El moderno nacionalismo impregnado en las elecciones Belgas

Publicado en el diario BAE, 15 de Junio de 2010.

Autor: Pablo Kornblum

Históricamente, las luchas nacionalistas han sido concebidas como aquellas emprendidas por una población que mantiene una identidad cultural basada en la lengua, la religión, la etnia y la historia y que, por efectos de conquistas o colonizaciones, quedaron bajo el dominio de un Estado con el que no comparten esa identidad cultural. Son las naciones que durante siglos, han buscado convertirse en un Estado. Pero desde mediados del siglo XX y en los albores del XXI, han aparecido grupos independentistas cuyos movimientos se basan en la emancipación política y económica, bien porque se sienten dominados o explotados, o bien porque existe un sentimiento de superioridad frente al Estado al que pertenecen.

El domingo pasado, este sentimiento de superioridad quedo en evidencia. La Nueva Alianza Flamenca (NVA) independentista consiguió la victoria con el 29% de los votos en la región flamenca (60% de la población y más de dos tercios de la economía belga). Y el líder de la NVA, Bart de Wever, brindó un discurso post-electoral con una mirada que refuerza el nacionalismo económico de la región de Flandes: “Tiendo la mano a los francófonos, pero hay que acometer cuanto antes la reforma del estado, las cosas no pueden ser así. Existen demasiadas diferencias entre flamencos y valones, es hora de hablar de muchas cosas”.

Las crisis económicas europeas no han sido ajenas a los votantes Flamencos. El efecto contagio y las cargas colectivas que implican una responsabilidad conjunta como Nación, conllevan a una profundización de las ideas separatistas, al potenciar y entremezclar las causales económicas con las que no lo son. En este sentido, De Weber exige el fin de la seguridad social única –los flamencos pagarían con sus fuertes ingresos su precioso estado del bienestar y los francófonos tendrían que recortar gastos brutalmente –, para que el país se convierta en una confederación como último paso hacia la independencia de Flandes.

Esta situación no es extraña a los ojos europeos de las últimas décadas. El Partido Nacionalista Vasco y la Liga del Norte Italiana llevan adelante un ideario similar. Sus regiones son ricas; pero en lugar de buscar la manera de transmitir sus conocimientos y colaborar con las otras regiones más desfavorecidas, tienen la creencia que las otras jurisdicciones que forman el Estado-Nación no son lo suficientemente aptas ni poseen las condiciones adecuadas para generar riqueza. Los cambios necesarios no parecen ser posibles para los grupos separatistas: constantemente sacan a relucir las diferencias históricas, culturales y hasta lingüísticas para explicar los fracasos de sus con-nacionales. 
En este sentido, Bélgica esta viviendo esta situación de carencia/debilidad institucional de desintegración nacional, a lo que se le suma un endeudamiento fuera de control que conlleva a una crisis de difícil resolución, preocupando a los decisores políticos y económicos de todo el viejo continente.

Los inversores, que se encuentran en una situación de cautela excepcional dadas las incertidumbres de la coyuntura Europea, tornan su mirada hacia otros horizontes. Sin ir más lejos, la semana pasada el ‘Financial Times’ bautizó a Bélgica como la “Grecia del Norte”, por su nivel de deuda pública y privada – la deuda pública equivalente al 100% del PBI – , cuando al mismo tiempo el Tesoro belga colocaba sus bonos con dificultad a un interés medio punto por encima de la semana anterior, y mientras Standard & Poor’s cambiaba la perspectiva de inversión en Bruselas a “negativa”.

Las grandes potencias de la región tampoco desean que la presidencia de la Unión Europea quede en manos de un Estado con dificultades para el autocontrol, generando una inestabilidad aún mayor a las discrepancias actuales de los países lideres. Bélgica asume el 1 de julio la presidencia de la Unión Europea y lo hará, previsiblemente, sin gobierno. La partición de Bélgica sería un golpe muy duro de superar para la UE, que continua lidiando con los avatares provocados por sus “indisciplinados” miembros y que ponen en tela de juicio la idea de una Unión Europea homogénea y unida.

Finalmente, observamos que tal como los grupos extremistas violentos pierden su espacio y dejan lugar a partidos políticos que representan las mismas ideas pero de modo más racional y tolerante – por ello el NVA le ha dado al separatismo “la imagen de respetabilidad” que le falta al Vlaams Belang, el partido de extrema derecha -, las diferencias socio-culturales que generan rispideces o tensiones también han sido reemplazadas por una indiferencia no cooperativa. Por ello los flamencos culpan pero a su vez se desentienden de los Francófonos pobres del Sur. Por lo tanto, podemos afirmar entonces que las cosas han cambiado y que, aunque en la actualidad los medios son diferentes, los fines parecen ser los mismos. 

¿Se podrá repetir el modelo Belga en Europa?

Publicado en el diario BAE, 24 de Noviembre de 2009.

Autor: Pablo Kornblum

La elección del primer ministro belga, Herman Van Rompuy, como nuevo presidente de la Unión Europea ha dejado un mensaje claro: lograr reproducir a nivel regional la paz social, el entendimiento y la cooperación lograda entre los flamencos que hablan holandés y los valones francófonos en su Bélgica natal.

Van Rompuy, ha visto cómo su reputación no ha hecho más que crecer desde que se hizo cargo del Gobierno en diciembre del pasado año. Tras heredar la jefatura del Gobierno de un país convulso por las disputas culturales, territoriales, económicas y lingüísticas entre dos comunidades que se ignoran sin ningún disimulo, Van Rompuy ha logrado revertir la mirada de una clase política desgastada y desacreditada, consiguiendo que Bélgica regresara a la normalidad sobre un temario que varió desde la inmigración hasta el presupuesto nacional.

Pero para Van Rumpuy, un hombre prácticamente desconocido hasta hace unos días fuera de Bélgica y sin experiencia internacional, la tarea no le será nada fácil. Para comenzar, transpolar un éxito micro a nivel macro nunca es fácil, aunque las condiciones y las variables en juego sean homogéneas. Controlar, administrar y mediar un país pequeño, no será lo mismo que lidiar con los más de trescientos millones de habitantes de la Unión Europea. La realidad, sin entrar en profundidades técnicas, lo demuestra: los países más desarrollados y menos conflictivos a nivel socio-económico de la tierra, apenas superan ligeramente los veinte millones de habitantes. Canadá, Australia y los países nórdicos son claros ejemplos de ello.  

La segunda problemática se centra en la falta de conocimiento específico o en terrero que posee el dirigente belga. Tanto su demostrada capacidad en la arena económica, como su dedicada y fructuosa vida política en los últimos años en su país, no son suficiente para entender completamente la dinámica y la complejidad de una Unión Europea multiétnica, plurilinguistica, y desigual en su estructura económica y social. Aunque el recién elegido presidente de la UE se comprometió en su primer discurso a “tener en cuenta los intereses y sensibilidades de todos”, las especificidades locales o fronterizas difícilmente puedan ser resueltas con las mismas recetas que el político belga utilizó puertas adentro de su país.

Por último, la construcción de acuerdos sociales y políticos dentro de un Estado-Nación ya constituido, como ha sido el caso de Bélgica, puede ser visualizado de una manera diametralmente opuesta desde una óptica anti-europea destructiva de los Estados y las culturas nacionales creadas siglos atrás. Para millones de nacionalistas, la Comunidad Europea solo representa el fin de una historia, valores y formas de vida en común que los contienen como familias, comunidades y nación. Como explicó un miembro de la Comisión Europea la semana pasada, “se necesita una persona capaz de negociar con los “egos” y las “culturas” de 27 Gobiernos”. Si a esta situación le agregamos los intereses económicos y políticos gubernamentales, corporativos y sindicales a nivel intra e interestatal, la lógica transnacional implica un desafío de enorme envergadura.

En definitiva, Van Rompuy deberá sortear todo tipo de obstáculos para que su paso europeo sea un éxito que pueda solidificar las bases y aristas principales sobre las que la Unión Europea ha sido creada décadas atrás. La conflictividad étnica, el derrumbe de los Estados de Bienestar potenciado por la crisis económica internacional, y el incremento de las tensiones geopolíticas que involucran a los nuevos miembros de Europa del Este dentro del escenario internacional, requerirán seguramente un esfuerzo aún mayor que su ya demostrado pasado como el hábil y avezado político que sacó a Bélgica del estancamiento económico y concilió con éxito el entendimiento entre francófonos y flamencos en su país natal.