lo interesante es que tampoco el costo económico de los desastres naturales – que, de continuar esta tendencia, podría alcanzar los 30.000 millones de dólares al año de aquí a 2050 – hace mella en las clases dominantes. En este aspecto, es claro que mientras el perjuicio económico, más allá del daño medio ambiental, se socializa, las ganancias de las elites corporativas, son individuales. Evidentemente, el lobby y las presiones de unos pocos, pueden más que los intereses colectivos. Ejemplos recientes sobran: en el año 2010 el Primer Ministro, Kevin Rudd, fue enormemente cuestionado tras su intento de aplicar impuestos sobre las empresas mineras que las obligue a la reducción de la contaminación del carbón. En 2018 sucedió algo similar con el premier Malcolm Turnbull, cuando éste promovió un nuevo esquema de infraestructuras corporativas y sociales con energías renovables.

La situación actual es claramente diferente. Morrison cuenta con el apoyo del también negacionista Rupert Murdoch, cuyos medios lideraron la campaña que lo llevaron a ser Primer Ministro. Y su discursiva no se mueve un ápice de la lógica de acumulación: “No vamos a involucrarnos en los objetivos irresponsables, destructores de empleo y económicamente perjudiciales que se están buscando”, sostuvo ante el reclamo de una parte importante de la sociedad. Y para sostener su discursiva, desempolva el Excel con los datos de la macroeconomía dura: solo para citar un ejemplo, el sector minero pasó de representar el 2% del PBI hace una década, al 8% al día de hoy. Y en términos comerciales, Australia se ha convertido en el principal proveedor de hierro y cobre de China (un promedio de 50.000 millones de dólares de exportaciones anuales al gigante asiático en el último quinquenio), además de alcanzar en 2019 el segundo lugar como exportador mundial de carbón, con China e India como sus principales destinos. Si, así es, dos países que a su vez pertenecen al grupo ‘selecto’ de los grandes emisores de gases.

En este aspecto, lo que pasa en Australia es, lamentablemente, también una problemática  global. Sin ir muy lejos en tiempo y espacio, hace unos meses en Brasil ardieron unas 5.500.000 hectáreas en la región del Amazonas. O un año antes, donde se habían quemado alrededor de 800.000 hectáreas de bosques en California, Estados Unidos. Y en nuestro país, aunque no hemos vivido un desastre ambiental de estas magnitudes, no nos encontramos ajenos a los dilemas medio ambientales que acontecen en cada rincón de la tierra.

Poseemos una de las mayores reservas a nivel mundial de litio, lo que implica una importante cantidad de emisiones sólidas, propias de las actividades extractivas durante la voladura y el arranque del material. También tenemos una producción importante de megaminería metalífera; cabe destacar que para extraer un gramo de oro, es preciso remover 4 toneladas de roca, consumir 380 litros de agua, 43,6 kwh de electricidad, 1 kilogramo de explosivos, y 850 gramos de cianuro. Si hablamos de las potencialidades de la industria hidrocarburífera – con Vaca muerta a la cabeza -, no podemos dejar de mencionar la necesidad de un sobreconsumo de agua y el  uso intensivo de químicos contaminantes. Por su parte, la falta de control con la consecuente depredación de nuestros mares, conlleva serios riesgos de reproducción para con la pesca sustentable. Ello sin olvidar a la agricultura industrial y la deforestación: con solo mencionar que la soja pasó de ocupar 5 millones de hectáreas hace 2 décadas, a más de 18 millones al día de hoy, comprenderemos el porqué de la pérdida de 7 millones de hectáreas de bosques nativos y más de 1 millón de pastizales naturales. Y así podríamos continuar. Todo con enorme impacto en nuestro ecosistema.

Pero la acumulación de capital manda, y los números así lo demuestran. Un informe elaborado por el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente comparó el crecimiento económico y la cantidad de reservas de recursos naturales de 4 países importantes y representativos a nivel global para el período 1990-2008: mientras Estados Unidos, China, Brasil y Sudáfrica, incrementaron su PBI en 37%, 422%, 31% y 24% respectivamente en dicho período, la naturaleza siguió el camino exactamente inverso: disminuyeron las reservas un 20% en Estados Unidos, 17% en China (el número no fue mayor dado que gran parte del abastecimiento de materias primas y recursos estratégicos se importan); 25% en Brasil y 33% en Sudáfrica.

Evidentemente, la búsqueda desenfrenada e inmediata de una mayor productividad en pos del lucro y el consumo, se contrapone con la protección de los ecosistemas que nos permitirán vivir un futuro sustentable para todos. Y está demostrado que no alcanza con una mayor concientización global, mediatizada y movilizada, para que la destrucción del medio ambiente tenga cada vez más obstáculos. A las elites que detentan el poder no les importa. Vaya uno a saber lo que piensan. Que si hay desastres naturales, ellos tendrán recursos para escapar. O que si nos encontramos en un contexto de escases de alimentos u otros bienes esenciales, siempre habrá para ellos y tendrán la forma de adquirirlos.

Lo que sí es seguro es que las mayorías no pueden quedarse sentadas esperando a que los señores del poder decidan si están dispuestos a vivir en un mundo inclusivo y sustentable para los niños del mundo por nacer, o querrán seguir con posturas peligrosamente egoístas. Por lo tanto, para que la historia no nos encuentre en una  pasividad languideciente, el castigo a los que contaminan debe ser político, en las urnas. Y aquí traigo a mi memoria las palabras de aquel cartel ubicado justo antes del túnel de salida al campo de juego de un equipo de futbol americano en los Estados Unidos, con el objetivo de que cada jugador lo recordara previo ingresar a cada partido: ¿Porqué no nosotros? ¿Porqué no ahora? Quien dice que en estas palabras podamos encontrar la respuesta. Que debe ser urgente. Sino puede ser demasiado tarde.

 

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