La crisis de los PIGS y los falsos intereses comunes

Revista veintitres internacional - Diciembre 2010

http://www.elargentino.com/nota-118594-medios-120-La-crisis-del-euro.html

Autor: Pablo Kornblum

A principios de la década de 1990’ se presentaron algunos hechos fundamentales que cambiaron radicalmente la vida de los PIGS (Portugal, Irlanda, Grecia y España). La ola globalizadora, potenciada luego de la caída del Muro de Berlín, encontró su desarrollo máximo a nivel regional luego de la firma del Tratado de Maastricht (1992), donde se terminó de establecer los pasos a seguir para lograr una Unión Monetaria, para luego dar paso a la concreción de un Mercado Común con la liberalización de los flujos de capitales y la libre movilidad de personas. La calificación para ingresar como miembros era sencilla: solo obligaba a alinear las tasas de inflación e interés, lograr un déficit fiscal no mayor al 3% del PBI y evitar que la deuda pública exceda el 60% del PBI.

Por otro lado, la integración regional requería esfuerzos pero vislumbraba un futuro próspero. Al apoyo de las potencias europeas a través del conocimiento/experiencia, la estabilidad institucional y la fortaleza económica, se le agregó la posibilidad de obtener subsidios de compensación y acceder a tasas de interés más bajas que las que podían conseguir con sus respectivas monedas nacionales. La bonanza provista por los flujos de capital domésticos e intra-regionales deslumbró rápidamente a los gobernantes de turno, los cuales aprovecharon la coyuntura para combinar el rédito electoral con el beneplácito de los Organismos Internacionales.

Ya hacia fines del siglo XX, las burbujas especulativas parecían no mellar en el ideario de los miembros de la Unión Europea. Las crisis del Sudeste Asiático, Rusia o América Latina pertenecían a regiones con las típicas fragilidades del subdesarrollo, incluyendo graves problemas institucionales y económicos estructurales que se encontraban, supuestamente, fuera del espectro del modelo Europeo Occidental del desarrollo. Las estadísticas lo reflejaban con claridad: la bonanza en las áreas de la construcción, los servicios tecnológicos/financieros y los desarrollos turísticos multiplicaban positivamente los indicadores económicos. Si a ello le agregamos la externalizacion difusa de la problemática de la pobreza derivada de la libre movilidad del factor trabajo dentro de la Eurozona, la relación Ingresos/Gastos de los PIGS se fue incrementando aún más.

Pero lamentablemente, los milagros económicos no existen y el transcurso del siglo XXI fue desnudando lentamente las fragilidades sistémicas. La falta de regulaciones conllevó a préstamos para inversiones en carteras de alto riesgo. La competitividad se vio resentida debido a los bajos costos de los países emergentes embebidos en un marco de mayor productividad (incremento de los mercados internos, mejoras tecnológicas y de infraestructura, multilateralidad creciente). Además, la falta de una política monetaria autónoma y un gasto gubernamental creciente, alejaban cada día más los indicadores económicos de los requisitos acordados en el Tratado de Maastrich: para el año 2010, la Deuda Pública de Irlanda llegó al 61,1% del PBI y el Déficit fiscal se sitúo en el 14,7%; en tanto que para Portugal, la situación no es muy diferente: 83,7% y 8,3% respectivamente. Por otro lado, mientras que las tasas de interés del Banco Europeo convergían a la baja con las alemanas, la paridad del poder adquisitivo del Euro se diferenciaba cada vez más entre los distintos países, de acuerdo con sus respectivas tasas de inflación. Entre 1997 y 2009 el nivel general de precios aumentó en Irlanda el 39,9% y en Portugal el 34,7%, mientras que en Alemania solo un 19,2% y en Francia un 22%. De este modo, se abarataron las importaciones y aumentaron los déficits externos de los europeos en general y los PIGS en particular.  Finalmente, los costos productivos y salariales crecientes de un Euro fortalecido en una región con altos niveles históricos de desarrollo socio-económico, comenzaron a provocar efectos negativos inversos a los vividos en una primera etapa de la integración.

Para enmarcar este contexto, el gran derrumbe económico y financiero desatado en el año 2008 sentó un precedente político importante de post-guerra: las crisis económicas podían doblegar al mundo desarrollado y sus correspondientes “Estados de Bienestar”. Los miedos sistémicos retrotrajeron a los flujos financieros hacia decisiones conservadoras y expectativas cautelosas. Los Organismos económicos y políticos internacionales se acordaban tardíamente de la importancia del cumplimiento de las reglas y la regulación. Mientras que los gobiernos, desesperados por contener las tensiones sociales desatadas por la gran crisis y potenciada por las fragilidades previamente mencionadas, buscaban infructuosamente una receta mágica que ayude a solucionar la grave problemática.

Para enfrentar este contexto adverso, los gobiernos de Portugal e Irlanda decidieron utilizar las viejas recetas neoclásicas emuladas por los Organismos Multilaterales, aquellos que nunca terminaron de admitir culpabilidad alguna de las crisis nacionales y regionales de las últimas décadas. Como mencionó el presidente de uno de los principales sindicatos de Irlanda hace algunas semanas, Jack O’Connor, el nuevo plan es “una hoja de ruta hacia la edad de piedra…”. La pregunta lógica de porqué volver a políticas recesivas de corto plazo y socialmente dañinas en el largo plazo, parece contener una simple respuesta: la problemática es de tinte global y sistémico, lo que implica respuestas de cambios estructurales políticamente inviables para un mundo íntimamente interrelacionado a nivel económico y extremadamente respetuoso de las formalidades diplomáticas.

¿Continuarán los PIGS y el resto de los países de la Unión Europea proponiendo medidas de ajuste ortodoxo hiriendo de muerte a un Estado de Bienestar en decadencia? ¿Seguirán los intereses de los grupos concentrados desviando el foco de atención en nombre de un realismo político patriótico?

Probablemente, la respuesta sea afirmativa y se asiente en dos pilares fundamentales. Por un lado, la homogeneización económica internacional derivada de la nueva multipolaridad, conlleva a una situación donde la Unión Europea no solo compite fuertemente con los Estados Unidos y Japón, sino también con el BRIC, el Sudeste Asiático y América Latina. Esta situación implica que países como Irlanda y Portugal tengan la difícil misión de realizar políticas económicas con gran impacto en la productividad para lograr un salto cualitativo de competitividad dinámica sustentable a nivel doméstico, como así también la activación de todos los mecanismos necesarios para fortalecer la diplomacia comercial a través de las especificidades de mercado y con foco en el capital físico/humano y los recursos naturales.

Por otro lado, las heterogeneidades intrínsecas derivadas de las desigualdades del sistema capitalista no detienen su marcha, conllevando a que la lucha de poder entre las elites económicas/políticas y las clases trabajadoras sea de una asimetría sin precedentes: Terciarizaciones a mercados periféricos, disminución del Gasto Público/Social y fuertes disminuciones al salario real en sus diversas variantes (devaluaciones, incrementos de impuestos regresivos, inmigración, aumentos de la edad jubilatoria, etc.). En este sentido, Portugal recortará en 2011 los gastos en salarios y sueldos del servicio público en un 5%, subirá el IVA del 21 al 23%, aumentará los impuestos sobre la renta y reducirá la ayuda social. Irlanda, por su parte, proyecta eliminar 24.750 empleos públicos (el 8%), reducir las prestaciones de bienestar social y pensiones, e impondrá nuevos impuestos a las propiedades y al agua. En total, se propone reducir en 13.300 millones de dólares el gasto público y recaudar 6700 millones de dólares en impuestos adicionales entre 2011 y 2014.

Podemos observar entonces que la lógica de funcionamiento de la economía de post-guerra se ha quebrado. Hasta hace pocos años, el ámbito de referencia principal de las empresas eran los espacios nacionales, lugar donde se celebraban los acuerdos entre capital y trabajo, y sobre el que el Estado proyectaba su poder de intervención y regulación. Con las nuevas condiciones, los empresarios ganaron muchos grados de libertad para elegir sus emplazamientos, forzando a una creciente competencia entre los Estados para retenerlos por medio de concesiones especiales dirigidas a fortalecer las ganancias empresarias a través de reducciones impositivas, una mayor liberalización de los mercados, programas de apoyo y subsidios, legislación más flexible, etc. Ahora bien, esta competencia generó un costo fiscal importante, obligando a reducir otros gastos, especialmente en materia de seguridad social e inversión en infraestructura. Por lo tanto, mientras los costos de la competencia ahora recaen sobre la población y el trabajo, las grandes corporaciones procuran mejorar su posición en los mercados internacionales a fin de compensar con exportaciones crecientes las constreñidas demandas internas. Para los grandes grupos económicos europeos, la llamada globalización se convirtió en una alternativa al clima de depresión interna provocado por las políticas neoliberales. Lo que es más grave aún es que las políticas contractivas actuales de los gobiernos europeos potencian esta situación recesiva, disminuyendo la demanda y contrayendo aún más economías que, como Irlanda y Portugal, ya han retrocedido en su PBI un -7,1% y -2,7% respectivamente el año pasado.

Peor aún, las noticias de los últimos días nos indican que la socialización de las deudas continúa su marcha. A pesar de las críticas opositoras, el premier Irlandés Cowen salió a defender como pudo el “bailout” o rescate de 85.000 millones de euros de la Unión Europea y el FMI, lo que implicará mayor deuda futura para rescatar al sistema financiero y no al sistema productivo. En este sentido, el gobierno irlandés parece olvidar la premisa de que en una economía sana los flujos de capital deben ser solo un medio para servir a la economía real, y no la inversa a costa de los otros sectores generadores de bienes y servicios. Siguiendo esta línea de análisis, se debe recalcar que los rescates tienen un trasfondo detrás de la buena voluntad y reciprocidad regional: las grandes potencias de la Unión Europea, como Alemania y Francia, tienen grandes intereses creados ya que muchos de sus fondos y bancos de inversión que han puesto importantes sumas de dinero en la época del boom económico, no podrían resistir un colapso financiero de los PIGS.

Por otro lado, el gobierno irlandés se apresta a inyectar centenares de millones de euros como capital en sus bancos, en una virtual nacionalización del AIB y el Bank of Ireland, que fueron los que más créditos otorgaron durante los años del boom del “Tigre Celta”. Tal cual ocurrió a principios de la década de 1980’ cuando se nacionalizó la deuda privada en la Argentina, los accionistas y Organismos Internacionales también entienden a los Estados-Nación como los únicos deudores tangibles y punibles, desasociando las responsabilidades de quienes contrajeron la deuda con los de la ciudadanía en su conjunto que injustamente debe cargar con ella.

En cuanto a los mercados domésticos, los bonos portugueses a 10 años ya ofrecen más de un 7% mientras que Alemania – la referencia en Europa – los coloca a poco más del 2,5%. La gravedad de esta situación no solo implica la potenciación de la deuda futura, sino que además impacta directamente en el incremento de las tasas de interés reales, retrayendo cualquier posibilidad de las Pymes y los particulares de tomar créditos para la producción y el consumo. Si a ello le agregamos la contracción de la demanda doméstica tanto por parte del sector privado (la desocupación en Irlanda se sitúa en el 12%, mientras que en Portugal yo llegó al 10%) como la derivada de la disminución del gasto gubernamental, las posibilidades de un rebote económico positivo son cada vez más escasas. En este sentido, el comisario de Asuntos Económicos de la UE, Olli Rehn, declaró que el plan es “una importante contribución a la estabilización de las finanzas públicas irlandesas”. Demasiada estabilidad para una economía que se encuentra estancada y con tensiones sociales crecientes.

Finalmente, en los últimos días los ministros de Finanzas de la UE avanzaron en discusiones para hacer permanente el por ahora provisional fondo de 750.000 millones aprobado el mes de Mayo pasado para rescatar a los miembros del euro antes de que tuvieran que declarar un default. El miedo a otra crisis derivada de las ineficiencias, el temor a los mercados y los perjuicios a los intereses de ciertas elites, parecen tener más preponderancia que las políticas públicas proactivas, firmes e inclusivas.
 
Para concluir, hemos evidenciado que tanto desde una perspectiva global a través de las relaciones interestatales, como a través de los desarrollos intrínsecos de los Estados-Nación, las inequidades en la distribución global de la riqueza conllevan a que cada día más, en el otrora mundo denominado desarrollado, las clases trabajadoras, los pobres y los excluidos se vean arrinconados dentro de un marco socio-económico que provee un margen de maniobra escaso y sin soluciones estructurales. Por otro lado, la actual crisis de los PIGS refleja una realidad poco discutida por el sistema económico y político internacional: los Estados-Nación incluyen un conjunto de actores con intereses cada vez más diversos, en un marco de recursos escasos y de crisis moral. Solo para citar un ejemplo, al mismo tiempo que días atrás la Ministra francesa de Economía, Christine Lagarde, aseguraba que los europeos están “determinados y comprometidos” a “defender el euro y la zona monetaria”, la organización Europea NutriAction emitía un informe en el cual indicaba que 600.000 personas mayores de 65 años en Portugal sufren hambre o están desnutridos, mientras que el 27% de los 10 millones de portugueses no tiene nada que comer al menos un día al mes. Esta situación nos demuestra que si los gobiernos no logran nivelar y consensuar un plano ético y político de dialogo, difícilmente se podrá lograr la inmediata redistribución de la riqueza tan necesaria para aquellos que, indefectiblemente, no tienen tiempo para esperar los falsos milagros macroeconómicos provenientes de inexistentes nacionalismos/regionalismos fomentados por los grupos concentrados de interés.