Un dilema histórico estructural resucitado por los medios

http://www.acercandonaciones.com/news/un-dilema-historico-estructural-resucitado-por-los-medios.html

Aunque 366.402 personas llegaron a Europa por el Mediterráneo en lo que va del año (sin contar las 2800 que murieron durante la travesía), las problemáticas políticas, religiosas y económicas no son actuales. Es interesante entonces poner una vez más sobre el tapete la importancia de los medios de comunicación global y los intereses en juego dentro del sistema- mundo en que vivimos. Pero más importante aún, el destacar lo riesgoso para los que tienen verdadero poder decisorio el admitir y sacar a luz las causales del dilema migratorio; en lugar de trabajar sobre unas consecuencias que los exculpan.
En este sentido, la deuda colonial y poscolonial, económica y moral de las potencias, se entremezcla con Estados Fallidos y gobernantes más fallidos aún. En el medio, el gran negocio de la trata de personas, que mueve cerca de 10 mil millones de dólares al año. Contrabandistas, funcionarios policiales y aduaneros, y políticos de turno, todos detrás de una industria que crece al compás de la deuda socio-económica global.
Claramente se necesita un nuevo modo de comprender y hacer el mundo: los excluidos económicos, los que huyen de la guerra, los que no tienen voz; todos temas centrales que deben sentar las bases para generar un círculo virtuoso que verdaderamente ponga a la equidad y al ser humano como prioridad. Después se podrá discutir si el inmigrante es positivo o negativo en términos del cambio cultural (amplitud religiosa), económico (seguridad social), u otra temática de análisis que requiera un tratamiento puntual y puntilloso.
Sin embargo, lo importante para los que detentan la capacidad de cambiar la realidad pareciera ser justamente lo contrario: que las políticas marginales propuestas no impacten sobre el estatus-quo. Que los inmigrantes no alteren el equilibrio fiscal, como indicó la Canciller Alemana Ángela Merkel. O que el procedimiento de investigación de seguridad de los Estados Unidos se asegure que solo los refugiados desesperados —y no extremistas de grupos como ISIS— lleguen a suelo estadounidense. O la condición Polaca que todos los inmigrantes sean cristianos. En fin, no sea que el futuro sea radicalmente diferente al presente, aunque este deje mucho que desear.

La Europa que se viene: Entre las diferencias y la incertidumbre

Revista veintitres internacional - Enero 2011

http://www.elargentino.com/nota-123544-medios-140-Tiempo-de-cambios-en-la-Eurozona.html

Autor: Pablo Kornblum

Algunos desean entrar, otros tratan de encontrar la receta mágica para mantenerse en pie. La mayoría solo busca diferenciarse, mientras intentan disimular sus intereses encontrados. Parece extraño pero no lo es. Esto es la Eurozona hoy: realidades y objetivos nacionales diferenciados, en un marco de incertidumbres domésticas que se condicen con un contexto de desigualdades y puja de intereses crecientes. 

Comencemos con aquellos que quieren ser parte de la Eurozona. A partir del 1ro de Enero de este año, Estonia se convirtió en la primera república ex soviética que se unió al Euro. Para lograr la aceptación, el gobierno estonio aplicó en los últimos años duros planes de ajuste para cumplir con los criterios macroeconómicos exigidos por Bruselas (los cuales casi ningún país de la Eurozona cumple hoy en día). Para ello, el gobierno estonio despidió a miles de funcionarios y redujo los salarios del sector público un 10%. Además, retrasó la edad de jubilación de 63 a 65 años, subió el IVA del 18 al 20% y aprobó una reforma laboral que no grava el despido. Estas medidas han podido ser puestas en marcha como consecuencia de 18 años de un modelo neoliberal que ha arrasado cualquier atisbo de resistencia civil para con los derechos económicos garantizados (mínimos o insuficientes, pero seguros), obtenidos durante el período soviético.

Las cuentas públicas de Estonia ahora están saneadas: 1,7% de déficit público, 1,3% de inflación y 7,2% de deuda pública para un país que busca asimilarse a los modelos más desarrollados de los países nórdicos: economías centradas en las nuevas tecnologías y con foco en una especialización que derive en incrementos constantes de los saldos exportables. En este sentido, su ministro de Economía, Juhan Parts, reafirmó el mes pasado que la adhesión al euro conllevará muchas ventajas que se complementan con esta visión macro y microeconómica que persigue el gobierno estonio: “Nuestro comercio exterior se hace en un 80% con la UE. El mercado común es ventajoso para nosotros. Permite a las empresas estonias vender sus productos más fácilmente y crear empleos”.

Los bajos salarios domésticos, la estabilidad institucional occidental, y el padrinazgo que ofrecen los países más representativos del bloque cierran el círculo virtuoso de una economía que tiene mucho por ganar y poco que perder. Este contexto altamente positivo a simple vista, ha conllevado a que el imán de la europeización atraiga a otros Estados en situación similar: a pesar de sufrir los coletazos de la crisis europea, los gobiernos de sus vecinos Letones (disminución del salario promedio en un 8,3% y reducción de 3,5% del PBI en 2010) y Lituanos (18,3% de desempleo en 2010) también esperan con ansias lograr unirse al Euro en el 2014, sepultando en el recuerdo de los libros de historia sus pasados soviéticos.

Por otro lado, Alemania, padre y motor de la Unión, trata de ordenar y mantener a flote el  bastión en el que cimienta su poderío internacional. A diferencia de Estonia, que aplicó recetas neoliberales para lograr ser parte de la Europa desarrollada, Alemania recurrió, paradójicamente, a políticas opuestas para salir de la actual, inesperada para muchos, crisis del desarrollo. Sus empresas invirtieron durante la crisis para mejorar sus tecnologías y recurrieron a mecanismos como el “desempleo parcial” para no despedir a sus trabajadores, reduciendo en muchos casos la producción pero incentivando la formación continua de los asalariados. Además, la reducción de salarios estuvo siempre acompañada por una política gubernamental que pagaba la diferencia para complementar los ingresos de los trabajadores. En definitiva, el gobierno Alemán logró poner en marcha los amortiguadores necesarios para poder seguir adelante con las políticas económicas que tanto rédito le han dado en estas últimas décadas: el manejo del Euro, su capacidad de exportación de productos de alta gama ante una fuerte demanda de las potencias emergentes y su desarrollado mercado interno – la robusta demanda doméstica conllevo a que la tasa de desempleo bajará del 7,4% en 2009 al 6,8% del 2010 -. Esta situación le ha permitido, en medio de la fuerte tempestad económica que azota la región, cerrar el año 2010 con un crecimiento en su PBI del 3,4%, una tasa récord desde la reunificación alemana que empuja al conjunto de una Eurozona que se encuentra estancada en un crecimiento promedio en torno al 1%.

La situación de España y Portugal puede denominarse de una desesperación contradictoria: la dialéctica de pertenecer o no a la Eurozona parece depender de la coyuntura y la conveniencia política. Por un lado, el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero evitó un salvataje financiero por parte de la UE y el FMI, tal como ocurrió con Grecia e Irlanda. La solución, acudir a China como compradora masiva de bonos de la deuda pública española (ya se ha incrementado más de ocho veces en los últimos dos años, donde pasó de 5136 millones de euros en 2008 a 43.146 millones en la actualidad). Poco importó que durante la negociación apareciera el reclamo Chino para lograr el levantamiento del embargo de armas impuesto por Europa tras la represión del régimen a los sectores que se manifestaron en favor de la apertura democrática del país en 1989. Los derechos humanos universales, tan mentados por el gobierno socialista español, parecen haber pasado a segundo plano cuando los acreedores y los grupos concentrados de poder reclaman. Sin embargo, no solo es una cuestión de dignidad internacional: los derechos humanos del casi 20% de desocupados que hoy en día se encuentran totalmente excluidos del mercado laboral español, también están siendo vapuleados y tampoco parecen ser prioridad del gobierno socialista.

Hundido por una deuda estimada a fines de 2010 en 185.000 millones de dólares (83,3% del PBI), Portugal sufre también débiles perspectivas de crecimiento potenciadas por el severo plan de ajuste del gobierno para recortar el déficit al 4,6% del PBI en 2011. En este sentido, tampoco es probable que logre pagar sus obligaciones financieras y por lo tanto, los países más representativos de la eurozona, como Alemania  y Francia, han aumentado la presión para que solicite un rescate a la Unión Europea y al Fondo Monetario Internacional. Poco importa la situación del pueblo portugués: los referentes del bloque parece que solo desean que la crisis no se propague más allá del ámbito de los PIGS, aunque la decisión sea costosa. En la intimidad, la mayoría de los Estados Europeos entiende que contribuir con el propio capital los futuros planes de rescate, podría desbalancear sus cuentas públicas y promover la propia quiebra financiera. Aunque no sea de manifiesto público, pocos desean observar como la socialización de las ganancias no se asocia a una individualización de las pérdidas dentro del actual contexto macroeconómico de la Unión Europea.

Por lo pronto, la desconfianza de los inversores en la salud económica de Portugal continúa, donde la situación se ha traducido en que las tasas de las obligaciones de Estado a 10 años del país se hayan disparado hasta el 7,16% en los primeros días del año, un nivel nunca visto desde el ingreso de Lisboa en la eurozona. En este sentido, a pocos miembros del gobierno de José Sócrates parece importarle hipotecar a las próximas generaciones con las crecientes tasas de interés de la deuda soberana portuguesa.

Por último, la situación Italiana no es menos desesperante. A nivel macroeconómico, la Bolsa italiana tuvo una pérdida neta del 11,94% en 2010. Peor aún, en los próximos tres años y según análisis de diversos institutos europeos, las proyecciones indican que Italia crecerá al ritmo del 1% anual. En cuanto a la microeconomía, las organizaciones de consumidores destacan que en el 2011 las familias sufrirán pérdidas por 1000 euros cada una, especialmente debido a los aumentos de precios de bienes y servicios populares. Por otro lado, la productividad de las pequeñas y medianas empresas se encuentra en franco descenso, en un país estancado económicamente por más de una década. Esta situación no debería sorprender a nadie: la rentabilidad empresaria se observa solo en sectores concentrados, enmarcados en un sistema que defiende sus privilegios y hace un culto de la viveza, la corrupción y la evasión impositiva.

Sin embargo, lo más grave pareciera ser las formas con las cuales el gobierno manifiesta las problemáticas económicas. Según declaraciones del propio Ministro de Economía, Giulio Tremonti, “Vivir en Italia es como vivir en un videojuego: aparece un monstruo, lo combates, lo vences, te relajas y enseguida aparece otro monstruo más fuerte que el primero”. Podemos observar claramente que las causales de la crisis brillan por su ausencia, mientras que la explicación de la coyuntura podría ser convincente solo para un niño. La “vida real” de los italianos indica crecimiento de las desigualdades, incrementos en los niveles de pobreza y un aumento continúo de la desocupación. Para ellos no hay respuesta, ni virtual ni terrenal.

Para concluir, podemos afirmar que los gobiernos europeos parecen encontrarse en un laberinto que indica solo dos caminos de salida. Por un lado, la necesidad de realizar políticas estructurales domésticas para solucionar la crisis socio-económica. Por el otro, profundizar la salida cortoplacista fuera del ámbito Europeo. Ambas son necesarias y complementarias, aunque las adversidades y los efectos contrapuestos no son menores.

En cuanto a la salida exógena, incrementar las exportaciones a los mercados que más han crecido en los últimos años (los BRIC, por citar el ejemplo más claro), puede dinamizar las economías y proveer los ingresos tan necesarios para las deterioradas arcas estatales. Lo contradictorio es que parte de la solución se encuentra en las raíces mismas del problema: mayores tasas de ganancia, terciarizaciones a economías con tecnología creciente y bajos salarios, y una reconversión productiva que transfirió el valor agregado a las industrias de los países emergentes (Alemania es un claro ejemplo; desde la reunificación se ha producido un trasvase de empleados de la industria a los servicios – 59,5% en 1991 y 73,5% en la actualidad -), han sido causales principales en los que se asienta la crítica situación europea actual.

Sin embargo, la actual interdependencia generada puede, en algún momento, brindar  algún retorno positivo. Países emergentes con enormes capacidades industriales y agrícolas, pueden apoyar y sustentar financieramente a los países europeos en crisis. No por nada el gobierno Chino esta deseoso de financiar a la quebrada España. Pero cuidado: el evitar que se afecte el poder de compra de toda Europa de los productos fabricados en las diferentes regiones emergentes, es solo un objetivo; el tablero geopolítico internacional también esta en juego bajo un sistema donde la multipolaridad creciente impacta en la búsqueda y apropiación de los recursos en todo el planeta. 

Finalmente, la situación doméstica europea indica que la mayoría de los países se encuentran inmersos en un contexto donde prevalecen un grupo minoritario de empresarios ricos con enorme capacidad de locación de recursos y altas tasas de ganancias, en conjunto con una pobreza y desocupación creciente entre las clases medias y bajas. Estos exponentes de la latinoamericanización se pueden ven reflejados claramente en algunos ejemplos estadísticos. Según un informe del Instituto del Trabajo de la Universidad de Duisburgo, más de 6,5 millones de alemanes tienen un trabajo que no les permite salir de la pobreza. Mientras que en Italia, el Instituto Nacional de Estadísticas Italiano (Istat) reveló que para fines de 2010, la desocupación en los jóvenes alcanzó el 28,9%, un nivel histórico récord. Sería bueno que los gobernantes de la otrora Europa del bienestar se dieran cuenta de la gravedad de la situación antes que sea demasiado tarde, y realicen los cambios estructurales necesarios para lograr una verdadera redistribución de la riqueza dejando de lado las ambigüedades dialécticas que confunden a sus pueblos. Como las declaraciones del premier Sócrates en los primeros días del año, donde afirmó ante sus pares europeos que “esta haciendo los deberes para salir de la crisis”. Esperemos entonces que los deberes incluyan la mejora en las condiciones de vida de los millones de europeos que han entrado en un estadio de pobreza, bajo la angustia de un futuro incierto y carente de expectativas.

La crisis de los PIGS y los falsos intereses comunes

Revista veintitres internacional - Diciembre 2010

http://www.elargentino.com/nota-118594-medios-120-La-crisis-del-euro.html

Autor: Pablo Kornblum

A principios de la década de 1990’ se presentaron algunos hechos fundamentales que cambiaron radicalmente la vida de los PIGS (Portugal, Irlanda, Grecia y España). La ola globalizadora, potenciada luego de la caída del Muro de Berlín, encontró su desarrollo máximo a nivel regional luego de la firma del Tratado de Maastricht (1992), donde se terminó de establecer los pasos a seguir para lograr una Unión Monetaria, para luego dar paso a la concreción de un Mercado Común con la liberalización de los flujos de capitales y la libre movilidad de personas. La calificación para ingresar como miembros era sencilla: solo obligaba a alinear las tasas de inflación e interés, lograr un déficit fiscal no mayor al 3% del PBI y evitar que la deuda pública exceda el 60% del PBI.

Por otro lado, la integración regional requería esfuerzos pero vislumbraba un futuro próspero. Al apoyo de las potencias europeas a través del conocimiento/experiencia, la estabilidad institucional y la fortaleza económica, se le agregó la posibilidad de obtener subsidios de compensación y acceder a tasas de interés más bajas que las que podían conseguir con sus respectivas monedas nacionales. La bonanza provista por los flujos de capital domésticos e intra-regionales deslumbró rápidamente a los gobernantes de turno, los cuales aprovecharon la coyuntura para combinar el rédito electoral con el beneplácito de los Organismos Internacionales.

Ya hacia fines del siglo XX, las burbujas especulativas parecían no mellar en el ideario de los miembros de la Unión Europea. Las crisis del Sudeste Asiático, Rusia o América Latina pertenecían a regiones con las típicas fragilidades del subdesarrollo, incluyendo graves problemas institucionales y económicos estructurales que se encontraban, supuestamente, fuera del espectro del modelo Europeo Occidental del desarrollo. Las estadísticas lo reflejaban con claridad: la bonanza en las áreas de la construcción, los servicios tecnológicos/financieros y los desarrollos turísticos multiplicaban positivamente los indicadores económicos. Si a ello le agregamos la externalizacion difusa de la problemática de la pobreza derivada de la libre movilidad del factor trabajo dentro de la Eurozona, la relación Ingresos/Gastos de los PIGS se fue incrementando aún más.

Pero lamentablemente, los milagros económicos no existen y el transcurso del siglo XXI fue desnudando lentamente las fragilidades sistémicas. La falta de regulaciones conllevó a préstamos para inversiones en carteras de alto riesgo. La competitividad se vio resentida debido a los bajos costos de los países emergentes embebidos en un marco de mayor productividad (incremento de los mercados internos, mejoras tecnológicas y de infraestructura, multilateralidad creciente). Además, la falta de una política monetaria autónoma y un gasto gubernamental creciente, alejaban cada día más los indicadores económicos de los requisitos acordados en el Tratado de Maastrich: para el año 2010, la Deuda Pública de Irlanda llegó al 61,1% del PBI y el Déficit fiscal se sitúo en el 14,7%; en tanto que para Portugal, la situación no es muy diferente: 83,7% y 8,3% respectivamente. Por otro lado, mientras que las tasas de interés del Banco Europeo convergían a la baja con las alemanas, la paridad del poder adquisitivo del Euro se diferenciaba cada vez más entre los distintos países, de acuerdo con sus respectivas tasas de inflación. Entre 1997 y 2009 el nivel general de precios aumentó en Irlanda el 39,9% y en Portugal el 34,7%, mientras que en Alemania solo un 19,2% y en Francia un 22%. De este modo, se abarataron las importaciones y aumentaron los déficits externos de los europeos en general y los PIGS en particular.  Finalmente, los costos productivos y salariales crecientes de un Euro fortalecido en una región con altos niveles históricos de desarrollo socio-económico, comenzaron a provocar efectos negativos inversos a los vividos en una primera etapa de la integración.

Para enmarcar este contexto, el gran derrumbe económico y financiero desatado en el año 2008 sentó un precedente político importante de post-guerra: las crisis económicas podían doblegar al mundo desarrollado y sus correspondientes “Estados de Bienestar”. Los miedos sistémicos retrotrajeron a los flujos financieros hacia decisiones conservadoras y expectativas cautelosas. Los Organismos económicos y políticos internacionales se acordaban tardíamente de la importancia del cumplimiento de las reglas y la regulación. Mientras que los gobiernos, desesperados por contener las tensiones sociales desatadas por la gran crisis y potenciada por las fragilidades previamente mencionadas, buscaban infructuosamente una receta mágica que ayude a solucionar la grave problemática.

Para enfrentar este contexto adverso, los gobiernos de Portugal e Irlanda decidieron utilizar las viejas recetas neoclásicas emuladas por los Organismos Multilaterales, aquellos que nunca terminaron de admitir culpabilidad alguna de las crisis nacionales y regionales de las últimas décadas. Como mencionó el presidente de uno de los principales sindicatos de Irlanda hace algunas semanas, Jack O’Connor, el nuevo plan es “una hoja de ruta hacia la edad de piedra…”. La pregunta lógica de porqué volver a políticas recesivas de corto plazo y socialmente dañinas en el largo plazo, parece contener una simple respuesta: la problemática es de tinte global y sistémico, lo que implica respuestas de cambios estructurales políticamente inviables para un mundo íntimamente interrelacionado a nivel económico y extremadamente respetuoso de las formalidades diplomáticas.

¿Continuarán los PIGS y el resto de los países de la Unión Europea proponiendo medidas de ajuste ortodoxo hiriendo de muerte a un Estado de Bienestar en decadencia? ¿Seguirán los intereses de los grupos concentrados desviando el foco de atención en nombre de un realismo político patriótico?

Probablemente, la respuesta sea afirmativa y se asiente en dos pilares fundamentales. Por un lado, la homogeneización económica internacional derivada de la nueva multipolaridad, conlleva a una situación donde la Unión Europea no solo compite fuertemente con los Estados Unidos y Japón, sino también con el BRIC, el Sudeste Asiático y América Latina. Esta situación implica que países como Irlanda y Portugal tengan la difícil misión de realizar políticas económicas con gran impacto en la productividad para lograr un salto cualitativo de competitividad dinámica sustentable a nivel doméstico, como así también la activación de todos los mecanismos necesarios para fortalecer la diplomacia comercial a través de las especificidades de mercado y con foco en el capital físico/humano y los recursos naturales.

Por otro lado, las heterogeneidades intrínsecas derivadas de las desigualdades del sistema capitalista no detienen su marcha, conllevando a que la lucha de poder entre las elites económicas/políticas y las clases trabajadoras sea de una asimetría sin precedentes: Terciarizaciones a mercados periféricos, disminución del Gasto Público/Social y fuertes disminuciones al salario real en sus diversas variantes (devaluaciones, incrementos de impuestos regresivos, inmigración, aumentos de la edad jubilatoria, etc.). En este sentido, Portugal recortará en 2011 los gastos en salarios y sueldos del servicio público en un 5%, subirá el IVA del 21 al 23%, aumentará los impuestos sobre la renta y reducirá la ayuda social. Irlanda, por su parte, proyecta eliminar 24.750 empleos públicos (el 8%), reducir las prestaciones de bienestar social y pensiones, e impondrá nuevos impuestos a las propiedades y al agua. En total, se propone reducir en 13.300 millones de dólares el gasto público y recaudar 6700 millones de dólares en impuestos adicionales entre 2011 y 2014.

Podemos observar entonces que la lógica de funcionamiento de la economía de post-guerra se ha quebrado. Hasta hace pocos años, el ámbito de referencia principal de las empresas eran los espacios nacionales, lugar donde se celebraban los acuerdos entre capital y trabajo, y sobre el que el Estado proyectaba su poder de intervención y regulación. Con las nuevas condiciones, los empresarios ganaron muchos grados de libertad para elegir sus emplazamientos, forzando a una creciente competencia entre los Estados para retenerlos por medio de concesiones especiales dirigidas a fortalecer las ganancias empresarias a través de reducciones impositivas, una mayor liberalización de los mercados, programas de apoyo y subsidios, legislación más flexible, etc. Ahora bien, esta competencia generó un costo fiscal importante, obligando a reducir otros gastos, especialmente en materia de seguridad social e inversión en infraestructura. Por lo tanto, mientras los costos de la competencia ahora recaen sobre la población y el trabajo, las grandes corporaciones procuran mejorar su posición en los mercados internacionales a fin de compensar con exportaciones crecientes las constreñidas demandas internas. Para los grandes grupos económicos europeos, la llamada globalización se convirtió en una alternativa al clima de depresión interna provocado por las políticas neoliberales. Lo que es más grave aún es que las políticas contractivas actuales de los gobiernos europeos potencian esta situación recesiva, disminuyendo la demanda y contrayendo aún más economías que, como Irlanda y Portugal, ya han retrocedido en su PBI un -7,1% y -2,7% respectivamente el año pasado.

Peor aún, las noticias de los últimos días nos indican que la socialización de las deudas continúa su marcha. A pesar de las críticas opositoras, el premier Irlandés Cowen salió a defender como pudo el “bailout” o rescate de 85.000 millones de euros de la Unión Europea y el FMI, lo que implicará mayor deuda futura para rescatar al sistema financiero y no al sistema productivo. En este sentido, el gobierno irlandés parece olvidar la premisa de que en una economía sana los flujos de capital deben ser solo un medio para servir a la economía real, y no la inversa a costa de los otros sectores generadores de bienes y servicios. Siguiendo esta línea de análisis, se debe recalcar que los rescates tienen un trasfondo detrás de la buena voluntad y reciprocidad regional: las grandes potencias de la Unión Europea, como Alemania y Francia, tienen grandes intereses creados ya que muchos de sus fondos y bancos de inversión que han puesto importantes sumas de dinero en la época del boom económico, no podrían resistir un colapso financiero de los PIGS.

Por otro lado, el gobierno irlandés se apresta a inyectar centenares de millones de euros como capital en sus bancos, en una virtual nacionalización del AIB y el Bank of Ireland, que fueron los que más créditos otorgaron durante los años del boom del “Tigre Celta”. Tal cual ocurrió a principios de la década de 1980’ cuando se nacionalizó la deuda privada en la Argentina, los accionistas y Organismos Internacionales también entienden a los Estados-Nación como los únicos deudores tangibles y punibles, desasociando las responsabilidades de quienes contrajeron la deuda con los de la ciudadanía en su conjunto que injustamente debe cargar con ella.

En cuanto a los mercados domésticos, los bonos portugueses a 10 años ya ofrecen más de un 7% mientras que Alemania – la referencia en Europa – los coloca a poco más del 2,5%. La gravedad de esta situación no solo implica la potenciación de la deuda futura, sino que además impacta directamente en el incremento de las tasas de interés reales, retrayendo cualquier posibilidad de las Pymes y los particulares de tomar créditos para la producción y el consumo. Si a ello le agregamos la contracción de la demanda doméstica tanto por parte del sector privado (la desocupación en Irlanda se sitúa en el 12%, mientras que en Portugal yo llegó al 10%) como la derivada de la disminución del gasto gubernamental, las posibilidades de un rebote económico positivo son cada vez más escasas. En este sentido, el comisario de Asuntos Económicos de la UE, Olli Rehn, declaró que el plan es “una importante contribución a la estabilización de las finanzas públicas irlandesas”. Demasiada estabilidad para una economía que se encuentra estancada y con tensiones sociales crecientes.

Finalmente, en los últimos días los ministros de Finanzas de la UE avanzaron en discusiones para hacer permanente el por ahora provisional fondo de 750.000 millones aprobado el mes de Mayo pasado para rescatar a los miembros del euro antes de que tuvieran que declarar un default. El miedo a otra crisis derivada de las ineficiencias, el temor a los mercados y los perjuicios a los intereses de ciertas elites, parecen tener más preponderancia que las políticas públicas proactivas, firmes e inclusivas.
 
Para concluir, hemos evidenciado que tanto desde una perspectiva global a través de las relaciones interestatales, como a través de los desarrollos intrínsecos de los Estados-Nación, las inequidades en la distribución global de la riqueza conllevan a que cada día más, en el otrora mundo denominado desarrollado, las clases trabajadoras, los pobres y los excluidos se vean arrinconados dentro de un marco socio-económico que provee un margen de maniobra escaso y sin soluciones estructurales. Por otro lado, la actual crisis de los PIGS refleja una realidad poco discutida por el sistema económico y político internacional: los Estados-Nación incluyen un conjunto de actores con intereses cada vez más diversos, en un marco de recursos escasos y de crisis moral. Solo para citar un ejemplo, al mismo tiempo que días atrás la Ministra francesa de Economía, Christine Lagarde, aseguraba que los europeos están “determinados y comprometidos” a “defender el euro y la zona monetaria”, la organización Europea NutriAction emitía un informe en el cual indicaba que 600.000 personas mayores de 65 años en Portugal sufren hambre o están desnutridos, mientras que el 27% de los 10 millones de portugueses no tiene nada que comer al menos un día al mes. Esta situación nos demuestra que si los gobiernos no logran nivelar y consensuar un plano ético y político de dialogo, difícilmente se podrá lograr la inmediata redistribución de la riqueza tan necesaria para aquellos que, indefectiblemente, no tienen tiempo para esperar los falsos milagros macroeconómicos provenientes de inexistentes nacionalismos/regionalismos fomentados por los grupos concentrados de interés.

La crisis Europea, más allá de la simple coyuntura

Publicado en el diario BAE, 07 de Diciembre de 2010.

Autor: Pablo Kornblum

Nadie duda que las declaraciones de los últimos días han atentado fuertemente contra el espíritu mancomunado de los idearios de la Unión Europea. En una cena celebrada el 28 de Octubre en Bruselas durante la última cumbre de la UE, la jefa del gobierno Alemán, Angela Merkel, le comentó al primer ministro griego, Giorgios Papandreu que “..si en esta especie de club es en lo que se está convirtiendo el euro, quizás Alemania debería irse”. En este sentido, Alemania, base y motor de la Unión Europea, no desea cumplir la función de padre de hijos desobedientes. Para citar solo un ejemplo, Merkel quiere que la UE apruebe un sistema de sanciones automáticas para los países que no controlen sus cuentas públicas, que incluiría, para comenzar, la retirada del derecho al voto.

Por otro lado, en un aparte con la prensa durante su participación en la XX Cumbre Iberoamericana que se celebró en Mar del Plata, el Primer Ministro Portugués, José Sócrates, consideró que los movimientos bruscos en los mercados, como los que últimamente pusieron bajo presión a los títulos de la deuda portuguesa, tienen “su origen en la desconfianza de los mercados por la permanente crisis, especialmente ligados a la situación en Irlanda”. Evidentemente, Portugal pretende desligarse completamente de la problemática irlandesa para evitar ahuyentar aún más a los ya desconfiados acreedores.

Finalmente, el director del Fondo Monetario Internacional, Dominique Strauss-Khan, manifestó la semana pasada su preocupación sobre el estado de salud económica de algunos países europeos, que a su juicio “están al borde del precipicio, como Grecia e Irlanda”. Evitando cualquier tipo de diplomacia positiva para con los mercados, sus declaraciones solo lograron potenciar las inestabilidades institucionales que pueden acarrear a estos países al colapso financiero y a una depresión económica sin precedentes en las últimas décadas.

¿Estamos vivenciando el fracaso del Euro y la Unión Europea? Como toda relación entre diversos actores (en este casos los Estados-Nación miembros), la misma se compone de los deberes y derechos necesarios para sacar lo mejor del proyecto en común, como así también para evitar caer en errores que puedan crear desbalances sobre los cuales se puedan desmoronar las bases del acuerdo. Los beneficios de las economías de escala, la ampliación de los mercados domésticos y el aprovechamiento del capital humano colectivo, debían ser acompañados por tasas de interés convergentes a una inflación moderada, déficit fiscales cautelosos y una deuda externa controlada por una sólida e inteligente política comercial y financiera.

Sin embargo, el rédito político doméstico derivado del influjo de capitales, el boom de la construcción y la dinamización de los servicios tecnológicos, financieros y turísticos, sustentados bajo el paraguas del beneplácito estímulo de los Organismos Internacionales e Intra-Regionales que solo vislumbraban un futuro próspero, ocultaban las falencias sistémicas y el incumplimiento de las reglas/deberes nacionales. En este sentido, la pérdida de competitividad de economías con un tipo de cambio cuasi anclado y sobrevaluado, el gasto público y los influjos de capital procíclicos que incrementaban los niveles inflacionarios, sumado a las desigualdades intrínsecas crecientes derivadas especialmente de las terciarizaciones y la libre movilidad del factor trabajo, aumentaron las tensiones sociales y mellaron sobre las expectativas positivas de los mercados.

Este contexto conlleva a que el peso de las responsabilidades políticas comience a sobrepasar holgadamente a las decisiones de cooperación y buena voluntad promulgadas en los primeros pasos de la Unión; para lo cual, el sistema pareciera retornar a un realismo donde el proteccionismo, la guerra de divisas a nivel global y los juegos de suma cero, muestran a las claras los intereses divergentes de los diversos Estados-Nación.

En definitiva, el futuro otrora promisorio de la Unión Europea parece por el momento no encausarse hacia un final feliz. Mientras la falta de regulaciones económicas y financieras sean moneda corriente a nivel intra e interestatal, el capitalismo concentrado se encuentre fuera del marco de los Estados-Nación, y las políticas económicas interregionales (tipo de cambio, balanza comercial, productividad) sigan atentando contra los ya golpeados Estados de Bienestar, la situación económica de millones de europeos no mejorará. Mientras tanto, la posibilidad de controlar los estallidos sociales latentes nos muestran los limites de hasta donde se puede sostener un Modelo Europeo que, inexorablemente, sufre los constantes embates de una globalización neoliberal depredadora.

¿Se podrá repetir el modelo Belga en Europa?

Publicado en el diario BAE, 24 de Noviembre de 2009.

Autor: Pablo Kornblum

La elección del primer ministro belga, Herman Van Rompuy, como nuevo presidente de la Unión Europea ha dejado un mensaje claro: lograr reproducir a nivel regional la paz social, el entendimiento y la cooperación lograda entre los flamencos que hablan holandés y los valones francófonos en su Bélgica natal.

Van Rompuy, ha visto cómo su reputación no ha hecho más que crecer desde que se hizo cargo del Gobierno en diciembre del pasado año. Tras heredar la jefatura del Gobierno de un país convulso por las disputas culturales, territoriales, económicas y lingüísticas entre dos comunidades que se ignoran sin ningún disimulo, Van Rompuy ha logrado revertir la mirada de una clase política desgastada y desacreditada, consiguiendo que Bélgica regresara a la normalidad sobre un temario que varió desde la inmigración hasta el presupuesto nacional.

Pero para Van Rumpuy, un hombre prácticamente desconocido hasta hace unos días fuera de Bélgica y sin experiencia internacional, la tarea no le será nada fácil. Para comenzar, transpolar un éxito micro a nivel macro nunca es fácil, aunque las condiciones y las variables en juego sean homogéneas. Controlar, administrar y mediar un país pequeño, no será lo mismo que lidiar con los más de trescientos millones de habitantes de la Unión Europea. La realidad, sin entrar en profundidades técnicas, lo demuestra: los países más desarrollados y menos conflictivos a nivel socio-económico de la tierra, apenas superan ligeramente los veinte millones de habitantes. Canadá, Australia y los países nórdicos son claros ejemplos de ello.  

La segunda problemática se centra en la falta de conocimiento específico o en terrero que posee el dirigente belga. Tanto su demostrada capacidad en la arena económica, como su dedicada y fructuosa vida política en los últimos años en su país, no son suficiente para entender completamente la dinámica y la complejidad de una Unión Europea multiétnica, plurilinguistica, y desigual en su estructura económica y social. Aunque el recién elegido presidente de la UE se comprometió en su primer discurso a “tener en cuenta los intereses y sensibilidades de todos”, las especificidades locales o fronterizas difícilmente puedan ser resueltas con las mismas recetas que el político belga utilizó puertas adentro de su país.

Por último, la construcción de acuerdos sociales y políticos dentro de un Estado-Nación ya constituido, como ha sido el caso de Bélgica, puede ser visualizado de una manera diametralmente opuesta desde una óptica anti-europea destructiva de los Estados y las culturas nacionales creadas siglos atrás. Para millones de nacionalistas, la Comunidad Europea solo representa el fin de una historia, valores y formas de vida en común que los contienen como familias, comunidades y nación. Como explicó un miembro de la Comisión Europea la semana pasada, “se necesita una persona capaz de negociar con los “egos” y las “culturas” de 27 Gobiernos”. Si a esta situación le agregamos los intereses económicos y políticos gubernamentales, corporativos y sindicales a nivel intra e interestatal, la lógica transnacional implica un desafío de enorme envergadura.

En definitiva, Van Rompuy deberá sortear todo tipo de obstáculos para que su paso europeo sea un éxito que pueda solidificar las bases y aristas principales sobre las que la Unión Europea ha sido creada décadas atrás. La conflictividad étnica, el derrumbe de los Estados de Bienestar potenciado por la crisis económica internacional, y el incremento de las tensiones geopolíticas que involucran a los nuevos miembros de Europa del Este dentro del escenario internacional, requerirán seguramente un esfuerzo aún mayor que su ya demostrado pasado como el hábil y avezado político que sacó a Bélgica del estancamiento económico y concilió con éxito el entendimiento entre francófonos y flamencos en su país natal.