Volver a la ‘normalidad’

Pablo Kornblum para Página 12 el 30-11-2020

https://www.pagina12.com.ar/308890-el-vinculo-con-estados-unidos-luego-de-trump

https://www.diario26.com/292409–volver-a-la-normalidad

Volver a la ‘normalidad’. Eso es lo que pretende lograr el gobierno que va a liderar próximamente Joe Biden. Bajo una discursiva cuidadosamente seleccionada, ya ha ilusionado a varios nostálgicos que sueñan con el regreso del orden neoliberal dirigido hegemónicamente desde Washington. Una ‘globalización armoniosa’, en la que sus otrora aliados y potenciales nuevos socios trabajarían para sostener un ‘win-win’ bajo el liderazgo estadounidense.

Para ello, la agenda de la política económica exterior estadounidense, complementando la ya compleja dinámica doméstica, se focalizará en algunas prioridades de corto plazo: desenhebrar las relaciones geoeconómicas con China, volver al multilateralismo amistoso con sus socios europeos, suavizar la presión financiera sobre el ‘eje del mal’ (Irán, Corea del Norte), y alcanzar algún delicado equilibrio para con el contexto socio-económico de los países centroamericanos proveedores de migrantes. ¿Lo relevante para quienes verdaderamente detentan el poder? Mientras Biden desempolvó en su primer discurso la vetusta y oxidada retórica del enfrentamiento entre el ‘legado democrático’ estadounidense versus los autoritarismos de China, Rusia o mismo Cuba – meramente para satisfacer a su mayoritario electorado que cree todavía en los Estados Unidos como ‘faro que guía al mundo libre’ -, el establishment del capital concentrado se regodea pensando en un regreso al liberalismo económico que lo habilite a potenciar sus negocios con aquellos Estados más autoritarios y/o paternalistas, donde – bajo cierta eficacia y suficiencia – la lógica la acumulación de capital ha sido claramente más acelerada.

En nuestra región, podemos afirmar que el escenario económico no variará en demasía en relación a lo que muestran los libros de historia. Los que sostengan con mayor cariño y empeño el Consenso de Washington con rostro sudamericano – principalmente los miembros de la Alianza del Pacífico -, continuarán con ciertos privilegios a la hora de pensar en la profundización de las relaciones bilaterales pro mercado (por supuesto con las carencias socio-productivas que ello conlleva). En contraposición, al mayor escepticismo con el más reacio Mercosur, se le adiciona un novedoso pragmatismo racional latinoamericanista (Argentina + México + Bolivia) que pretenderá un mayor diálogo de ‘igual a igual’, pero que lejos estará de generar cambios económicos estructurales. Eso sí, la mirada de los halcones de Washington se centrará en las dinámicas socio-económicas domésticas con derivaciones inusitadas; no sea que inoculen y/o incrementen, bajo un esquema de ‘nueva guerra fría’ a lo Venezuela, a actores estatales y no estatales indeseados para con los intereses estadounidenses.

Nada va a cambiar, al menos en términos sustanciales (léase nuestra Balanza de Cuenta Corriente históricamente negativa), para la Argentina. ¿Podemos achacarle a nuestro principal proveedor de Inversión Extranjera Directa y tercer socio comercial que son ‘Fans’ de la remisión de utilidades o los aranceles/subsidios? Puja de intereses interestatal capitalista, my friend, dirían desde el norte del Rio Bravo. ¿Nuestra usual respuesta? Algunos ciclos gubernamentales con mayor control de capitales, frecuentes devaluaciones derivadas de la estructuralmente deficitaria escasez de divisas, algo de ‘relaciones carnales’ de algún gobierno nostálgico de la Doctrina Monroe (aunque en la actualidad es imposible – y altamente contraproducente – ponerle un buffer de contención económico al gigante asiático). No sería de extrañar el vivenciar un popurrí ‘light’ de todo ello en el corto y mediano plazo. No mucho más.

Ahora bien, de la esperanza vive el hombre (sobre todo para esperar con ansias la ‘lluvia de dólares’). ¿Podría haber algún ‘coletazo’ positivo indirecto, como por ejemplo el pensar en la potencial suba de los precios de la soja y del etanol, consecuente con un presidente electo pro combustibles alternativos? Es plausible. ¿Es lo que más le importa a nuestro gobierno? Difícilmente. Ahora es el turno de que nuestra cintura política y la suerte, que siempre es necesaria y suele escasear en la arena internacional, logre que el accionista mayoritario del FMI le dé una palmada en la espalda a los técnicos del directorio para que tengamos la mayor flexibilidad posible – una patriada difícil bajo el Acuerdo de Facilidades Extendidas – a la hora de negociar los requerimientos de prudencia macroeconómica, ajuste fiscal, inflación controlada. ¿Otro pedido de auxilio financiero? Improbable en el corto plazo con el binomio Fernandez-Biden. Solo resta esperar que la keynesiana Janet Yellen, con la maquinita de imprimir en mano, incremente los estímulos monetarios y mantenga los tipos de interés bajos por un par de años para que podamos aprovechar el diferencial de tasas y un mundo más amigable para con el crecimiento económico y los intercambios.

Para concluir, el enorme dramaturgo y político francés Víctor Hugo, sostenía que “La utopía es el porvenir que se esfuerza en nacer. Mientras que la rutina es el pasado que se obstina en seguir viviendo”. Mientras esto último pareciera será el fiel reflejo de lo que ocurrirá a partir del próximo Enero en los Estados Unidos, desde el sur del continente esperemos que, de una vez por todas, el idealismo le gane la batalla a la historia rutinaria y doctrinaria de una relación bilateral que se perpetuó como un lastre para con el desarrollo socio-económico equitativo e inclusivo para nuestras empobrecidas mayorías.

Todo cambia, para que nada cambie

Publicado en Ámbito Financiero el 09-11-2020

https://www.ambito.com/opiniones/estados-unidos/biden-presidente-que-puede-cambiar-argentina-n5146553

A pesar de las acusaciones, primará la racionalidad institucional: Joe Biden, un hombre del histórico ‘círculo rojo’ de la política estadounidense que cree en el multilateralismo y en el liberalismo económico, será erigido formalmente como el presidente número 46 de los Estados Unidos de Norteamérica. ‘Las instituciones no se manchan’, haciendo un paralelismo al parafrasear al mejor futbolista de la historia. Sería demasiado ordinario, grotesco, y terriblemente negativo para con las prospectivas de política exterior norteamericana como ‘faro democrático del mundo occidental’, continuar insistiendo con esta fantochada.

Para comenzar, debemos aclarar algo. Nada va a cambiar, al menos en términos sustanciales, para nuestro país. La agenda de la política exterior estadounidense, complementando la ya compleja dinámica doméstica, tiene otras prioridades coyunturales: las relaciones económicas – sobre todo comerciales – con China (principalmente para con su contención), Europa y otros actores de relevancia internacional; los dilemas geopolíticos/militares en Medio Oriente, Europa del Este (con Rusia a la cabeza) y el Asia Menor; y el complejo escenario migratorio con Centroamérica, entre otros.

Un poco más al sur, podemos afirmar que tampoco habrá presión ni exigencias para ponerle un coto a la Venezuela de Maduro. Derechos humanos si, hasta ahí. Avasallamiento agresivo a través del Grupo Lima – que puede quedar en semi Stand-by al no haber un claro soporte desde el norte -, no. Seguramente continuarán las relaciones cordiales con los aliados temporales de la era Trump (Brasil, Chile, Colombia), mirando de reojo la dinámica (y sobre todo las potenciales tensiones) de sus escenarios domésticos. Bajo este contexto Argentina podrá liderar, junto con México y ahora Bolivia, un posicionamiento de pragmatismo racional latinoamericanista que busque el dialogo permanentemente. Y no mucho más que ello.

A pesar del cierto distanciamiento expuesto, de ningún modo podemos denostar la relación bilateral existente, nos guste o no. Los Estados Unidos continúan siendo – al menos por ahora – el principal inversor externo en nuestro país, con el 22,7% del stock de Inversión Extranjera Directa; casi 17 mil millones de dólares según los últimos datos del BCRA. En este sentido, se calcula que hay más de 300 empresas estadounidenses-argentinas, la mayoría nucleada en la American Chamber, con inversiones de relevancia en la industria de petróleo no convencional (USD 450 millones para financiar a Vista Oil y Aleph Midstream en Vaca Muerta en los últimos años), en el suministro de energía (AES), en la industria manufacturera (GM, Ford – 700 millones de dólares en inversiones recientemente -, Goodyear, BASF, DuPont, Whirpool), en el sector de los seguros (Metlife, Prudential), los servicios financieros (American Express, Visa, JP Morgan),  los servicios profesionales (Accenture, Manpower Group), y los servicios de información y comunicaciones (IBM, Cisco Systems, Google).

Por otro lado, Estados Unidos es el tercer socio comercial de la Argentina, aun cuando supo ser el primero por un largo tiempo (solo para citar un ejemplo, las exportaciones argentinas a Estados Unidos representaron el 6% del total exportado en 2015, muy lejos del 11% que supieron alcanzar en 2005). Para el año pasado, el intercambio comercial superó los 10 mil millones de dólares (deficitaria para la Argentina en el decenio 2010-2019 en 49.445 millones de dólares; solo con una merma relativa en los últimos dos años – como siempre a lo largo de nuestra historia, por la disminución de las importaciones derivadas de la devaluación y la estructuralmente deficitaria escasez de divisas -). Llevando a la practica la contra fáctica frase ‘vamos ganando’, podemos afirmar que los argentinos, en este campo, ‘seguimos perdiendo’.

Al analizar la composición sectorial del comercio bilateral, se observa que las exportaciones argentinas a los Estados Unidos tienen una fuerte concentración en combustibles y minerales, seguida por los productos metalíferos, así como la industria alimenticia y los productos primarios en general. Del lado de las importaciones originarias en los Estados Unidos, las maquinarias son el principal rubro de importación; aunque los combustibles también tienen un fuerte peso, así como los productos químicos. Aquí tenemos que dejar algo en claro: Argentina y Estados Unidos no son mercados complementarios, lo que implica un vínculo no carente de conflictos o de asuntos pendientes. Llámese aranceles, subsidios, o barreras paraarancelarias de tinte fitosanitario. Y por supuesto, el poder de presión de sus lobbies. No nos olvidemos lo que ocurrió en los últimos años con la suba de aranceles al biodiesel argentino en el mercado estadounidense, o la eliminación de preferencias especiales en comercio exterior para países denominados “en desarrollo”, como la Argentina. Y si, qué difícil es argumentar contra la potencia imperial que nuestras industrias no se encuentran ‘subsidiadas deslealmente’, que no realizamos devaluaciones competitivas adrede, o que ingenuamente disminuimos los requerimientos medioambientales para con la producción. Este escenario, siendo sinceros, tampoco cambiará durante el próximo gobierno demócrata.

Si seria dable esperar un gobierno más aperturista, más pro libre comercio; esa lógica podría ayudarnos, sobre todo pensando en los productos que le vendemos a los Estados Unidos, como el acero y aluminio. A la vez, Biden también es más pro combustibles alternativos; en ese marco, sería plausible la suba de los precios de la soja y del etanol. En tanto a la potencial devaluación del dólar a nivel global en el corto plazo, no es lo más trascendente para la Argentina en los próximos meses: lo que nos debe importar, lamentablemente bajo nuestra eterna fijación mental (derivado generalmente de políticas económicas inapropiadas a lo largo de la historia) es el valor que le den al billete verde nuestra elite empresarial en particular, y nuestra sociedad en general. Por supuesto, para alcanzar la ‘pax cambiaria’ el gobierno deberá contar con el suficiente ‘poder de fuego’ en términos de capacidades políticas y financieras, para apaciguar las demandas racionales y atacar con determinación las amenazas de los provocadores seriales de corridas bancarias.

Bajo el mismo paraguas, no podemos olvidarnos del financiamiento. En este sentido, el accionista mayoritario del FMI (17% de incidencia en los votos del directorio), con el cual el país debe renegociar un acuerdo histórico de 44.000 millones de dólares, dejará que los técnicos hagan su trabajo. Pedir prudencia macroeconómica, ajuste fiscal, inflación controlada, no es exclusivo de Demócratas ni de Republicanos. ¿Otro pedido de auxilio financiero? Improbable en el corto plazo con el binomio Fernandez-Biden. Ello a pesar de que las tasas de interés seguramente se mantendrán bajas por un par de años, al menos para asegurar la sustentabilidad del efecto rebote post-pandemia. Esperemos que cuando los fondos de inversión busquen denodadamente activos más riesgosos, ambos Estados, desde la necesidad y desde el otorgamiento, no permitan la injerencia salvaje que ponga en jaque una vez más al sistema financiero nacional; ya sabemos que la historia de endeudamiento de nuestro país, lejos se encuentra de la utilización ‘bien habida’ para con el crecimiento de la economía real y el desarrollo socio-económico de nuestro pueblo.

En tanto a una temática mayúscula, probablemente se termine la ‘guerra declarada’ de aranceles con China; pero no así la rigurosidad. De hecho, la disputa por ganar mercados se profundizará; la diferencia estará en los modales. Recientemente, Claver Carone, un halcón de Trump erigido flamante presidente del BID que continuará en su cargo después de Enero, ha hecho pública su intención de gestionar un aumento de capital de la institución para ampliar su capacidad de préstamos. Sin tapujos ni tabúes, explícitamente ha justificado que el propósito de tal acción sería ofrecer a los países una alternativa frente a China. Recuperar espacios perdidos por negligencia propia, se diría.

Desde la óptica argentina, China no solo es el principal comprador de los productos relevantes de nuestra oferta nacional (cereales y oleaginosas, carne vacuna), sino que además es muy tentador en términos de inversiones (granjas porcinas, recursos estratégicos), y hoy en día representa el ‘ancho de espadas financiero’ sin cuestionamientos (Swap). Difícil competir con eso. Más allá de todo, cabe aclararse, el ser competitivo – una variable escasa en la historia de nuestro país – tiene que ser una premisa, gobierne quien gobierne. Para negociar con Estados Unidos, China, o con cualquier país del mundo.

El punto más álgido aquí, o diría el más preocupante, es la disputa geopolítica entre ambos colosos, la cual claramente continuará bajo la presidencia de Biden. Generar un buffer de contención financiero y económico en detrimento del avance chino no es suficiente para los Estados Unidos. La lenta agonía de la primacía del dólar, el dejar de ser los adalides de nuestros productos importados – y nuestra balanza comercial deficitaria -, o lo que podríamos denominar el ‘loser takes nothing’ ante el avance de las inversiones en infraestructura (con el ejemplo reciente del Banco Asiático de Inversión e Infraestructura financiando la ruta de la seda sudamericana), es solo un complemento de la más importante derrota que viene sufriendo ante el gigante asiático en nuestro país: la base satelital – con sus derivaciones militares -, la inteligencia artificial, las telecomunicaciones con el 5G, y la biotecnología entremezclada con la industria farmacéutica bajo el manto de la conquista Antártica, pronostican un escenario ‘oscuro’ de disputa en el mediano y largo plazo. Con un adicional: podríamos esgrimir que los chinos no nos tratan como su ‘patio trasero’. Es que también, al menos por ahora y haciendo honor a la verdad, hemos aceptado, sin chistar, sus requerimientos. Una vez más, nuestra necesidad (de financiamiento) tiene cara de hereje.

Sin embargo, tarde o temprano, Argentina tendrá que hacer elecciones que disgustaran a la otra parte: el riesgoso equilibrio sobre una soga tensa en ambos extremos. Porque a ciencia cierta, a pesar de la ‘conquista china’, Estados Unidos no retrocederá: defender sus bases militares y los intereses de sus corporaciones, mientras intimida a los actores políticos y de la sociedad que desafíen los objetivos y principios primarios dictaminados por todo el establishment desde el establecimiento de la doctrina Monroe, continuará siendo la piedra basal de la política estadounidense hacia nuestras latitudes.

El gobierno argentino se encuentra entonces obligado a jugar. En este sentido, el presidente Fernández participó el mes pasado de un encuentro de la Asociación de Cámaras Americanas de Comercio de América Latina y el Caribe, una entidad que nuclea a 24 cámaras de la región que colectivamente reúnen unas 20.000 empresas, en el que expuso sobre los beneficios que ofrece el país a la hora de invertir. Por supuesto prometió “reglas claras” (antes de que empiecen los históricos cuestionamientos sobre la necesidad de una flexibilización laboral, el terminar con los frecuentes cambios regulatorios – sobre todo en términos de precios -, o el ordenar ‘institucionalmente’ la macroeconomía, entre otros), esperando la tan ansiada lluvia de dólares. Solo les pidió que cumplan: que den empleo, que inviertan y que paguen sus impuestos. Que difícil todo. Sobre todo esto último.

Para concluir, quisiera tomar las palabras del jefe de Gabinete de la Cancillería Argentina, Guillermo Justo Chaves, quien declaró previo a las elecciones estadounidenses que para nuestro país “era absolutamente indiferente. Con los problemas que tenemos y con la política exterior que planteamos, que gane Trump o Biden no afectará las relaciones entre los países de forma determinante”. En definitiva, necesitamos y debemos hacer, de una vez por todas, las cosas bien. Recobrar la preeminencia regional en pos de los intereses económicos nacionales, y sobre todo de los que menos tienen, tiene que ser la prioridad. Aunque como sabemos, en un país que se encuentra arraigado bajo una asfixiante ‘dependencia estructural’ con las potencias (antes el Reino Unido, ahora Estados Unidos y China), ello es condición necesaria, pero no suficiente. Porque como decía Napoleón, “uno de los atributos que les exijo a mis generales, es que tuvieran suerte”. Apropiadas palabras para las vastas necesidades que representan el actual estadío de nuestro bendito país.

Un mundo a dos velocidades

Por Pablo Kornblum para Ámbito Financiero 08-06-2020

https://www.ambito.com/opiniones/racismo/un-mundo-dos-velocidades-n5108153

La creciente entropía, definida por Randall Schweller como el lento pero constante reemplazo del orden por un incremental estado de desorden, marca la dinámica del mundo de hoy: el caos o lo diferente acecha; por ende, los miedos nos hacen buscar cobijo de quien hemos aprendido como nuestro cercano protector. Aquella institución madre, el Estado-Nación, que desde hace siglos rige la insignia de la política doméstica e internacional, y con la bandera, la moneda, o el poder militar, nos hace sentir unidos bajo una misma cultura e idiosincrasia.

Con el paso del tiempo, el ideal descripto se observa falaz, imaginario, para una porción creciente de la población. Ello ocurre porque quienes detentan el poder económico y político, les cuesta aceptar la cada vez más amplia agenda de una sociedad civil multivariada e interesada en nichos específicos. Pareciera ser que les duele, les molesta. Desean que la democracia sea meramente un voto. No pueden apreciar, ni siquiera, que las mayorías no les otorguen el beneficio de la ‘no discusión’ de cambios profundos en el statu-quo. Menos aún, no disfrutan siquiera el “no cuestionamiento” de sus grandilocuentes privilegios. Para su beneficio, el foco de las problemáticas socio-económicas del mundo se han desviado a una lógica individualista, aquella que el filósofo surcoreano Byung-Chul Han sostiene como el concepto “simultaneidad amo-esclavo, donde hasta incluso la lucha de clases se ha transformado en una disputa hacia el interior de uno mismo”.

Sin embargo, algunos teóricos ya lo han refutado y buscan darle otro sentido a aquel cuestionamiento para con el propio ser: lo que un ser social debería preguntarse es cuál es el involucramiento de uno mismo con lo ocurre en la sociedad. Donde la política está más presente que nunca. Porqué las decisiones acerca de la solidaridad son eminentemente políticas. Ello está ocurriendo hoy en día en los Estados Unidos. El “no puedo respirar” no es de ahora, es histórico. Y no está empeorando, solo es que en la actualidad se graba.

Minneapolis, la ciudad más poblada de Minnesota y donde ocurrió el asesinato de Floyd, es una de las caras más visibles de ello. De mayoría de población de ascendencia escandinava, en la década de 1970 se aprobaron las políticas de crecimiento equitativo, semejantes a las de los Estados de Bienestar que se dieron en los países nórdicos hasta finales del siglo pasado. En aquel momento, cuando el área de Minneapolis era 94% blanca y solo 2% afrodescendiente, era más fácil aplicar y alentar políticas de redes de seguridad social, ya que la mayoría de los residentes sentían a las personas beneficiarias de estos programas como semejantes o pares de ellos.

Al día de hoy, aunque la cantidad de blancos caucásicos ha descendido a menos del 80% de la población total, los indicadores socio-económicos siguen siendo de excelencia para ellos. Incluso en comparación con otras grandes metrópolis de Estados Unidos: el desempleo se encontraba en torno al 4% antes del COVID-19; los estudiantes blancos obtienen las mejores clasificaciones nacionales en lectura, matemáticas y exámenes de ingreso a la universidad; y el acceso a la vivienda es más que asequible con un abanico de flexibles créditos blandos.

Lamentablemente, para el más de 15% de población afrodescendiente, la situación es totalmente inversa. Al 10% de desocupación previo al COVID–19, se le adiciona que un afroestadounidense gana en promedio anual 32.000 dólares (32% se encuentra bajo la línea de la pobreza), mientras que para los blancos caucásicos sus ingresos son en promedio 72.000 dólares anuales (solo el 6,5% son pobres). Más aún, alrededor del 62% de los estudiantes afroestadounidense asisten a las escuelas públicas con los mayores problemas de infraestructura y formación, en comparación con el 10% de los estudiantes blancos. A ello se le debe adicionar que la tasa de encarcelamiento para los residentes afroestadounidenses es once veces mayor que la de los blancos.

Como se ha observado, el análisis situacional nos ha llevado a una necesaria conjunción entre racismo y pobreza. Y ambas variables se encuentran enraizadas en la sociedad estadounidense. El más claro ejemplo se da en términos del hogar propio. En los Estados Unidos, como en una gran cantidad de lugares alrededor del mundo, ser propietario de la tierra es lo que da a las personas estabilidad en sus vidas, construir comunidad, y a partir de allí crear y acumular riqueza. Sin embargo, solo un 24% de los residentes afroestadounidense son dueños de su casa, en comparación con el 76% de los blancos caucásicos (de los cuales muchos son descendientes de veteranos que regresaron de la Segunda Guerra Mundial, consiguieron trabajo, y pudieron comprar sus casas con ayuda gubernamental). Esta es la tercera brecha más grande de accesibilidad de todo Estados Unidos.

Ello tiene correlación con un estudio realizado sobre prácticas crediticias en los bancos más importantes de la ciudad de Minneapolis: los afrodescendientes tienen una probabilidad desproporcionadamente mayor de que se rechacen sus solicitudes de préstamos. Y la realidad demuestra que la brecha en las tasas de denegación de préstamos, no se genera únicamente debido a las características socioeconómicas de los solicitantes, como podría ser el riesgo de crédito o sus ingresos. Hay enormes disparidades y estas ventajas se han institucionalizado. En instituciones que son controladas por los blancos.

Para el presidente Donald Trump, la forma más rápida para tratar de salir de este asesinato que se le ha transformado en un callejón sin salida, fue, en primer término, tratar de “matar al mensajero”. Para ello, ha acusado a los medios de comunicación de ser “los enemigos del pueblo”, firmando además una orden ejecutiva disciplinadora donde autoriza a regular y evaluar si las redes deberían ser legalmente responsables de lo que publican los usuarios. Siempre y cuando no hablen a favor de él, por supuesto: sino vale la pena recordar que hasta no hace mucho tiempo, utilizaba con suma frecuencia la red del pajarito para ningunear a sus opositores demócratas; inclusive con burlas a sus características físicas o personales. Típico de cualquier dictador bananero tercermundista, de una bajeza que se debería encontrar en las antípodas de un estadista. Aunque ello no le importe a sus seguidores. Y eso Trump lo sabe, por ello mantiene grandes esperanzas de ser reelegido: entiende que, por un lado, una gran parte de la sociedad vota al oponente de lo que está seguro que no quiere y, por otra parte, que primordialmente el ciudadano medio estadounidense elige a su presidente defendiendo alguna necesidad puntual propia.

Por ello luego se encargó de designar a ANTIFA como organización terrorista. Otra discursiva que le encanta a su electorado. En este sentido, el Fiscal General de la Nación, Bill Barr, sentenció que “las voces de la protesta pacífica están siendo secuestradas por elementos radicales que desean llevar a cabo su propio programa de violencia organizada. Son grupos anárquicos y extremistas de extrema izquierda que utilizan tácticas de los antifascistas”. En ese sentido, hay que decirlo, no mienten. En general, los miembros de ANTIFA apoyan a las poblaciones oprimidas y protestan por la acumulación de riqueza por parte de las corporaciones y las élites.

Sin embargo, para el presidente de los Estados Unidos, la conjunción de la miseria y el racismo son parte de las nimiedades que no le hacen sombra a sus objetivos macro-elocuentes de triunfalismo geoestratégico. Que es donde se siente más a gusto. Desviando la atención hacia el “siempre redituable” enemigo externo de la política exterior – en este caso disputándole a los rusos la exclusividad de los vuelos tripulados -, y de la mano de sus venerados aliados, las elites económicas (de la que él forma parte) que comandan el mercado. Por ello se lo vio exultante detrás del primer lanzamiento espacial público-privado llevado a cabo por la NASA junto con la empresa SpaceX, del multimillonario Elon Musk. El objetivo, el de siempre: política y negocios de números exorbitantes para unos pocos, pero que son fundamentales para arengar a la mayoría de sus mesiánicos seguidores.

Está claro que para una gran mayoría de la población mundial, que desea la paz, los grandes dilemas de los grupos que viven algún tipo de opresión, cualquiera que sea, deben ser modificados a través del dialogo y la racionalidad. Pero cuando pasan más de dos siglos y las mejoras han sido tibias y marginales, como es el caso del racismo y la miseria que ello conlleva, el hartazgo toma la delantera. Y ello no es solo exclusivo de los Estados Unidos. Podemos trasladarlo a la guerra eterna entre Israel y Palestina, o a la propia disputa por la tierra de nuestros pueblos aborígenes. La variable disparadora (sea la raza, la religión, o la cultura ancestral), que se entremezcla y se potencia con la pobreza y la miseria, solo deriva en un incremento exponencial de las tensiones sociales, la bronca y la angustia contenida.

En definitiva, nos encontramos en un mundo a dos velocidades: mientras algunos persiguen denodadamente la carrera espacial del siglo XXII, otros todavía se encuentran embebidos en una “Cabaña del Tío Tom moderna”, peleando por su mero derecho a la vida. Como ocurrió en el Siglo XIX, cuando los abolicionistas estadunidenses deseaban terminar con la legislación que decía que “un negro, libre o esclavo, debe equivaler a las tres quintas partes de un hombre (blanco)”.

En este aspecto, la velocidad para con la propagación de la acumulación de capital, ha sido mucho más veloz y de manera más desenfrenada, que la de los derechos civiles, raciales o religiosos, los cuales tuvieron (y todavía tienen), sus avances y retrocesos. Será que aquí, a diferencia de la indiscutida lógica sistémica de ingente enriquecimiento sistemático de las elites gubernamentales y corporativas transnacionales – con algún escaso efecto derrame solamente beneficioso para algunos sectores económicos y grupos de ciudadanos puntuales de la sociedad global -, todavía hay fuertes discusiones políticas y puntos contrapuestos.

¿Sería lógico que sea a la inversa? Porqué los derechos de cualquier ser humano no deberían ser discutidos a esta altura del Siglo XXI, a diferencia de la forma en que creamos y distribuimos la riqueza en un mundo cada día más desigual. Por ahora, solo se sigue llorando la muerte de Floyd. Y lo único que es seguro es que si el día de hoy se levantará de su tumba el enorme cantante afroestadounidense Louis Armstrong, tendría un enorme resquemor para cantar “What a wonderful world”.

Esquirlas económicas desde Medio Oriente

Publicado el 8-1-2020 en Ambito Financiero

https://www.ambito.com/opiniones/petroleo/esquirlas-economicas-medio-oriente-n5075507

Cuando el mes de Noviembre pasado el actual líder supremo de la revolución iraní, el ayatolá Ali Khamenei, respaldó las medidas del gobierno de Teherán para incrementar el precio de la gasolina en un 50%, hubo disturbios en distintos puntos del país. Eran voces disidentes que sostenían que las mafias del poder disfrutan de monopolios (más de un 50% del sector de la producción corresponde a las empresas estatales), controlando un sistema de toma de decisiones que favorece la concentración de la riqueza, el saqueo de los recursos nacionales y la fuga de divisas: se calcula que solo en los primeros tres meses de 2019, salieron 20.000 millones de dólares de las arcas iraníes. Estos números asustan, aunque en argentina estemos mal acostumbrados. Algunos lo racionalizarían como algo lógico, dada la inestabilidad geopolítica y financiera. Nosotros podríamos asemejarlo a la famosa ‘viveza criolla’: los formadores de precios, en lugar de vender los productos para el mercado doméstico, se encuentran exportando producción realizada con el ‘dólar barato’ de hace seis meses, quedándose con las divisas que ya valen el triple del momento de producción, para luego redireccionarlas a paraísos fiscales.

Poco parece importarle al líder supremo, cuya respuesta fue contundente: “el sabotaje y los incendios son obra de hooligans y no de nuestro pueblo. La contrarrevolución y los enemigos de Irán siempre han apoyado el quiebre de la seguridad, y van a continuar haciéndolo”. Una ‘economía de resistencia’, como lo sentenció el presidente Hasan Rohani al parlamento nacional, luego de presentar el presupuesto para el año venidero. Lo que sea para generar una mayor cohesión interna.

Por ahora ha dado resultados. Una inflación en torno al 50% (y cercano al 100% para alimentos básicos y medicinas), una devaluación del 68% del Rial en el último año, la escasez de bienes y servicios, una caída estimada del PBI de entre el 7% y el 10% para 2019, un incremento del índice de desempleo que pasó del 9% al 16% desde la reimposición de las sanciones, exportaciones de petróleo en torno a los 250.000 barriles diarios (un 10% de lo que vendía previo a las sanciones estadounidenses) y el empobrecimiento general de la población – quienes, como suele ocurrir siempre, son los que más sufren las sanciones financieras exógenas -, han sido inertes para resquebrajar un régimen que ya lleva 40 años en el poder. Estados Unidos, con su experiencia en Cuba, ya lo debería saber. El poder de la moral, léase la ideología, la cultura, o la religión, siempre han prevalecido por sobre los dilemas económicos en el país persa.

En términos geopolíticos y geoeconómicos, la situación tiene aristas de tinte ‘venezolanas’. Amenazas bélicas de Trump que se diluyeron en un férreo ahogo financiero, un apoyo explícito de Moscú y uno implícito de Beijing. Está claro que los aspirantes al trono estadounidense de ningún modo se van a quedar afuera de la pelea por el control de Medio Oriente, menos si se entiende que Irán cuenta con el 10% y el 15% de las reservas mundiales probadas de petróleo y gas respectivamente.

Por un lado, la alianza con Rusia excede largamente lo político y militar, ya que conlleva vínculos económicos de vital relevancia. Por ejemplo, para el año 2018  los intercambios en monedas nacionales ascendían al 40%; ya en 2019 la cuota de compra-venta a través del rial y el rublo ha rebasado el 50%. Desde la lógica de los BRICS de principios del corriente siglo XXI, el ‘sacarse de encima al dólar’ ha sido una prioridad. Y un golpe geoeconómico fuerte para las otrora intensiones financieras monopólicas globales de los Estados Unidos.

A ello hay que agregarle el otro punto determinante de las inversiones rusas en el mundo: los proyectos de infraestructura para con el facilitar la posterior extracción de recursos estratégicos. Para citar algunos ejemplos, ya se encuentra firmada la inversión rusa por más de 1.200 millones de euros para la construcción de Sirik, una central eléctrica de 1.400 megavatios que aumentará significativamente la capacidad de la producción de electricidad iraní; o mismo los 2.800 millones de dólares prometidos por el gobierno de Moscú para financiar la construcción de una línea de ferrocarril de más de 600 kilómetros que cruce de este a oeste el país persa.

La otra gran potencia, China, hace caso omiso a las sanciones impuestas por su partenaire estadounidense en el juego del ‘Tom y Jerry’ de las guerras comerciales: continúa comprándole petróleo a Irán – en torno a los 400.000 barriles diarios -, pero también otras materias primas fundamentales para su desarrollo económico doméstico. Por ejemplo, a pesar de las prohibiciones, incrementó la adquisición de minerales (como el Hierro, el Cobre y el Zinc), en torno al 150% en el último año.

El otro punto clave es el masivo proyecto de integración de Eurasia. Cuando el presidente Xi Jinping visitó Teherán en Enero del 2015, Rouhani dijo: “Irán y China acordaron aumentar el comercio a 600.000 millones de dólares en los próximos 10 años”. La mayoría de las inversiones, por supuesto, involucran al petróleo y el gas, pero crucialmente también abarcan la cooperación en energía nuclear y el posicionamiento de Irán como un centro absolutamente crucial de la ‘Ruta de la Seda’.

La Unión Europea es el otro gran actor de relevancia, quien ha sido enormemente beneficiado por el acuerdo nuclear del 2015: un claro ejemplo es el contrato del año 2016 entre Airbus y el gobierno de Irán para la compra de 112 aviones de pasajeros, del cual solo pudieron entregarse 3 debido al restablecimiento de las sanciones estadounidenses.

En este aspecto, los números mandan para una Europa estancada en dilemas políticos, económicos y sociales: en juego está casi el 5% de las importaciones de petróleo de sus países miembros, como así también intercambios comerciales valorados en 21.000 millones de euros previos a la salida de Trump del acuerdo nuclear en 2018. Italia es otra muestra de ello: esperan que se destrabe el conflicto para poder avanzar en la construcción de un oleoducto de 2.000 kilómetros, con una valuación de 4.300 millones de dólares, a cargo del grupo Saipem, subsidiario de la empresa italiana ENI. Para Irán, la UE tampoco es un tema menor: es el principal proveedor de bienes de capital tecnológicos, fundamental para el desarrollo industrial y de infraestructura del país persa.

El otro punto de desahogo iraní es la ayuda correligionaria. De los diez países que son destinatarios del 80% de las exportaciones iraníes, siete son musulmanes. La mayoría de Medio Oriente, pero también algunos países asiáticos como Indonesia o Pakistán. Pero además se ha expandido en Yemen, Qatar, Siria, Irak, y el Líbano a través de un puntilloso trabajo político y militar. Un caso ejemplo ha sido el fenómeno yihadista del Estado Islámico en el norte de Irak; escenario bajo el cual los iraníes supieron aprovechar la situación gracias a su ancestral conocimiento de la zona, el liderazgo religioso sobre las comunidades chiitas, la influencia cultural persa sobre los pueblos indoeuropeos de la región, y una alianza política con los alawitas de Siria. Por supuesto, los vínculos en terreno muchas veces terminan sellando acuerdos económicos: la exportación de  productos no petroleros (35% del total), como químicos, plásticos, metales, hortalizas y frutas, tiene como destinos principales los países islámicos aliados en la región.

Más aún, podemos afirmar que la experiencia – trasformada en sabiduría – es fundamental para que Irán pueda manejarse a nivel internacional bajo un permanente contexto de coacción económica. En este sentido, Con la finalidad de eludir las sanciones bancarias y financieras de los Estados Unidos, el gobierno de Teherán ha creado una red de comerciantes, empresas, oficinas de cambio y recaudadores de dinero en diferentes países. Hasta un sistema de trueque, expandido principalmente con sus países vecinos Irak, Pakistán y Afganistán. Claro, porque no recurrir al contrabando: “Sin seguro, sin bancos, solo efectivo”, le mencionaba hace poco un alto funcionario iraní a un grupo de comerciantes extranjeros de países afines al régimen. En este juego de salir airoso a como sea, todo vale.

Bajo el marco descripto, el desencadenante económico y financiero global derivado del incremento en las tensiones miliares ha sido el esperado. Como siempre, la mayoría de las bolsas son aliadas de la certidumbre – sobre todo cuando la inestabilidad proviene de la geopolítica del petróleo -, y retrocedieron fuertemente en los primeros días luego de la escalada. En adición, los mercados temen sobre todo ‘un conflicto más amplio’ que arrastre a Irak, Arabia Saudita y otros, lo que impactaría más fuertemente en el precio de los hidrocarburos. Más aún, los incrementos en los surtidores se podrían potenciar exponencialmente en el caso de que se produzcan ataques a buques petroleros que podrían interrumpir los flujos de petróleo en el mar. Como contraparte, la salida de capitales de los mercados emergentes y el repunte de los activos de resguardo como el oro (nuestra conocida Barrick Gold fue una de las grandes beneficiadas) fueron, como suele ser, las vedettes de los primeros días post-asesinato.

Ante este contexto abrupto generado exógenamente, las consecuencias para nuestro país son variadas y de diversa intensidad. En tanto a las relaciones geopolíticas o comerciales, los cambios que podrían producirse serían marginales o nulos. En tanto a la diplomacia, las relaciones con los Estados Unidos no cambiarán: pasando de una total subordinación en el anterior gobierno, a una relación de ‘abandono al alineamiento directo bajo el alo de un mayor respeto y profesionalismo’, se intentará definir la situación como ‘en un stand-by de análisis’, al menos en el corto plazo. Con Irán tampoco conviene que haya cambios: cualquier mínimo atisbo de acercamiento o alejamiento podría sentenciarse como un potente movimiento telúrico, especialmente luego de los atentados de la década de 1990’ y el más reciente memorándum de entendimiento, todavía frescos y latentes en la memoria de la mayoría de los argentinos. No parece ser entonces inteligente mover el avispero, menos en los primeros pasos de un gobierno recientemente asumido. Equidistancia pragmática, se podría decir.

En el escenario comercial, tampoco veremos grandes movimientos derivados de la escalada del conflicto. Estados Unidos continuará siendo uno de los socios comerciales más relevantes para nuestro país, con cadenas de valor bilaterales que, más allá del impacto en los precios de la energía, muy lejos se encuentran de verse afectadas por el conflicto en un lejano Medio Oriente. Por otro lado, el intercambio comercial con Irán tampoco es relevante para nuestro país: el comercio bilateral del último año se mantuvo en torno a los 450 millones de dólares, un 0,77% del total de exportaciones de nuestro país. Bajo el esquema agroexportador clásico, casi la totalidad de las ventas argentinas se han centrado en la soja y sus derivados (harina, pellets), aceites y cereales. Por su parte, Irán solo le exportó 5 millones de dólares a la Argentina en el 2019: se destacan aquí los plásticos y una variedad de frutos secos. En tanto a las inversiones bilaterales, las mismas son prácticamente nulas; solo pensar que la Inversión Extranjera Directa mundial iraní promedió anualmente los 2.500 millones de dólares durante el corriente siglo, implica que para la Argentina solo quedan las migajas. No suena tampoco ilógico: en los últimos 15 años casi no ha habido visitas bilaterales de delegaciones comerciales de relevancia, a lo que se adiciona las dificultades financieras y de pago derivadas de las sanciones impuestas contra el régimen persa.

Como contraparte, el sector financiero si se ha visto afectado. La salida de los capitales de los mercados emergentes comenzó a impactar negativamente en los valores de nuestros títulos públicos, con incrementos en el riesgo país, y bajas significativas en la cotización de los ADR de empresas argentinas listadas en Nueva York (lógicamente las energéticas y aerolíneas argentinas han estado entre las más afectadas los primeros días).

El otro punto débil es el hidrocarburífero. Cuando asumió el nuevo gobierno en nuestro país, desde el sector petrolero mencionaban que el atraso tarifario rondaba entre un 10% y 15% con un barril a 60USD. Un atraso que se incrementó al día de hoy, donde el Brent ya se encuentra en torno a los 70USD. Igual y tal como sabemos, en Argentina la teoría nunca se traslada a la práctica. Al menos de manera proporcional. Con los precios de combustibles prácticamente congelados, la inflación promedio en nuestro país fue del 4% mensual en el último semestre de 2019. Desequilibrios macroeconómicos y monopolios formadores de precios domésticos, sería la conclusión preocupante. Por ello, el incremento del crudo a nivel internacional, solo implicaría echar más nafta al fuego.

En definitiva, cuando la externalidad macro es tan potente, poco se puede incidir siendo un ‘país medio’ con enormes dificultades intrínsecas; solo se puede actuar proactiva y cautelosamente para paliar la situación. Ya bastante complicado es lidiar con la negociación de la deuda con el FMI/Trump luego del asilo a Evo Morales y la ambivalencia diplomática ante Maduro; por ende, en el corto plazo solo queda lidiar con las consecuencias: contener los precios del surtidor y mostrar ‘una argentina cumplidora – se han pagado al día de hoy las obligaciones previstas en materia de deuda, como el  bono Centenario (AC17) por unos u$s100 millones – y en modo crecimiento’, para que los activos no se continúen devaluando. No mucho más en apenas un mes de mandato.

Luego solo queda esperar, siendo lo más diplomáticamente correctos y sin hacer declaraciones altisonantes a favor de una u otra posición. Porque lamentablemente, y más allá de los daños y las dolorosas muertes de seres humanos, las derivaciones para nuestro país difícilmente tengan alguna vertiente positiva. En un momento en el que necesitamos justamente apaciguar las variables y generar un contexto normalizador, la inestabilidad e incertidumbre solo generan obstáculos para con el poder mostrar y llevar adelante un proyecto superador de largo plazo; ya sea tanto para los expectantes actores relevantes domésticos, como para los que esperan – más ansiosamente ante el actual contexto beligerante – los repagos financieros desde el exterior. Ojalá entonces que pase la tormenta lo más rápido posible y se pueda llevar a la práctica, con menor ruido externo, la nueva racionalidad de unas políticas económicas que demuestren verdaderamente un cambio de rumbo.

Irán, otro escenario donde se disputan las tensiones globales.

Pablo Kornblum para Ambito Financiero – 28 de Julio de 2019

https://www.ambito.com/iran-otro-escenario-donde-se-disputan-las-tensiones-globales-n5045043

Podemos afirmar que la detención del petrolero de bandera británica Stena Impero por parte de las Fuerzas Armadas Iraníes, es una mera anécdota. Como suele ocurrir en la historia de las relaciones inter-estatales, un hecho puntual, una pequeña llama disparadora, puede desatar una implosión sistémica. El ‘dilema de las jurisdicciones marítimas’ que hemos observado el último mes es simplemente una foto dentro de la dinámica de hostilidad (así lo considera el régimen persa), que lleva adelante Occidente contra sus intereses, su tradición, su forma de vida.

La importancia del hecho radica en el involucramiento de los principales actores estatales. En cuanto al Reino Unido, aunque el mismo se haya posicionado contrariamente a la decisión unilateral de Washington de retirarse del acuerdo nuclear con Irán e imponer sanciones al régimen, intenta preservar a toda costa su ‘histórica relación especial’ con los Estados Unidos. El gobierno británico es hoy un boxeador golpeado que se encuentra a la defensiva en el último round, esperando que suene la chicharra para obtener un decoroso empate técnico que lo mantenga con la cabeza en alto para las próximas luchas post-Brexit. Ello se observa claramente en las vacilaciones y errores elocuentes: por un lado, nos encontramos con un Reino Unido que le pide un apoyo moral y ejecutivo a la OTAN; o sea, a los mismos (¿ex?) aliados europeos Alemania y Francia, con los que convive en una eterna y tensa disputa por el Brexit. Y para continuar embarrando la cancha – sin algún sentido para la lógica iraní – los servicios de inteligencia británicos han acusado a Moscú de ayudar a Teherán a falsificar la señal GPS para apresar su buque, a lo que agregaron que “el Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica y la inteligencia rusa han colaborado de forma muy estrecha en Siria, protegiendo y promoviendo sus intereses”. No solo no han descubierto nada, sino que tampoco han generado un aporte que provea algún tipo de solución al conflicto.

Evidentemente cualquier Estado – incluido una histórica potencia económica, política y militar como el Reino Unido -, que se encuentra viviendo un enorme desorden interno que concluirá, indefectiblemente, en diversos cambios estructurales que afectarán a la mayor parte de su ciudadanía, no puede atravesar nunca un complejo escenario diplomático y salir indemne. Cohesión doméstica para enfrentar el mundo, se diría. Así lo demuestra el apuro en la reciente confirmación de Boris Johnson como Primer Ministro para desarrollar, al menos, ‘cierto orden’ institucional que le permita al gobierno británico enfrentarse a los actuales dilemas regionales y globales.

En tanto a su partenaire, como suele ocurrir (casi) siempre, el ‘bombardeo’ económico es el que más le duele. Las sanciones estadounidenses, esgrimiendo el tan mentado poder nuclear iraní, han hecho mella en un histórico enemigo miembro de su denominado ‘eje del mal’. Sin embargo, y más allá de lo justificado o no de la finalidad de Donald Trump, su lectura sobre el potencial escenario de conflicto podría encontrar ciertos limitantes si se entiende la historia, cultura y religión del Estado persa.

En este sentido, cabe destacar que desde la revolución del año 1979, el Estado iraní ha adoptado la forma de República Islámica; donde el Líder Supremo de índole religioso, el ayatolá Alí Jamenei desde el año 1989, no solo es responsable de la delineación y la supervisión de las políticas generales del Estado (por lo que se encuentra por encima del presidente, Hasán Rohaní), sino que además es el Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, y controla las operaciones de inteligencia y la seguridad del estado.

Es por ello que a sabiendas del diferencial de poder estadounidense (el gasto en defensa iraní – unos 18.000 millones de dólares anuales – es 40 veces inferior al de Estados Unidos), Irán, una potencia media en términos militares, no ha temido ni rehusado nunca a una lucha que excede los objetivos de poder y riqueza. Irak, Israel, Arabia Saudita han sido testigo de ello. En este sentido, la Guardia Islámica Revolucionaria (Pasdaram), la milicia religiosa (Basij), los aviones de combate o las rápidas embarcaciones de la armada persa, no dudan en lanzarse con fervor a todo tipo de acciones asimétricas, incluso kamikazes. Más aún, una potencial reacción agresiva de occidente no quedaría relegada a su propio territorio: el gobierno iraní ya intenta extender el conflicto a otros países en los que cuenta con el apoyo de amplias poblaciones chiíes: los hutíes en Yemen, los hazaras en Afganistán, el 60% de la población iraquí, los alauíes en Siria, el propio Hezbolá en El Líbano, la amplia mayoría chií en el estratégico Bahréin, además de la diáspora iraní en el mundo. E incluso se podría movilizar a la minoría chií (alrededor del 5% de la población) que vive en Arabia Saudita, sin olvidar el soporte que puede aportar Hamas, organización que, a pesar de ser suní, podría sentirse obligada a devolver el favor de haber estado alimentada de recursos económicos y militares iraníes durante años.

Cuando días atrás la Guardia Revolucionaria Islámica derribó el avión estadounidense no tripulado a principios de mes, envió un mensaje claro para los Estados Unidos: “las fronteras de Irán son ‘la línea roja’”, emitió en un comunicado la Cancillería persa. A pesar de este hecho puntual, y al que se le adiciona el conflicto nuclear, el gobierno estadounidense continúa con su retórica agresiva pero vacía en términos de una real ejecución. Luego de las amenazas inconclusas a Corea del Norte y Venezuela, el derribo del dron conllevó a una nueva amenaza bélica de Trump vía Twitter – como lo suele hacer -; sin embargo, el mismo mandatario suspendió los ataques aéreos de represalia apenas minutos antes de que debiera comenzar la acción.

Como contraparte, continúa insistiendo con las sanciones económicas – una política exterior más que recurrente en la historia estadounidense -, a través del fin del otorgamiento de exenciones a los compradores de petróleo o del obstaculizar las exportaciones a proveedores del Estado persa, entre otros; ello ha mellado en el valor del rial, su moneda, la caída de las inversiones, y en la escases para con el abastecimiento de productos básicos para su población. En definitiva, el objetivo último de la Casa Blanca pareciera ser que Irán colapse económicamente en poco tiempo y se genere algún tipo de subversión interna que deponga al Gobierno actual. Sin embargo, la reciente condena a muerte de la mayoría de los 17 agentes que supuestamente trabajaban para la CIA en áreas e industrias estratégicas, todos ciudadanos iraníes, nos muestra cuán lejano estamos de ello.

Como contraparte, Irán cuenta con el apoyo explícito de Rusia e implícito de China, en esta lógica actual de bipolarización geopolítica desde la asunción del actual mandatario estadounidense. En cuanto al primero, Moscú ya mostró su poderío e influencia en un espacio geográfico adyacente, como lo es Siria, e hizo frente a las ambiciones de Washington. Y lo hará en cada zona de influencia donde se encuentre geopolíticamente inmerso en un escenario que involucre a la OTAN y su estrategia misilística, en contraposición a la visión de Europa Occidental que sostiene que debe dar respuesta a lo que denominan un ‘agresivo’ avance del gobierno de Vladimir Putin en las áreas de influencia de la ex Unión Soviética.

China, por su parte, no solo es el principal importador del petróleo iraní, sino que el interés de Xi Jimping se enmarca en un contexto más amplio que implica el acceso al mediterráneo – y consecuentemente al mercado europeo -, bajo una serie de acuerdos y proyectos que se están concretando a través de la ‘nueva ruta de la seda’: ya sea tanto ferroviarios como portuarios, viales o fluviales – con sus diversas ramificaciones en diversas áreas económicas -, Beijing reconoce a Teherán como un aliado clave en su lógica multiplicadora.

Más aún, podemos decir que Irán es un aliado que, dada sus posición geográfica y sus capacidades hidrocarburíferas, cumple un rol de relevancia como articulador en una lógica tripartita. En este sentido, la histórica firma del acuerdo de suministro de gas ruso a China del año 2015 que involucró inversiones por 400.000 millones de dólares – luego de las sanciones Occidentales a Rusia por Crimea -, contó con la presencia de Rohani; cuyo gobierno, a partir de ese momento, también entró en conversaciones, convenios y contratos con empresas del gigante asiático para trabajar juntos; no sólo en la venta de gas y petróleo, sino también en el financiamiento de proyectos de explotación y exploración de hidrocarburos, junto con la construcción de puertos y ferrocarriles que le den soporte al gasoducto.

Finalmente, y dado el escenario descripto, lo que podemos afirmar es que Irán se ha negado a negociar mientras se encuentre bajo las actuales sanciones impuestas; más aún, redobló la apuesta y amenazó con elevar la pureza del enriquecimiento de uranio más allá del límite de 3,67%, acordado en el firma del año 2015, y cuyo fin era evitar que el Estado persa produzca material con fines militares. En el medio de los cruces, contrapuntos y ambigüedades, lo único que podemos afirmar al día de hoy es que, mientras algunos se preguntan hasta donde puede escalar este conflicto con ribetes que involucran peligrosamente a alta política global, Abbas Mousavi, portavoz del ministerio de Exteriores de Irán, dejó en claro la posición presente y futura de su país. ¿Hay realmente alguna sanción que Estados Unidos no haya impuesto ya contra nuestro país y nuestro pueblo en los últimos 40 años?, sostuvo en una reciente conferencia de prensa; para luego, repreguntarse con serenidad, “Y, ¿qué han conseguido?”.

Alta tensión en el Estrecho de Ormuz entre EE.UU. e Irán

Entrevista en Radio Jai a Pablo Kornblum, sobre la crisis política entre EEUU e Irán.

https://www.radiojai.com/rj/noticom.php?cod=MjQxNjkxNA==

JAI – El analista internacional Pablo Kornblum analizó la situación política de medio oriente tras el derribo de un drone norteamericano por parte del ejercito Iraní, lo que provoco que Trump decidiera un ataque selectivo como respuesta, el cual fue cancelado finalmente en el último momento, con los aviones ya en el aire y los buques en posición por considerar que seria “desmedido”.

El Estrecho de Ormuz es la única vía para mover petróleo desde el Golfo Pérsico al resto de los océanos. Por ese motivo, cualquier amenaza sobre el área podría afectar al mercado del petróleo. Allí pasa el 20% del crudo mundial por lo tanto es una zona geoestratégicamente importante.

Kornblum señaló que el conflicto entre EE.UU. e Irán se debe a una tensión por temas nucleares e intereses económicos: “La cuestión `economisista´ es fundamental. Cuando Trump asumió en 2015 salió del acuerdo bilateral y aplicó sanciones económicas a Irán como modo de presionar al gobierno iraní por no estar cumpliendo con los puntos nucleares y continuar enriqueciendo uranio”. Mientras tanto, Irán remarcó que ellos “estamos cumpliendo y lo hemos probado por lo tanto vamos a seguir igual”, por lo tanto, EEUU miente. De este modo, están los intereses iraníes como uno de los principales productores de petróleo del mundo de soberanía sobre el estrecho de Ormuz, controlando ese 20% de trafico de crudo que pasa por allí.

“Hay que recordar que esto remonta desde la época de Obama en que Irán fue considerado como parte del llamado “eje del mal”, rememoró Kornblum.

Respecto al derribo del drone, lo que ocasiono la creciente tensión entre ambos países el analista internacional dio su visión: “Es raro que Irán haya derribado un drone que este en aguas internacionales y sobretodo uno norteamericano. Probablemente, el drone haya intentado ingresar a territorio iraní pensando en que no lo iban a detectar, pero así fue y lo derribaron”. Es cierto que nunca se sabrá la realidad porque, como Kornblum argumenta, “ambas partes van a dar sus versiones, por ende, lo que importa, es lo que ocurrirá a futuro. Si continuara la posición beligerante de EEUU con Irán o no”.

Respecto al futuro el analista mantiene una posición escéptica respecto al inicio de un conflicto bélico: “Trump ha tenido siempre discursos beligerantes, pero no ha avanzado. Tampoco creo Irán vaya a avanzar mucho más”.

Por otro lado, en caso de iniciarse una guerra, al análisis no debería ir sobre quien es más poderoso (claramente EE.UU. lo es), sino en los apoyos que podría tener Irán en cuanto a guerras de guerrillas o grupos insurgentes sobre avances territoriales y a su vez el apoyo internacional de países como Rusia quien ya ha dicho que este enfrentamiento no conduce a nada.

Finalmente, Pablo Kornblum consideró qué de ocurrir el conflicto bélico, Israel debería mantenerse al margen mientras EE.UU. intenta convencer al mundo de que la situación bélica se da por un peligro real.

Una vez más, un Trump impredecible en la relación con Méjico

Publicado en Ámbito Financiero, el 05 de Junio de 2019

https://www.ambito.com/una-vez-mas-un-trump-impredecible-la-relacion-mexico-n5035415

“Los problemas sociales no se resuelven con impuestos o medidas coercitivas”, le respondió el presidente de Méjico, Andrés Manuel López Obrador, a su par estadounidense Donald Trump. Su racionalidad es lógica: la desigual estructura económica centroamericana, la violencia social y política, la corrupción endémica, la falta de oportunidades educativas y los obstáculos de acceso a un sistema financiero concentrado, son algunas de las razones que potencian el círculo vicioso de la pobreza del que millones de pre-migrantes no pueden escapar. Resulta evidente que el establecimiento de un impuesto incremental mensual del 5% a todas las exportaciones mejicanas – hasta llegar al 25% el próximo mes de Octubre – no calmarán sus ansias de una vida mejor. Y es muy probable que López Obrador tampoco pueda – ni quiera -, realizar cambios estructurales para eliminar de raíz la inmigración ilegal.

Trump lo sabe, pero lo que realmente le interesa es ‘matar varios pájaros de un tiro’. Por un lado, el tener una discursiva beligerante ante un Estado inepto o “fallido”, le permite no solo desligar sus responsabilidades, sino también intentar hacer olvidar, por lo menos mientras pueda, las imágenes de niños inmigrantes encerrados en jaulas. Bajo su concepción, seguramente habrá pensado en un potencial efecto disuasivo que denote poder, y no en la demostración de sus miserias más oscuras; por supuesto, es más sencillo propiciar la mano dura con familias desvalídas, que avanzar militarmente en Siria, Ucrania, Venezuela o Corea del Norte con Putin o Xi en la vereda de enfrente.

A su vez, el discurso anti-extranjero que enmascara los desaciertos propios también se fortalece al analizar la balanza comercial y de cuenta corriente bilateral con Méjico. Con remesas que han rondado los 30.000 millones de dólares en la última década, y un déficit comercial en torno a los 80.000 millones de dólares el año pasado, esta ‘fuga financiera’ se torna intolerable para la altisonante y ya clásica frase de campaña ‘Make America Great Again’. Por supuesto, no menciona – u mejor dicho oculta – los efectos multiplicados positivos que impactan fuertemente en el mercado interno estadounidense dada la alta propensión marginal al consumo de los inmigrantes. Menos aún lo que ocurre fronteras afuera, resaltando a las remesas como una fuente fundamental de ingresos externos para muchos países de la región, con derivaciones directas para con la mejora en la calidad de vida de millones de familias centroamericanas. Lo que a su vez podría redundar en un beneficio propio para los Estados Unidos, ante una menor tasa de emigración.

Finalmente, la mayor violencia verbal derivada de las problemáticas económicas y financieras globales de las últimas décadas, las cuales se han traducido en sostenidos corrimientos hacia los extremos ideológicos, le ha habilitado a Trump una discursiva potente para arengar a sus votantes, sosteniendo que Méjico es un país “abusador” de los Estados Unidos. Se podría decir que es un ‘extraño abusador’, ya que con su vecino del sur ha firmado un nuevo Tratado de Libre Comercio, junto con Canadá, hace escasos ocho meses. Es por ello que podemos dilucidar que la problemática per se no es lo importante: la clave en lógica ‘trumpteana’ es viralizar una palabra con una fuerte connotación social – con reminiscencias en clave de ‘violación’ u otras atrocidades -, entre aquellos trabajadores no calificados estadounidenses que observan con recelo a los inmigrantes ante una situación de competencia laboral desigual.
Toda esta situación, que entremezcla conceptos, selecciona variables de análisis según conveniencia, y muestra permanentes contradicciones, lo único que ha provocado es que el resto de los actores estatales le ‘tomen el tiempo’ a Trump. Con una credibilidad que decrece proporcionalmente ante cada declaración altisonante en tono de ‘factor sorpresa’, López Obrador le respondió con el mismo discurso agresivo: “no me falta valor, ni soy cobarde”, fueron sus primeras palabras luego de enterarse de la novedosa política arancelaria estadounidense. Luego le ha intentado explicar a su homólogo norteamericano, muy didácticamente, que el impuesto adicional lo terminaría pagando el consumidor estadounidense, que si Méjico responde con medidas similares los Estados agrícolas estadounidenses – una de las bases electorales de Trump – serían fuertemente afectados en términos financieros, como así también que habría profundas pérdidas económicas por el incremento de los costos de muchas industrias que tienen cadenas de suministro establecidas en Méjico. Y sin expresarlo taxativamente, también sabe que una gran cantidad de empresarios estadounidenses, que se encuentran siempre ávidos de utilizar la mano de obra barata y laboriosa inmigrante, no estarían muy conformes con una disminución sostenida de la inmigración centroamericana.

Es interesante como este escenario economico descripto desnuda una ‘estuctura economica desigual’ – tal cual reflotaría algun teórico estructuralista latinoamericano -, con una economia que comulga sectores industriales y de servicios fuertemente tecnologizados, conviviendo con otros más atrasados que requieren mano de obra de bajo costo, como son la agricultura, la pesca, la construcción, o la manufactura. Estos sectores más subdesarrollados, los cuales se intentan permanentemente minimizar en los países con mejor calidad de vida, todavía tienen relevancia en la principal potencia económica del mundo: su necesidad de evitar la dependencia bajo el ala del autoabastecimiento, el poder competir en todos los sectores económicos a nivel internacional, y el continuar siendo el motor de acumulación de capital global, son parte del ‘deber ser’ estadounidense para lidiar con las potencias desafiantes en este siglo XXI, China y Rusia.

Este escenario es bien sabido al sur del Rio Bravo. Por ende, mientras los gobiernos centroamericanos solo especulan con la ingente recepción de remesas y sue?an con la hipoteticamente teórica disminución proporcional del gasto público en relacion a cada emigrante que parte, el ciudadano de a pie, quien ha perdido su convicción en la capacidad gubernamental de lograr el objetivo primordial de proveer un decente bienestar económico, encuentra en la emigración una salvación a su vida. En el Estado mejicano de Guerrero hay un dicho muy común entre la población, que sostiene que “Si eres estúpido y no tienes suerte, te quedas atrapado en Méjico haciendo tareas agrícolas o trabajando en las maquilas, donde apenas te alcanza para comer. Si eres estúpido, pero suertudo, te incorporas a la policía. Si no eres listo, te vas con los narcos. Y si eres listo, cruzas la frontera y llegas a Estados Unidos”.

En definitiva, una vez más los ciudadanos más necesitados se han convertido en la variable de ajuste en ambos lados de la frontera; bajo un paradigma en donde las hipótesis de conflictos intra e interestatales poseen fuertes componentes histórico-culturales, políticos y sociológicos en términos de la comprensión ciudadana y la manipulación política. Ahora le toca el turno a la política arancelaria, la cual desdeña una solución racional y ética, pero pone sobre el tapete una puja de intereses socio-económicos y productivos con resultados macro y microeconómicos ambivalentes de largo plazo. Y aunque las ganancias obtenidas luego de las disputas entre los diversos actores terminarán siendo los grandes temas de discusión y análisis de los medios de comunicación más relevantes, lo único certero es que los desprotegidos y pauperizados inmigrantes continuarán siendo los grandes perdedores de esta disputa inter-estatal.

Estados Unidos-China: Una historia que puede explicar el futuro

Por Pablo Kornblum para el Diario Ámbito Financiero

La guerra del opio contra los británicos o la invasión japonesa a Manchuria no pasaron desapercibidos en la historia china; desde 1949, el gigante asiático se perjuró nunca más encontrarse subyugado ante el enemigo foráneo. Ello debe quedar claro: China no representa solamente un modelo económico socialista que utiliza las herramientas del capitalismo para alcanzar sus objetivos de desarrollo y prosperidad. China es mucho más.

El gigante asiático ha jugado siempre de la misma manera desde su apertura económica a fines de los años 1970’: responder al mundo con lo que mejor tiene y, en paralelo, ser consecuente con su fin. Nadie puede negar que, a nivel comercial, haya sido el principal proveedor de bienes del mundo en las últimas décadas. También el mayor comprador. En el mientras tanto, no ha hecho nada diferente de lo realizado por el resto de las principales potencias que aspiraron a dominar el planeta en la historia moderna: sus políticas se pueden ver reflejadas en la producción en masa británica durante las revoluciones industriales, la innovación alemana que le permitió una supremacía militar para atravesar las ‘grandes guerras’, la carrera espacial soviética, o la globalización tecnológica con rostro estadounidense de la segunda mitad del Siglo XX. China tiene un poco de todo ello, visualizado en las patentes, los desarrollos en telecomunicaciones, el fortalecimiento de su aparato militar, o el avance satelital. Con una potente proyección exógena, que se complementa con una lógica endógena al servicio del país.

Es por ello que las palabras altisonantes de Trump para castigar los negocios de las empresas chinas no hacen mella en el gigante asiático. Explotar vulnerabilidades, realizar actos maliciosos o desarrollar un sofisticado sistema de espionaje, son parte de una retórica que no dará resultado. Por ‘las malas’, China no modificará sus políticas de Estado. Pero el presidente de los Estados Unidos tiene su racionalidad: por las buenas tampoco se ha logrado perforar la senda de crecimiento político, económico y militar chino. Los ejemplos sobran en el corriente siglo: desde los pedidos de Bush hijo para que cesen las políticas de Dumping, los requerimientos de Obama para lograr una revaluación del Yuan, o las mismas presiones de Trump para que se terminen los subsidios a los conglomerados corporativos ‘campeones nacionales’ por parte del gobierno. Nada ha dado resultado. Solo tibios cambios marginales que no han frenado las aspiraciones chinas.

Más aún, para China, deshacerse en cualquier momento de los 1.189 billones de dólares en bonos del tesoro estadounidense, fortalecer medidas de control burocrático a los flujos comerciales, o jugar con el tipo de cambio a su antojo, son solo herramientas accesorias para ser utilizadas, solo en caso de ser estrictamente necesario, para sopesar una coyuntura financiera desfavorable provocada por el adversario norteamericano. Nada más que eso. En este contexto, y mientras Estados Unidos busca mantener su preeminencia bajo la permanente presión de la coyuntura económica internacional, China ha comenzado un sendero de crecimiento que solo finalizará cuando logre ser la gran superpotencia global dominante que pueda abastecerse de todos los recursos necesarios para que su población posea una digna calidad de vida. O por lo menos ese es el discurso del Partido para transitar, junto al ‘hombre nuevo’, el camino hacia un comunismo pleno.
Por ahora, el pragmatismo que impera en Beijing apunta a alcanzar la autosuficiencia tecnológica del 70% de los componentes y materiales claves para el año 2025. Por ello no reniega de la “cortina de hierro tecnológica”: por ejemplo, los BATX (Baidu, Alibaba, Tencent, Xiaomi), aprovechando la prohibición de todas las redes sociales y de motores de búsqueda extranjeros, reemplazan en China a los GAFA (Google, Apple, Facebook, Amazon). Y a su vez, el gigante asiático intenta seducir a los países participantes de la Nueva Ruta de la Seda para convencerlos que utilicen su tecnología. En este sentido, el caso de Huawei es emblemático: con su red 5G intercontinental tienen planeado crear más de ocho millones de empleos en China para el año 2030. Por lo tanto, que mejor discursivo anti-estadounidense que presentar las interpelaciones de Occidente al gigante de las telecomunicaciones chino como un obstáculo al derecho a “desarrollarse y prosperar”.

Más aún, Trump hace caso omiso a un escenario Win-Win, donde bien sabe que Huawei destina un tercio de su presupuesto anual de 11.000 millones de dólares a comprar componentes estadounidenses. La realidad es que las luminarias del dilema estadounidense se centran en las 4024 solicitudes de patentes presentadas internacionalmente por Huawei durante el año pasado, convirtiéndola en la más innovadora corporación a nivel global. En las sombras, lo que realmente le preocupa es su ‘necesaria cooperación’ – obligada para todas las compañías chinas por ley desde el año 2017 – con los servicios de inteligencia del país. No es por nada que los halcones de Washington ya han exigido, por esta o y otras razones, que China tenga flexibilidad para modificar su legislación. A una propuesta utópica, una respuesta distópica por parte del gobierno chino: no aceptarán de ningún modo una injerencia en los asuntos internos ni en las políticas de Estado dictaminadas desde Beijing.

Será que entonces la conveniencia del gobierno de los Estados Unidos se encuentre, por un lado, en continuar aprovechando, con mucho cuidado y regulación, los beneplácitos de los intercambios comerciales y financieros que les provee una globalización bajo el formato que ellos han creado décadas atrás. Para las injusticias inter-estatales, tanto por izquierda como por derecha, siempre existe el dialogo, el consenso sobre la determinación de los precios, el financiamiento, las mejoras de productividad, las posibilidad de exportar a escala, etc.

Pero por otro lado, al mismo tiempo y tal como lo hace China, Estados Unidos deberá continuar desarrollando y potenciando – con igual o mayor velocidad que su oponente – la carrera tecnológica civil y militar; simplemente para que cuando la escasez de recursos o un dilema geopolítico de gravedad se tornen inmanejables, los encuentre lo suficientemente preparados para enfrentar un potencial deshielo de esta nueva ‘guerra fría’. Porque la posición china es y será clara, y se puede resumir en una frase: “Negociar, seguro. Luchar, en cualquier momento. Intimidarnos, ni en sueños”.

Estados Unidos – China y una guerra que excede lo comercial

Pablo Kornblum para Ambito Financiero, 9 de Mayo de 2019.

https://www.ambito.com/eeuu-china-y-una-guerra-que-excede-lo-comercial-n5030571

El presidente Trump ha dejado en evidencia que no soporta la paciencia confuciana de uno de sus contendientes en esta guerra fría tripartita (el otro es Rusia). Tiene su lógica: la lentitud de los cambios estructurales que promueve china tiene relación con su objetivo de mantener el statu-quo económico – claramente favorable para los asiáticos -, hasta que se encuentren dadas las condiciones científico-tecnológicas y militares adecuadas para avanzar geopolíticamente con la fortaleza suficiente de su músculo bélico; aquel que le permita torcerle definitivamente el brazo a los Estados Unidos.

Es por ello que Beijing ha decidido aminorar el golpe de un juego del cual se ve perdedor, por lo menos en el corto plazo, adoptando medidas de ‘buena voluntad’: la baja de aranceles a los vehículos importados, la reanudación de la compra de soja, el no devaluar el Yuan, o la presentación de un proyecto de ley para prohibir la transferencia forzada de tecnología, se encuentran entre los más destacados. El as en la manga quedará para más adelante y solo en caso de que sea necesario utilizarlo: China es el principal tenedor de bonos de deuda estadounidense, lo que implica que puede movilizar Wall Street y el resto de los mercados globales con meros movimientos premeditados de compra/venta.

Sin embargo, Trump apuesta a algunos datos económicos, tal cual lo sentenciaba su antecesor Clinton, para reforzar su apuesta arancelaria. Él sostiene que la tendencia creciente del PBI (+2,9% en 2018), la desocupación más baja en décadas (3,8%), apropiados niveles de inflación (2,4%), y la estabilidad de los fundamentos macroeconómicos, entre otros, en gran parte se deben a sus políticas de agresivo proteccionismo. A pesar de que hay cierta veracidad en su declamación, que por supuesto tiene aristas más variadas y complejas, sus palabras son una herramienta potente para fidelizar al electorado con vistas a las elecciones presidenciales del año entrante.

Con tres líneas discursivas precisas sostiene un ‘enemigo’ para una sociedad que, mayoritariamente, acepta fervientemente la dicotómica pelea entre el bien y el mal. Los 500.000 millones de dólares al año de déficit comercial, el ‘robo’ de la propiedad intelectual, o el subsidio a las empresas estatales son hechos fácticos que no se le pueden discutir a Trump. Más aún, la ‘demonización’ china es el verdadero valor agregado: el déficit comercial es sinónimo de falta de trabajo y pobreza estadounidense, el robo tecnológico le brinda a China un diferencial en una potencial guerra a futuro, y las políticas de control gubernamental son un sinónimo de comunismo avasallante.

Por su parte, las críticas de los neoliberales, las que entre otras cuestiones afirman que los consumidores estadounidenses van a terminar pagando más caros los productos, a Trump le tienen sin cuidado: desde Washington responden que los movimientos tendrían un ‘dolor a corto plazo’, pero la situación cambiaria positivamente a futuro. El BREXIT es un ejemplo de ello: el gran susto que promovió el liderazgo europeo y los mercados, con el soporte de los principales medios de comunicación, no hizo mella en una transición hasta el momento ordenada. La historia ha demostrado que los países no quiebran, que las economías se acomodan – el Reino Unido ya se encuentra realizando acuerdos comerciales y financieros con terceros actores -, y que lo realmente importante es la solidez técnica y moral de las instituciones gubernamentales.

¿Por qué entonces, por ejemplo, no esperar de encontrar otros proveedores u otros mercados del sudeste asiático, donde se pueda terciarizar la producción y realizar los negocios que se pierden con China? Es razonable que siempre existan costos; más aún que los procesos de adaptación lleven tiempo. Pero no es nada que no se pueda solucionar. Mientras tanto y para contrarrestar este potencial escenario, Xi prometió la “abolición de las reglamentaciones, subvenciones y prácticas no justificadas que alteran la competencia y los mercados”. Aquellos que abrazó desde que China instauró el ‘socialismo de mercado’ en la década de 1980’, y terminó de afianzarlos en el año 2001 cuando, con su membrecía, aceptó cumplir con las regulaciones impuestas por la Organización Mundial de Comercio.

Está claro que la ingenuidad de Xi es meramente especulativa: solo espera, con calma y entereza, que amaine una tormenta que tiene varios frentes (como la extradición pedida por los Estados Unidos para la directora de Huawei en Canadá; o mismo los roces con la Marina de Guerra estadounidense en el Mar del Sur de China), para luego, cuando el politburó lo considere oportuno, poder retomar la iniciativa y continuar sus planes de crecimiento y desarrollo, hasta convertirse en la principal potencia económica, política y militar del mundo.

Disputa comercial entre los ESTADO UNIDOS Y CHINA

Por Pablo Kornblum para la Revista Mundo Plural – Agosto 2018

https://www.yumpu.com/es/document/view/62008278/revista-agosto-2018/98

“Las guerras comerciales son buenas y fáciles de ganar”, dijo el pasado 2 de marzo el presidente de los ESTADOS UNIDOS, DONALD TRUMP. Bajo una lógica proteccionista y el lema “ESTADOS UNIDOS primero”, el país norteamericano introdujo aranceles del 25% y el 10% a las importaciones — valuadas en 60.000 millones de dólares — de más de 100 tipos de bienes procedentes de CHINA (especialmente acero y aluminio).

Esta lista incluirá productos de los sectores que fueron calificados de estratégicos en el plan del desarrollo de CHINA ‘Made in China 2025′ (Producido en CHINA 2025), como la industria aeroespacial, las tecnologías de información y la maquinaria.

El punto central que sostiene los ESTADOS UNIDOS es que la economía CHINA le genera el 75% del déficit comercial. “Estados Unidos tiene un déficit fuera de control” en su comercio con CHINA, y corregirlo es, acaso, la principal razón por la que fui elegido”, sentenció el mandatario estadounidense.

El otro punto clave es la disputa en el área de la competencia tecnológica, en la cual ESTADOS UNIDOS denuncia masivas violaciones a la propiedad intelectual por parte de empresas chinas. Cabe destacar que el gobierno chino obliga a que las empresas que deseen operar un su mercado compartan la tecnología con sus socios locales.

Además sostiene que los aranceles son una especie de castigo a CHINA por “robar” los avances tecnológicos estadounidenses: por ende, el imponer restricciones a la importación también tiene su basamento en la “seguridad nacional”.

CHINA, por su parte, aplicó represalias comerciales e impuso aranceles a un conjunto de 128 productos estadounidenses; lo cual afectaría a las exportaciones hacia el país asiático en 3.000 millones de dólares.

Por un lado, un total de 120 impuestos que involucran 977 millones de dólares, abarca a las frutas frescas, los frutos secos y nueces, además de vinos, etanol modificado, ginseng americano y tubos de acero sin soldadura. A todos ellos se les impondrá un arancel del 15%. Por otro lado, un total de 8 impuestos que involucran 1.992 millones de dólares, serán incluidos para con la carne de cerdo y sus subproductos, el aluminio reciclado y otros subproductos de su cadena. Para estos últimos el arancel será del 25%.
Por el momento, las medidas impuestas por el gigante asiático tienen un carácter más simbólico que real. Las sanciones que CHINA dictaminó cubren solamente algo más del 2% de los 140 mil millones de dólares de bienes y servicios que CHINA importa de ESTADOS UNIDOS.
Por otro lado, la propia medida de ESTADOS UNIDOS no hará tambalear la economía china ni tampoco logrará reducir el abultado déficit comercial estadounidense frente al gigante asiático, situado en 375.000 millones de dólares.
En este sentido, China depende menos de su balanza comercial superavitaria para impulsar su crecimiento económico que hace una década (0,1% en promedio en 2015-2017) que hace 10 años (3,4% en promedio en 2005-2007).
Sin embargo, CHINA sostiene enfáticamente que sus intereses fueron “gravemente dañados” y urgió a los ESTADOS UNIDOS a dar marcha atrás en sus medidas que, según CHINA, violan las propias normas de la Organización Mundial de Comercio (OMC), donde ambos Estados son miembros y sostienen que el Organismo es fundamental para las fluidas y positivas relaciones económicas entre países.

Por todo lo expuesto, se puede mencionar que las medidas de TRUMP, más allá del corte económico, tienen su lógica política en el sentido de devolverle a su electorado más leal (del cual retiene su apoyo en contraposición de vastos sectores de la sociedad estadounidense) con políticas asertivas las promesas de campaña. En este sentido, la protección frente a las importaciones chinas – principalmente a sectores industriales como la producción de acero -, tiende a estar situada en términos productivos en la región centro-norte del país, la misma que se convirtió en el bastión electoral de TRUMP en las elecciones de 2016.

CHINA por su parte, redobla la apuesta con una política ‘espejo’ imponiendo medidas proteccionistas a productos estadounidenses como las nueces y el vino, producidas mayoritariamente en California, uno de los estados más influyentes y tal vez el núcleo de la oposición política a TRUMP. Como complemento, es probable que luego se centre en productos agrícolas o bienes intermedios que afecten especialmente a las zonas con ingentes cantidades de votantes del actual mandatario republicano.
Además CHINA ha sacado a la luz las propias falencias de la política endógena norteamericana, sosteniendo que las medidas proteccionistas estadounidenses perjudicaran a la ciudadanía. Por ejemplo, la industria automotriz sentirá al tener que comprar aluminio – que no produce en las cantidades requeridas – a precios más altos. Se estima que Washington tratará de escoger aquellos productos que repercutan menos en el bolsillo del consumidor o en la cadena de suministros de sus empresas; sin embargo ello es particularmente difícil debido a la naturaleza de las importaciones chinas.

Por otro lado la respuesta de CHINA ha sido discreta, lo que apunta a la posibilidad de que posteriormente aplique medidas más duras. CHINA, como el tercer exportador más grande del mundo, una de las mayores tasas de crecimiento y el principal poseedor de bonos del Tesoro de los ESTADOS UNIDOS – al controlar una quinta parte de su deuda pública por un valor de 1,17 billones de dólares -, es un actor relevante tanto para los ESTADOS UNIDOS, como para con el resto del mundo.

En caso de una escalada, los aranceles chinos podrían extenderse a la soja (en 2017 CHINA importó de ESTADOS UNIDOS soja por un valor de 14.600 millones de dólares), acusando de competencia desleal a los productores estadounidenses; o mismo limitar el número de estudiantes chinos en las universidades estadounidenses (superávit estadounidense de 38.500 millones de dólares) sosteniendo la necesidad para con la cultura y seguridad nacional de educarse en otros mercados; o sino el privar a las empresas estadounidenses del acceso a su mercado de contrataciones públicas valorado en 490.000 millones de dólares, afectando a empresas como Boeing y Cisco con la mera política de potenciar el financiamiento interno. Todo ello sería de gran afectación para con la economía estadounidense.

Finalmente, las guerras comerciales no siempre son positivas – solo en casos específicos y para ciertos sectores – y tampoco fáciles de ganar, ya que dependerá del poder relativo, las alianzas y las capacidades productivas. En el caso de las dos principales potencias económicas del mundo, con una alta interdependencia de ambos, puede conllevar a generar una escalada de tensión económica con efectos macroeconómicos adversos en escala.

Este incremento en las tensiones además generará, dada su importancia, un fuerte impacto en todo el escenario geoeconómico global – tanto en términos económicos como financieros -; con especial énfasis negativo en aquellos que promueven un escenario aperturista indiscriminado para atraer inversiones y adentrarse en diversos mercados para colocar sus productos y servicios.