Cataluña: La autonomía económica como principal objetivo

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Por estos días, Cataluña, una de las 17 comunidades autónomas que forman el Reino de España, ha dejado en claro que va en busca de su autonomía. Aunque ya hace décadas el Gobierno de España les ha otorgado una serie de concesiones para que los catalanes puedan mantener y promover su historia y su cultura, parece que en la actualidad no es suficiente. Sí lo fue en el pasado; pero no en un presente donde la crisis económica española ha entrado en un estadío sin precedentes en las últimas décadas.
Por ello, el principal argumento que esbozan hoy en día los nacionalistas para justificar la escisión de España, es el trato injusto en materia fiscal. Según los datos oficiales del gobierno Catalán, el desajuste entre lo que aportan los 7,5 millones de catalanes y lo que reciben del Estado Español, les causa un déficit de 16.500 millones de Euros al año, alrededor del 8,5% de su PBI. Esta situación ha llevado a un espiral de endeudamiento a altas tasas de interés que no solo limitan la potencialidad de la economía regional, sino que además atentan contra la seguridad social y el futuro de millones de jóvenes que no logran insertarse en el mercado laboral.
Por lo tanto, mientras la pérdida económica parece conllevar más fuerza que la pérdida de identidad, la complejidad de un escenario sistémico incapaz de solucionar las estructurales problemáticas económicas y financieras – tanto del sector público como de una gran parte de la ciudadanía – ha generado fuertes rispideces entre secesionistas y nacionalistas españoles, que terminan traduciéndose en disputas dialécticas de “pobres contra menos pobres”, o “ineficientes contra menos eficientes”.
El escenario catalán no es propiedad de aquella región del planeta. En distintas áreas del globo, el objetivo de diversos grupos nacionales no sería un abrazar a la historia o a la cultura que promueven como propia, ni tampoco a los deseos políticos-institucionales para lograr la plena autonomía. Sería más bien un paso más para asegurarse los recursos económicos que posee, permitiendo convertirla en una jurisdicción más rica y autosuficiente, y que limite la dependencia de un mundo exterior cada vez más complejo y competitivo en términos económicos y financieros.
EL cuestionamiento principal, nos llevaría a racionalizar una situación de fuerte inestabilidad. Si en términos relativos, cualquier provincia u municipio del planeta, se encuentra ‘perjudicada’ en términos económicos (siempre podría encontrarse algún justificativo cultural o étnico marginal para demostrar la diferenciación), podría pedir la escisión. Aunque el verdadero problema sea un diferendo en la redistribución de la coparticipación federal, las incapacidades productivas, o la designación de subsidios infundados. En definitiva, se podría abrir una caja de Pandora con derivaciones políticas, económicas y sociales, tanto a nivel nacional como en términos geopolíticos, que generarían, como mínimo, un incierto porvenir.

El cansancio ante la falta de respuestas

Autor: Pablo Kornblum – Publicado en el diario Tiempo Argentino el 22 de Noviembre de 2014

http://tiempo.infonews.com/nota/138345/el-cansancio-ante-la-falta-de-respuestas

La historia indica que los cambios radicales se producen bajo una gran opresión social, ya sea de tinte político, económico o cultural. Desde la revolución bolchevique hace casi un siglo, hasta la reciente primavera árabe, se ha demostrado cómo el hartazgo ciudadano conduce a revueltas que, según las especificidades temporales y geográficas, pueden tener mayores o menores impactos.
El partido político Podemos refleja, ante todo, este contexto. El cansancio de una economía que hace siete años vive una profunda decadencia y ya ha dejado huellas terriblemente adversas en todo el entramado socio-económico. Pero además potencia un segundo escenario, aquel que el bienestar económico ahora desaparecido oculta: el de la corrupción enraizada en los eternos Partido Popular y Partido Socialista Obrero Español. Apañados por las élites del status quo, ambos sostienen un bipartidismo a ultranza que reproduce las ideas teóricamente “centristas”, pero siempre bajo la lógica de la defensa de los intereses concentrados.
Las políticas contra el ajuste, probadamente ineficaz pero aplaudidas por los mercados financieros y las élites políticas, son el caballito de batalla de Podemos. A ello se le adiciona la nacionalización de los servicios estratégicos, la lucha contra la corrupción, la expropiación de viviendas vacías y terrenos agrícolas sin producir, el apoyo a las minorías, el promover la participación de los trabajadores en los consejos de administración de las empresas, el derecho de autodeterminación de las distintas regiones españolas, y una relación con el mundo más libre y fuera de la OTAN.
¿Que los diferencia entonces de la izquierda tradicional? Justamente esto, que no es un partido tradicional (tiene sólo un año de vida) y no estaría viciado de los males que tendrían los partidos longevos (incluidos los de izquierda). Y es una izquierda que sale de los libros y busca las calles; son “indignados” que no encuentran desconsuelo en las charlas de café. En este aspecto, se vislumbra una oportunidad histórica de profundizar la acción colectiva de la otrora poderosa izquierda española, la cual puede marcar un punto de inflexión en el país y en la región.
Para concluir, el engrandecimiento de Podemos ya genera detractores entre los más poderosos. Desde el ala conservadora lo catalogan como un simple movimiento de protesta y rechazo que se alimenta sobre todo de los errores ajenos, y no como un partido con capacidad de gobernar. El mismo Rajoy aseveró desde el ideologismo –ya que bajo el pragmatismo no evidencia algún tipo de resultado económico positivo durante su gestión– que “va a trabajar y hacer todo lo que esté en sus manos para evitar el avance de los populismos”.
Para contrarrestar estos ataques Podemos deberá actuar enérgicamente. Y está más que demostrado que lo podrá hacer: está en la esencia de este nuevo partido devolverle la esperanza a aquellos que hace mucho tiempo la perdieron.

Algo más que paliativo para la crisis española

Publicado en el Diario Tiempo Argentino, el 25 de Junio de 2014

http://tiempo.infonews.com/2014/06/25/editorial-127042-algo-mas-que-paliativo-para-la-crisis-espanola.php

Las cifras son alarmantes. Un total de 2.306.000 niños (el 27,5% del total) viven en España bajo el umbral de la pobreza. Y el Organismo de la ONU para la infancia, UNICEF, se ha hecho eco de la situación: le propuso al país crear una asignación universal por hijo de 1200 euros al año, lo que supondría una reducción de la pobreza infantil en torno al 18%, con un costo para las arcas públicas de 9.400 millones de euros al año.

Este escenario genera algunas reflexiones, troncales y desideologizadas, pero lamentablemente olvidadas ante los dilemas de la coyuntura y las mezquindades políticas.

Para comenzar, el Estado tiene la obligación de proteger a los ciudadanos que no cuenten con los medios necesarios para vivir dignamente. Más aún a los niños, quienes no deben trabajar; su responsabilidad se debe limitar al aprendizaje de valores y conocimiento. Cuando los mismos conllevan solidez, el desarrollo futuro, tanto personal como colectivo, será como mínimo provechoso.
Concatenado con el punto anterior, el Estado debe velar por la igualdad de oportunidades para los niños. Desde una visión neoclásica o marxista – siendo al comienzo o durante todo el proceso de crecimiento del ciudadano -, la equidad en los basamentos sociales (salud y educación de calidad, infraestructura habitacional acorde, etc.), se presenta como un concepto sinequanon para que las posibilidades y capacidades se desarrollen armónicamente en todas las ramas sociales y productivas.
Finalmente, en la pobreza infantil se encuentra “el germen” de una sociedad más pobre y desigual a futuro. El círculo vicioso de la pobreza no es solo un condimento economicista que se traslada de generación en generación: torna natural la incapacidad de tener una vida mejor, además de potenciar la incomprensión de que el sistema es dinámico y el futuro no solo es un magro porvenir que debe ser esperado con pasividad y resignación.

Sin embargo, las prioridades para el gobierno Español parecen encontrarse en otros lares: el Gasto Social para la niñez ha descendido un 14,6% desde el año 2010. Por ello, es importante resaltar que aunque la asignación universal no es la solución a la crisis macroeconómica y financiera que vive el país hace más de un quinquenio, si puede transformarse en el punto de inflexión que demuestre que el cambio moral es posible, y que las prioridades deben ir más allá de políticas vacías y viciadas de intereses que solo benefician a unos pocos.

España enfrenta el más difícil proceso de transformación

Revista veintitres internacional - Febrero 2011

http://www.elargentino.com/nota-128706-medios-140-El-dificil-proceso-de-transformacion.html

Autor: Pablo Kornblum

España ha sido, por siglos, una de las grandes potencias mundiales. Sin embargo, su persistente proceso de acumulación feudal y extractivo, conllevó a que los anales del siglo XIX lo hayan encontrado relegado ante las nuevas potencias del escenario internacional. Con la multiplicación de procesos productivos derivados de una sólida base industrialista, Gran Bretaña, Alemana y los Estados Unidos habían logrado una hegemonía económica que sentaría las bases para su posterior expansión geopolítica. El salto cualitativo político e institucional de las potencias Occidentales solo llegaría luego de finalizada la Segunda Guerra Mundial, pero el avance hacia un capitalismo competitivo y desarrollado ya estaba en marcha. 

España llevó a cabo el proceso inverso. Por décadas, la dictadura Franquista, con un comportamiento periférico y dependiente, continuó estancando al país en base a una economía agraria limitada de concatenamientos productivos y valor agregado. Peor aún, el sistema político dictatorial solo coartaba libertades y concentraba el poder en una elite inmutable ante la necesidad de cambio del status-quo económico. Solo la muerte de su líder provocó la caída de un régimen ya exhausto, cediendo paso a un Pacto de la Moncloa que se convirtió en una gran reforma institucional paradigmática para toda la humanidad.

Lo lógica del imperioso orden previo al progreso prevaleció, por lo que la transformación económica fue lenta hasta que las bases políticas se solidificarán. Sin embargo, menos de 15 años después, el naciente modelo neoliberal encontró a España como uno de los principales beneficiados de los enormes flujos de capital, acelerando el crecimiento económico en base al pujante desarrollo de los sectores de las finanzas, las telecomunicaciones y el turismo. La “revolución productiva” derivada de una transformación económica focalizada en el dinamismo de los servicios, sentaría luego las bases para la posterior exponencial expansión económica: Un sistema bancario con abundante liquidez para solventar la industria de la construcción y el consumo suntuario, motorizando las cadenas de valor de una vigorosa economía.

Lamentablemente, las mieles de la bonanza no son eternas en un mundo cambiante que requiere de constante adaptación; más difícil aún en un contexto de derechos políticos y económicos adquiridos. En este sentido, la globalización capitalista es sumamente disciplinadora. Superávit fiscal junto con altos niveles de productividad y competitividad son los requerimientos necesarios (aunque no suficientes) para evitar los descalabros macroeconómicos y fomentar una planificación adecuada para lograr un crecimiento con desarrollo económico sustentable.

Pero los “deberes” no se hicieron y el colapso llegó; tanto el flanco doméstico como el externo debilitaron a un gobierno falto de regulaciones y prevención. Adoptar un régimen monetario rígido significaba un compromiso firme con la estabilidad de precios y el respeto de los contratos adquiridos; sin embargo, el rédito político obstaculizó cualquier intento de frenar el excesivo consumo privado de un individualismo creciente -la deuda de las familias asciende a 900.000 millones de euros-; como así también atisbo alguno de juzgamiento para con los abultados márgenes de rentabilidad empresarial derivados mayoritariamente de un capitalismo financiero desacoplado de la economía real. Por lo tanto el déficit, que no había sido otra cosa que el ahorro externo que decidió volcarse a España para financiar su expansión económica, dio lugar a una elevada e incontenible deuda externa.

Las consecuencias están a la vista. Por un lado, los bancos españoles ya han sufrido un primer tsunami proveniente de los 420.000 millones de Euros que les debe la industria de la construcción (representa el 18% del PBI Español). Este año la crisis se profundizará, ya que se espera una segunda oleada: la imposibilidad de repago de las deudas hipotecarias y crediticias a consecuencia de la creciente desocupación (20,8% de la población económicamente activa). Los primeros desempleados de la crisis están cerca de agotar el subsidio, por lo que reforzarán el círculo vicioso recesivo de la falta de crédito, consumo e inversión. En el mismo sentido, la formación bruta de capital fijo (-3%) seguirá teniendo un comportamiento peor que los otros componentes del PBI, principalmente debido al severo ajuste del sector inmobiliario que no se verá compensado por el estancamiento en el índice de inversión en bienes de equipamiento.

Por otro lado, la Balanza de Pagos, ha sido deficitaria en 2010 en 35.987 millones de euros. Un Euro sobrevaluado inmerso en una economía de alto consumo, ha sido más influyente que los estímulos conservadores consecuentes de la retracción económica (la economía española cerró el año 2010 con un retroceso del PBI en un 0,1%). A ello debemos agregarle el incremento del precio de los commodities (en especial los del petróleo), que también influirá en un aumento en el nivel de importaciones.

El gasto público creciente, más allá de cualquier discusión ética, también es una realidad. Solo para citar un ejemplo, en 1977 había 700.000 funcionarios públicos, mientras que en la actualidad ya superan largamente los tres millones de trabajadores estatales. La enorme estructura burocrática confluye con un marco económico en constante crecimiento, pero es de difícil manutención bajo una coyuntura crítica como la actual. Según un informe del Ejecutivo comunitario, se prevé que el déficit público será del 6,4% del PBI en 2011, principalmente debido a que se estima que el crecimiento del PIB será de solo el 0,7% para el corriente año.

Finalmente, en un sistema cada vez más desigual, la desaprensión y la falta de expectativas de los 4.700.000 de desocupados han conllevado a una crispación creciente en la puja de intereses. Eso es lo que busca desesperadamente evitar el gobierno de Zapatero. Para ello, desea volver a las fuentes que tanto éxito han dado; un nuevo “Pacto de la Moncloa” que logre un acuerdo nacional entre todos los actores socio-económicos, bajo un marco de unidad inmerso en una gran alianza socio-productiva entre el Estado, el sector empresarial y los trabajadores.

El problema del PSOE es que el mundo de hoy no es el mismo que cuatro décadas atrás. Por un lado, el empresariado se ha transnacionalizado, con objetivos que van más allá de los intereses nacionales. En este sentido, los análisis indican que los beneficios empresariales seguirán recuperándose durante el 2011, sobre todo las empresas con mayor expansión en Latinoamérica y Asia, cuyos ingresos no se encuentran sujetos en su totalidad a la recesión española.

Por otro lado, en un marco de gran apreciación del Euro, la competencia con potencias emergentes con demostrada capacidad en las áreas de infraestructura, tecnología y capital humano, es cada vez mayor. A ello debemos agregarle la dependencia en términos de política monetaria, que deriva inevitablemente en constantes ofrecimientos y concesiones para con los mercados globales con el mero objeto de mantener la estabilidad y la confianza. Por ahora, se encuentran lejos del objetivo: en el último año, el spread del bono español a 10 años frente a su par alemán se ha ampliado en unos 200 puntos básicos, como prueba fehaciente de la desconfianza que todavía reina en los mercados para con la situación española. Para citar solo un ejemplo, pocos creen que el gobierno socialista pueda reducir el déficit público del 12% al 3% en un período de 3 años. Por lo tanto, los sacrificios de los empleados públicos que ya han sido castigados con un descenso del 5% en sus salarios, por ahora han sido en vano.

Para concluir, una cooperación intra e internacional verdadera parece ser la única salida, aunque por ahora es solo una utopía. A nivel doméstico, el PP indicó que el acuerdo “son solo palabras”, insistiendo en que el mismo conllevará implicancias negativas para los derechos de los pensionistas y los trabajadores (ya se ha acordado aumentar la edad jubilatoria hasta los 67 años). En cuanto a la política exterior, Zapatero reclamó recientemente a Alemania que tome una posición más activa ante la crisis regional, además de declarar que Alemania y Francia “tienen que impulsar una unión económica más perfecta” mientras recordaba que “todos los países” ayudan a Irlanda y a Grecia, por lo que espera “hagan lo mismo con España”. Exponer culpabilidades exógenas solo desnuda las fragilidades sistémicas, elude responsabilidades propias y propaga un marco de desconfianza política, económica y comercial entre los miembros del bloque. 

En definitiva, hemos observado que la caída ha sido profunda luego de una construcción económica y política exitosa pero asentado en bases frágiles para el complejo mundo actual. ¿Será este un nuevo punto de inflexión histórico para España? La respuesta es incierta. Solo podemos afirmar que mientras no se analicen las verdaderas causas y se evite determinar las consecuentes responsabilidades, la tendencia hacia la inequidad distributiva y la pobreza creciente difícilmente pueda revertirse. En el mientras tanto, millones de españoles sufren expectantes un cambio de rumbo en sus vidas.

La crisis de los PIGS y los falsos intereses comunes

Revista veintitres internacional - Diciembre 2010

http://www.elargentino.com/nota-118594-medios-120-La-crisis-del-euro.html

Autor: Pablo Kornblum

A principios de la década de 1990’ se presentaron algunos hechos fundamentales que cambiaron radicalmente la vida de los PIGS (Portugal, Irlanda, Grecia y España). La ola globalizadora, potenciada luego de la caída del Muro de Berlín, encontró su desarrollo máximo a nivel regional luego de la firma del Tratado de Maastricht (1992), donde se terminó de establecer los pasos a seguir para lograr una Unión Monetaria, para luego dar paso a la concreción de un Mercado Común con la liberalización de los flujos de capitales y la libre movilidad de personas. La calificación para ingresar como miembros era sencilla: solo obligaba a alinear las tasas de inflación e interés, lograr un déficit fiscal no mayor al 3% del PBI y evitar que la deuda pública exceda el 60% del PBI.

Por otro lado, la integración regional requería esfuerzos pero vislumbraba un futuro próspero. Al apoyo de las potencias europeas a través del conocimiento/experiencia, la estabilidad institucional y la fortaleza económica, se le agregó la posibilidad de obtener subsidios de compensación y acceder a tasas de interés más bajas que las que podían conseguir con sus respectivas monedas nacionales. La bonanza provista por los flujos de capital domésticos e intra-regionales deslumbró rápidamente a los gobernantes de turno, los cuales aprovecharon la coyuntura para combinar el rédito electoral con el beneplácito de los Organismos Internacionales.

Ya hacia fines del siglo XX, las burbujas especulativas parecían no mellar en el ideario de los miembros de la Unión Europea. Las crisis del Sudeste Asiático, Rusia o América Latina pertenecían a regiones con las típicas fragilidades del subdesarrollo, incluyendo graves problemas institucionales y económicos estructurales que se encontraban, supuestamente, fuera del espectro del modelo Europeo Occidental del desarrollo. Las estadísticas lo reflejaban con claridad: la bonanza en las áreas de la construcción, los servicios tecnológicos/financieros y los desarrollos turísticos multiplicaban positivamente los indicadores económicos. Si a ello le agregamos la externalizacion difusa de la problemática de la pobreza derivada de la libre movilidad del factor trabajo dentro de la Eurozona, la relación Ingresos/Gastos de los PIGS se fue incrementando aún más.

Pero lamentablemente, los milagros económicos no existen y el transcurso del siglo XXI fue desnudando lentamente las fragilidades sistémicas. La falta de regulaciones conllevó a préstamos para inversiones en carteras de alto riesgo. La competitividad se vio resentida debido a los bajos costos de los países emergentes embebidos en un marco de mayor productividad (incremento de los mercados internos, mejoras tecnológicas y de infraestructura, multilateralidad creciente). Además, la falta de una política monetaria autónoma y un gasto gubernamental creciente, alejaban cada día más los indicadores económicos de los requisitos acordados en el Tratado de Maastrich: para el año 2010, la Deuda Pública de Irlanda llegó al 61,1% del PBI y el Déficit fiscal se sitúo en el 14,7%; en tanto que para Portugal, la situación no es muy diferente: 83,7% y 8,3% respectivamente. Por otro lado, mientras que las tasas de interés del Banco Europeo convergían a la baja con las alemanas, la paridad del poder adquisitivo del Euro se diferenciaba cada vez más entre los distintos países, de acuerdo con sus respectivas tasas de inflación. Entre 1997 y 2009 el nivel general de precios aumentó en Irlanda el 39,9% y en Portugal el 34,7%, mientras que en Alemania solo un 19,2% y en Francia un 22%. De este modo, se abarataron las importaciones y aumentaron los déficits externos de los europeos en general y los PIGS en particular.  Finalmente, los costos productivos y salariales crecientes de un Euro fortalecido en una región con altos niveles históricos de desarrollo socio-económico, comenzaron a provocar efectos negativos inversos a los vividos en una primera etapa de la integración.

Para enmarcar este contexto, el gran derrumbe económico y financiero desatado en el año 2008 sentó un precedente político importante de post-guerra: las crisis económicas podían doblegar al mundo desarrollado y sus correspondientes “Estados de Bienestar”. Los miedos sistémicos retrotrajeron a los flujos financieros hacia decisiones conservadoras y expectativas cautelosas. Los Organismos económicos y políticos internacionales se acordaban tardíamente de la importancia del cumplimiento de las reglas y la regulación. Mientras que los gobiernos, desesperados por contener las tensiones sociales desatadas por la gran crisis y potenciada por las fragilidades previamente mencionadas, buscaban infructuosamente una receta mágica que ayude a solucionar la grave problemática.

Para enfrentar este contexto adverso, los gobiernos de Portugal e Irlanda decidieron utilizar las viejas recetas neoclásicas emuladas por los Organismos Multilaterales, aquellos que nunca terminaron de admitir culpabilidad alguna de las crisis nacionales y regionales de las últimas décadas. Como mencionó el presidente de uno de los principales sindicatos de Irlanda hace algunas semanas, Jack O’Connor, el nuevo plan es “una hoja de ruta hacia la edad de piedra…”. La pregunta lógica de porqué volver a políticas recesivas de corto plazo y socialmente dañinas en el largo plazo, parece contener una simple respuesta: la problemática es de tinte global y sistémico, lo que implica respuestas de cambios estructurales políticamente inviables para un mundo íntimamente interrelacionado a nivel económico y extremadamente respetuoso de las formalidades diplomáticas.

¿Continuarán los PIGS y el resto de los países de la Unión Europea proponiendo medidas de ajuste ortodoxo hiriendo de muerte a un Estado de Bienestar en decadencia? ¿Seguirán los intereses de los grupos concentrados desviando el foco de atención en nombre de un realismo político patriótico?

Probablemente, la respuesta sea afirmativa y se asiente en dos pilares fundamentales. Por un lado, la homogeneización económica internacional derivada de la nueva multipolaridad, conlleva a una situación donde la Unión Europea no solo compite fuertemente con los Estados Unidos y Japón, sino también con el BRIC, el Sudeste Asiático y América Latina. Esta situación implica que países como Irlanda y Portugal tengan la difícil misión de realizar políticas económicas con gran impacto en la productividad para lograr un salto cualitativo de competitividad dinámica sustentable a nivel doméstico, como así también la activación de todos los mecanismos necesarios para fortalecer la diplomacia comercial a través de las especificidades de mercado y con foco en el capital físico/humano y los recursos naturales.

Por otro lado, las heterogeneidades intrínsecas derivadas de las desigualdades del sistema capitalista no detienen su marcha, conllevando a que la lucha de poder entre las elites económicas/políticas y las clases trabajadoras sea de una asimetría sin precedentes: Terciarizaciones a mercados periféricos, disminución del Gasto Público/Social y fuertes disminuciones al salario real en sus diversas variantes (devaluaciones, incrementos de impuestos regresivos, inmigración, aumentos de la edad jubilatoria, etc.). En este sentido, Portugal recortará en 2011 los gastos en salarios y sueldos del servicio público en un 5%, subirá el IVA del 21 al 23%, aumentará los impuestos sobre la renta y reducirá la ayuda social. Irlanda, por su parte, proyecta eliminar 24.750 empleos públicos (el 8%), reducir las prestaciones de bienestar social y pensiones, e impondrá nuevos impuestos a las propiedades y al agua. En total, se propone reducir en 13.300 millones de dólares el gasto público y recaudar 6700 millones de dólares en impuestos adicionales entre 2011 y 2014.

Podemos observar entonces que la lógica de funcionamiento de la economía de post-guerra se ha quebrado. Hasta hace pocos años, el ámbito de referencia principal de las empresas eran los espacios nacionales, lugar donde se celebraban los acuerdos entre capital y trabajo, y sobre el que el Estado proyectaba su poder de intervención y regulación. Con las nuevas condiciones, los empresarios ganaron muchos grados de libertad para elegir sus emplazamientos, forzando a una creciente competencia entre los Estados para retenerlos por medio de concesiones especiales dirigidas a fortalecer las ganancias empresarias a través de reducciones impositivas, una mayor liberalización de los mercados, programas de apoyo y subsidios, legislación más flexible, etc. Ahora bien, esta competencia generó un costo fiscal importante, obligando a reducir otros gastos, especialmente en materia de seguridad social e inversión en infraestructura. Por lo tanto, mientras los costos de la competencia ahora recaen sobre la población y el trabajo, las grandes corporaciones procuran mejorar su posición en los mercados internacionales a fin de compensar con exportaciones crecientes las constreñidas demandas internas. Para los grandes grupos económicos europeos, la llamada globalización se convirtió en una alternativa al clima de depresión interna provocado por las políticas neoliberales. Lo que es más grave aún es que las políticas contractivas actuales de los gobiernos europeos potencian esta situación recesiva, disminuyendo la demanda y contrayendo aún más economías que, como Irlanda y Portugal, ya han retrocedido en su PBI un -7,1% y -2,7% respectivamente el año pasado.

Peor aún, las noticias de los últimos días nos indican que la socialización de las deudas continúa su marcha. A pesar de las críticas opositoras, el premier Irlandés Cowen salió a defender como pudo el “bailout” o rescate de 85.000 millones de euros de la Unión Europea y el FMI, lo que implicará mayor deuda futura para rescatar al sistema financiero y no al sistema productivo. En este sentido, el gobierno irlandés parece olvidar la premisa de que en una economía sana los flujos de capital deben ser solo un medio para servir a la economía real, y no la inversa a costa de los otros sectores generadores de bienes y servicios. Siguiendo esta línea de análisis, se debe recalcar que los rescates tienen un trasfondo detrás de la buena voluntad y reciprocidad regional: las grandes potencias de la Unión Europea, como Alemania y Francia, tienen grandes intereses creados ya que muchos de sus fondos y bancos de inversión que han puesto importantes sumas de dinero en la época del boom económico, no podrían resistir un colapso financiero de los PIGS.

Por otro lado, el gobierno irlandés se apresta a inyectar centenares de millones de euros como capital en sus bancos, en una virtual nacionalización del AIB y el Bank of Ireland, que fueron los que más créditos otorgaron durante los años del boom del “Tigre Celta”. Tal cual ocurrió a principios de la década de 1980’ cuando se nacionalizó la deuda privada en la Argentina, los accionistas y Organismos Internacionales también entienden a los Estados-Nación como los únicos deudores tangibles y punibles, desasociando las responsabilidades de quienes contrajeron la deuda con los de la ciudadanía en su conjunto que injustamente debe cargar con ella.

En cuanto a los mercados domésticos, los bonos portugueses a 10 años ya ofrecen más de un 7% mientras que Alemania – la referencia en Europa – los coloca a poco más del 2,5%. La gravedad de esta situación no solo implica la potenciación de la deuda futura, sino que además impacta directamente en el incremento de las tasas de interés reales, retrayendo cualquier posibilidad de las Pymes y los particulares de tomar créditos para la producción y el consumo. Si a ello le agregamos la contracción de la demanda doméstica tanto por parte del sector privado (la desocupación en Irlanda se sitúa en el 12%, mientras que en Portugal yo llegó al 10%) como la derivada de la disminución del gasto gubernamental, las posibilidades de un rebote económico positivo son cada vez más escasas. En este sentido, el comisario de Asuntos Económicos de la UE, Olli Rehn, declaró que el plan es “una importante contribución a la estabilización de las finanzas públicas irlandesas”. Demasiada estabilidad para una economía que se encuentra estancada y con tensiones sociales crecientes.

Finalmente, en los últimos días los ministros de Finanzas de la UE avanzaron en discusiones para hacer permanente el por ahora provisional fondo de 750.000 millones aprobado el mes de Mayo pasado para rescatar a los miembros del euro antes de que tuvieran que declarar un default. El miedo a otra crisis derivada de las ineficiencias, el temor a los mercados y los perjuicios a los intereses de ciertas elites, parecen tener más preponderancia que las políticas públicas proactivas, firmes e inclusivas.
 
Para concluir, hemos evidenciado que tanto desde una perspectiva global a través de las relaciones interestatales, como a través de los desarrollos intrínsecos de los Estados-Nación, las inequidades en la distribución global de la riqueza conllevan a que cada día más, en el otrora mundo denominado desarrollado, las clases trabajadoras, los pobres y los excluidos se vean arrinconados dentro de un marco socio-económico que provee un margen de maniobra escaso y sin soluciones estructurales. Por otro lado, la actual crisis de los PIGS refleja una realidad poco discutida por el sistema económico y político internacional: los Estados-Nación incluyen un conjunto de actores con intereses cada vez más diversos, en un marco de recursos escasos y de crisis moral. Solo para citar un ejemplo, al mismo tiempo que días atrás la Ministra francesa de Economía, Christine Lagarde, aseguraba que los europeos están “determinados y comprometidos” a “defender el euro y la zona monetaria”, la organización Europea NutriAction emitía un informe en el cual indicaba que 600.000 personas mayores de 65 años en Portugal sufren hambre o están desnutridos, mientras que el 27% de los 10 millones de portugueses no tiene nada que comer al menos un día al mes. Esta situación nos demuestra que si los gobiernos no logran nivelar y consensuar un plano ético y político de dialogo, difícilmente se podrá lograr la inmediata redistribución de la riqueza tan necesaria para aquellos que, indefectiblemente, no tienen tiempo para esperar los falsos milagros macroeconómicos provenientes de inexistentes nacionalismos/regionalismos fomentados por los grupos concentrados de interés.

Un cambio de perspectiva para ETA

Publicado en el diario BAE, 07 de Septiembre de 2010.

Autor: Pablo Kornblum

El Sábado pasado, el grupo armado vasco ETA anunció un alto al fuego por medio de un video enviado a la cadena británica BBC, en el que afirmó que no “llevará a cabo acciones armadas” en su campaña por la independencia. En palabras de sus voceros, “ETA se reafirma en el compromiso con una solución democrática (…) para que, a través del diálogo y la negociación, los ciudadanos vascos podamos decidir nuestro futuro de forma libre y democrática”. Sin embargo, el alto el fuego de ETA suena más a desesperación que a convicción, ya que la debilidad contextual tiene raíces sistémicas que deben ser comprendidas y modificadas si se quiere lograr cierta viabilidad y consensos en los objetivos históricamente planteados.

Euskadi Ta Askatasuna (expresión en euskera traducible al castellano como País Vasco y Libertad), conocida por sus siglas ETA, ha nacido como una organización independentista, nacionalista vasca y marxista-leninista. Fundada en 1958 durante la dictadura franquista tras la expulsión de miembros de las juventudes del Partido Nacionalista Vasco, cometió su primera acción violenta en julio de 1961 e, inicialmente, contó con el apoyo de una parte significativa de la población al ser considerada una más de las organizaciones opuestas al régimen. En aquel momento, el mundo vivenciaba un contexto donde la violencia ideológica era asociada a los deseos de libertad e igualdad, la lucha contra el franquismo era sinónimo de democracia y autonomía, y la metodología de oposición estaba estrictamente relacionada con el margen de maniobra que proveía la coyuntura. 

Años más tarde, con el avance norteamericano y el retroceso soviético, la expansión capitalista mundial fue asociada a la palabra democracia – donde los gobiernos democráticos serían más sencillos de amalgamar al sistema corporativo que dictaduras de difícil control -, por lo que los procesos de emancipación no tardaron en llegar. En el año 1977 fue el turno de España. Y al avance capitalista, se le adicionó el respeto al derecho y a las soluciones pacificas, debilitando las bases políticas de ETA y su impronta por la lucha armada. Pero ETA redobló la apuesta. En aquel momento, pensaron que el proceso democrático podría ser de mero carácter transitorio, mientras que el socialismo aún estaba vivo. Más aún: el alejamiento del proceso democratizador conllevó a que la extorsión, el secuestro y el denominado “impuesto revolucionario”, se conviertan en casi la única alternativa de autofinanciamiento para su lucha contra el capitalismo.

Sin embargo, el transcurso del tiempo no produjo cambios favorables para la organización. Si a la consolidación de un Estado democrático pacífico que reafirmó las bases institucionales y jurisdiccionales del status-quo, se le agregó la victoria del capitalismo transnacional sobre las estructuras culturales domésticas, la metodología de acción de la organización perdió el consenso social que tanto había dado para su creación medio siglo atrás. Según el Euskobarómetro (estudio sociológico realizado por un equipo de profesores de la Universidad del País Vasco) de mayo de 2009, el 64% los vascos rechazaba totalmente a ETA. El 13% opinaba que en el pasado su violencia había estado justificada, pero en el momento de la encuesta no. Un 10% compartía sus fines, pero no sus métodos violentos. Finalmente, mientras el 3% justificaban parcialmente la acción ETA, criticando sus errores, solo el 1% de la población dijo que la apoyaban totalmente.

En la actualidad y dentro de un conformismo social mayoritario, parece muy difícil que ETA logre sus objetivos sin cambios radicales en el corazón de su accionar. Por un lado, el crecimiento económico español de las últimas décadas se ha visto potenciado por las mejoras en el autogobierno vasco conseguidas por los nacionalistas moderados, eliminando cualquier tipo de cuestionamiento sistémico. Por el otro, el desarrollo por vía pacífica de una cultura nacional, con su lengua y sus costumbres, ha sido aceptado como complemento de un marco nacional español abarcativo y pluralista.

En definitiva, ETA deberá meditar sobre su accionar de aquí en adelante. Más allá de su compromiso ideológico, cultural y nacional, que merece un análisis aparte, el camino actual no posee el apoyo social y político que pueda encausar sus reivindicaciones. Y si no hay un cambio de rumbo, solo quedan los métodos ilegales para incrementar su riqueza y poder así continuar su lucha. Pero ETA debe tener cuidado. Si no hay un vuelco sustancial, las organizaciones con las arcas más grandes, los gobiernos de España y Francia, redoblarán sus esfuerzos económicos y militares hasta lograr el desmantelamiento definitivo de una de las agrupaciones más antiguas y reconocidas del planeta.