Eterno resplandor de una mente sin recuerdos

Pablo Kornblum para Ámbito Financiero – 27-04-2020

https://www.ambito.com/opiniones/coronavirus/el-dia-despues-del-coronavirus-eterno-resplandor-una-mente-recuerdos-n5098517

“Solo una crisis – real o percibida – da lugar a un cambio verdadero”, afirmaba Milton Friedman en el prefacio a la reedición de 1982 de Capitalismo y libertad. Mientras  habrá tiempo para discutir el verdadero origen del ‘virus chino’, como indica Mr. Donald Trump, es momento de mirar hacia adelante. Y la mejor forma de anticipar el futuro, como ha sido siempre, es comprender y analizar lo ocurrido en el pasado. Porque mientras el proteccionismo y las guerras mundiales derivaron en la creación de la carta de derechos de la ONU y los Organismos Trasnacionales, o la crisis del 2008 conllevó a un mayor control de los flujos financieros a nivel global, seguramente el coronavirus obligará a los Estados a encontrarse mejor preparados ante una potencial futura pandemia.

Al día de hoy observamos impávidos voluminosos paquetes fiscales, garantías de créditos y reducciones de tasas a través de la inyección de recursos de las mayoría languidecidas arcas estatales en todo el planeta; por ende, si hay algo que aprendimos es que el día después nos refuerza que es mejor prevenir que curar. Que el no producir los elementos de salubridad, con la capacitación adecuada por el tan mentado ‘capital humano’, es sinónimo de dependencia y mendicidad; en este sentido, la heterogeneidad estructural representada en los viejos paradigmas de desarrollo y subdesarrollo encuentran formas donde la inequidad productiva, institucional y social se conjugan en cada rincón del planeta.

Que tampoco hay margen para con un endeudamiento descontrolado, dado que ante la complejidad del mundo en que vivimos, nos tenemos que encontrar siempre erguidos en nuestro posicionamiento diplomático. Los Estados no perecen, de la crisis económica siempre puede salir – con enormes costos sociales, por supuesto -, pero los pueblos como conjunto suelen resistir y la geopolítica prevalece a lo largo del tiempo. Lo entiende y lo maneja al dedillo el presidente Vladimir Putin, que prefiere perder dinero poniendo un barril de crudo más barato, con el mero objetivo de poner de rodillas al Shale Oil estadounidense en medio de una crisis sanitaria y de letalidad sin precedentes.

Aquí se torna necesario insistir nuevamente en la protección y conquista de los recursos naturales estratégicos. En un mundo que no se va a cerrar totalmente, pero donde los resquemores proteccionistas van a resurgir en su arista economicista – ya desde la perspectiva geopolítica el multilateralismo agresivo se viene desarrollando fuertemente desde principios del corriente siglo -, con importantes consecuencias para la macroeconomía global. Y no solo me estoy refiriendo a los potencialmente lógicos aranceles fitosanitarios; sino, y principalmente, a aquellas lógicas de mancomunidad financiera internacional que quedarán heridas de muerte. Sino pregúntenles a los ‘irresponsables’ italianos, que ni en estos tiempos de pandemia han tenido la piedad de sus socios comunitarios de los Países Bajos, quienes le reclaman por su falta de eficacia macroeconómica y se niegan a aprobar la ayuda de rescate de la Unión Europea.

Más aún, la ausencia de coordinación global no es solo europea o pertenece exclusivamente al escenario de la estatalidad. Desnuda una realidad que ya hace tiempo se visualiza tras bambalinas en la arena internacional: las Organizaciones Trasnacionales son, siendo generosos, al menos ‘tibias’ a la hora de reaccionar ante contextos de real complejidad. Cuando se habla de pandemias, refugiados o miseria extrema, solo proveen las ‘caricias’ permitidas por los actores estatales que los financian y están dispuestos a involucrarse verdaderamente en la ayuda fronteras afuera por las causas más nobles – lo cual es inversamente proporcional al incremento de la crispación interestatal -; en definitiva, solo mantienen su careta post-segunda guerra mundial ‘pour la galerie’.

En términos del dilema financiero – el cual, con vida propia no cambiará su lógica depredadora y oportunista -, el desacople mayor se observará en las cadenas de producción global de la economía real. Las principales firmas multinacionales, que tienen su producción distribuida a lo largo y ancho del planeta con un criterio de maximización de productividad por escala y reducción de costos operativos, de aquí en más tomarán mayores recaudos. Por un lado, buscando producir, principalmente, en aquellas geografías donde la capacidad de respuesta ante este tipo de eventos sea mejor; y por supuesto, donde exista mayor flexibilidad para huir más rápidamente en caso de que la gravedad de la situación lo amerite.

A nivel doméstico, el ‘shumpetearismo’ en su versión salvaje se va a disolver como arena entre los dedos, si realmente se quiere un capitalismo que sobreviva a las tensiones sociales inherentes a su concentración y desigualdad. En este sentido, sin una ‘clase media’ cada vez más reducida y agobiada – sobre todo luego de estas crisis mayúsculas – en su rol de ‘buffer’ de contención microeconómico de las masas empobrecidas, los cimientos del sistema tambalearían de una manera abrupta. Por supuesto, cada Estado manejará el sistema económico según su idiosincrasia, su cultura, su historia. Por ejemplo, mientras que en algunos países se discute si priorizar la ayuda social directamente o brindar beneficios a las empresas en una primera instancia, en otros, como Polonia o Dinamarca, se ha excluido del paquete de ayuda económica a las empresas que coticen en un paraíso fiscal.

Como contraparte, en términos de ‘colaboración’, se continuará observando a distintas empresas del sector privado con voluntad de aportar bajo la ya tan mentada Responsabilidad Social Empresaria; dispuestos en muchos casos a fabricar insumos críticos de acuerdo a la propia demanda del Estado nacional, quien tomará las riendas nuevamente con su rol inexorable de organizador y hacedor de la vida económica. En este aspecto, queda claro que la reconversión productiva por altruismo (de universidades, cooperativas, organismos del Estado), y de una parte del sector privado productivo (por conveniencia y necesidad), han sentado un precedente ante una potencial nueva pandemia u hecho catastrófico.

Los más débiles de la pirámide social, las mayoritarias y empobrecidas clases trabajadoras deberán indefectiblemente adaptarse (si, una vez más a costa de ellos mismos, como nos enseñó el menemismo en los 1990’) para las tareas del futuro. En este sentido, habrá que buscar su ‘ser indispensable’ y formarse técnicamente con suficiencia en aquellos lugares donde la automatización y la generalidad no encuentran asidero. Las áreas de servicios o producción de capital esencial para cuidar la salud y el medio ambiente, o por contrario las ‘más oscuras’ industrias de la guerra y el control social, serán las vedettes de aquellos que quieran estabilidad y crecimiento económico y profesional. Simplemente para no terminar con ocurre hoy en día con los trabajadores agrícolas rumanos, que con el fin de la cosecha por la pandemia, el gobierno alemán no los ve como esenciales y se encuentran sujetos a una deportación digna de una novela distópica.

Tampoco esperemos la revolución proletaria. Aunque los trabajadores chinos de máscaras N95 se conectan con las enfermeras de la ciudad de Nueva York, y los trabajadores de Amazon en Europa se vinculan con los conductores de camiones en Sudamérica con el fin de todos juntos trabajando y produciendo colaborativamente para poder salir de esta pandemia, lo único que ruegan es estar sanos y que está recesión global no ‘les toque el bolsillo’ para poder llegar a fin de mes cobrando su salario (muchas veces indigno). Muy lejos de las ideas de mancomunidad global de la ‘internacional socialista’, pero muy cerca de la teoría de ‘no vinculación’ de la clase trabajadora global propuesta por el economista griego Arghiri Emmanuel. Quien también, aunque haya escrito hace más de medio siglo, se encontraba en lo cierto cuando afirmaba que, contrariamente a lo expuesto previamente, a las elites políticas se les amoldarán las elites económicas que, como una masa sólida sin fisuras, querrán salir indemnes y al menos mantener sus privilegios, cualesquiera sea el escenario que derive de esta pandemia. ¿Y si aunque sea se intenta con un impuesto extraordinario y progresivo a la riqueza, que afecta a ese porcentaje mínimo de población privilegiada? Es más que difícil atacar ciertos privilegios; hay que tener mucho coraje y espalda política para hacerlo. Aquí y en cualquier lugar del mundo.

Por supuesto, no podemos dejar de mencionar el rol creciente – y ahora más tolerado socialmente – del Estado como un ‘gran hermano’ que controla todo. En términos económicos, los Gobiernos de las diversas extracciones políticas han puesto sobre la mesa enormes recursos financieros para compensar los efectos de la crisis. Como pasa en los momentos donde la dinámica de la normalidad prevalece, el Estado, por acción y reacción, toma el lugar donde el mercado (por la misma acción pero en sentido inverso), se retira. No será así a futuro. El Coronavirus ha sido la estocada final para la promoción de un neoliberalismo agresivo que ya no tiene asidero.

Lo que sí es seguro es que el Estado presente, requerirá de alineamientos más fluidos e inmediatos en los distintos niveles de gobierno. Los errores de coordinación, inadmisibles ante escenarios críticos, se han visualizado en varias regiones de la tierra. En el caso de Estados Unidos, por ejemplo, la falta de centralización en las compras de respiradores ha llevado a una competencia inútil a distintos Estados locales para obtener este u otros insumos críticos. Por otro lado, la gestión del Coronavirus en Sudán ha producido un aumento de las tensiones entre los políticos civiles y los militares que conforman el Gobierno de Transición, lo que deja latente la posibilidad de un golpe de Estado. O mismo en Brasil, donde las peleas entre el Presidente Jair Bolsonaro con muchos de los gobernadores y el mismo (ahora ex) Ministro de Salud, terminan siendo más bizarras que las novelas del atardecer de la cadena O’Globo. Por supuesto, con miles de muertos sobre sus espaldas. Y en la vida real. En definitiva, cada gobierno hace lo que puede y como quiere. O como le permite una ideología social construida a lo largo de su historia.

En términos políticos, las elites gubernamentales ya lo tienen todo para desarrollar la excusa del enemigo externo (visible, como podría ser el inmigrante, o invisible, como el coronavirus, donde cualquier foco de epidemia implicará un cierre de fronteras inmediato), para saber que ocurre en cada momento y en todo lugar; ello inevitablemente generará la posibilidad sine qua non de perpetuar el statu-quo. El fino límite de la ‘libertad condicional’ y la seguridad ciudadana será la potencial discusión – donde la cultura y/o el poder de coerción -, lo permitan. En Nigeria ya se ha visto de la peor manera: las fuerzas de seguridad han asesinado al menos 21 personas de manera extra-judicial mientras hacían cumplir las medidas de confinamiento.

En definitiva, y tal como ocurría en la película “Eterno resplandor de una mente sin recuerdos”, donde la pareja de protagonistas borran todos sus recuerdos para no estar juntos, pero al final sienten una extraña necesidad y se vuelven a encontrar para comenzar otra vez la relación, podemos decir que la humanidad ha borrado de su memoria muchos de los errores que ha cometido en el pasado. Esperemos que, el post-coronavirus, a diferencia de la obra maestra de Michel Gondry, nos permita de una vez avanzar hacia adelante, teniendo en claro que la vasta experiencia es más que suficiente para hacer las cosas bien y no tener que comenzar nuevamente desde las cenizas de la tierra arrasada, muy bien representada por esta pandemia. Porque como dice un viejo refrán de guerra, para vencer al enemigo, lo primero que hay que hacer es conocerlo. Parece que hasta el día de hoy, como se ha descripto, el problema es que el principal enemigo del humano no es el Coronavirus, sino la inmoralidad de su propio ser.

Errar es humano, perdonar es divino

Pablo Kornblum para Ámbito Financiero, 13-04-2020

https://www.ambito.com/economia/mundo/errar-es-humano-perdonar-es-divino-n5095239

Hace 30 años, caía el muro de Berlín y nos disponíamos a, teóricamente, comenzar una nueva historia; aquella que nos embebería en un mundo capitalista, abierto, democrático, cooperativo. Eso era lo que pregonaba el ganador de la ‘guerra fría’ y gran superpotencia mundial, los Estados Unidos de Norteamérica. Extraño, pero necesario para con sus intereses particulares. Extraño porqué en ningún momento la historia de la humanidad había sido homogénea desde lo productivo, lo económico, lo cultural, lo político, o lo moral. Pero necesario porque el objetivo era expandir el neoliberalismo globalizador – con el marketing del payasito como solo ellos lo saben hacer -, para dominar al mundo como siempre lo han promovido desde su ingreso a las arenas de poder global a finales del siglo XIX: a través de la acumulación de capital con rostro estadounidense. Por supuesto, con el impávido soporte de sus fuerzas armadas.

Pero su lógica en pos de la eternidad sistémica con dominio propio, se ha quebrado en solo tres décadas. Para comenzar, su objetivo principal era reforzar su per se económico. Por ello promovieron, como eje central, el detrimento del rol del Estado. Por supuesto, el rol de los otros Estados, no el de los Estados Unidos de Norteamérica. En este sentido, bajo la lógica neoliberal buscaron que las privatizaciones, junto con la liberalización comercial y financiera, fueran el sine qua non de las políticas económicas en cada rincón del planeta. Queda claro que además se pedía equilibrio fiscal, tipos de cambios competitivos, tasas de interés razonables, etc.; pero la realidad es que el resto de las variables eran más parte de una consecuencia del devenir diario, que de un programa macroeconómico sólido de largo plazo.

En tanto a la venta de los bienes públicos, se le puede preguntar a la mayoría de los ciudadanos rusos si mejoró su calidad luego de que privatizaran la mayor parte de los activos estatales. Seguramente las muecas de disgusto serán más que elocuentes. También podemos hablar del fracaso de la liberalización comercial, ya que mientras se dinamizó generó principalmente un proceso de concentración económica que favoreció a los mismos oligopolios de siempre; no obstante y como si fuera poco, hoy volvimos a una época de proteccionismos bajo nacionalismos ideológicos cada vez más irascibles. Y si nos referimos a la falta de obstáculos financieros, no existe ningún análisis que resista su falta de efectividad: crisis del sudeste asiático en los 1990’ y global en el 2008 (podemos agregar la de nuestro país en 2001), derrochero de paraísos fiscales, fondos buitres esperando devorar como carroña los bonos soberanos de los países mal llevados, etc. Todo ello, vuelvo a repetir, ha sido una causalidad de la pérdida (o peor aún, de la complicidad) de poder real de la mayoría de los actores gubernamentales.

También fueron por la cultura. Mejor dicho por la no cultura. Lo único que el resto de los gobiernos debía hacer era incentivar el consumo, sobre todo de aquellos productos estadounidenses. Y sino tenían el paladar occidental, los bienes y servicios se podían adaptar al deseo local. Y si no eran estadounidenses, que los insumos ‘Made in USA’ por lo menos sean partícipes en algún punto de la cadena de valor global. Y así podemos continuar.

Sin embargo, el fanatismo por el consumo no mermó los intereses nacionales, que jamás desaparecieron. China, Rusia, el otrora comunitario Gran Bretaña, el papá de Europa Alemania, Japón y otras naciones que algunos denominan ‘potencias medias’ (Turquía, Brasil, etc.), quisieron sacar provecho para con el desarrollo de un capitalismo a su medida buscando, por un lado, mejorar permanentemente su posicionamiento geoeconómico relativo a través de la disputa de mercados y recursos; pero además, han intentado generar políticas que pudieran lograr la difícil tarea de equilibrar la inversión con el ahorro, el consumo público con el privado, la extranjerización con las tercerizaciones pro mercados domésticos, junto con una diversidad de dilemas de enorme complejidad para la cantidad de intereses contrapuestos a nivel intra e interestatal. En definitiva, embebidos en demandas crecientes de sus propias ciudadanías y mellados en sus capacidades, el ‘Multilateralismo de guerra’ desató una disputa sanguinaria entre los diversos actores estatales.

La religión tampoco debía ser un obstáculo. Y no era que el protestantismo no tenía el suficiente poder a nivel global para llevar ‘de la mano’ (o de las narices mejor dicho) al capitalismo. Sino que, contrariamente, la modernidad hacia que el fervor dogmático perdiera su fortaleza buscando ‘adaptarse’ a la lógica del consumo sistemático. A su vez, el desaire que había causado un comunismo anti-religioso que, dominando a la mitad del planeta por medio siglo, le había fallado hasta sus propios soñadores de utopías. Por ende, en el conjugar de la derrota moral y económica, también se introducían las creencias dentro de la misma bolsa del ‘equipo de los perdedores’. Un momento propicio para encontrarse del otro lado del mostrador, cerca de dios.

Pero contrariamente a lo esperado, el credo también le ha jugado una mala pasada al capitalismo democrático occidental con rostro estadounidense. Islamismo, Confucianismo o el propio  Cristianismo Ortodoxo, se han revitalizado – cada uno a su manera, bajo un rostro diferente -, poniendo énfasis en valores que, si bien no desafían a la lógica del capital, colocan sobre el tapete formas de vida (y de gobierno) que terminan obstaculizando la fluidez sistémica que requiere la no intervención divina de los asuntos terrenales promovidos por la dinámica del mundo económico y financiero trasnacional.

Como conjunción, podemos afirmar que el mundo de las ideologías de hoy se encuentra en oposición – a veces diametralmente – a la lógica homogeneizadora; nos encontramos con reclamos particulares de grupos que promueven cambios contra un statu-quo que, queda claro, representa en la mayoría de las ocasiones los intereses de unos pocos: el deterioro del medio ambiente, la desigualdad creciente entre el 1% contra el 99%, la lucha por los derechos de las otrora minorías, o los miedos hacia lo extraño (inmigrantes, virus), son algunos de los ejes de disputa de quienes tienen deseos de vivir por fuera de las normas establecidas.

Para resumir lo expuesto, podemos decir que probablemente nos encontremos en un nuevo punto de inflexión dentro del ‘Sistema Mundo’. Los golpes recibidos por el modelo implementado bajo el “Consenso de Washington” a finales de los años 1980’, lo llevan a languidecer desde la perspectiva económica, política y social. El Covid – 19 ha sido el corolario de una dinámica observada en los últimos treinta años, donde la velocidad de los cambios generados principalmente por la aceleración del propio ritmo tecnológico, nos asientan bajo un paradigma global diferente.

El mismo, como eslabón final de una cadena de desaciertos de lo pretendido por el imperio décadas atrás, nos augura un futuro donde seguramente el instinto de supervivencia, racional y egoísta, se oponga a los deseos de libertad que requiere el neoliberalismo. Ello se ha replicado claramente a nivel estatal, donde hasta en los países ‘más desarrollados’ se han realizado confiscaciones de respiradores cuando estaban a punto de salir de sus aduanas hacia su destino final.

También quienes en el mundo desarrollado pensaban que el terrorismo era su único enemigo – el cual se podía controlar, cercenar y encausar con ingentes recursos para con el aparato de seguridad del Estado -, ahora recibieron un segundo golpe.  Quienes no están acostumbrados a las vidas agitadas con las cuales si convive la mayoría de los ciudadanos de los países pobres del mundo, difícilmente no piensen que algún otro dilema de diferente índole pueda ocurrir en cualquier otro momento. ¿Después de los atentados y los virus mortales, que seguirá en la lista?

Bajo este marco situacional, los Estados nacionales tratan de enfrentar la situación epidémica respetando al máximo los mecanismos del Capital, aunque la naturaleza del riesgo los obliga a modificar el estilo y los actos de poder. Una gran crisis económica, y esto es capitalismo señores, implica que los números no cierran y hay que despedir personal. No importa el cómo, el porqué, el esperar, proponer una reducción de salario, nada. Ya sabemos quién ganó el partido economía vs. salud. O mejor dicho, en que momento el mercado le termina torciendo el brazo a un Estado que, mientras debe intentar mantener la salubridad de su población, necesita manejarse con quirúrgico equilibrio para que no se desmorone un sistema de acumulación que, nos guste o no, se encuentra profundamente arraigado en cada gran empresa, cada Pyme, cada trabajador.

Me permito mirar más allá. Probablemente el futuro implique vivir bajo un Estado panóptico, con enorme poder de control y coerción a través de la vigilancia digital; autoritario, paternalista y celoso de sus posesiones, pero lejos de la necedad. Construyendo poder para contener sociedades cada vez más informadas, con políticas redistributivas sectoriales para satisfacer medianamente las necesidades de los grupos particulares, y mejor preparados para la ocurrencia de eventos extraordinarios (guerras, pandemias, desastres naturales). Queda en signos de interrogación, como diría un colega amigo, si no estaremos avanzando hacia el peor de los mundos. Un sistema económico que acentuará la lógica del individualismo capitalista salvaje, en conjunción con un sistema político comunista que, en lugar de parecerse a una verdadera democracia con control popular bajo el lema de la equidad, se asemeje a una dictadura salvaje y violenta.

Finalmente, quisiera concluir el artículo preguntando sobre aquellos que han pregonado el fin de la ‘historia’. Porque los argentinos, si de algo pecamos, es de olvidar el pasado; lo que, indefectiblemente, nos ha conllevado a volver a cometer los mismos (groseros) errores. Por ende, y en este caso sin ser misericordiosos, podemos entender que ‘errar es humano’ para quienes tras la caída del Muro de Berlín, arrogaban el haber alcanzado el destino final paradisiaco para la humanidad toda. Sin embargo, y ante la evidencia pragmática de una historia que refleja el empeoramiento de las desigualdades y la calidad de vida de las mayorías en cada rincón del planeta, podemos afirmar que las miserias y sus consecuentes derivaciones creadas con sus políticas adrede, solo merecen el perdón de dios.

El coronavirus y su propia película ¿Y dónde está el Estado?

Publicado en el diario Ámbito Financiero el 31-03-2020

https://www.ambito.com/opiniones/pandemia/el-coronavirus-tiene-pelicula-propia-y-donde-esta-el-estado-n5092202

Muchos de los que contamos algunas décadas en nuestro haber, hemos disfrutado la sátira cinematográfica ¿Y dónde está el piloto?, la cual se desarrollaba en un avión y en donde  ambos, piloto y copiloto, se habían intoxicado y no había quien aterrizara la aeronave. Un atinado paralelismo con la actualidad global, donde una pandemia inhóspita ha desnudado no solo las capacidades o incapacidades de los gobiernos de turno, sino también lo lábiles e inefectivas que son ciertas ideologías de gran exposición mediática. Ni que hablar de su dudosa moralidad.

Pero primero debemos diferenciar la coyuntura de la pandemia con el escenario de crisis sistémico, altamente dinámico y con altibajos en cuanto a su profundidad: hace décadas que vivimos un proceso de creciente desigualdad socio-económica global, acompañado por un irrefrenable deterioro medioambiental. La pregunta lógica que nos deberíamos hacer es por qué no ha desatado ello un punto de inflexión – o mejor dicho reflexión -, como esta pandemia del Coronavirus que ha ‘movido el avispero’ de las ciencias sociales.

Por un lado, simplemente porque en los dilemas histórico-estructurales ‘todo pasa’, los problemas se suavizan con un buen partido de futbol por televisión, unos mates en familia o un asado con amigos; o sea, nada que la mayoría de los argentinos no pueda hacer. Por otro lado, existe un proceso de normalización de la situación: es lo que nos tocó, podría ser peor, poseo bienes no materiales como el afecto de quienes me rodean. Por último, vivimos bajo el ‘poderío mediático’ promotor de una lógica que pregona el esfuerzo individual que dictamina los bienes que poseemos, que la polución y las pandemias han existido y existirán siempre, o que cada uno debe ser feliz con lo que tiene.

Sin embargo, la característica de esta pandemia es que es horizontal e inter-clasista, tanto  en términos inter como intra-nacionales. En cuanto a lo primero, los potencias desarrolladas de occidente esta vez no han podido demostrar su superioridad en tanto a la capacidad de respuesta ante la pandemia y ningunear, como lo han hecho a lo largo de la historia, al resto del mundo en inferioridad de condiciones: que el Ébola ocurrió por la falta de higiene africana, que el quiebre financiero que impactó en el sistema de salud griego se debió a sus ‘vagos’ ciudadanos, o que los corruptos gobiernos latinoamericanos siembre se ‘robaban’ los recursos destinados a la vital infraestructura sanitaria.

Por su parte, fronteras adentro, un sistema desbordado para toda la ciudadanía no deja un gran margen de resguardo en términos de salubridad para las clases que suelen ser privilegiadas a la hora de la atención. Solo cuentan con una ventaja, no menor: la suficiente espalda económica para soportar una larga cuarentena en el confort de sus hogares.

En este sentido, no podemos dejar de destacar la siempre presente ‘puja de intereses’, en la cual mientras las mayorías – incluidas las Pymes, los profesionales, los que viven de la economía informal – intentan desesperadamente capear una caída sustancial de la economía real, las elites económicas buscan socializar una crisis de enormes magnitudes: ya sea con pedido de socorro/subsidios al gobierno, o buscando una reducción salvaje de costos – por supuesto despidiendo personal a mansalva, como lo ha realizado recientemente la empresa más relevante de la industria nacional -.

Un caso emblemático es el de la más grande compañía chilena de aviación, la cual, luego de ‘pelear a muerte’ las paritarias con sus empleados – aun cuando han tenido ganancias corporativas extraordinarias con una utilidad neta de 310 y 190 millones de dólares en 2018 y 2019 respectivamente -, ahora le ruegan a sus trabajadores ser socios cómplices en las pérdidas.

Dado el escenario descripto, en lo único que hay unanimidad al día de hoy en la consideración global, se puede resumir en una pregunta. ¿Y dónde está el Estado? O mejor dicho, podríamos intercambiarlo por una exclamación, dado el requerimiento pragmático de una coyuntura que asfixia: ¡Quiero más y mejor Estado! Aunque es difícil reflexionar en momentos en donde prima la necesidad de actuar con rapidez, estos son los contextos diferenciadores en los que el análisis ideológico nos da muestra de su verdadera utilidad.

No voy a poner el foco en los ya desaparecidos anarquistas, que con el crecimiento demográfico se vieron obligados a recluirse, diluidos en reclamos particulares, bajo otros posicionamientos ideológicos. Pero si me voy a referir a los tan mentados liberales, que han denostado cualquier tipo de política gubernamental activa bajo la harto conocida discursiva del gobierno corrupto e ineficiente en su totalidad – cuando no el famoso, ¿Y dónde están mis impuestos? -, y al día de hoy han quedado semi-enmudecidos ante el crecimiento exponencial del Covid-19.

Hasta los gobiernos más conservadores han desempolvado los libros keynesianos para realizar desesperadas políticas fiscales y monetarias expansivas para el durante y la post-pandemia. Aquellas que no solo financian las variables básicas para el funcionamiento de una sociedad, sino que además inyectan recursos económicos para el más eficiente accionar del sistema público de salud, promueven la investigación y desarrollo para detectar los enfermos y encontrar las vacunas, dotan de medios a las fuerzas de seguridad para hacer cumplir la cuarentena, y hacen posible el despliegue logístico de las fuerzas armadas para con el abastecimiento de insumos a lo largo y ancho del país; en definitiva, los héroes anónimos que representan a un Estado que, ni más ni menos, debe hacer cumplir el contrato social y, en este caso de zozobra particular, debe velar con vehemencia por la salubridad de toda la población.

Los neoliberales podrán responder que está situación de pandemia es una ‘excepcionalidad’ y que, una vez que finalice la pandemia, todo vuelva a la ‘normalidad del mercado’. Y podrían citar el ejemplo de Australia: luego de la crisis financiera global del año 2008, el ejecutivo decidió realizar enormes inversiones en infraestructura y el otorgamiento de créditos hipotecarios y productivos con una enorme flexibilidad para salir rápidamente de la crisis. Y una vez que pudieron capear el temporal, volvieron a dejar en manos del sector privado gran parte de su per se orden ‘liberal’.

Como diría algún fanático de los fierros, los grandes corredores se conocen en los circuitos con curvas sinuosas, y no en las rectas donde saca ventaja el que posee el mejor auto. En este sentido, es el Estado el que siempre está en los momentos difíciles, y tomando el ejemplo previo, fue en su momento el gobierno australiano el que comandó la situación, y no el mercado. Como pasó en el crack de 1929’, la crisis financiera de 2008’, etc.

Sin embargo, este no es el punto más importante para rebatir las ideas neoliberales. El argumento central es que la defensa del interés colectivo se construye a lo largo del tiempo y no de un día para el otro, como nos han acostumbrado los fondos especulativos que realizan rápidos movimiento para lograr un alto rendimiento de corto plazo. La infraestructura necesaria para el desarrollo tecnológico, la educación colectiva de calidad para una sociedad pensante, o la investigación vinculada a la producción que mejore la calidad de vida, no se construye en 1, 5 o 10 años; requiere décadas de trabajo de un gobierno, para y por el bien común.

Nadie niega que el sector privado también trabaje a la par, colabore, asista ante la crisis que todos estamos padeciendo. Algunos cederán partes de sus ganancias, otros apelarán a la Responsabilidad Social Empresaria, la mayoría solo intentarán mantenerse a flote, y algunos les pagarán los sueldos completos a sus empleados. Pero seguramente no en pocos casos, los que puedan intentarán aprovechar este momento de incertidumbre y temor para sacar su ‘tajada’ económica en beneficio de su propio negocio. Por ello debe quedar claro que la diferencia es que su objetivo es el lucro, y no el estar preparado para salvar la vida de toda una sociedad. Y esto no va a cambiar porqué es el per se de la lógica que fomenta el éxito individual como propósito previo al derrame de riqueza y el bienestar colectivo.

Para otra ocasión quedará analizar el porqué del ‘triunfo simbólico’ contra el virus de los Estados paternalistas, controladores y desarrollados, como es el caso de China, Corea del Sur o Japón; el futuro de las relaciones inter-estatales con la preeminencia del ensimismamiento y la escasa cooperación inter-estatal como eje (como gran ejemplo tenemos el caso de la Alemania de Ángela Merkel, quien prohibió de cuajo cualquier tipo de exportación de equipamiento médico); el posicionamiento ante la puja distributiva (con la marcha atrás de Jair Bolsonaro incluida, quien ante la presión ciudadana en horas tuvo que anular el decreto que permitía a las empresas dejar de pagar cuatro meses de salarios); o el venerar fanáticamente al ‘dios capitalismo’ (“El cierre de la economía de EE.UU. puede causar más muertes que el coronavirus”, en palabras de Mr. Donald Trump).

Lo que no ha dejado ninguna duda esta lucha contra el Coronavirus es la vitalidad y el rol trascendental del Estado. Y como contrapunto, la pérdida de argumentación de los que viven aborreciéndolo. Ahora es tiempo de mirar hacia adelante, pensando solo en generar las herramientas y capacidades para hacerle frente a esta pandemia. Pero cuando todo esto termine, debemos tener la suficiente memoria histórica para sentar las bases de una racionalidad futura que nos permita estar mejor preparados para, dios no quiera, tener que enfrentar una próxima pandemia.