La geopolítica en la reestructuración de deuda soberana

Pablo Kornblum para Ámbito Financiero, 12-12-2019

https://www.ambito.com/economia/reestructuracion/que-paises-reestructuraron-la-deuda-soberana-y-como-les-fue-n5070656

El incumplimiento del pago de una deuda es tan antiguo como la historia misma. Antes del siglo XIX, los defaults se producían mayoritariamente por eventos extraordinarios, como guerras y revoluciones. A partir de entonces, su principal bandera ha sido la lógica financiera, pero siembre en conjunción con intereses geopolíticos que implican una interdependencia compleja de análisis. La mayoría de las 250 cesaciones de pagos de deudas soberanas desde 1800 hasta el año 2000 que requirieron una reestructuración, han tenido su correlato con la dinámica del statu-quo sistémico: una rentabilidad suntuosa reflejada en una elite concentrada trasnacional, la cual se ha tornado acreedora permanente de gobiernos cómplices que perjudican a los más débiles.

 

El abanico de casos es tan grande como la geografía global. Por ejemplo, en la reestructuración ucraniana de 2015, el gobierno de Kiev hizo uso de todas las opciones disponibles: quita de capital, extensión de plazos con periodo de gracia, aumento de la tasa de interés y la emisión de un bono atado al crecimiento, similar al Cupón PBI que utilizó Argentina en 2005. Aquí el FMI ha ocupado un rol sustancial. Los acreedores privados no aceptaban un recorte de capital mayor al 5%, mientras Ucrania aspiraba a una poda del 40%. En este sentido, la presión del organismo multilateral de crédito apéndice de los Estados Unidos fue clave para que los grandes Fondos de Inversión (entre los que se encontraban nuestros conocidos Franklin Templeton y Black Rock) dieran su aval a una quita del 20%. No sea cuestión, pensaban desde el imperio, que el detrimento macroeconómico ucraniano se contraponga con un fortalecimiento geopolítico del enemigo ruso.

 

El otro elemento clave en Ucrania ha sido su casi simultaneidad con la decisión de la ONU de poner un límite al accionar de los ‘Fondos Buitres’. En aquella resolución, se dictaminaba que un Estado soberano tiene derecho a elaborar sus políticas macroeconómicas, incluida la reestructuración de su deuda soberana, sin que sea frustrado ni obstaculizado por medidas abusivas. Pero específicamente, se debía respetar la decisión de la mayoría en los casos de canje de deuda, de manera de evitar que un número ínfimo de acreedores pueda accionar contra una reestructuración y promover el embargo de los bienes de un país, como embajadas o embarcaciones (como bien lo hemos sufrido con la Fragata Libertad en el puerto de Ghana). Podríamos decir que ha sido una justa y racional medida de la principal institucional global; lamentablemente, la misma se encuentra embebida en el ninguneo y el destrato de una lógica internacionalista vapuleada por la logia que representa la elite financiera/política/judicial trasnacional.

 

Ello también se vio claramente reflejado en uno de los mayores default de la historia, como ha sido el de Grecia en el año 2010; en aquel momento, la deuda soberana griega había escalado hasta los 320.000 millones de euros. El país europeo, quebrado por la crisis financiera que estalló en 2008 y sin poder financiar más un gasto público que se había incrementado un 50% entre 1999 y 2007, realizó un referendo donde el 61% de los electores votaron por el “No” a los ajustes exigidos por la denominada ‘Troika’. El resultado era previsible: la mayoría de los griegos no había vivido la ‘fiesta de los Euros’, ya que los préstamos internacionales habían sido licuados por unas elites políticas y economías evasoras y corruptas.

 

La Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el FMI, rechazaron de cuajo la decisión democrática: sin importar las consecuencias socio-económicas, los principales acreedores, los más renombrados bancos europeos (alemanes sobre todo, donde reside el motor económico del viejo mundo) y estadounidenses, debían cobrarse sus deudas. Evidentemente, mientras las ganancias se habían concentrado en una elite financiera, las pérdidas se socializaron a través de fuertes medidas de austeridad, como por ejemplo la reforma del mercado laboral. Las consecuencias, a la vista: una década después todavía se observa un mercado interno deprimido, el desempleo más alto en la región y, por supuesto, una creciente desigualdad social.

 

En el fondo, la geopolítica denotaba la otra gran problemática: encontrar el equilibrio justo entre el repago de los compromisos y la tensión social que podía implicar la salida del Euro – en aquel momento la temática en boga de los mercados y los líderes regionales -, con nefastas consecuencias económicas y un temor al ‘efecto contagio’ de otros actores estatales que en aquel momento también se encontraban en graves problemas financieros (Portugal, España, Irlanda). Finalmente, Europa le torció el brazo al pueblo griego y el gobierno a cargo del premier Tsipras decidió que el ajuste prevalezca sobre una potencial salida de la Unión Monetaria. Lo interesante es que aquel dilema geopolítico con tintes dramáticos se contrapone con lo que está ocurriendo años después con el Brexit, donde el dilema británico no se encuentra directamente vinculada ni con el Euro, ni con la deuda soberana. Evidentemente las complejidades y la enorme cantidad de variables en juego se conjugan tanto a nivel internacional, como a nivel doméstico.

 

Ello se observa de forma similar en las discusiones que se han planteado dentro del Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE), el Organismo creado en el año 2011 que tiene como objetivo ayudar a los Estados miembros de la Unión Europea que se encuentran en graves dificultades financieras. Italia es el país apuntado en la disputa actual: con las nuevas reglas se afectaría directamente al valor de su deuda soberana, principalmente dadas las facilidades que se incluirían para con la reestructuración de sus pasivos públicos que al día de la fecha ya superan el 130% de su PBI. En este aspecto, los países nórdicos ya han puesto el grito en el cielo: son contrarios a compartir cualquier tipo de riesgo con los ‘países del sur que no son de fiar’. Culturas más proclives al trabajo versus ‘vagos improductivos’, se podría decir. Una retórica discutida y peligrosa, pero más actual que nunca y que impacta de lleno en el financiamiento y posterior repago de las deudas intra-regionales.

 

Más al sur, las problemáticas parecen acrecentarse. La denominada por muchos ‘ilegitima’ deuda de Mozambique que salió a la luz mundial en el año 2017, tiene aristas de un negociado financiero con ribetes de colonialismo del siglo XX: empresas de alimentos y militares financiadas por bancos europeos (como por ejemplo los 500 millones de dólares otorgados por el Crédit Suisse para el desarrollo de una empresa nacional de Atún), gerenciados por compañías ligadas al gobierno francés, bajo el manto de un enorme desvío de los préstamos con, al menos, la complicidad de las más altas autoridades del gobierno mozambiqueño.

 

Poco han importado el bypass ilegal realizado al parlamento nacional, o la falta de capacidad para generar procesos productivos verdaderamente viables y provechosos para la generación de bienes y empleo que favorezcan a la mayor parte de la ciudadanía. Peor aún, dado que la deuda pública había llegado al 120% del PBI y Mozambique se tornó incapaz de honrar sus reembolsos, los acreedores propusieron una reestructuración que fue aceptada por el gobierno; un repago que compromete fuertemente a una producción gasífera de enorme potencial, ya que implicaría una fuga de recursos contraria a los intereses de una población que tiene ingresos promedio de 150 dólares mensuales. Por las dudas, empresas británicas, estadounidenses e italianas, con la conveniencia del gobierno mozambiqueño, ya se encuentran operando en la zona.

 

Por nuestras latitudes, el caso de Venezuela tiene ciertas similitudes con el descripto país africano. Las posibilidades de que el gobierno se declare en default se diluyeron de forma inversamente proporcional al involucramiento masivo de China y Rusia en la dinámica económica venezolana, sobre todo luego del intento de derrocamiento del presidente Nicolás Maduro promovido por los Estados Unidos y los grupos insurgentes domésticos a principios del corriente año. La pelea por los recursos naturales estratégicos – de eso se trata ciertamente, no del bienestar de la mayoría del pueblo venezolano -, le ha permitido reperfilar permanentemente los casi 80.000 y 20.000 millones de dólares de deuda que tiene con los acreedores chinos y rusos respectivamente. El costo no es menor, pero es el único que permite la supervivencia de un régimen asediado financiera y operativamente por los Estados Unidos: ceder a todos los requisitos de las potencias aliadas para con la obtención de los bienes tan preciados que provee la geología del país caribeño.

 

Para el resto de los Holdouts involucrados en el financiamiento venezolano, el aprovechar las altísimas tasas de interés o el comprar bonos a valor usurario (como los que se ofrecen de PDVSA), saben que solo conlleva a un futuro litigio espurio: una macroeconomía seriamente dañada en términos financieros y productivos (la inflación de cuatro dígitos no brinda margen alguno de racionalizar algún tipo de devolución seria de un préstamo), y una institución gubernamental que no puede brindar ningún tipo de previsibilidad o estabilidad de mediano plazo cuando se produzcan los vencimientos, les implica a los Fondos Buitre el demostrar toda su pericia para articular un trabajo conjunto con las elites políticas/judiciales/mediáticas, que les permitan obtener el mayor rédito financiero posible. Más allá de todo, sus detractores de la oposición venezolana sostienen que la posición de Maduro ante los acreedores solo es comparable con la que tenía el ex presidente comunista de Rumania Nicolás Ceausescu: mientras su población pasaba hambre durante años, él cumplía religiosamente con el pago de la deuda externa.

 

Luego de lo descripto, podríamos afirmar que la lógica del endeudamiento tiene aristas específicas para cada situación geográfica e histórica en particular, como así también dependiendo del monto recibido o la capacidad de repago de cada actor estatal. Lo que sí es generalizado es la dependencia que el préstamo genera, en mayor o menor medida, para cada uno de los deudores. Por otro lado, se encontrará en la idoneidad técnica y moral de cada gobierno su utilización: para acumular capital, generar divisas, repagar deuda o avalar la fuga del préstamo. Y su complemento con el resto de las políticas económicas exteriores y domésticas nos dirá, en el largo plazo, si la decisión de tomar deuda y su posterior renegociación ha sido beneficiosa para con las futuras generaciones.

 

Lamentablemente, el desarrollo institucional macroeconómico, social y productivo de nuestro país, lejos se encuentra de Suiza, Bélgica, Noruega, Finlandia, Corea del Sur, Singapur y Nueva Zelanda, los países que siempre han honrado en tiempo y forma sus deudas soberanas. Podemos esgrimir que subestimamos la capacidad de repago en términos de la dinamización del aparato productivo exportador, que los acreedores privados tendrían que haber sabido de las dificultades financieras del país y por ende son corresponsables de la necesaria reestructuración, que habría que haber activado el Swap Chino en lugar del desesperado salvataje de 50.000 millones de dólares provisto por el dúo Donald Trump/FMI – y cuyo objetivo era evitar el ‘avance del comunismo en Sudamérica’ -, o que el tomador del préstamo fue el gobierno anterior y no se puede honrar las deudas sin crecimiento económico y a costa de la miseria del pueblo argentino. En definitiva, la realidad es que las cartas están echadas y ahora hay que jugar. En el mientras tanto, nunca es tarde para desempolvar el libro del recordado Aldo Ferrer y volver discutir a futuro, si queremos – y podemos – “vivir con lo nuestro”.

Endeudar, AJUSTAR, transferir (¿fugar?)

Pablo Kornblum para Ambito FInanciero, 20-10-2019

https://www.ambito.com/endeudar-ajustar-transferir-fugar-n5060745

Nos (mal)acostumbramos. La palabra ajuste ha sobrevolado el lenguaje de los hogares de nuestro país y de toda Latinoamérica desde hace décadas. A pesar del temor que le genera a muchos, su etimología (del latín ‘ad iustus’) hace referencia a lo justo: ajustar sería conformar algo a una norma ‘justa’. En economía, especialmente para la escuela neoclásica, esa norma implica alcanzar ‘los grandes equilibrios macroeconómicos’; aunque cabe aclarar, no siempre se explica cuáles son los mecanismos, qué significa ajustar para alcanzar objetivos, y menos aún de qué maneras pueden hacerse.

Los ‘ajustes’, dolorosos en la mayoría de las ocasiones para gran parte de la sociedad, suelen tener como eje central el componente externo. Ello no quiere decir que el déficit fiscal o los dilemas inflacionarios de tinte doméstico no generen preocupación; simplemente que existen herramientas de redistribución de los costos que, como se diría vulgarmente en la jerga futbolística, son problemas que se ‘arreglan puertas para adentro’. Los actores económicos y políticos domésticos se conocen, se miden, saben que en algunos momentos de la historia pierden, pero en otros ganarán. Están quienes entienden de los círculos rojos, quienes los miran de reojo, y quienes no tienen muy en claro lo que ocurre pero buscan en su micropolitica diaria respuestas a los dilemas de sociedades tan complejas y desiguales como las nuestras. La irrupción del Menemismo ante la hiperinflación de 1989 fue una clara muestra de ello: el arreglo con los grupos de poder – sobre todo con los monopolios formadores de precios – tuvo enormes costos sociales, a contraparte de obtener el efecto esperado a corto plazo. No podemos negar que el neoliberalismo trasnacional post-fin de la Guerra Fría, con su consecuente expansión financiera sin barreras, ha sido de gran ayuda; pero fue el acuerdo entre los actores domésticos la clave para reducir la inflación a dos dígitos a los pocos meses de la asunción del gobierno peronista.

El frente externo es diferente. El endeudamiento y la escases de divisas que suelen derivar en el repago de deuda y los intereses crecientes, exceden los dilemas propios de los grupos sociales internos y potencian las problemáticas, incrementando exponencialmente los costos de las probables soluciones.

Para comenzar, no podemos negar el proceso acción-reacción. Cuando el stock de deuda latinoamericano se incrementó de 200.000 a 290.000 millones de dólares en el bienio precedente a la crisis de 1982 (incrementando el déficit de cuenta corriente promedio regional al 5% del PBI), ningún gobierno parecía haberse percatado de las políticas comerciales proteccionistas de los países de la OCDE ni la crisis del ala socialista, que significó una disminución en la demanda de exportaciones latinoamericanas y un deterioro de los términos de intercambio. Tampoco esperaban la evolución de la tasa LIBOR, que históricamente había fluctuado alrededor del 2% en términos reales, alcanzó un máximo histórico de 6% en 1981 y permaneció en niveles superiores a 4.5% hasta 1986. Tampoco se pensó en el abrupto retiro pro-cíclico de nuevos préstamos, donde las entradas netas de capital se redujeron abruptamente a niveles insignificantes, y el pago de intereses y utilidades se incrementó, transformando radicalmente la transferencia de recursos hacia la región (de +11.000 millones de dólares en el periodo 1980-1981, a –18.000 millones de dólares en 1982). Nadie está diciendo que ante este contexto, el próximo paso obligado sea la receta del ajuste. Pero le abre un amplio margen y herramientas racionales para quienes lo proponen.

Avancemos un paso. Si la decisión política de hacer el ajuste es un hecho consumado, la pregunta luego es el cómo se digiere para la gran cantidad de ciudadanos afectados. En este sentido, el enmascaramiento discursivo de sus promotores se torna clave para suavizar los objetivos. Una reforma del Estado (positivista bajo la semántica del interlocutor), disciplina fiscal para el control de los gastos (ser prudente y ordenado puede observarse como una virtud), el incremento de los impuestos (para contribuir con el bien común), las privatizaciones (para eliminar de cuajo el gasto público ineficiente y corrupto) o el terminar con las burocracias sindicales (que se dedican a acrecentar riquezas personales sin hacer honor a sus responsabilidades – en muchas ocasiones operando de ‘ambos lados del mostrador’ -), son términos habituales en los ‘ajustadores’.

Ejemplos sobran. En plena recesión brasileña del año 2015, el gobierno de Rouseeff sostuvo que la economía del país debía entrar en una etapa de ‘corrección’ para lograr credibilidad. Una forma diplomática para desviar la atención de las derivaciones económicas negativas que conllevaba el escándalo de de corrupción de amplias proporciones que involucraba a funcionarios del propio Gobierno y grandes grupos empresarios, paralizando los procesos de inversión del sector público y privado.  Carlos Salinas de Gortari, catalogado uno de los ‘mejores alumnos del modelo neoliberal’, en una frase de campaña previo a las elecciones de 1988 que lo catapultaron presidente, llego a decir que México iba a llegar al ‘Primer Mundo’ por la vía de un nuevo modelo de ‘liberalismo social’ que él mismo iba a llevar a la práctica. Nada más alejado de la realidad, pero apropiado para el contexto histórico internacional que lo acompañaba. Por otro lado, la dialéctica de ‘lucha contra las sanciones imperialistas estadounidenses’ que han obligado a ajustar aun más el rígido control del sistema de cambios de Venezuela, ha tenido como objeto el disipar el rol culpógeno – bajo una verdad a medias – de los errores endógenos de la política económica bolivariana de los últimos años. Y así podemos seguir.

Los que quieren llevar adelante el ajuste, suelen además resaltar las victorias, por más pequeñas, parciales o relativas que sean para gran parte de la sociedad. En este aspecto, los festejados superávits operativos de entre 1% y 2% del PBI en Brasil, México y Colombia en el periodo 1985-1989, se debieron principalmente a la reducción de las importaciones, consumo e inversiones, con el resultante de mercados internos fuertemente recesivos. No era necesario maquillarlo demasiado: un ‘paper’ del FMI de la década de 1990’ sostenía que “la pobreza no bajó y la desigualdad creció con los ajustes, pero la experiencia fue exitosa: América Latina subió el ingreso per cápita 1,5% anual en los 1990’; mientras que en los 1980’, bajó el 2%”. Solo era necesario ocultar el Índice de GINI que opaque la lectura real de los datos que implicaban aquella distribución de la riqueza. Y elegir cuidadosamente las variables, para luego determinar cuáles mostrar y cuáles no.

Entre las que se ocultaban, podemos mencionar que mientras ‘entre gallos y medias noches’ se aplicaban exenciones impositivas a los grupos económicos concentrados del Ecuador, el presidente Lenin Moreno le pedía amablemente al campesinado indígena una ‘enorme fuerza interior’ para soportar el incremento descomunal del combustible luego de la quita de subsidios. Un esfuerzo similar al que la Unión Europea le pidió a los griegos, cuando desde Bruselas les explicaban la necesidad de que se ajusten para aprovechar el financiamiento del Banco Central Europeo luego de la crisis de 2008, lo que les permitiría reactivar el mercado interno; poco se mencionaba de la ‘puerta giratoria’ que implicaba el repago financiero de las ‘deudas legítimamente contraídas’, lo que como se observó hasta el día de hoy, solo alargaría la agonía del ajuste.

Vayamos al final de la película. El ajuste, con sus modos y formas, se termina realizando. Se cierra la brecha con el mundo, pero se genera una enorme transferencia de recursos al exterior mientras se elevan los costos internos de tinte socio-económico, con impacto negativo directo sobre los procesos de equidad, la caída de los salarios, y los desajustes en la productividad en los diferentes sectores económicos. Y ello se percibe, se nota, impacta.

Por lo que, a pesar de vivir en (imperfectas) democracias, el voto popular, aunque vilipendiado y direccionado con falsas promesas, permite generar ciertos cambios – aunque marginales en lo estructural – en la vida política y económica del país. Por ello, ante el escenario electoral siempre presente en la cabeza de los políticos, los mismos necesitan reafirmar que el ajuste es ‘meramente transitorio’. Frente a un costo que se decía ‘acotado’ en el tiempo, no valía la pena enfrentar los problemas de largo plazo (donde estaremos todos muertos, cambiando la versión Keynesiana de la historia). Pero además, los promotores del ajuste le asignaron un rol fundamental a las políticas sociales para paliar y aliviar situaciones de extrema pobreza. Que debiera ser coyuntural hasta que se reactive la economía, la producción, el trabajo, etc…Y ahí nos quedamos. La asistencia social eterna, que nunca se refleja en empleos de calidad, ni en incrementos de la productividad, ni en mayores capacidades para exportar y generar divisas. Solo perpetúa estructuralmente un ciclo de gasto público creciente, con el posterior convite a otro ciclo de ajuste. La serpiente que se devora su propia cola.

Para concluir con la actualidad de nuestro país, luego de que el gobierno impuso discursivamente la necesidad del ajuste luego de ganar las elecciones de 2015, la discusión terminó en grieta entre los partidarios del shock y los gradualistas. Para los primeros, no se lograron implementar a tiempo los ajustes fiscales de manera responsable, ni las reformas macroeconómicas necesarias para enderezar el rumbo. Los gradualistas, por su parte, hablaron de la falta de confianza de los inversionistas y del contexto internacional adverso, entre otros. Para el ciudadano medio, ya poco importa; lo que algunos observaron como gradualismo, otros sintieron como shock. La crisis habla por sí sola: Tarifas dolarizadas, mercado interno deprimido, inflación y endeudamiento galopantes. Solo algunos pocos ganaron. Aquellos que pueden transferir los costos y fugar utilidades, más allá del tipo de ajuste. Que vale aclarar, cualesquiera que sean, siempre son selectivos. Y suelen perjudicar a las mayorías.

En definitiva, hay dos cuestiones que parecen ser claves. Por un lado, comprender la lógica sistémica, las bases programáticas de los Organismos Internacionales, la geopolítica entremezclada y en conjunción con las cíclicas pujas de intereses de los actores de la vida política y económica del país. El otro punto fundamental es analizar la historia para poder visualizar toda la película, la dinámica en lugar de la foto puntual. Porque la historia se repite y los que se pelean por la torta son casi siempre los mismos, o por lo menos presentan racionalidades similares ante los objetivos que nunca cambian: la lucha por el poder y la riqueza. Por ahora, no cabe duda que la mejor política económica para luchar contra los ajustes es aquella que minimiza la probabilidad de incurrir en ellos; en este sentido, nunca más acertado el dicho ‘más vale prevenir que curar’.

Claves para entender el nuevo control de cambio en Argentina

Pablo Kornblum para la agencia Turca AA

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“Con desesperación, el Gobierno acude a un decreto. En el mismo decreto dice que dada la urgencia no hay condiciones para tratarlo en el parlamento, esa es la primera consideración de restricción democrática. La segunda cuestión es que establece regulaciones: un Gobierno que se autoproclama liberal y que dice que hay que desregular la economía, decreta una regulación”, advierte el economista Pablo Kornblum.

“Afecta a los exportadores porque los obliga a traer sus dólares (se estima que será una cifra cercana a los 10 mil millones de dólares). Cuando denuncian que han cobrado el dinero, tienen cinco días para liquidarlo. Para el Gobierno es una forma de hacerse de dólares”, continúa Kornblum.

“Es demostración de la impotencia en que está el gobierno de Macri en la actualidad. Habrá que ver cómo sigue esto más políticamente que económicamente, todavía podemos tener sorpresas con respecto al Gobierno porque falta mucho para las elecciones del 27 de octubre”, señala Kornblum.

En la misma línea, Kornblum opina que “se anticiparon al primer día hábil de septiembre porque imaginaron que iba a ser catastrófico. Estas medidas van a generar que haya una estampida de pequeños y medianos ahorristas que van a tratar de sacar sus dólares del sistema financiero y guardarlos”.

Aparentemente no hay peligro en ese sentido, a priori los dólares están en el BCRA. “Pero si un gobierno desregulador empieza a regular, inevitablemente va a generar ciertos temores en la gente. Para aquella persona que votó a Macri, que votó un programa con ciertas ideas, una forma de ver las cosas, ahora hacer lo contrario no se ve muy bien”, continúa el economista.

Las razones del default selectivo de la Argentina

Pablo Kornblum para la agencia Turca AA

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“Lo que se está viendo hoy es la incertidumbre política de los mercados que le hacen caso al FMI. Tenemos que entender que el FMI, al poner en duda el próximo desembolso de USD 5.400 millones previsto para octubre, el dólar empieza a subir. Los mercados, los fondos de inversión, se fijan en este comportamiento del FMI”, afirma el economista Pablo Kornblum.

“En la economía las expectativas son fundamentales. Lo más importante que debía pasar después del resultado de las elecciones primarias era una transición prolija, un trabajo mancomunado entre Macri y Alberto Fernández, con un discurso común ante el FMI, que ambos hubieran dicho que se iba a pagar y cumplir con lo prometido, cosa que no ocurrió”, señala el experto.

“Vamos a tener una transición larga, dos meses largos en los cuales la incertidumbre política reinará, y por lo tanto no sabemos en qué puede desembocar porque la realidad es que no hay dólares. Los exportadores piensan que va a seguir la devaluación entonces no quieren liquidar sus dólares, nadie le presta a la Argentina, y las altas tasas de interés lo único que hacen es generar más demanda de dólares que no puede contrarrestarse con oferta”, infiere Kornblum.

La ruleta rusa Argentina

Pablo Kornblum para Ambito Financiero, Agosto de 2019

https://www.ambito.com/la-ruleta-rusa-argentina-n5050177

Mientras en Argentina las autoridades tratan de hacer lo imposible para llegar de la mejor manera posible al próximo mandato, no podemos dejar de evaluar lo que puede ocurrir a nivel internacional en el corto y mediano plazo. Nuestras necesidades de inversiones para la producción, un acceso razonable al mercado de capitales, y un balance de cuenta corriente superavitario, no cesan el 10 de Diciembre. Más bien se van a incrementar.

Comencemos con la economía real, aquella que realmente genera riqueza acumulable a través de la producción y el intercambio de bienes y servicios. La misma se encuentra en un escenario global adverso (crecimiento con tendencia a la baja, en torno al 3% a nivel mundial), sobre todo en términos de manufacturas, que hoy tiene todavía un peso mucho mayor que los servicios – los cuales todavía se encuentran en expansión -. Además de las preocupaciones que generan la política fiscal/monetaria y la tasa de rendimiento de los bonos estadounidenses, la guerra comercial entre las dos principales potencias del mundo, Estados Unidos y China, ha afectado indefectiblemente a todos los intercambios globales. Mismo Alemania, motor de Europa con un fuerte basamento económico en sus ventas al resto del viejo continente y al mundo, también se ha visto afectada en su crecimiento (-0,1% en el segundo trimestre de este año). Ello implica un mal augurio para nuestro país: una política de Estado que se centre a futuro en la búsqueda de nuevos nichos de mercado, encuentra más facilidades en un mundo abierto a los nuevos productos, ideas y procesos que podría proveer la Argentina. No parecería ser el caso en el corto plazo.

Otro escenario que debemos tener en cuenta es el de la incertidumbre y las tensiones geopolíticas. El Brexit, el dilema geopolítico de Hong Kong, el fallido Tratado nuclear con Irán y la dinámica venezolana, entre otros, no son precisamente escenarios auspiciosos para las relaciones económicas internacionales. Paz y estabilidad son un ‘must’ para con la fluidez de las transacciones y la logística global, que al día de hoy se encuentran en la ‘picota’ dado los inciertos contextos trasnacionales que estamos vivenciando. Es claro que el concepto unipolar post-guerra fría no regresará, por lo menos no en el corto y mediano plazo, y la tripolaridad – Estados Unidos, China y Rusia – tal como se encuentra presentada en la actualidad, no es afín a las relaciones amigables. Otro obstáculo para con el planeamiento de la política exterior nacional.

Nuestra región tampoco nos provee buenos bríos. Si lo que nos caracteriza es la inestabilidad interna, más difícil seguramente será ubicarnos equilibradamente entre los polos que representan Venezuela y Brasil, dos de las principales economías sudamericanas. Más aún si hay un cambio de color político en nuestro gobierno. Un escenario que requerirá morigerar relaciones, sin que Maduro se apodere de una ‘alianza del relato’, ni que las bravuconadas de claro tinte electoralista pro Macri de Bolsonaro – que seguramente luego se limitará a una relación cordial si se confirma la victoria del Frente de Todos en pos del sostenimiento de una sociedad comercial clave para ambos Estados -, desestabilicen un frecuentemente pendular escenario latinoamericano. Eso sí, en un horizonte más lejano quedará el potencial acuerdo MERCOSUR-UNIÓN EUROPEA, con difusos ganadores luego de los cambios de racionalidad e ideología que podrían producirse en Europa y Sudamérica en lo que queda de este año y el venidero. Evidentemente, la relación regional también pide estabilidad y cohesión doméstica primero para enfrentar las complejidades que se avecinan.

El sistema financiero, por su parte, dará un vuelco de 180 grados: de receptores seriales de divisas, a obligados pagadores en el próximo bienio. En el mientras tanto, dependerá de la transición política argentina como actuarán nuestros tenedores de bonos e inversores, ya sea en el Merval como en Wall Street. Por su parte, al tiempo que la fuga y la venta a precio vil se encuentran latentes en la actual coyuntura, la Inversión Extranjera Directa queda en el debe (con un stock en la última década que nos ubica en el 6to lugar latinoamericano, muy por detrás de Brasil, México, Chile o Colombia). Mientras no haya un atisbo de estabilidad política, o sea como mínimo en los primeros meses del año venidero, cualquier proceso de inversión en la economía real quedará en stand by. Como ya sabemos, estamos en Argentina.

Podemos preguntarnos entonces, ¿Cómo enfrentaremos al mundo de aquí en más? Al presidente  Trump, el salvataje a la Argentina le salió el tiro por la culata: parece que Macri no terminará ganando las elecciones como Bolsonaro; veremos entonces si la política económica de Fernández se parecerá a la de los gobiernos de Lula. Probablemente lo que si se pueda asimilar es un pragmatismo de centro con conciencia social. Por ahora, lo único que parece sensato es que a partir del 10 de Diciembre el próximo gobierno se siente a renegociar una deuda impagable, en torno a los 300.000 millones de dólares. Y rezarle a los mercados, que ya se encuentran bastante alterados y en posición para huir en caso de que el escenario político no les provea señales ‘positivas’ para con ellos. Como sabemos, en Argentina los ‘cisnes negros’ son la norma, no la excepción.

Seguramente el año que viene seguiremos intentando ser el otrora granero del mundo. Aunque se busque generar una economía más balanceada, por lo menos más lejos de los servicios financieros y más cerca de la producción de bienes y servicios con mayor valor agregado, llevará un tiempo poner las ideas en práctica. Un cambio de gobierno también determinará el fin de las relaciones carnales con Estados Unidos y el FMI, lo que como contraparte derivará en un automático acercamiento al binomio China/Rusia, ávidos ambos de avanzar aún más en nuestra región – y más aún con las potencialidades de recursos que presenta nuestro país -. En este sentido, nunca olvidemos que la demanda de recursos estratégicos se incrementará siempre en el largo plazo; puede mermar en algún momento, pero nunca retroceder. No debe ser nuestro único activo, pero si nuestro as de espadas para enfrentar inteligentemente el complejo mundo que se avizora en el próximo quinquenio.

Los cambios estructurales que necesitamos implican una verdadera revolución institucional. Ya sea para vender bienes y servicios, atraer inversiones sostenidas en el tiempo, o simplemente requerir financiamiento para equilibrar los balances macroeconómicos. La corrupción, el no cumplir con los compromisos, la ineficiencia y la ineficacia, nos mantienen siempre en el juego de la ruleta rusa. Donde los que quieren realmente pensar en un proyecto productivo con una rentabilidad lógica sostenida en el tiempo se alejan, los que desean alianzas verdaderas de largo plazo recalculan tantas veces el futuro que las mismas se terminan desvaneciendo, y los que buscan la tranquilidad de números claros deambulan en la duda que demuestra, sin vacilaciones, nuestra historia.

Los que si se acercan, como aquellos amigos indeseados que nuestros padres aborrecían en la adolescencia, son quienes, a sabiendas de nuestras históricas debilidades estructurales y nuestras políticas nocivas autodestructivas, avizoran escandalosas tasas de retorno. Dinero rápido, altas tasas de intereses, bonos regalados con una promesa de pago que vaya uno a saber que gobierno lo afrontará (por empezar son casi 50.000 millones de dólares solo para pagar en el año 2020), facilidades para huir a la velocidad de la luz. Esos Fondos de Inversión que se encuentran siempre listos para entrar en acción. Ese Fondo Monetario que, a sabiendas que el modelo no tiene un ápice de sustentabilidad, continua financiando la fuga de divisas y protegiendo los activos de los bancos. No hay que culparlos. Ellos hacen su juego. La culpa es nuestra que no los entendemos. Mejor dicho, nunca se sabe si es por acción u omisión. Complicidad o incapacidad.

En el medio se encuentran las mayorías, que poco entienden por qué casi siempre estamos con una balanza de cuenta corriente deficitaria, vivimos endeudados, y nunca llegan los brotes verdes. Son aquellas clases medias y bajas que representan más del 80% de la población de nuestro país quienes sufren realmente la falta de dólares y los ajustes que derivan en frecuentes dinámicas inflacionarias y recesiones, mellando de manera profunda su ya dañada calidad de vida. Esperemos que más temprano que tarde, encontremos la sensatez que nos permita bajarnos de la ruleta rusa y ser pragmáticos, éticos, serios e inteligentes, para enfrentar el aún más complejo mundo que se avizora.

Tras elecciones en Argentina el peso se devalúa más del 30%

Pablo Kornblum el 12-08-2019 para la Agencia Turca de Noticias AA

https://www.aa.com.tr/es/mundo/tras-elecciones-en-argentina-el-peso-se-deval%C3%BAa-m%C3%A1s-del-30-/1555558

“Los mercados se despertaron sobresaltados por dos cuestiones en particular, por un lado porque Alberto Fernández en su discurso luego de conocerse su victoria dijo que, a pesar de no hacer locuras, iba a privilegiar a los jubilados antes que pagarle a los bancos. Eso en el mercado fue un golpe bastante duro y creo que se tomó en cuenta”, afirma el economista Pablo Kornblum.

“Por otro lado, el presidente Macri dijo que iba a esforzarse en pelear hasta octubre y en ningún momento habló de una concordia ni de llamar a Alberto Fernández para reconocer la derrota y coordinar una transición ordenada, de poder trabajar en conjunto para brindar gobernabilidad y respetar la institucionalidad. Esos dos puntos fueron las claves para entender lo que sucede”, concluye Kornblum.

Llegaron las PASO. ¿A quien voto?

Pablo Kornblum para el Diario Ámbito Financiero. 7 de Agosto de 2019

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Llegó el domingo de las PASO. La verdad, estoy indeciso, no sé a quién votar. Pero esta vez voy a hacer algo diferente, me voy a tomar todo el día para pensar que partido será el que más va a beneficiar mis intereses…perdón, quise decir a mejorar la vida de todos los argentinos. Aunque de los años que tengo de vida, siempre vi que mientras algunos se perjudicaban, otros se beneficiaban. Y viceversa. Inclusive en los momentos de mayor crisis. En fin, me parece que nunca podrán salir todos conformes. Entonces mejor me conformo con que me vaya mejor a mí.

Entro al bar de la esquina y me pido un café, para poder despejar la cabeza. Pienso en el oficialismo. La situación económica es preocupante. Mercado interno deprimido, inflación, desempleo. Ni que hablar del nivel de endeudamiento. Pienso en mi nieto. En realidad todavía no tengo nietos, pero como viene la mano ya me preocupa la pesada carga que va a tener que soportar. ¿En lugar de dejarle deuda externa, le podría dejar como legado una mejor educación, no? Mejor me conformo con comprarle algún departamento. Porque como dijo Piketti, lo más relevante para tener un buen pasar económico es la herencia que podamos recibir.

Igualmente soy positivo. Porque no pensar en el segundo semestre, en los brotes verdes. Si en definitiva, gran parte de la economía son expectativas. El tema es que no se cumplen. Y espero, y espero, y espero. Pero me canse de esperar, quiero comer un buen pedazo de lomo los domingos. Ni que hablar como extraño las vacaciones en Uruguay. Desde que se pulverizo el salario real en dólares, solo postales de Piriapolis. Encima Keynes dijo que en largo plazo estaremos todos muertos. Ni presente ni futuro. Y bueno, mediano plazo. Como hacemos siempre, pegamos unos parches y seguimos. Después se verá.

Me voy a caminar por el parque, por ahí el aire fresco me ayuda a reflexionar. El Frente de Todos es el principal partido opositor. ¿Doce años en el gobierno implica mucha experiencia, no? Pero me parece que el viento de cola terminó siendo en una brisa de verano. Evidentemente, los beneplácitos de los superávit gemelos no se trasladaron proporcionalmente a los cambios necesarios en el sistema de salud, educación, o a nivel institucional. ¿Se solucionaron los problemas estructurales? A veces pienso que algunas cosas si, otras no. Derechos y deberes. Uno siempre piensa que da más de lo que recibe. Yo, Argentino.

Todo se entremezcla. Nunca se sabe si fue mala praxis, corrupción, o un mal diagnóstico. Po ahí es un poco de todo. Tampoco debe ser sencillo. Es verdad que había otros intereses, claramente más nacionales y populares que ahora. Lo que es seguro es que el consumo por el consumo mismo no alcanza. ¿No estaría bueno, como en muchos aspectos de la vida, tener una economía más balanceada? Consumo, Ahorro e Inversión. ¿Un poquito de cada cosa para estabilizar la macro, podrá ser? Pero bueno, como ya lo dije, nos engolosinamos siempre. ¿A veces se necesita tener la cabeza fría y tomar decisiones fuertes, no?

Vuelvo a casa y me espera un plato de pastas. El Consenso Federal parece ser la tercera vía, la nueva alternativa superadora. Aunque de nuevo no tiene nada. Es más, esta avenida del medio no solo no funciona acá, sino en ninguna parte del mundo. Se terminaron los consensos de centro-izquierda y centro-derecha post segunda guerra mundial. La gente con la que hablo quiere posiciones firmes, ya sea con los inmigrantes, con el aborto, con lo que sea. Más actual que nunca el evangelio que dice que a los tibios los vomita dios.

No han mencionado que van a tener posiciones tajantes, ni ante los monopolios formadores de precios que son determinantes en la inflación actual, ni ante el FMI, ni ante las mafias de todo tipo que están infectadas como un cáncer a lo largo y ancho del país. Igualmente, quien dice, por ahí si terminan con la grieta y eso finalmente nos brinda un salto de calidad ciudadano. Pacificar la sociedad a través de las ideas. ¿Aunque mejor no sería combatir la pobreza y el narcotráfico para terminar con la violencia y la coerción? Por ahí es un poco y un poco. Quien pudiera encontrar la mixtura perfecta entre y dentro de las Ciencias Sociales y Jurídicas. Como nos cuestan los equilibrios.

La siesta me permite reflexionar con la almohada. ¿Y si voto al Partido Libertario? Un partido de la derecha real, coherente en sus ideas. Qué extraño no, que tengamos que valorar la coherencia como algo positivo, cuando debería ser lo natural. Pero este es un Partido que aboga por ello, la mano invisible del mercado, la libertad del individuo, el progreso por el propio mérito como una consecuencia del devenir de la humanidad. Suena lindo no. ¿Pero qué hacemos con aquellos que nacen en la pobreza y no pueden auto proveerse de salud, educación o capital financiero para conseguir un trabajo o realizar un emprendimiento? ¿No es injusto que deban vivir una vida miserable, sin algún tipo de ayuda del Estado? No creo que las marcas de gaseosa o de telefonía más importantes respondan ante la necesidad de una familia de asfaltar su calle. En fin, ellos están para ganar dinero, no para realizar beneficencia.

Igualmente, es racional el tema del ajuste fiscal, no gastar más de lo que ingresa, terminar con los excesos de la política. Pero me queda una duda. ¿Es una cuestión de cantidad o calidad de empleados públicos? ¿No son ellos, junto con los funcionarios que elegimos, quienes trabajan por el bien común? Aparte muchos empleados de los diferentes niveles gubernamentales motorizan el consumo. ¿El mercado interno no es importante acaso? ¿O de eso se ocuparía el sector privado? ¿Ellos son los que debieran invertir entonces? Bueno, por ahora parece que no. No deben tener expectativas favorables. Mejor dicho, depositan su esperanza en la bicicleta financiera, no en la economía real. ¿Es lógico, no? ¿Quién querer lidiar con empleados sindicalizados o proveedores inestables, sobre todo con una tasa de interés por las nubes? En fin, parece la pregunta de quien apareció primero, si el huevo o la gallina.

Salgo camino a la escuela de votación, me separan unas pocas cuadras para terminar de reflexionar. Soy trabajador. Y el FIT dice que trabajador vota trabajador. Pero me cuestiono, ¿son ellos trabajadores que piensan como un trabajador como yo? Es que entiendo que algunos están registrados y otros no, algunos son monotributistas, otros tienen planes. No todos trabajamos bajos las mismas condiciones. Además se mezcla todo: los derechos de las mujeres y las minorías sexuales, la posición ante como juzgar la protesta, o que es prioritario para destinar los recursos. Encima son muy duros, sectarios. Hasta mis amigos me dicen que son violentos. Igual a veces me pregunto, ¿la tibieza ciudadana que vivimos en los últimos cuarenta años, a donde nos llevó? Evidentemente, bien no estamos. Yo diría bastante peor.

¿Y si todos ganamos lo mismo? La verdad es que muchas veces me da bronca ver algunos pocos vivir en la opulencia disfrutando de las piscinas de los barrios cerrados, paseando en yates privados y bebiendo vinos de cuatro cifras; mientras millones viven en las villas del conurbano sin cloacas, una alimentación adecuada, o simplemente el no poder disfrutar de una salida al cine. Pero no estoy tan seguro de que todos tengamos que ganar lo mismo. Mismo en mi trabajo muchos se esfuerzan y otros no hacen prácticamente nada. Y todos ganamos lo justo para llegar a fin de mes. ¿Entonces el problema no será que a todos nos va mal? ¿Y si le cobramos más impuestos a los que más tienen? Pero que paguen de verdad. Hasta ahora ningún gobierno obliga a los realmente poderosos, al verdadero poder detrás del trono. Mucha amistad, poco control. Me parece que no nos damos cuenta de nada.

Llegue a escuela. Subo a la escalera, y hago la fila esperando entrar al aula. Sé que hay tres o cuatro partidos políticos más, pero realmente no los conozco. Algunos candidatos parecen simpáticos, otros no tanto. En fin, ser candidato debe ser también un buen negocio. Además pienso, si los grandes partidos políticos tienen miedo de que haya fraude porqué no pueden fiscalizar las mesas, ¿Que se puede esperar de los que no tienen ni siquiera representación en la mayoría de los distritos? Es grave pensar así a esta altura del siglo XXI. Pero, evidentemente, institucionalmente estamos en el siglo XX. O peor, a veces parece el XIX.

Entro al cuarto oscuro. La verdad, estoy más confundido de lo que estaba cuando me levante, esto de votar termina siendo un problema. Pero no quiero ser pesimista. Estamos en la fiesta de la democracia. Además, como diría Churchill, la democracia es el menos malo de todos los sistemas políticos. Sin embargo, los chinos devenidos capitalistas están conquistando el mundo, y te dicen que su política de partido único que cercena derechos es necesaria para evitar los ‘desvíos’ que pudieran obstaculizar el camino hacia su utopía socialista. ¿Será así? En verdad no lo sé. Pero que más da, llego la hora de elegir. Bueno, ya me decidí. Pero el voto es secreto. ¿Ganaré o no? Lo importante es que ganemos todos. O por lo menos, los que más lo necesitan.

Las visitas de Duque y Bolsonaro. Entre el discurso y la realidad

Por Pablo Kornblum para Ámbito Financiero. 21-06-2019

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El presidente Mauricio Macri recibió este mes a dos mandatarios aliados: los recientemente electos presidentes de Colombia y Brasil, Iván Duque y Jair Bolsonaro. Con ambos comparte un background similar: son ‘Outsiders’ de la dinámica política enraizada en Sudamérica – Duque es un joven profesional con una carrera asociada al gerenciamiento técnico y al ámbito académico, mientras que Bolsonaro tiene un bagaje militar (con un pasado legislativo menor en términos de participación activa) y fuertes vínculos con las iglesias no tradicionales (sobre todo las evangélicas, que se calcula tienen alrededor de 70 millones de fieles en todo el país) -, y han contado desde sus comienzos con un enorme ‘marketing político’ para sustentar sus campañas y políticas públicas.

En el marco de los encuentros per se, el principal motivo de festejo para el oficialismo nacional fue el apoyo explícito a Macri ante las próximas elecciones en Argentina. El resto de las declamaciones han sido una conjunción de fuerte contenido de liberalismo económico (con pretensiones de avanzar con reformas estructurales en términos previsionales, laborales, y de comercio exterior), entremezclado con una fusión geopolítica anti-populista que busca desterrar a Maduro (y a los potenciales Maduros) de América Latina para siempre.

En tanto a lo dicho en términos de política económica exterior, podemos indicar que lo irreal del discurso se lleva puesto cualquier tipo de análisis racional. Hace más de veinte años se habla de un infructuoso Tratado de Libre Comercio entre el Mercosur y la Unión Europea. ¿Alguien cree que es posible, solo para citar un ejemplo, que el presidente de Francia Emmanuel Macron pueda ceder ante la lógica aperturista liberal de un potencial acuerdo que afecte a la agricultura francesa, en medio de una disputa que parece no tener fin con los chalecos amarillos? ¿Puede Europa pensar en una lógica cohesionada en medio del dilema del BREXIT, que claramente se contrapone con el avance a paso firme de Rusia y China en la disputa con Estados Unidos por el dominio del tablero geopolítico global? No parece muy factible.

Menos aún si posamos la mirada en nuestros lares. No solo a través del ninguneo brasileño (el propio Ministro de Hacienda, Paulo Guedes, sostuvo a las pocas semanas de asumir que “la Argentina y el Mercosur no son una prioridad”) a la par de la gran crisis económica Argentina actual, sino que además se ha dejado afuera de la discusión a las economías más pequeñas, Uruguay y Paraguay. Parece que el dialogo bilateral no tomó nota de las históricas y reiteradas quejas de estos dos socios primarios de que el tamaño de sus mercados no tiene que ser una excusa para excluirlos de las decisiones claves. Si a ello le adicionamos las trabas burocráticas y logísticas, el escenario es aún más complicado.

Ni que hablar de la propuesta de la moneda única común entre Brasil y Argentina (cabe recordar que todavía no tenemos ni un swap con nuestro principal socio comercial), desmentida a una velocidad inusitada por el propio Banco Central de Brasil. ¿Es posible pensar en una moneda común cuando desde la época de Alfonsín-Sarney se hablaba, solo para mencionar una temática, de una complementación económica que nunca se dio? Basta recordar cuando las empresas argentinas ‘volaban’ a Brasil al ritmo de la convertibilidad y el ‘deme dos’ en los 1990’. Menos aún el pensar que un ciudadano brasileño medio, que ni siquiera suele atesorar sus activos en dólares, pueda considerar al Peso Argentino como reserva de valor, aunque sea a través de una mixtura con el Real. Difícil ya es poner en análisis que Brasilia aceptara ‘compartir’ un Banco Central.

En este sentido, deberíamos aprender de la historia, que siempre es aleccionadora. Si la Unión Europea no pudo hacer cumplir el Tratado de Maastricht, porque no previeron que la productividad, el Gasto público, o la Tasa de Ahorro privado no es similar para un país latino, un anglicano, o un cristiano ortodoxo (solo para conjugar la variable económica con la religiosa), ¿porque entonces deberíamos pensar que no ocurrirá lo mismo en Sudamérica, donde existen también amplias diferencias culturales, institucionales o de consumo?

El otro punto a tener en cuenta es la geopolítica. Los tres gobiernos han aclarado que van a “hacer todo lo posible para que se restablezca la democracia en Venezuela; pero más importante que eso es el tema ideológico: el populismo no puede volver nunca más a América Latina”. No solo lo piensan sino que también se lo exige su principal aliado, Donald Trump, quien contribuyó (y contribuye) en gran medida, a la sustentabilidad de sus mandatos: lo sacó de la carrera presidencial a Lula para que triunfe Bolsonaro, le habilitó el préstamo más importante de la historia del FMI a la Argentina para evitar una mayor fuga de divisas, y le dio el visto bueno al delfín de Uribe, un partidario de la no reconciliación con las FARC y muy ligado a los círculos más libertarios americanos.

Lamentablemente, la cosmovisión de la macropolítica y la geoeconomía global elucubrada en cómodos sillones, debe necesariamente complementarse con la lógica – incluida la electoral – doméstica. Aunque está claro que nadie en Argentina va a cambiar su voto por el locuaz apoyo de Duque y Bolsonaro: el ciudadano vota, principalmente, abriendo su heladera y observando si se encuentra más llena que vacía (o viceversa).

En este aspecto, ninguno de los tres mandatarios pueda mostrar signos de suficiencia económica nacional. Tenemos un escenario adverso para la economía de Brasil – con una gran crisis derivada de una reforma al sistema previsional inconclusa, bloqueada por las centrales sindicales, y que a su vez tiene como contraparte un gran enojo por parte del empresariado por la falta de fortaleza del ejecutivo para darle impulso legislativo -; Argentina, con una probable prevalencia a la estanflación por lo menos hasta el año que viene que se clarifique el escenario electoral y la capacidad de refinanciación de la deuda externa; y una Colombia que, a pesar de contar con una macroeconomía con un crecimiento estable (incremento del PBI previsto en torno al 3,5% para este año, aumento de la IED (68,4%) y la producción de petróleo (5,3%) en el primer trimestre recién concluido, déficit fiscal esperado para fin del corriente 2019 en torno al 2,4%, y una deuda externa del sector público que representa solamente el 22,8 % del PBI), la misma OCDE en un reciente estudio sostiene que la desigualdad y la formalidad continúan siendo muy altas en el país, a tono con el resto de la región.

En definitiva, la dialéctica diplomática o la discursiva en redes sociales, son solo herramientas que trazan imaginarios que, difícilmente se suelen ver plasmados en beneficios concretos para las mayorías. Encontrar la manera de balancear la relación con Estados Unidos y China, el cómo potenciar la relación entre el Mercosur y otros bloques comerciales (ya sea con la Unión Europea o bien podría ser el caso de la Alianza del Pacifico), o el modo de generar un desarrollo socio-económico y productivo sustentable que termine definitivamente con la pobreza en la región, requieren decisiones complejas que afectan fuertemente intereses poderosos, concentrados, y muchas veces contrapuestos.

Por ende, se requiere capacidad, coherencia y ética para gobernar. Es por ello que cuando Bolsonaro apoyó explícitamente a Macri en su visita al país pidiendo que los argentinos voten con “la razón y no con la emoción”, uno podría pensar que debería haber sido más prudente con sus palabras. Ya que cumpliendo su propia premisa, podría, si es que alguien realmente lo escuchó de este lado de la frontera, haberle sido contraproducente haciéndole perder parte del caudal electoral al propio oficialismo que había querido beneficiar.

¿Cómo ser parte del juego global? La Argentina y un mundo en transición

Comentario de Pablo Kornblum para el diario La Nación – Enero 2019

https://www.lanacion.com.ar/2211884-como-ser-parte-del-juego-global-la-argentina-y-un-mundo-en-transiciondilemas-de-la-geopoliticaargentina-en-el-mundo-post-cumbre-del-g20

Pablo Kornblum, magíster en Economía de la Universidad de Sidney y doctor en Relaciones Internacionales, evaluó positivamente el G-20 y la actitud del país de “hablar con todos”. Sin embargo, asegura que para materializar lo acordado durante la cumbre -la promesa, al cabo del encuentro, de un total de inversiones por 8000 millones de dólares- hace falta un seguimiento de lo pactado y trabajar para mantener las condiciones internas mínimamente estables.

“Los grandes inversionistas, los que invierten en el país, son los que piensan a largo plazo, y buscan estabilidad. No podemos disociar la política exterior de la doméstica: si cambia el Gobierno y se decide no cumplir con lo que se prometió antes, es un gran problema para la Argentina”, señala Kornblum.

Para el experto, un tema que debería resolver mejor la Argentina es cómo se inserta internacionalmente, si bien el papel que puede cumplir un país no está solamente definido por las intenciones del Estado, sino también por sus capacidades materiales y por una estructura internacional determinada. “Creo que hay una definición latente de que la Argentina quiere continuar siendo el granero del mundo, lo que deja con una falencia todo lo relacionado con la industria. Ha habido una liberalización comercial en las importaciones y eso afectó la industria nacional. Hoy las pymes industriales pequeñas no pueden competir con el extranjero”, explica.

“Argentina vive del campo y por lo tanto tiene que profundizar lo que tiene -agrega Kornblum-. Mostrarse como un país dispuesto a satisfacer las necesidades del mundo. Por ejemplo, demostrar que los productores locales van a poder brindar a China lo que necesita, con las medidas fitosanitarias correspondientes, con un envasado adecuado. Esto se complementa con un país estable y una buena diplomacia”.

La inflación Argentina en 2018

Por Pablo Kornblum para agencia AA Turca de Noticias.

https://www.aa.com.tr/es/econom%C3%ADa/un-amargo-2018-para-argentina-en-materia-econ%C3%B3mica/1351405

La inflación argentina cerrará en torno al 47% el corriente 2018, muy por encima de los propios pronósticos del gobierno de principios de año.
La causa fundamental ha sido la devaluación del Peso argentino de casi el 100% en relación al dólar estadounidense. En este sentido, no podemos dejar de retrotraernos a la raíz de esta problemática: un gran nivel de endeudamiento con su consecuente incapacidad de pago; la utilización de herramientas estrictamente monetarias para multiplicar el dinero – en detrimento de la economía real – bajo un claro proceso de liberalización financiera; una apertura comercial indiscriminada que provocó un fuerte desbalance entre exportaciones estancadas e importaciones crecientes; y un escenario internacional adverso, con tasas de interés en ascenso y una guerra comercial/financiera que provocó temor en los inversionistas globales.
Ahora bien, entrando ya en el terreno del proceso devaluatorio en sí, es evidente que una pérdida de valor del Peso argentino de semejante magnitud derivaría, al menos parcialmente, en incrementos de precios sostenidos y generalizados. Por un lado, gran parte del aparato productivo (industrial sobre todo, pero también agrícola y de servicios), como así también de bienes de consumo masivo, conllevan insumos importados, lo que ha derivado en un automático traslado a precios. Por otro lado, la devaluación encontró más activos a los exportadores (que en la Argentina suelen ser grupos concentrados monopólicos y formadores de precios), ya que reconocen una rentabilidad más atractiva en el extranjero; lo que ha provocado, como consecuencia indirecta, una presión alcista de los precios del mercado doméstico.
No podemos dejar de mencionar el ‘efecto contagio’ que se ha producido en vastos sectores de la economía nacional que requirieron de la compra de material extranjero para producir: invariablemente impactaron en toda la cadena de valor. Ni que hablar el impulso devaluatorio sobre las materias primas estratégicas: el ejemplo del petróleo es realmente relevante, ya que su incremento frecuente de precios, siguiendo el valor internacional, ha mellado en toda la economía Argentina. Finalmente, un punto no menor es el ‘efecto imitación’, combinado con la tradicional puja distributiva y la necesidad de mantener el salario real sin perder poder adquisitivo. La relación de los trabajadores con sus pares de otros rubros, o mismo la incapacidad de compra por parte de vastos sectores de la población, han generado tensiones sociales y, como mínimo, inevitables reaperturas de paritarias.
En definitiva, la devaluación y sus efectos colaterales han provocado un crecimiento de precios descontrolado en la Argentina durante todo el año 2018. Solo cabe mencionar – y destacar – el ‘tapón de contención’ que ha permitido mitigar el círculo vicioso inflacionario: el ingente financiamiento del FMI (léase el apoyo de Estados Unidos para evitar un caos regional – sobre todo dado que el acuerdo se realizó antes de mitad de año, cuando Lula marchaba primero en las encuestas y Maduro comenzaba a buscar desesperadamente el apoyo ruso y chino -) y seguidamente el Swap con China (menos oneroso pero no menos importante, en un escenario donde la potencia asiática desea continuar expandiendo sus tentáculos en Sudamérica en pos de abastecerse de recursos estratégicos y posicionarse como un ‘aliado de confianza’ de Argentina), han generado cierta morigeración de la devaluación y por ende de los incrementos de precios. Evidentemente, las dos grandes potencias económicas mundiales, bajo una impronta geopolítica vigorosa, han ayudado a la Argentina a que el proceso inflacionario no sea aún más grave de lo que fue en el año que está por concluir.