Justificar, la palabra que avala el negocio de la guerra

Pablo Kornblum para el Cronista Comercial, 01-11-2020

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La economía de la guerra siempre ha sido enormemente fructífera. Ya sea en su rol como motor de la economía nacional y sus efectos multiplicadores pro-positivos – incluida la generación de miles de puestos de trabajo -; por el ingente aporte de tecnología de punta (drones, cyberdefensa, la carrera espacial); la investigación y el desarrollo realizado por el Capital Humano altamente calificado; o mismo el fortalecimiento de las cadenas de valor de pequeñas y medianas empresas. Un claro ejemplo han sido los Estados Unidos de Norteamérica: mientras la inmersión del keynesianismo en la política estadounidense fue la llave maestra para salir de la gran depresión de 1929, el salto cuali y cuantitativo para embestirse como el hegemón de occidente fue claramente su inmersión total en la Segunda Guerra Mundial.

Azerbaiyán (un Estado rico en hidrocarburos, de confesión musulmana y formado por una mayoría túrquica) lo sabe y ha llevado a cabo en los últimos años importantes acuerdos de producción con Israel, Sudáfrica y Turquía, en su intento de utilizar la tecnología extranjera para desarrollar una industria de armas autóctona y, de este modo, alcanzar una independencia estratégica en el mediano plazo. Para su consecuencia, además ha intentado diversificar sus proveedores, tomando como preeminencia aquellos que aplican políticas flexibles en detrimento de Estados que, por ejemplo, se adhieren a la política de embargos relacionados con conflictos bélicos. Más aún, los azeríes desean evitar al máximo posible la dinámica de la ‘dependencia rusa’; no solo porque la sujeción en sí es un lastre negativo para cualquier sector de la economía, sino que además Armenia, su contrincante en la guerra por Nagorno-Karabaj – una antigua provincia autónoma soviética dentro de Azerbaiyán, de mayoría étnica armenia y cristianos ortodoxos -, tiene una gama limitada de proveedores (Ucrania, Montenegro) y se encuentra supeditado a las ‘relaciones carnales’ con Moscú.

En este sentido, ambos países, en conflicto hace décadas, tienen gastos en defensa muy por encima de la mayoría de los países del mundo (inclusive del 2% del PBI requerido por la OTAN para sus socios): 3,79% del PBI para Azerbaiyán, y 4,79% del PBI en el caso de Armenia en el año 2019. Razones no le faltan: sin ir muy lejos en la historia, la sangrienta guerra de 1988-1994 dejó un balance de 30.000 muertos, 25.000 de los cuales fueron del lado azerí. En aquella oportunidad, la superioridad armenia era abrumadora gracias a su principal aliado, Rusia (desde los tiempos en que estaba gobernada por los zares, los armenios ya contaron con su protección con el argumento de que luchaban contra el Islam), lo que derivó en que Azerbaiyán perdiera control sobre Nagorno- Karabaj y se creará un cinturón alrededor de esta región que pasó a control militar armenio.

Hoy en día, el gobierno ruso es el principal vendedor de armas a Armenia y Azerbaiyán. ¿Su justificación? “De este modo, nos permite controlar las capacidades armamentísticas de nuestros dos vecinos”, indicó su Canciller, Sergei Lavrov. En otras palabras, se dicen los únicos que pueden asegurar la estabilidad en su histórico patio trasero. Sin embargo, ya no estamos en la era de dominio absoluto sobre los satélites soviéticos: pareciera que ni el erróneo final de la guerra desatada, puede justificar los medios. Poco importa, ‘todo pasa’, como diría el ya fallecido expresidente de la AFA. En él mientras tanto, la política de ventas de armamento rusa continúa inmutable: ‘créditos blandos’ para quien este interesado en su industria para la defensa, como los 100 millones de dólares que le otorgó recientemente a la propia Armenia para la adquisición de cuatro aviones de combate SU-30SM.

En el cercano Medio Oriente, la guerra parece vivirse como propia. Y no precisamente por el dilema religioso en sí, sino más bien por la dinámica comercial del componente bélico que se ha generado. Por ejemplo, el viceministro de Asuntos Exteriores azerí, Araz Azimov, declaró hace pocas semanas que Jordania les había vendido armamento. Desde Amán, formalmente nunca llegó la desmentida. Más allá del detalle diplomático, el vínculo descripto es marginal en comparación con lo que ocurre en la frontera oriental jordana. Mientras Armenia le pide a Israel que suspenda la venta de armas a Azerbaiyán (es el principal proveedor del ejercito de Bakú, con ventas por más de 825 millones de dólares en el periodo 2006-2019), el gobierno hebreo solo manifestó su “tristeza” por la violencia en Nagorno-Karabaj y, en un acto de falso altruismo, mostró su disposición a “brindar ayuda humanitaria”. Nada en referencia a la venta de armas. Pero no es extraño: los israelíes, como octavos exportadores de armas en el mundo, están acostumbrados a vivir de la tecnología para la guerra – utilizada contra propios y extraños -. Y como suele ocurrir, sin importar el cómo: el propio diario israelí Haaretz publicó informes bancarios que revelaron transferencias de dinero del gigante de la defensa israelí Israel Aerospace Industries, pocos meses después de que se firmara un acuerdo de armas entre ambos Estados, por un valor de 1.600 millones de dólares a dos empresas sospechosas de lavado de dinero para el Gobierno azerbaiyano.

Así es, comprendió bien: un país cristiano (Armenia) le pide a uno judío (Israel) – donde además ambos pueblos han tenido un pasado común de genocidios el siglo pasado -, que deje de vender armas a uno musulmán (Azerbaiyán). Queda claro entonces que la geoeconomía se transformó en un profeso ex ante que la cultura o la religión en la geopolítica del siglo XXI. O dicho de otro modo, en términos pragmáticos: la empatía es dejada a un costado cuando desde Azerbaiyán, Israel importa el 40% del petróleo que consume.

Si a lo expuesto le adicionamos los vínculos en materia de inteligencia, fundamentales para con la contención y prevención del eterno enemigo del Estado Hebreo, Irán, el negocio cierra por todos lados. Es que los persas históricamente han apoyado financiera y militarmente a Armenia, aunque sus declaraciones siempre conlleven un tinte de mesura: la realidad indica que posee una gran población azerí dentro de sus propias fronteras luego del Tratado de Gulistán firmado en el año 1813, que dividió al pueblo azerí en dos al concluir la primera guerra ruso-persa. Por supuesto, nada es porque sí. Y una mano lava la otra. No por nada pocos le creyeron en el año 2011 al entonces presidente de Armenia, Serzh Sargsyan, cuando afirmó que Ereván nunca vendió armamento a Teherán. Y los que dudaban, tenían sus razones: poco tiempo después, el mismo primer mandatorio confirmó que “varias lanzagranadas desechables de alguna forma llegaron a Irán desde Armenia”.

Complementando lo expuesto, podemos afirmar que Medio Oriente es más que un mero proveedor de armas. En este aspecto, no solo en el terreno se encuentran los actores estatales: bajo la nueva lógica de las “guerras hibridas”, junto con los azerbaiyanos combaten alrededor de 4.000 mercenarios enviados desde Siria a la zona de conflicto – a los cuales se les paga alrededor de 2.000 dólares mensuales a cada uno -. ‘Un ejército militar de reserva’, diría algún nostálgico marxista; es que si intercambiemos la palabra ‘industrial’ por ‘militar’, la resignificación teórica no estaría tan desacertada.

Decir que es un secreto a voces, sería quedarnos con gusto a poco: todos saben que los mercenarios han sido pagados por los bolsillos de Ankara. Por supuesto, en un tono irónico digno de la diplomacia, su primer mandatario, Recep Erdogan, sentenció: “Algunos nos dicen ‘enviaron (combatientes) sirios a Nagorno-Karabaj’. No tenemos una agenda así (…) Ya tienen mucho por hacer en su país”. Aunque el apoyo implícito no sea un tema menor, la madre patria de los azeríes se ha comprometido a brindar el sostén diplomático, moral, militar y económico que sea necesario. Es que además, no es nuevo la animadversión total entre el pueblo armenio y el turco, potenciado exponencialmente luego de que los primeros sufrieran un genocidio por parte de los segundos, el cual terminó con la vida de más de un millón de personas entre 1915 y 1923. Sarven Kocak, un economista representante de la comunidad armenia en nuestro país, sostiene justamente que lo peor del genocidio es el no reconocimiento de Ankara, que continúa insistiendo en que aquellas muertes fueron dentro de la racionalidad de un conflicto armado típico de la época. Y las animosidades no solo no aminoran, sino que crecen al calor del nacionalismo turco, inclusive desde el factor económico: “desde hace 25 años, la República de Armenia ha sido sometida por los gobiernos turcos de Turquía y Azerbaiyán a un bloqueo salvaje, que se agrava porque nuestro país no tiene salida al mar”, sostiene con un dejo de bronca y tristeza.

Es que dentro de la permanente puja de intereses económicos que vivimos, tenemos en claro que – aunque lejos está de ser un juego de suma cero -, mientras algunos se perjudican, otros se benefician. Y sino pregúntenle al presidente serbio, Aleksandar Vucic, quien manifestó, sin ningún tipo de desparpajo, que las ventas de armas a Armenia tienen como objetivo central el salvar la industria militar del país: “Azerbaiyán y Armenia son nuestros amigos. Pero la industria militar serbia cuenta con 17.000 personas que necesitan proteger sus empleos. Y sabemos que a quien sea que le vendamos, la otra parte definitivamente estará insatisfecha”. Porque a decir verdad, y para lavar un poco las culpas con agua bendita, la moral puede ser dejada un poco de lado: mientras a algunos el armamento vendido los conduce a una muerte segura en combate, a otros los ayuda a dinamizar los muchas veces constreñidos mercados internos.

Moviéndonos hacia occidente, la Unión Europea ya mostró su interés ulterior durante el incremento de las tensiones en el año 2016: sentenció un enérgico rechazó a la anexión de Nagorno-Karabaj y al uso de la fuerza en la región por parte de Armenia. Es claro: para los países europeos, la tubería que atraviesa Bakú-Tiblisi-Ceyan suministra recursos cruciales para cubrir sus necesidades energéticas. Y no hay mucho más que ello. Porque dentro de Europa, poco importa el conflicto, salvo para quienes también tienen intereses económicos particulares en la industria armamentística. En este sentido, el más claro ejemplo es España, siendo el país ibérico uno de los mayores exportadores de armamento a Azerbaiyán el año pasado. Pero también bajo la lógica de la triangulación. Por ello, el Embajador de Armenia en España, Vladimir Karmirshalyan, realizó recientemente una declaración en tono de desesperación: “Yo no puedo pedir a España que hoy reconozca la independencia de Artsaj; pero sí quiero pedir encarecidamente al gobierno español que desde hoy no venda más armamento a Turquía”.

Ya adentrándonos en nuestro continente, el ministro de Exteriores canadiense, François-Philippe Champagne, informó recientemente que Canadá suspendía las exportaciones de armas a Turquía para “evaluar la situación más a fondo”, ante las afirmaciones de que se estaría utilizando tecnología canadiense en el conflicto entre Armenia y Azerbaiyán. Con una liviandad y una doble moral más propia del autoritarismo o nepotismo vinculados a los actores en disputa, el país norteamericano se refiere a la venta de armamento como si la misma tuviera el rol de paliar el hambre en el mundo o ayudar a encontrar la vacuna contra el HIV. Estados Unidos, por su parte, no se va a involucrar en el conflicto en medio de su contienda electoral presidencial. Porque a ciencia cierta, los estadounidenses son los paladines del mundo libre, hasta que les urgen las problemáticas domésticas. Que no son pocas en tiempos de crisis económicas, asesinatos de minorías, y un coronavirus fuera de control.

Dado lo expuesto y en cuanto a nuestra querida Argentina, solo nos queda observar y tomar nota de lo conveniente, principalmente para ponernos a trabajar ya sobre lo plausible. Por supuesto, con el desarrollo de una potente ‘economía de la guerra’ no alcanza para que el país salga adelante como un todo. Sin embargo, el potenciar una industria de la defensa como sector estratégico proveedor de divisas y generador de fuentes de trabajo en base a la innovación tecnológica, no es poco para nuestras siempre crecientes necesidades nacionales. Esperemos entonces que el FONDEF recientemente aprobado, financiado con un 0,8% del PBI desde el año 2023 con afectación exclusiva para la recuperación, modernización y/o incorporación de material para la defensa, sea el puntapié inicial para generar una industria competitiva y con capacidad de exportación.

Para concluir, casi no vale la pena aclarar que en todo este entramado geoeconómico, a nadie le importan los miles de muertos que ha habido en pocas semanas, ni los 150.000 habitantes de Artsaj que lo único que quieren es vivir en paz y bajo sus propias costumbres, cansados de reclamar que los dilemas económicos y políticos de los involucrados se dejen de tapar con tumbas. En él mientras tanto, y contrabalanceando impunemente el dolor de las víctimas, los negocios de algunos, los cuales no requieren un justificativo moral y se encuentran más allá del derrumbe de la ética en el fragor de la batalla, serán siempre negocios.

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