Eterno resplandor de una mente sin recuerdos

Pablo Kornblum para Ámbito Financiero – 27-04-2020

https://www.ambito.com/opiniones/coronavirus/el-dia-despues-del-coronavirus-eterno-resplandor-una-mente-recuerdos-n5098517

“Solo una crisis – real o percibida – da lugar a un cambio verdadero”, afirmaba Milton Friedman en el prefacio a la reedición de 1982 de Capitalismo y libertad. Mientras  habrá tiempo para discutir el verdadero origen del ‘virus chino’, como indica Mr. Donald Trump, es momento de mirar hacia adelante. Y la mejor forma de anticipar el futuro, como ha sido siempre, es comprender y analizar lo ocurrido en el pasado. Porque mientras el proteccionismo y las guerras mundiales derivaron en la creación de la carta de derechos de la ONU y los Organismos Trasnacionales, o la crisis del 2008 conllevó a un mayor control de los flujos financieros a nivel global, seguramente el coronavirus obligará a los Estados a encontrarse mejor preparados ante una potencial futura pandemia.

Al día de hoy observamos impávidos voluminosos paquetes fiscales, garantías de créditos y reducciones de tasas a través de la inyección de recursos de las mayoría languidecidas arcas estatales en todo el planeta; por ende, si hay algo que aprendimos es que el día después nos refuerza que es mejor prevenir que curar. Que el no producir los elementos de salubridad, con la capacitación adecuada por el tan mentado ‘capital humano’, es sinónimo de dependencia y mendicidad; en este sentido, la heterogeneidad estructural representada en los viejos paradigmas de desarrollo y subdesarrollo encuentran formas donde la inequidad productiva, institucional y social se conjugan en cada rincón del planeta.

Que tampoco hay margen para con un endeudamiento descontrolado, dado que ante la complejidad del mundo en que vivimos, nos tenemos que encontrar siempre erguidos en nuestro posicionamiento diplomático. Los Estados no perecen, de la crisis económica siempre puede salir – con enormes costos sociales, por supuesto -, pero los pueblos como conjunto suelen resistir y la geopolítica prevalece a lo largo del tiempo. Lo entiende y lo maneja al dedillo el presidente Vladimir Putin, que prefiere perder dinero poniendo un barril de crudo más barato, con el mero objetivo de poner de rodillas al Shale Oil estadounidense en medio de una crisis sanitaria y de letalidad sin precedentes.

Aquí se torna necesario insistir nuevamente en la protección y conquista de los recursos naturales estratégicos. En un mundo que no se va a cerrar totalmente, pero donde los resquemores proteccionistas van a resurgir en su arista economicista – ya desde la perspectiva geopolítica el multilateralismo agresivo se viene desarrollando fuertemente desde principios del corriente siglo -, con importantes consecuencias para la macroeconomía global. Y no solo me estoy refiriendo a los potencialmente lógicos aranceles fitosanitarios; sino, y principalmente, a aquellas lógicas de mancomunidad financiera internacional que quedarán heridas de muerte. Sino pregúntenles a los ‘irresponsables’ italianos, que ni en estos tiempos de pandemia han tenido la piedad de sus socios comunitarios de los Países Bajos, quienes le reclaman por su falta de eficacia macroeconómica y se niegan a aprobar la ayuda de rescate de la Unión Europea.

Más aún, la ausencia de coordinación global no es solo europea o pertenece exclusivamente al escenario de la estatalidad. Desnuda una realidad que ya hace tiempo se visualiza tras bambalinas en la arena internacional: las Organizaciones Trasnacionales son, siendo generosos, al menos ‘tibias’ a la hora de reaccionar ante contextos de real complejidad. Cuando se habla de pandemias, refugiados o miseria extrema, solo proveen las ‘caricias’ permitidas por los actores estatales que los financian y están dispuestos a involucrarse verdaderamente en la ayuda fronteras afuera por las causas más nobles – lo cual es inversamente proporcional al incremento de la crispación interestatal -; en definitiva, solo mantienen su careta post-segunda guerra mundial ‘pour la galerie’.

En términos del dilema financiero – el cual, con vida propia no cambiará su lógica depredadora y oportunista -, el desacople mayor se observará en las cadenas de producción global de la economía real. Las principales firmas multinacionales, que tienen su producción distribuida a lo largo y ancho del planeta con un criterio de maximización de productividad por escala y reducción de costos operativos, de aquí en más tomarán mayores recaudos. Por un lado, buscando producir, principalmente, en aquellas geografías donde la capacidad de respuesta ante este tipo de eventos sea mejor; y por supuesto, donde exista mayor flexibilidad para huir más rápidamente en caso de que la gravedad de la situación lo amerite.

A nivel doméstico, el ‘shumpetearismo’ en su versión salvaje se va a disolver como arena entre los dedos, si realmente se quiere un capitalismo que sobreviva a las tensiones sociales inherentes a su concentración y desigualdad. En este sentido, sin una ‘clase media’ cada vez más reducida y agobiada – sobre todo luego de estas crisis mayúsculas – en su rol de ‘buffer’ de contención microeconómico de las masas empobrecidas, los cimientos del sistema tambalearían de una manera abrupta. Por supuesto, cada Estado manejará el sistema económico según su idiosincrasia, su cultura, su historia. Por ejemplo, mientras que en algunos países se discute si priorizar la ayuda social directamente o brindar beneficios a las empresas en una primera instancia, en otros, como Polonia o Dinamarca, se ha excluido del paquete de ayuda económica a las empresas que coticen en un paraíso fiscal.

Como contraparte, en términos de ‘colaboración’, se continuará observando a distintas empresas del sector privado con voluntad de aportar bajo la ya tan mentada Responsabilidad Social Empresaria; dispuestos en muchos casos a fabricar insumos críticos de acuerdo a la propia demanda del Estado nacional, quien tomará las riendas nuevamente con su rol inexorable de organizador y hacedor de la vida económica. En este aspecto, queda claro que la reconversión productiva por altruismo (de universidades, cooperativas, organismos del Estado), y de una parte del sector privado productivo (por conveniencia y necesidad), han sentado un precedente ante una potencial nueva pandemia u hecho catastrófico.

Los más débiles de la pirámide social, las mayoritarias y empobrecidas clases trabajadoras deberán indefectiblemente adaptarse (si, una vez más a costa de ellos mismos, como nos enseñó el menemismo en los 1990’) para las tareas del futuro. En este sentido, habrá que buscar su ‘ser indispensable’ y formarse técnicamente con suficiencia en aquellos lugares donde la automatización y la generalidad no encuentran asidero. Las áreas de servicios o producción de capital esencial para cuidar la salud y el medio ambiente, o por contrario las ‘más oscuras’ industrias de la guerra y el control social, serán las vedettes de aquellos que quieran estabilidad y crecimiento económico y profesional. Simplemente para no terminar con ocurre hoy en día con los trabajadores agrícolas rumanos, que con el fin de la cosecha por la pandemia, el gobierno alemán no los ve como esenciales y se encuentran sujetos a una deportación digna de una novela distópica.

Tampoco esperemos la revolución proletaria. Aunque los trabajadores chinos de máscaras N95 se conectan con las enfermeras de la ciudad de Nueva York, y los trabajadores de Amazon en Europa se vinculan con los conductores de camiones en Sudamérica con el fin de todos juntos trabajando y produciendo colaborativamente para poder salir de esta pandemia, lo único que ruegan es estar sanos y que está recesión global no ‘les toque el bolsillo’ para poder llegar a fin de mes cobrando su salario (muchas veces indigno). Muy lejos de las ideas de mancomunidad global de la ‘internacional socialista’, pero muy cerca de la teoría de ‘no vinculación’ de la clase trabajadora global propuesta por el economista griego Arghiri Emmanuel. Quien también, aunque haya escrito hace más de medio siglo, se encontraba en lo cierto cuando afirmaba que, contrariamente a lo expuesto previamente, a las elites políticas se les amoldarán las elites económicas que, como una masa sólida sin fisuras, querrán salir indemnes y al menos mantener sus privilegios, cualesquiera sea el escenario que derive de esta pandemia. ¿Y si aunque sea se intenta con un impuesto extraordinario y progresivo a la riqueza, que afecta a ese porcentaje mínimo de población privilegiada? Es más que difícil atacar ciertos privilegios; hay que tener mucho coraje y espalda política para hacerlo. Aquí y en cualquier lugar del mundo.

Por supuesto, no podemos dejar de mencionar el rol creciente – y ahora más tolerado socialmente – del Estado como un ‘gran hermano’ que controla todo. En términos económicos, los Gobiernos de las diversas extracciones políticas han puesto sobre la mesa enormes recursos financieros para compensar los efectos de la crisis. Como pasa en los momentos donde la dinámica de la normalidad prevalece, el Estado, por acción y reacción, toma el lugar donde el mercado (por la misma acción pero en sentido inverso), se retira. No será así a futuro. El Coronavirus ha sido la estocada final para la promoción de un neoliberalismo agresivo que ya no tiene asidero.

Lo que sí es seguro es que el Estado presente, requerirá de alineamientos más fluidos e inmediatos en los distintos niveles de gobierno. Los errores de coordinación, inadmisibles ante escenarios críticos, se han visualizado en varias regiones de la tierra. En el caso de Estados Unidos, por ejemplo, la falta de centralización en las compras de respiradores ha llevado a una competencia inútil a distintos Estados locales para obtener este u otros insumos críticos. Por otro lado, la gestión del Coronavirus en Sudán ha producido un aumento de las tensiones entre los políticos civiles y los militares que conforman el Gobierno de Transición, lo que deja latente la posibilidad de un golpe de Estado. O mismo en Brasil, donde las peleas entre el Presidente Jair Bolsonaro con muchos de los gobernadores y el mismo (ahora ex) Ministro de Salud, terminan siendo más bizarras que las novelas del atardecer de la cadena O’Globo. Por supuesto, con miles de muertos sobre sus espaldas. Y en la vida real. En definitiva, cada gobierno hace lo que puede y como quiere. O como le permite una ideología social construida a lo largo de su historia.

En términos políticos, las elites gubernamentales ya lo tienen todo para desarrollar la excusa del enemigo externo (visible, como podría ser el inmigrante, o invisible, como el coronavirus, donde cualquier foco de epidemia implicará un cierre de fronteras inmediato), para saber que ocurre en cada momento y en todo lugar; ello inevitablemente generará la posibilidad sine qua non de perpetuar el statu-quo. El fino límite de la ‘libertad condicional’ y la seguridad ciudadana será la potencial discusión – donde la cultura y/o el poder de coerción -, lo permitan. En Nigeria ya se ha visto de la peor manera: las fuerzas de seguridad han asesinado al menos 21 personas de manera extra-judicial mientras hacían cumplir las medidas de confinamiento.

En definitiva, y tal como ocurría en la película “Eterno resplandor de una mente sin recuerdos”, donde la pareja de protagonistas borran todos sus recuerdos para no estar juntos, pero al final sienten una extraña necesidad y se vuelven a encontrar para comenzar otra vez la relación, podemos decir que la humanidad ha borrado de su memoria muchos de los errores que ha cometido en el pasado. Esperemos que, el post-coronavirus, a diferencia de la obra maestra de Michel Gondry, nos permita de una vez avanzar hacia adelante, teniendo en claro que la vasta experiencia es más que suficiente para hacer las cosas bien y no tener que comenzar nuevamente desde las cenizas de la tierra arrasada, muy bien representada por esta pandemia. Porque como dice un viejo refrán de guerra, para vencer al enemigo, lo primero que hay que hacer es conocerlo. Parece que hasta el día de hoy, como se ha descripto, el problema es que el principal enemigo del humano no es el Coronavirus, sino la inmoralidad de su propio ser.

Errar es humano, perdonar es divino

Pablo Kornblum para Ámbito Financiero, 13-04-2020

https://www.ambito.com/economia/mundo/errar-es-humano-perdonar-es-divino-n5095239

Hace 30 años, caía el muro de Berlín y nos disponíamos a, teóricamente, comenzar una nueva historia; aquella que nos embebería en un mundo capitalista, abierto, democrático, cooperativo. Eso era lo que pregonaba el ganador de la ‘guerra fría’ y gran superpotencia mundial, los Estados Unidos de Norteamérica. Extraño, pero necesario para con sus intereses particulares. Extraño porqué en ningún momento la historia de la humanidad había sido homogénea desde lo productivo, lo económico, lo cultural, lo político, o lo moral. Pero necesario porque el objetivo era expandir el neoliberalismo globalizador – con el marketing del payasito como solo ellos lo saben hacer -, para dominar al mundo como siempre lo han promovido desde su ingreso a las arenas de poder global a finales del siglo XIX: a través de la acumulación de capital con rostro estadounidense. Por supuesto, con el impávido soporte de sus fuerzas armadas.

Pero su lógica en pos de la eternidad sistémica con dominio propio, se ha quebrado en solo tres décadas. Para comenzar, su objetivo principal era reforzar su per se económico. Por ello promovieron, como eje central, el detrimento del rol del Estado. Por supuesto, el rol de los otros Estados, no el de los Estados Unidos de Norteamérica. En este sentido, bajo la lógica neoliberal buscaron que las privatizaciones, junto con la liberalización comercial y financiera, fueran el sine qua non de las políticas económicas en cada rincón del planeta. Queda claro que además se pedía equilibrio fiscal, tipos de cambios competitivos, tasas de interés razonables, etc.; pero la realidad es que el resto de las variables eran más parte de una consecuencia del devenir diario, que de un programa macroeconómico sólido de largo plazo.

En tanto a la venta de los bienes públicos, se le puede preguntar a la mayoría de los ciudadanos rusos si mejoró su calidad luego de que privatizaran la mayor parte de los activos estatales. Seguramente las muecas de disgusto serán más que elocuentes. También podemos hablar del fracaso de la liberalización comercial, ya que mientras se dinamizó generó principalmente un proceso de concentración económica que favoreció a los mismos oligopolios de siempre; no obstante y como si fuera poco, hoy volvimos a una época de proteccionismos bajo nacionalismos ideológicos cada vez más irascibles. Y si nos referimos a la falta de obstáculos financieros, no existe ningún análisis que resista su falta de efectividad: crisis del sudeste asiático en los 1990’ y global en el 2008 (podemos agregar la de nuestro país en 2001), derrochero de paraísos fiscales, fondos buitres esperando devorar como carroña los bonos soberanos de los países mal llevados, etc. Todo ello, vuelvo a repetir, ha sido una causalidad de la pérdida (o peor aún, de la complicidad) de poder real de la mayoría de los actores gubernamentales.

También fueron por la cultura. Mejor dicho por la no cultura. Lo único que el resto de los gobiernos debía hacer era incentivar el consumo, sobre todo de aquellos productos estadounidenses. Y sino tenían el paladar occidental, los bienes y servicios se podían adaptar al deseo local. Y si no eran estadounidenses, que los insumos ‘Made in USA’ por lo menos sean partícipes en algún punto de la cadena de valor global. Y así podemos continuar.

Sin embargo, el fanatismo por el consumo no mermó los intereses nacionales, que jamás desaparecieron. China, Rusia, el otrora comunitario Gran Bretaña, el papá de Europa Alemania, Japón y otras naciones que algunos denominan ‘potencias medias’ (Turquía, Brasil, etc.), quisieron sacar provecho para con el desarrollo de un capitalismo a su medida buscando, por un lado, mejorar permanentemente su posicionamiento geoeconómico relativo a través de la disputa de mercados y recursos; pero además, han intentado generar políticas que pudieran lograr la difícil tarea de equilibrar la inversión con el ahorro, el consumo público con el privado, la extranjerización con las tercerizaciones pro mercados domésticos, junto con una diversidad de dilemas de enorme complejidad para la cantidad de intereses contrapuestos a nivel intra e interestatal. En definitiva, embebidos en demandas crecientes de sus propias ciudadanías y mellados en sus capacidades, el ‘Multilateralismo de guerra’ desató una disputa sanguinaria entre los diversos actores estatales.

La religión tampoco debía ser un obstáculo. Y no era que el protestantismo no tenía el suficiente poder a nivel global para llevar ‘de la mano’ (o de las narices mejor dicho) al capitalismo. Sino que, contrariamente, la modernidad hacia que el fervor dogmático perdiera su fortaleza buscando ‘adaptarse’ a la lógica del consumo sistemático. A su vez, el desaire que había causado un comunismo anti-religioso que, dominando a la mitad del planeta por medio siglo, le había fallado hasta sus propios soñadores de utopías. Por ende, en el conjugar de la derrota moral y económica, también se introducían las creencias dentro de la misma bolsa del ‘equipo de los perdedores’. Un momento propicio para encontrarse del otro lado del mostrador, cerca de dios.

Pero contrariamente a lo esperado, el credo también le ha jugado una mala pasada al capitalismo democrático occidental con rostro estadounidense. Islamismo, Confucianismo o el propio  Cristianismo Ortodoxo, se han revitalizado – cada uno a su manera, bajo un rostro diferente -, poniendo énfasis en valores que, si bien no desafían a la lógica del capital, colocan sobre el tapete formas de vida (y de gobierno) que terminan obstaculizando la fluidez sistémica que requiere la no intervención divina de los asuntos terrenales promovidos por la dinámica del mundo económico y financiero trasnacional.

Como conjunción, podemos afirmar que el mundo de las ideologías de hoy se encuentra en oposición – a veces diametralmente – a la lógica homogeneizadora; nos encontramos con reclamos particulares de grupos que promueven cambios contra un statu-quo que, queda claro, representa en la mayoría de las ocasiones los intereses de unos pocos: el deterioro del medio ambiente, la desigualdad creciente entre el 1% contra el 99%, la lucha por los derechos de las otrora minorías, o los miedos hacia lo extraño (inmigrantes, virus), son algunos de los ejes de disputa de quienes tienen deseos de vivir por fuera de las normas establecidas.

Para resumir lo expuesto, podemos decir que probablemente nos encontremos en un nuevo punto de inflexión dentro del ‘Sistema Mundo’. Los golpes recibidos por el modelo implementado bajo el “Consenso de Washington” a finales de los años 1980’, lo llevan a languidecer desde la perspectiva económica, política y social. El Covid – 19 ha sido el corolario de una dinámica observada en los últimos treinta años, donde la velocidad de los cambios generados principalmente por la aceleración del propio ritmo tecnológico, nos asientan bajo un paradigma global diferente.

El mismo, como eslabón final de una cadena de desaciertos de lo pretendido por el imperio décadas atrás, nos augura un futuro donde seguramente el instinto de supervivencia, racional y egoísta, se oponga a los deseos de libertad que requiere el neoliberalismo. Ello se ha replicado claramente a nivel estatal, donde hasta en los países ‘más desarrollados’ se han realizado confiscaciones de respiradores cuando estaban a punto de salir de sus aduanas hacia su destino final.

También quienes en el mundo desarrollado pensaban que el terrorismo era su único enemigo – el cual se podía controlar, cercenar y encausar con ingentes recursos para con el aparato de seguridad del Estado -, ahora recibieron un segundo golpe.  Quienes no están acostumbrados a las vidas agitadas con las cuales si convive la mayoría de los ciudadanos de los países pobres del mundo, difícilmente no piensen que algún otro dilema de diferente índole pueda ocurrir en cualquier otro momento. ¿Después de los atentados y los virus mortales, que seguirá en la lista?

Bajo este marco situacional, los Estados nacionales tratan de enfrentar la situación epidémica respetando al máximo los mecanismos del Capital, aunque la naturaleza del riesgo los obliga a modificar el estilo y los actos de poder. Una gran crisis económica, y esto es capitalismo señores, implica que los números no cierran y hay que despedir personal. No importa el cómo, el porqué, el esperar, proponer una reducción de salario, nada. Ya sabemos quién ganó el partido economía vs. salud. O mejor dicho, en que momento el mercado le termina torciendo el brazo a un Estado que, mientras debe intentar mantener la salubridad de su población, necesita manejarse con quirúrgico equilibrio para que no se desmorone un sistema de acumulación que, nos guste o no, se encuentra profundamente arraigado en cada gran empresa, cada Pyme, cada trabajador.

Me permito mirar más allá. Probablemente el futuro implique vivir bajo un Estado panóptico, con enorme poder de control y coerción a través de la vigilancia digital; autoritario, paternalista y celoso de sus posesiones, pero lejos de la necedad. Construyendo poder para contener sociedades cada vez más informadas, con políticas redistributivas sectoriales para satisfacer medianamente las necesidades de los grupos particulares, y mejor preparados para la ocurrencia de eventos extraordinarios (guerras, pandemias, desastres naturales). Queda en signos de interrogación, como diría un colega amigo, si no estaremos avanzando hacia el peor de los mundos. Un sistema económico que acentuará la lógica del individualismo capitalista salvaje, en conjunción con un sistema político comunista que, en lugar de parecerse a una verdadera democracia con control popular bajo el lema de la equidad, se asemeje a una dictadura salvaje y violenta.

Finalmente, quisiera concluir el artículo preguntando sobre aquellos que han pregonado el fin de la ‘historia’. Porque los argentinos, si de algo pecamos, es de olvidar el pasado; lo que, indefectiblemente, nos ha conllevado a volver a cometer los mismos (groseros) errores. Por ende, y en este caso sin ser misericordiosos, podemos entender que ‘errar es humano’ para quienes tras la caída del Muro de Berlín, arrogaban el haber alcanzado el destino final paradisiaco para la humanidad toda. Sin embargo, y ante la evidencia pragmática de una historia que refleja el empeoramiento de las desigualdades y la calidad de vida de las mayorías en cada rincón del planeta, podemos afirmar que las miserias y sus consecuentes derivaciones creadas con sus políticas adrede, solo merecen el perdón de dios.

Externalidades (y algunas miserias) globales derivadas del Coronavirus

Pablo Kornblum para Ámbito Financiero, 18-03-2020

https://www.ambito.com/economia/economia/coronavirus-el-impacto-los-mercados-y-las-miserias-globales-derivadas-n5089235

Ante la pandemia global que estamos viviendo, que para el mundo capitalista occidental más desarrollado es prácticamente una película apocalíptica impensada de terror, las externalidades generadas son de las más variadas: algunas muestran el rostro más humano y condescendiente de la especie; otros la avaricia y el aprovechar al máximo posible la situación, muchas a veces a costa de los que más sufren.

Empecemos con los héroes. Aquellos que ponen el cuerpo en las áreas de la sanidad, los denostados científicos que buscan una cura lo más rápidamente posible, los trabajadores de maestranza que se encargan de limpiar sobre lo limpio, los cajeros de los supermercados que se encuentran en contacto con cientos de personas diariamente para proveerles sus productos esenciales. Esos asalariados, desde los que requieren más educación hasta los que ponen su ‘fuerza de trabajo’, son los que sigilosamente han ido perdiendo participación en la distribución de la riqueza global, bajo el marco de un sistema que premia primaria y primordialmente la reproducción y acumulación del capital físico y – sobre todo – financiero. Para ser sinceros, perdieron en lo económico, y seguramente seguirán perdiendo. Llego la hora de que pasemos de  la satisfacción del reconocimiento ético, condición ‘necesaria pero no suficiente’, a una premiación de tinte material.

En consonancia, una vez más se les pide a los gobiernos que respondan para solucionar el caos. Es interesante porque las mayoritarias clases medias, medias-bajas y bajas, pasan la vida reclamando una gasa en un hospital, la posibilidad de tener una educación de calidad, obtener ingresos suficientes para acceder a alimentos nutritivos, o que sean elegibles para que se les otorgue un crédito y puedan adquirir un hogar o desarrollar un emprendimiento. Pero cuando la problemática impacta en los que más tienen, las clases altas y medias-altas acomodadas que se encuentran hoy en una posición de ‘horizontalidad’ en términos de capacidad de respuesta sistémico, salen a la luz los trasfondos de las miserias ocultas mientras ellos no necesitan – y sobre todo les encanta denostar -: los servicios públicos y el rol del Estado en general. Italia es un claro ejemplo: muchos se acuerdan ahora, cuando en su momento lo aplaudían, los recortes en el área de la salud – había que cumplirle la promesa a Bruselas de disminuir el déficit fiscal del 2,9% en 2019 a 2,2% en 2020, 1,8% en 2021 y 1,4% en 2022 -. Que quede claro: nadie habla de potenciar un Estado ineficiente o corrupto. Pero lamentablemente, parece que se necesitan de estas crisis para gestar un punto de inflexión que genere conciencia de la relevancia de un servicio público bien acondicionado para contrarrestar cualquier circunstancia.

Por otro lado, la recesión de la economía real en la mayoría de las regiones del planeta es un hecho. En medio de una globalización neoliberal golpeada marginalmente por la dinámica proteccionista, se resalta el trasfondo que implican las cadenas de valor de bienes intermedios y finales – con la enorme representatividad China y su traccionamiento del resto del pujante mercado asiático -, y la relevancia de los recursos naturales estratégicos, como principalmente observamos en el caso de los hidrocarburos. Por supuesto, los Estados con intereses globales siempre ven una de cal y una de arena, donde la dinámica generada por el coronavirus desató una lucha geopolítica, en la cual los principales actores intentan aprovechar cada ‘hueco’ que se genera para avanzar un casillero en el tablero global.

Un caso testigo es el de Arabia Saudita, quien recibió el reclamo de recortar la producción por parte de los Estados Unidos para contrarrestar la baja natural de la demanda de la economía real, lo que desató inmediatamente una negativa de Rusia en la OPEP; Vladimir Putin está dispuesto a un precio bajo y una rentabilidad mínima, solo porque esos valores se tornan inviables para el Shale que produce su archienemigo estadounidense. En el mientras tanto, los rusos juegan con la devaluación del Rublo, el desplome de los mercados y la incertidumbre sobre el mediano plazo para comprar todo los activos estratégicos a su alcance. Y en la carrera por el poder global de mediano y largo plazo, todo suma.

En sentido similar, el Coronavirus no solo ha desatado una tendencia negativa en la economía real mundial, sino también en la más que ‘lógica locura’ de los mercados financieros. Ello demuestra una vez más que en el mundo de lo ficticio, las expectativas y la racionalidad (y la no tanto), suele perderse. Su consecuencia, en épocas de crisis vuelven siempre ‘a lo seguro’, aquellos activos que históricamente han sido de resguardo y que van más allá del escenario coyuntural. El caso emblemático es la compra masiva de bonos de deuda soberana estadounidense. Mientras la institución Estado sigue brindando ese abanico de poder de coerción económico y militar que nunca va a desaparecer, cualquier otro actor o sus derivados (como por ejemplo el caso de las monedas digitales sin respaldo estatal), continuarán en una incertidumbre de supervivencia que hará repensar a más de uno sus futuras inversiones.

Como complemento, el Coronavirus desnudo la relevancia de la economía real en detrimento de la exponencialmente potenciada en el último medio siglo, economía de las finanzas. El mundo de la producción de bienes y servicios puede sobrevivir con un política monetaria acotada a sus necesidades de ‘provisión de moneda’ para su correcto funcionamiento. La economía financiera, por el contrario, se esfuma – para no decir se derrumba – sin su partenaire del mundo de la generación de riqueza real y el trabajo. En este sentido, este escenario vuelve a poner sobre el tapete la irracionalidad (y porque no la inmoralidad) de un sistema financiero que se multiplica con el paso del tiempo por muchas más veces que la economía real – donde además tiene la característica de ser concentrador de riqueza en el corto plazo, dado la falta de trabas o controles por parte de los gobiernos (ingenuos o cómplices) que tienen la obligación redistributiva  -, lo que conlleva a un proceso de necesaria revisión para conjugar, con mayor justicia y eficiencia, ambas esferas. De no ser así, continuará potenciando negativamente lo que observamos hoy en día: políticas salvajes de estímulo monetario y fiscal de las principales potencias que se muestran inertes para con una realidad ecléctica.

Hablando de mala praxis o ‘praxis tardía’, nos encontramos con la irresponsabilidad política tercermundista del presidente de México y ‘fan de los abrazos’ Andrés Manuel López Obrador; de un presidente como Jair Bolsonaro que prefirió apoyar una marcha de autobombo en medio de un centenar de sus seguidores; o el insólito anti-protocolo del presidente nicaragüense Daniel Ortega ante la pandemia: fronteras abiertas y una marcha contra el coronavirus (y las recomendaciones de la OMS), denominada “Amor en tiempos del covid-19”. Sin palabras. A veces no se entiende si la lógica es negar la problemática tirando la ‘basura debajo de la alfombra’, cuando sabemos que en algún momento va a haber una explosión en la propagación. Y los que más van a sufrir no van a ser ellos ni sus familias, que como miembros de una elite que representan van a tener todas las herramientas para su tratamiento. Sino los millones de pobres que, por su fuera poco, han dejado en sus manos el poder de cambiar su oscura realidad. Y que no solo no cumplen, sino que con la estúpida soberbia expuesta, solo generarán un mayor abandono ante un virus mortal.

Finalmente tenemos, no con menos asombro, la posición del presidente Donald Trump, que después de un mes de negacionismo, recién esta semana le pidió a la población evitar juntarse en grupos de más de 10 personas – aunque descarto una cuarentena general -; o de la Canciller Ángela Merkel, quien sostuvo hace dos semanas que el 70% de la población podría infectarse – pero “el 80% podría recuperarse fácilmente” –, y ahora se vio obligada a tomar medidas drásticas, dejando abiertos solo supermercados, farmacias y un número reducido de otros establecimientos; o las increíbles palabras del recientemente triunfante en las elecciones británicas, el Brexiteer Boris Johnson, quien sostuvo hace pocos días que es mejor que la enfermedad circule para crear inmunidad, ya que existe una “fatiga conductual” que conlleva a que la adhesión pública a las cuarentenas disminuya con el tiempo. Solamente después de una lluvia de críticas de la mayor parte del arco científico y ciudadano, en las últimas horas le recomendó a la población del Reino Unido que eviten “todos los contactos sociales y desplazamientos no esenciales”.

Este retraso en un posicionamiento firme de políticas públicas en pos de la lógica de la acumulación a como dé lugar, se contrapone con las medidas consistentes y sólidas de China o Corea del Sur, quienes con relativo éxito han actuado rápidamente y poniendo todos los recursos a disposición. Si, así es, países menos democráticos y occidentales, además de más paternalistas y controladores. La lógica descripta ha puesto en jaque a aquellos que sostienen indefectiblemente que las democracias capitalistas del mero “voto y delego, esperando eficiencia y libertad”, son la única vía para una gobernanza efectiva que permita lograr mejoras en la calidad de vida de sus poblaciones. Y más aún, torna en evidencia la dificultad de lograr equilibrios políticos e ideológicos ante contextos cada vez más vinculados a libros distópicos que a un verdadero desarrollo socio-económico colectivo y global.

Para concluir, como ocurre con la crisis medioambiental global pero con la diferencia que la actual se vivencia a pasos agigantados y no en el mediano y largo plazo, se observa claramente que la necesaria continuidad sistémica del régimen de acumulación (pregonado principalmente por algunas de las consideradas potencias económicas y militares, pero muy alejadas de demostrar vigor moral), se encuentran por sobre el ser humano y su salubridad. Uno entiende, como ocurre en nuestro país, que las medidas extremas del ‘parar todo’ perjudican a una gran parte de la vida económica, comenzando por las ya castigadas Pymes y sus empleados, pero por sobre todo cae con dureza sobre los más humildes, aquellas mayorías que viven de su trabajo diario en las calles  - muchas veces no registrado –, y los desocupados, que ven cada día más lejos la posibilidad de poder generar algún ingreso en el corto plazo.

Por ello, la enseñanza que nos tiene que dejar está problemática ex post, es casi exclusivamente preventiva. Dotar de un ingente financiamiento al sector de la salud (salarios, insumos, etc.); generar una infraestructura desarrollada para ser flexible a la hora de poder mutar rápidamente las formas de trabajo; y principalmente crear un proceso redistributivo con políticas acordes para terminar con el ahogo a los pequeños y medianos productores, la precariedad laboral en todas sus formas, y la pobreza desesperanzadora que potencia enfermedades y no permite vivir más allá del día a día. Para que cuando aparezca, dios no quiera, una próxima pandemia, nos encuentre a todos mejor preparados.

¿Por qué es importante ser ciudadano de un país que construye poder?

Pablo Kornblum para Ambito Financiero, 19/02/2020

https://www.ambito.com/opiniones/capital/por-que-es-importante-ser-ciudadano-un-pais-que-construye-poder-n5084006

Las peleas del futuro no se distinguen de las del pasado ni las del presente. La lucha por la acumulación de capital físico (con su devenir financiero, aunque se hayan invertido los roles en el orden de prioridades) en base a la apropiación de recursos naturales estratégicos que permitan generar amplias cadenas de valor en industrias de alta tecnología permiten, a través de la lógica del comercio global, continuar incrementando el flujo y stock de bienes y servicios de los Estados; pero también – y por sobre todo – son utilizados como medio para potenciar el círculo virtuoso del poder duro (el aparato militar, la cyber-defensa, el control del espacio).

¿En que radica la importancia de vivir en un Estado ‘poderoso’ en términos geopolíticos y geoeconómicos? Principalmente, por la capacidad de redistribuir la riqueza que poseen. Pero no en términos altruistas, sino simplemente para hacer cumplir los deseos de los paladines de la ‘pax social’: más recursos implican mayores ‘dádivas’ para contener a una ciudadanía cada día más demandante. Así es, mal que les pese a las elites globales, el ser humano quiere vivir mejor; por ende, los pedidos a los gobiernos, pero también a las grandes corporaciones a través de la ‘Responsabilidad Social Empresaria’, o al famoso ‘1% más rico’ bajo el halo de la filantropía coercitiva, tienen una tendencia creciente en cada rincón del planeta. De no recibir respuestas positivas, la expansión de las miserias y desigualdades solo implicará mayores tensiones sociales con consecuentes futuros impredecibles.

A ello se le adiciona otro dilema. La globalización tecnológica de las últimas décadas conllevó a un derrame de información variada y nutrida a aquellos lugares de la tierra que hasta finales del siglo pasado eran considerados remotos. En este sentido, una enorme cantidad de seres humanos tienen acceso a ver con sus propios ojos la pobreza, las injusticias, los peligros, o los debates que se llevan a cabo en torno a sus vidas y los temas de interés internacional. Ello ha enriquecido la capacidad de elaboración de ideas a través del cuestionamiento. Y contrarresta la famosa frase que dice que hay dos formas de poner de rodillas a un pueblo: ‘por las armas, o a través de la ignorancia’.

El otro punto a destacar es que la expansión de medios a nivel global, conlleva una contraparte económica. Los procesos de globalización de la producción se realizan a través de tercerizaciones hacia mercados ‘más económicos’, destruyendo el salario de la clase media del mundo desarrollado para homogeneizar un escenario socio-productivo que perpetua una gigantesca marea de clase media-baja, los cuales se han transformado en variables fundamentales que ayudan a la supervivencia de las Pymes dependientes de las grandes corporaciones, como así también a las erogaciones gubernamentales discrecionales – léase el tan mentado ‘gasto social’ de los poderes de turno. Todo ‘pendiente de un hilo’, contrario a los objetivos de sustentabilidad y desarrollo de la calidad de vida de la ciudadanía trasnacional.

Como se ha descripto, sostener los avatares de las mayoritarias clases empobrecidas y pauperizadas del mundo no es tarea sencilla para los que rigen los destinos del planeta. Sin embargo, no es imposible.

Por un lado, la vital información como ‘herramienta educadora’, es susceptiblemente dominada por los poderes político-económicos. Para una gran parte de la población no especializada en las denominadas Ciencias Sociales (Ciencias Políticas, Economía, Sociología), la manipulación de lo que se dice suele ser moneda corriente. Nadie espera que las mismas sean objetivas; pero deberían mostrar, al menos, los dos lados del mostrador – aunque sabemos que en muchas ocasiones el abanico de grises es amplio -, para que el ciudadano medio pueda tratar de analizar la realidad a través de diferentes prismas ópticos.

La otra temática relevante a destacar es la utilización de la grieta entre clases sociales inter-estatales similares, como elemento disuasivo de aquellos que quieren derribar el estatus-quo. Ya Arghiri Emmanuel, el economista marxista griego que tuvo una enorme relevancia a mediados del siglo pasado, sostenía que mientras las elites de los países desarrollados y sub-desarrollados se beneficiaban de los intercambios comerciales y financieros (los primeros en mayor medida, en base al deterioro en los términos de intercambio de los segundos), existía además algún tipo de beneficio relativo para con las amplias ‘clases medias’ del primer mundo, a través de mercados internos virtuosos. Pero el punto en cuestión es que los perdedores, las mayorías pobres de los países del ‘tercer mundo’, no solo reciben migajas del plusvalor de sus clases dominantes, sino que, y por sobre todo, se encuentran ‘desconectados’ con sus pares trabajadores – o mismo pequeños emprendedores desclasados -, de las otrora potencias Europeas, Estados Unidos, o Japón.

Finalmente los poderes dominantes tienen, como último recurso, el aparato represivo del Estado. Si, ya saben que desde la creación de las Naciones Unidas y todas sus declamaciones, no se encuentra bien visto la utilización de la fuerza para reprimir a una sociedad civil que declama mejoras urgentes y, peor aún, generalmente ‘demasiado racionales’. Pero los reclamos son cada vez más fuertes y poderosos, de sociedades que exigen un verdadero cambio y hacen tambalear a los poderes de turno. Ello es inadmisible. Por ello la validación y el llevar a la praxis – después se verá cómo se justifica -, los secuestros, la represión, las ejecuciones y la violencia psíquica, son una práctica lamentablemente ‘normalizada’ de aquellos que se encuentran justamente para cuidarlos y hacer valer/respetar sus derechos.

Para concluir, podemos afirmar que en la última década hemos vivido un poco de todo lo mencionado: desde los ‘indignados’ pasando por la primavera árabe; guerras comerciales y disminución de costos a como sea; conflictos intrínsecos ideológicos que abarcan desde la posición ante la inmigración o el cómo se controlan epidemias como el Coronavirus, o la violencia paraestatal como son el caso del Chile de Piñera o la Venezuela de Maduro, para ir muy lejos de nuestro entorno.

Dentro de este torbellino de situaciones, donde todas las variables son válidas y la puja de intereses contrapuestos es permanente, siempre termina prevaleciendo la fuerza o el dinero que ella puede comprar. O viceversa, ya que el orden de los factores no altera el producto: poder y riqueza se intercalan y se potencian mutuamente. Y en este sentido, sea cual sea la posición en la cual nos encontremos en cada entramado social nacional – aunque a muchos les pese y lo discutan, el sistema internacional se sigue rigiendo bajo el eje rector de los actores estatales – en el fragor de la batalla, mejor es estar bajo el ala de los ganadores.

Porque de lo contrario, las problemáticas se potencian negativamente y, como nos suele ocurrir a los argentinos, continuaremos descendiendo aún más a escenarios de rispideces políticas intra-nacionales cada vez más agresivas por la escases de recursos económicos/financieros y la falta de capacidades de poder para mantener o conquistar activos estratégicos; que si lo adicionamos a la ya crónica injusta redistribución de la riqueza generada, solo redundará en una mayor violencia y caos social donde ya nadie se salva: ni los que menos tienen que ya no saben como sobrevivir; lo que queda de la clase media que cada vez obtiene menos con un mayor esfuerzo; ni las clases más acomodadas, donde su seguridad corre peligro permanentemente. Como ocurre en ciertos países y regiones del mundo, donde jamás hubiéramos soñado estar. No, no estoy describiendo un escenario distópico. Es nuestra realidad actual.

Al César, lo que es del César

Pablicado en el diario Ámbito Financiero el 31-12-2019

https://www.ambito.com/opiniones/impuestos/al-cesar-lo-que-es-del-cesar-n5073925

La cuestión impositiva es tan antigua como la humanidad misma. Ya se discutía en los tres evangelios sinópticos de la Biblia cómo los fariseos intentaron que Jesús se pronunciara de forma explícita sobre si los judíos debían pagar impuestos a Roma: su respuesta dio lugar al popular refrán “Al César, lo que es del César”. Sin ir tan lejos en el tiempo, desde la creación de los Estados Nacionales modernos el contrato social sostiene que los gobernantes, en nombre del Estado, recaudan dinero – mayoritariamente a través de la vía impositiva -, para luego redistribuirlo en pos del bien común. Simplemente eso.

Por supuesto y como ocurre en toda ciencia social, podemos discutir si el Estado se parece más a un ‘Gran Hermano’ que a una institución libre de toda subjetividad; que si la elección de los gobernantes y su posterior desempeño se emparentan o por el contrario se distancian abismalmente de sus promesas o el mismo deber ser; o qué es realmente el bien común en un mundo donde prima el desempleo, la desigualdad y la exclusión. La realidad es que vivimos en un sistema económico global de demandas crecientes en la mayoría de los rincones del planeta, parí passu nos encontramos con sociedades cada vez más informadas y, lentamente, más educadas. Ello se ve reflejado, por un lado, en que cada vez más personas tienen acceso a lo que ocurre en otros lugares del mundo. A través de los diversos medios de comunicación, pueden observar que otros seres humanos, sus pares, poseen claramente una mejor salubridad, educación, u ocio. Por otro lado, no podemos dejar de lado el espíritu per se de la lógica de la evolución: no hay lugar en el mundo donde una persona no quiera que sus hijos y nietos vivan mejor. La consecuencia, mayores exigencias y presiones fiscales para solventar una realidad social que lo reclama. Y gobiernos temerosos que si no dan respuestas, las tensiones sociales se puedan incrementar. Y como lo hemos visto en nuestras latitudes últimamente, a una velocidad y con una voracidad inusitadas.

La realidad global es que un puñado de personas y corporaciones, más poderosos y ricos que naciones enteras, no quieren cubrir el costo de una imposición que derive en ingresos a las arcas estatales para su posterior distribución. Con una quirúrgica ingeniería de operaciones globales, vivimos en tiempos de secretismo bancario y exuberantes paraísos fiscales  – existen unos 50 territorios en ‘listas negras’ -, que alimentan el fraude y la elusión fiscal (se calcula que las prácticas de elusión de las multinacionales deja unas pérdidas de 500.000 millones de dólares al año en el planeta). Por ello es que el economista Thomas Piketty propone un impuesto global sobre el patrimonio que grave con un 5% o 10% a las fortunas superiores a los 10 millones de Euros. O la misma propuesta de James Tobin, cuya idea fue aplicar una tasa que grave las transacciones financieras mundiales como forma de generar recursos de bienes públicos globales y contribuir a la estabilidad financiera internacional. Pero más allá de estos proyectos macroaltruistas globales, que han quedado hasta el día de hoy en la nada – igual que todo lo que proponen los Organismos Internacionales, denostados bajo un mundo de nacionalismos crecientes y alianzas estratégicamente pensadas -, cada país intenta hacer lo que mejor puede. O quiere.

Por un lado, los países nórdicos que personifican el mundo más desarrollado – Islandia, Dinamarca, Bélgica, Suecia, Finlandia -, tienen los impuestos más altos del mundo. Y además poseen una mayúscula calidad de vida, son profundamente competitivos y poseen altos niveles de productividad. La clave: transparencia, sustentabilidad, ética, eficiencia y eficacia en la recolección y el expendio de los recursos gubernamentales. Un ejemplo minimalista es el caso austriaco: como política de incentivos al cuidado del medioambiente, han reducido la carga fiscal para bicicletas y otros vehículos eléctricos.

Como contraparte a las altas cargas impositivas, se encuentran varios Estados del mundo árabe: Qatar, Kuwait, Bahréin, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos pertenecen a los países del Top 10 donde la carga tributaria es la menor del planeta. La respuesta a ello es muy sencilla: la recaudación proviene de sus altos ingresos hidrocarburíferos, los cuales suplantan ampliamente cualquier tipo de imposición.

En el caso de nuestra región latinoamericana, el promedio de los tributos llega a un 23% del PBI  (hay que tener en cuenta que en la OCDE es el 34%). Los países de la región que menos impuestos pagan son Guatemala, República Dominicana y Perú (12,6%, 13,7% y 16,1% del PBI respectivamente). En el otro extremo se encuentran Cuba (41,7% del PBI), seguido por Brasil (32,2% del PBI) y Argentina (31,3% del PBI). Salvo la excepcionalidad socialista del caso cubano, son todos Estados con enormes niveles de desigualdad. Pero la diferencia entre Argentina o Brasil y los que menos tributan, es el nivel de ‘tolerancia ciudadana’ ante las exigencias de incrementos del gasto social bajo el marco redistributivo de los recursos escasos. Diferencias educativas y culturales, se podría decir.

Saliendo de los escenarios estructurales, la dinámica económica también requiere de cambios puntuales en términos impositivos. Un claro ejemplo ha sido la crisis europea de hace una década. Si nos fijamos en el caso de España, la enorme deuda pública contraída previamente ‘obligó’ al gobierno a incrementar el IVA en el año 2010  y nuevamente en el año 2012 – del 16% al 18%, para luego pasar al 21% -, lo que le permitió generar ingresos extras (unos 8.000 millones de Euros) destinados casi con exclusividad para el repago de sus compromisos externos. La misma suerte han tenido los contribuyentes griegos, que desde el año 2007 al 2017 tuvieron un incremento de 8,2% – hasta alcanzar el 39,4% del PBI – en términos impositivos totales. El objetivo recaudatorio, en mayor o menor medida, se cumplió para ambos países mediterráneos. Queda en el debe el impulso a las mayoritarias clases medias y bajas, todavía ahogadas en un mar de endeudamiento, mercados internos deprimidos, y disminución en el gasto social y las inversiones estatales.

Un caso similar de ajuste fiscal se dio en Irlanda, con la excepción que su situación previa le permitió capear la crisis con mayor solvencia y menores consecuencias socio-económicas. En este aspecto, en la década de 1980’ se iniciaron reformas que incluyeron, por ejemplo, la diferenciación de los niveles de aportes al Estado según el tipo de empresa y su ubicación geográfica. Poco más de una década después se evaluó que era conveniente unificar los regímenes, con una tasa de imposición a las sociedades del 12,5% (antes de los cambios ese porcentaje había llegado al 50%). Luego se sumaron incentivos específicos, como un menor nivel de impuestos – hasta el 6,25% – para los beneficios logrados por inventos patentados en el país; lo que a su vez se complementó con una deducción por invertir en investigación y desarrollo, lo que conllevó a que muchas compañías multinacionales – sobre todo del sector tecnológico – se instalaran en el país. Los opositores hacen hincapié en que el “race to the bottom”, donde países como Irlanda ceden una cierta cantidad de ingresos y beneficios directos para con las arcas estatales – inclusive perforando la legislación laboral o medioambiental –, terminan perjudicando al conjunto. No es el caso de Luxemburgo, que ha hecho de la competencia fiscal una política de Estado. No son pocos los que sostienen que si Amazon, que se instaló en aquel país en el año 2003, se ha transformado en el mayor retailer del planeta, es en parte porque ha arrinconado la fiscalidad hasta el borde de lo ético. Como indica el dicho, el tango se baila de a dos. O de a tres. En este sentido, Francia fue más allá y ya decidió aplicar una tasa a la digitalización. Desde los Estados Unidos ya comenzaron las quejas: en el discurso dicen que afectarían a consumidores y pymes dentro de la cadena de valor tecno-productiva; aunque implícitamente, sabemos que el dilema es geoeconómico. Las principales empresas afectadas, entre las que se encuentra Google, por ejemplo, son estadounidenses.

China es otro caso de políticas tributarias dinámicas y quirúrgicas. El gigante asiático redujo recientemente la alícuota del impuesto al valor agregado, con porcentajes diferenciales según el tipo de actividad y el tamaño de la empresa; también hubo reducciones tributarias referidas a los ingresos obtenidos por inversiones en bonos. En este sentido, la motorización el consumo y la multiplicación de las operaciones bursátiles son un debe para con la mejora de la macro y microeconomía china; pero sobre todo, es necesario geopolíticamente para con el achicar la brecha con el resto de las principales economías capitalistas.

No podemos dejar de mencionar que, en ciertas ocasiones, la dinámica tributaria viene acarreada de fuertes pactos sociales. En Japón, por ejemplo, hubo una modesta caída del aporte de los empleados para el fondo de desempleo, contrabalanceado por un aumento en las contribuciones para las jubilaciones y pensiones. Este tipo de medidas mixtas (alzas y bajas), también se dio en otros paises, como es el caso de Finlandia, donde un pacto de competitividad derivó en una reducción de lo que aporta el empleador, en contraposición a un incremento de lo que se encuentra a cargo del empleado.

Por último, más allá de lo estructural y coyuntural, debemos analizar qué tipos de impuestos se cobran y, por ende, que grupos o sectores económicos se perjudican/benefician con cada política impositiva. Por ejemplo, en algunos países se decide incrementar el IVA (en nuestro país representa casi el 50% de la recaudación, mientras que el promedio OCDE se sitúa en torno al 10%), un impuesto regresivo pero sencillo de recaudar. En la mayoría de los Estados hay espacio fiscal para gravar la renta – proveniente de la economía real, pero también de la especulativa -, pero suele contar con una férrea oposición de los sectores concentrados de mayores ingresos, con una discursiva ligada a los perjuicios sobre las tan mentadas inversiones que ellos solo pueden generar.

Ello puede centrarse en una discusión ética, aunque en nuestro país se puede traducir en una cuestión de racionalidad económica: la presión impositiva es la segunda más alta a nivel global en términos de las contribuciones obligatorias que pagan las empresas que producen — después de las deducciones y exenciones permitidas — como parte de las ganancias comerciales. Aunque podemos discutir sobre la explicación técnica que menciona la imposibilidad de las empresas locales de ajustar sus balances por inflación, la verdadera respuesta a la problemática se encuentra en otro lado: la mala praxis económica que ha llevado a una inercia inflacionaria de más de dos dígitos por años, tasas de interés exorbitantes y prohibitivas para mejorar la producción (o simplemente para apalancar las deudas contraídas), gran cantidad de Pymes proveedoras de bienes y servicios que cobran con suerte a 120/150 días en un mercado interno deprimido, o la alta evasión impositiva de una gran parte del empresariado más rico, y por lo tanto, con mayor capacidad contributiva. Pero sobre todo, la real imposibilidad de la mayoría de las Pymes de poder pagar todos los impuestos dado el contexto descripto. Para una parte importante de los actores económicos, manejarse, al menos en parte, en la informalidad, se ha tornado una realidad cotidiana para poder sobrevivir. Ello a su vez promueve el discurso lógico de quienes sostienen que los pocos que pagan todo, terminan pagando por los que no lo hacen. Una discusión inerte y que no conlleva ninguna solución.

Por lo tanto, podemos afirmar que la recaudación impositiva es un eslabón determinante, pero no es el único. Hasta podríamos decir que no es el más importarte. Por ende, urge una necesaria complementariedad con otras políticas económicas apropiadas. El caso de Sudáfrica es emblemático: el país tiene uno de los sistemas fiscales más progresivos del mundo y, al mismo tiempo, una de las sociedades más desiguales del planeta. En este sentido, los ricos pagan altas imposiciones – el decil con mayor nivel de ingresos debe tributar en torno al 42% -, el impuesto corporativo es difícil de eludir, y los gravámenes al consumo incluyen excepciones para los alimentos y otros suministros básicos para los hogares de menores ingresos. Por otro lado, la naturaleza redistributiva del impuesto es modélica en términos de poner el foco en los pobres y en la asistencia social. Sin embargo, luego de décadas de ‘apartheid’, no solo la mayoría de la población es incapaz de acumular capital humano o financiero, sino que además la tasa de desempleo supera el 20%, lo que cerciora la capacidad contributiva. Evidentemente, la concentración de la riqueza en un minúsculo grupo de la población dedicado principalmente a los servicios financieros, tiene un límite fiscal para con las soluciones que se puedan generar en términos de mayor igualdad y desarrollo socio-económico. Y el no generar un escenario macro y microeconómico pro-positivo, suele terminar en la necesidad de recaudar ‘a como sea’. Este es el caso de Chad, un país agrícola de los más pobres del mundo, que aplica un impuesto corporativo del 1,5% sobre el volumen de negocio, o el 40% de los beneficios, en función simplemente de cuál sea el más elevado.

Por último, como me dijo una vez un profesor cuando daba mis primeros pasos como estudiante de economía, “no hay sistema económico que funcione, ya sea de derecha o izquierda, si se embebe en la ineficiencia y la ineficacia, pero sobre todo si perdura bajo un manto inmoral de total corrupción e impunidad”. Instituciones éticas y sólidas, una sociedad que culturalmente castigue la corrupción, la evasión y la mala praxis económica, y un modelo de solidaridad impregnada en cada uno de los actores sociales en pos de una mayor justicia distributiva, podrían ser el norte para generar un sistema tributario racional, eficiente y eficaz. Y que por sobre todo, ayude a los más necesitados. Que en definitiva, como se mencionó al principio, para ello fue creado.

La geopolítica en la reestructuración de deuda soberana

Pablo Kornblum para Ámbito Financiero, 12-12-2019

https://www.ambito.com/economia/reestructuracion/que-paises-reestructuraron-la-deuda-soberana-y-como-les-fue-n5070656

El incumplimiento del pago de una deuda es tan antiguo como la historia misma. Antes del siglo XIX, los defaults se producían mayoritariamente por eventos extraordinarios, como guerras y revoluciones. A partir de entonces, su principal bandera ha sido la lógica financiera, pero siembre en conjunción con intereses geopolíticos que implican una interdependencia compleja de análisis. La mayoría de las 250 cesaciones de pagos de deudas soberanas desde 1800 hasta el año 2000 que requirieron una reestructuración, han tenido su correlato con la dinámica del statu-quo sistémico: una rentabilidad suntuosa reflejada en una elite concentrada trasnacional, la cual se ha tornado acreedora permanente de gobiernos cómplices que perjudican a los más débiles.

 

El abanico de casos es tan grande como la geografía global. Por ejemplo, en la reestructuración ucraniana de 2015, el gobierno de Kiev hizo uso de todas las opciones disponibles: quita de capital, extensión de plazos con periodo de gracia, aumento de la tasa de interés y la emisión de un bono atado al crecimiento, similar al Cupón PBI que utilizó Argentina en 2005. Aquí el FMI ha ocupado un rol sustancial. Los acreedores privados no aceptaban un recorte de capital mayor al 5%, mientras Ucrania aspiraba a una poda del 40%. En este sentido, la presión del organismo multilateral de crédito apéndice de los Estados Unidos fue clave para que los grandes Fondos de Inversión (entre los que se encontraban nuestros conocidos Franklin Templeton y Black Rock) dieran su aval a una quita del 20%. No sea cuestión, pensaban desde el imperio, que el detrimento macroeconómico ucraniano se contraponga con un fortalecimiento geopolítico del enemigo ruso.

 

El otro elemento clave en Ucrania ha sido su casi simultaneidad con la decisión de la ONU de poner un límite al accionar de los ‘Fondos Buitres’. En aquella resolución, se dictaminaba que un Estado soberano tiene derecho a elaborar sus políticas macroeconómicas, incluida la reestructuración de su deuda soberana, sin que sea frustrado ni obstaculizado por medidas abusivas. Pero específicamente, se debía respetar la decisión de la mayoría en los casos de canje de deuda, de manera de evitar que un número ínfimo de acreedores pueda accionar contra una reestructuración y promover el embargo de los bienes de un país, como embajadas o embarcaciones (como bien lo hemos sufrido con la Fragata Libertad en el puerto de Ghana). Podríamos decir que ha sido una justa y racional medida de la principal institucional global; lamentablemente, la misma se encuentra embebida en el ninguneo y el destrato de una lógica internacionalista vapuleada por la logia que representa la elite financiera/política/judicial trasnacional.

 

Ello también se vio claramente reflejado en uno de los mayores default de la historia, como ha sido el de Grecia en el año 2010; en aquel momento, la deuda soberana griega había escalado hasta los 320.000 millones de euros. El país europeo, quebrado por la crisis financiera que estalló en 2008 y sin poder financiar más un gasto público que se había incrementado un 50% entre 1999 y 2007, realizó un referendo donde el 61% de los electores votaron por el “No” a los ajustes exigidos por la denominada ‘Troika’. El resultado era previsible: la mayoría de los griegos no había vivido la ‘fiesta de los Euros’, ya que los préstamos internacionales habían sido licuados por unas elites políticas y economías evasoras y corruptas.

 

La Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el FMI, rechazaron de cuajo la decisión democrática: sin importar las consecuencias socio-económicas, los principales acreedores, los más renombrados bancos europeos (alemanes sobre todo, donde reside el motor económico del viejo mundo) y estadounidenses, debían cobrarse sus deudas. Evidentemente, mientras las ganancias se habían concentrado en una elite financiera, las pérdidas se socializaron a través de fuertes medidas de austeridad, como por ejemplo la reforma del mercado laboral. Las consecuencias, a la vista: una década después todavía se observa un mercado interno deprimido, el desempleo más alto en la región y, por supuesto, una creciente desigualdad social.

 

En el fondo, la geopolítica denotaba la otra gran problemática: encontrar el equilibrio justo entre el repago de los compromisos y la tensión social que podía implicar la salida del Euro – en aquel momento la temática en boga de los mercados y los líderes regionales -, con nefastas consecuencias económicas y un temor al ‘efecto contagio’ de otros actores estatales que en aquel momento también se encontraban en graves problemas financieros (Portugal, España, Irlanda). Finalmente, Europa le torció el brazo al pueblo griego y el gobierno a cargo del premier Tsipras decidió que el ajuste prevalezca sobre una potencial salida de la Unión Monetaria. Lo interesante es que aquel dilema geopolítico con tintes dramáticos se contrapone con lo que está ocurriendo años después con el Brexit, donde el dilema británico no se encuentra directamente vinculada ni con el Euro, ni con la deuda soberana. Evidentemente las complejidades y la enorme cantidad de variables en juego se conjugan tanto a nivel internacional, como a nivel doméstico.

 

Ello se observa de forma similar en las discusiones que se han planteado dentro del Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE), el Organismo creado en el año 2011 que tiene como objetivo ayudar a los Estados miembros de la Unión Europea que se encuentran en graves dificultades financieras. Italia es el país apuntado en la disputa actual: con las nuevas reglas se afectaría directamente al valor de su deuda soberana, principalmente dadas las facilidades que se incluirían para con la reestructuración de sus pasivos públicos que al día de la fecha ya superan el 130% de su PBI. En este aspecto, los países nórdicos ya han puesto el grito en el cielo: son contrarios a compartir cualquier tipo de riesgo con los ‘países del sur que no son de fiar’. Culturas más proclives al trabajo versus ‘vagos improductivos’, se podría decir. Una retórica discutida y peligrosa, pero más actual que nunca y que impacta de lleno en el financiamiento y posterior repago de las deudas intra-regionales.

 

Más al sur, las problemáticas parecen acrecentarse. La denominada por muchos ‘ilegitima’ deuda de Mozambique que salió a la luz mundial en el año 2017, tiene aristas de un negociado financiero con ribetes de colonialismo del siglo XX: empresas de alimentos y militares financiadas por bancos europeos (como por ejemplo los 500 millones de dólares otorgados por el Crédit Suisse para el desarrollo de una empresa nacional de Atún), gerenciados por compañías ligadas al gobierno francés, bajo el manto de un enorme desvío de los préstamos con, al menos, la complicidad de las más altas autoridades del gobierno mozambiqueño.

 

Poco han importado el bypass ilegal realizado al parlamento nacional, o la falta de capacidad para generar procesos productivos verdaderamente viables y provechosos para la generación de bienes y empleo que favorezcan a la mayor parte de la ciudadanía. Peor aún, dado que la deuda pública había llegado al 120% del PBI y Mozambique se tornó incapaz de honrar sus reembolsos, los acreedores propusieron una reestructuración que fue aceptada por el gobierno; un repago que compromete fuertemente a una producción gasífera de enorme potencial, ya que implicaría una fuga de recursos contraria a los intereses de una población que tiene ingresos promedio de 150 dólares mensuales. Por las dudas, empresas británicas, estadounidenses e italianas, con la conveniencia del gobierno mozambiqueño, ya se encuentran operando en la zona.

 

Por nuestras latitudes, el caso de Venezuela tiene ciertas similitudes con el descripto país africano. Las posibilidades de que el gobierno se declare en default se diluyeron de forma inversamente proporcional al involucramiento masivo de China y Rusia en la dinámica económica venezolana, sobre todo luego del intento de derrocamiento del presidente Nicolás Maduro promovido por los Estados Unidos y los grupos insurgentes domésticos a principios del corriente año. La pelea por los recursos naturales estratégicos – de eso se trata ciertamente, no del bienestar de la mayoría del pueblo venezolano -, le ha permitido reperfilar permanentemente los casi 80.000 y 20.000 millones de dólares de deuda que tiene con los acreedores chinos y rusos respectivamente. El costo no es menor, pero es el único que permite la supervivencia de un régimen asediado financiera y operativamente por los Estados Unidos: ceder a todos los requisitos de las potencias aliadas para con la obtención de los bienes tan preciados que provee la geología del país caribeño.

 

Para el resto de los Holdouts involucrados en el financiamiento venezolano, el aprovechar las altísimas tasas de interés o el comprar bonos a valor usurario (como los que se ofrecen de PDVSA), saben que solo conlleva a un futuro litigio espurio: una macroeconomía seriamente dañada en términos financieros y productivos (la inflación de cuatro dígitos no brinda margen alguno de racionalizar algún tipo de devolución seria de un préstamo), y una institución gubernamental que no puede brindar ningún tipo de previsibilidad o estabilidad de mediano plazo cuando se produzcan los vencimientos, les implica a los Fondos Buitre el demostrar toda su pericia para articular un trabajo conjunto con las elites políticas/judiciales/mediáticas, que les permitan obtener el mayor rédito financiero posible. Más allá de todo, sus detractores de la oposición venezolana sostienen que la posición de Maduro ante los acreedores solo es comparable con la que tenía el ex presidente comunista de Rumania Nicolás Ceausescu: mientras su población pasaba hambre durante años, él cumplía religiosamente con el pago de la deuda externa.

 

Luego de lo descripto, podríamos afirmar que la lógica del endeudamiento tiene aristas específicas para cada situación geográfica e histórica en particular, como así también dependiendo del monto recibido o la capacidad de repago de cada actor estatal. Lo que sí es generalizado es la dependencia que el préstamo genera, en mayor o menor medida, para cada uno de los deudores. Por otro lado, se encontrará en la idoneidad técnica y moral de cada gobierno su utilización: para acumular capital, generar divisas, repagar deuda o avalar la fuga del préstamo. Y su complemento con el resto de las políticas económicas exteriores y domésticas nos dirá, en el largo plazo, si la decisión de tomar deuda y su posterior renegociación ha sido beneficiosa para con las futuras generaciones.

 

Lamentablemente, el desarrollo institucional macroeconómico, social y productivo de nuestro país, lejos se encuentra de Suiza, Bélgica, Noruega, Finlandia, Corea del Sur, Singapur y Nueva Zelanda, los países que siempre han honrado en tiempo y forma sus deudas soberanas. Podemos esgrimir que subestimamos la capacidad de repago en términos de la dinamización del aparato productivo exportador, que los acreedores privados tendrían que haber sabido de las dificultades financieras del país y por ende son corresponsables de la necesaria reestructuración, que habría que haber activado el Swap Chino en lugar del desesperado salvataje de 50.000 millones de dólares provisto por el dúo Donald Trump/FMI – y cuyo objetivo era evitar el ‘avance del comunismo en Sudamérica’ -, o que el tomador del préstamo fue el gobierno anterior y no se puede honrar las deudas sin crecimiento económico y a costa de la miseria del pueblo argentino. En definitiva, la realidad es que las cartas están echadas y ahora hay que jugar. En el mientras tanto, nunca es tarde para desempolvar el libro del recordado Aldo Ferrer y volver discutir a futuro, si queremos – y podemos – “vivir con lo nuestro”.

Los fríos (e insuficientes) números de la economía

Pablo Kornblum para Ambito Financiero el 3 de Noviembre de 2019

https://www.ambito.com/los-frios-e-insuficientes-numeros-la-economia-n5063284

Sudamérica – y América Latina en general -, ha crujido. La desigualdad y la pobreza, atemperados por la coerción y el control comunicacional que denota la historia de nuestra región, suelen encontrar su punto de eclosión cuando se conjugan con otras variables menos economicistas, menos palpables para la macro, pero potentes en términos cualitativos. La pasión, las ganas de vivir mejor, la necesidad de cambiar un presente de carencias. Las últimas semanas han sido una clara muestra de ello.

El falso “milagro económico chileno” desnudo para al resto de la sociedad lo que los economistas sabemos desde el primer día que ingresamos a la Universidad. Crecimiento no es igual a desarrollo, y el efecto derrame no solo no es una relación estrictamente proporcional entre acumulación de capital y propagación pro-positiva del mercado interno, sino que además es claramente insuficiente para terminar con las desigualdades. Los números hablan por sí solos. Mientras el 1% más adinerado del país acumuló el año pasado el 26,5% de la riqueza, el 50% de los hogares de menores ingresos accedió solo al 2,1%; a ello se le adiciona que el 50% de la población activa percibe un salario de US$550 al mes (el sueldo mínimo actual de subsistencia es de US$414), bajo un escenario donde los medicamentos no genéricos y la educación privada, solo para citar algunos ejemplos, son los más caros de la región.

Sin embargo, este contexto no es suficiente para explicar el millón de personas que se unieron para reclamar frente al Palacio de la Moneda; para ello, se deben comprender los arraigados factores culturales que mellan en la estructura social chilena. La capacidad de desarrollo de la ciudadanía se encuentra limitada por el apellido que se tiene, por el lugar donde se vive, por el colegio que se puede pagar para sus hijos. Por ende, el hartazgo no es puntual de un aumento del boleto del metro. Es acumulativo y suele tener un detonante. En este caso, ha sido la burla de altos funcionarios del gobierno de Sebastián Piñera que le pedían, a la enorme mayoría de jóvenes y trabajadores que apenas llegan a fin de mes, que se levanten más temprano pero evitar tener que realizar ‘ese esfuerzo económico’. Aquel que las elites, de las cuales ellos son parte, no realizan. Ni siquiera lo perciben.

Lo mismo ocurrió en Ecuador. Con enorme liviandad, el gobierno de Lenin Moreno le pedía a la ciudadanía hidalguía para soportar el incremento exponencial del precio del combustible, tras la quita de subsidios que permitirían ahorrar 1.000 millones de dólares. Mientras que, al mismo tiempo, los medios de comunicación no ocultaban, con total desparpajo, exenciones impositivas por 4.600 millones de dólares para los grupos económicos concentrados amigos del poder político. Como consecuencia, una gran parte de la ciudadanía salió a las calles. Sobre todo los indígenas, con sus mujeres al frente, quienes han sido hasta el día de hoy las más vulnerables: por su género, por ser indígenas, por ser pobres. El estricto cumplimiento financiero bajo las directrices del FMI provocaron el despertar de aquellas violentadas en su ser. Evidentemente, el honor no entiende de medidas obsecuentes para con la estabilidad macroeconómica.

Las elecciones en Bolivia y Uruguay han dado otra muestra de desgaste gubernamental; por más efectivos que hayan sido en defender sus valores progresistas, ambos gobiernos han percibido el descontento existente en un núcleo blando del electorado que busca alternativas superadoras. En este sentido, el ser humano quiere vivir mejor, tener una mejor calidad de representación institucional, poder satisfacer con felicidad sus propios deseos. Pero también los gobiernos han perdido su eficacia y se han enlodado en la ineficiencia y la corrupción, desarrollando un frecuente estatus-quo de poder que se balancea entre la oligarquía, la plutocracia y el nepotismo; lo que potencia, bajo un discurso de mayor eficiencia y democracia, aún más el drenaje de un electorado pragmáticamente desleal.

No es ilógico entonces que más allá del sostenido crecimiento económico boliviano durante casi todo el gobierno de Evo Morales, los actuales bloqueos abrevan en las medidas de fuerza que realizaban en los ’70, ’80 y ’90, los mineros, indígenas y cocaleros, en una Bolivia hundida en la miseria y el saqueo. Otros actores, medios similares, el mismo objetivo de cambio. Tampoco para con la estabilidad macroeconómica que ha conseguido el Frente Amplio, que con 14 años de crecimiento ininterrumpido y un PBI per cápita que se ha incrementado en un 73% desde que asumió Tabaré Vázquez  por primera vez (17.278 dólares anuales en 2018), encuentra difícil remontar el escenario adverso de ballotage. El electorado de centro le reclama el incumplimiento para frenar las altas tasas de homicidios, o la falla en la trasformación productiva hacia energías renovables, entre otros. Simplemente exigen salir – aunque sea parcialmente – de los datos duros de la macroeconomía, y acercarse a los requerimientos tangibles y cotidianos del pueblo.

Por su parte, la continuidad del periodo chavista inaugurado hace 20 años, conlleva una clara impronta geopolítica – por no decir militar – de apoyo Chino-Ruso-Cubano, que le permite a Nicolás Maduro mantenerse en el poder, a pesar de padecer una inflación anual que supera los 4 dígitos. Un ejemplo es la elección de Venezuela para ocupar un asiento en el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas, a pesar de las incontables denuncias sobre una clara estrategia gubernamental para neutralizar, reprimir y criminalizar a la oposición política. Igualmente, Maduro no solo no se hace problemas, sino que relativiza cualquier argumento que le puedan adjudicar. Más aún si en el Consejo también se encuentran Filipinas y Arabia Saudita, entre otros países enormemente cuestionados por su praxis coercitiva.

Mientras la mala gestión de la política económica doméstica ha sido la norma durante años, el poner el foco en el contexto global le brindó un respiro al gobierno bolivariano: el real (y agresivo) bloqueo económico estadounidense, se contrapone con el apoyo de las potencias orientales que ya se encuentran insertas y quieren incrementar su influencia en la región: tanto en términos diplomáticos, como para con la realización de ingentes inversiones, o la obtención de recursos naturales. En este sentido, el caos económico y la hiperinflación poco le importan a Rusia, China y otros Estados europeos, mientras obtengan sus objetivos estratégicos (petróleo, Zinc, etc.). La que si sufre, más allá de su nivel de ideologización, es la mayoría de la población venezolana. Que, para citar un ejemplo, busca desesperadamente obtener ingresos en dólares (alrededor del 40% ya percibe la divisa estadounidense, sobre todo vía remesas) para poder adquirir bienes y servicios básicos (medicamentos, alimentos, etc.). La brusca aceleración de la dolarización en Venezuela tiene como objetivo el defenderse de la hiperinflación, proteger el patrimonio y simplificar las ya tumultuosas operaciones económicas. Medidas económicas necesarias, pero que no cierran la ‘brecha política’ ni mitigan la violencia social.

En un escenario más benévolo pero igualmente preocupante, nuestro país también vive una migración al dólar. El desprecio hacia nuestra moneda y la creciente dinámica inflacionaria afectan enormemente a una sociedad con un nivel de pobreza que supera largamente las 16 millones de personas – cuyos ingresos no alcanzan para cubrir los servicios básicos -, y a 5 millones de conciudadanos que se encuentran desocupados o sub-ocupados. Sin embargo, lo que más se ha resaltado luego de las elecciones del último domingo ha sido la nueva ‘brecha socio-productiva’: entre los que ‘producen y trabajan’ y los que ‘viven del Estado’ – en todas sus modalidades -. Lo que queda para racionalizar entonces sería por qué la inmoralidad de los números, le ceden el lugar de análisis primario al ‘bienestar relativo’. Todos estamos mal, pero otros se encuentran mejor o peor. Es claro que uno siempre quiere estar en el grupo ganador. O mejor dicho, ¿no deberíamos estar todos mejor, y dejar de lado la lucha del pobre contra el pobre? ¿O será que el miedo a descender en la pirámide social prevalece sobre la lógica de un mínimo contrato social?

En este sentido, es interesante destacar que durante el último debate presidencial argentino, un candidato propuso, con enorme liviandad, equilibrar el déficit fiscal despidiendo un millón de empleados públicos, además de exponer con cierta lógica racional el ‘vivir con lo nuestro’ a través de la eliminación de cuajo de la coparticipación federal. Lo preocupante es que no solo no se ha referido, bajo una estricta lógica economicista, a lo que ocurriría en el corto plazo con un hundido mercado interno por la falta de consumo; sino que ni siquiera ha mencionado como podría lidiar con un contexto socio-económico insostenible. Una angustia familiar que no se podría describir con palabras, pero que, evidentemente, no entraba dentro de su espectro de análisis. Un desapego que es la norma en una no depreciable cantidad de políticos de nuestro país, que parece que olvidan que su objetivo central cuando asumen es el bien común; pero sobre todo el mejorar la calidad de vida de los que menos tienen.

Lo expuesto denota varios puntos interesantes: por un lado, la alternancia de ciclos progresistas y conservadores, donde los diferentes gobiernos no pueden desarrollar una lectura pragmática y oportuna del mix que representan los cambios en el escenario internacional – siempre dinámico -, el descreimiento generalizado de su propia casta política, y especialmente la falta de políticas  abarcativas y superadoras que ellos mismos no pueden o quieren proveer. Por otro lado, el continuo pensamiento que las soluciones economicistas homogéneas son validas para cualquier lugar y momento histórico, es un error que suele acarrear enormes consecuencias socio-económicas negativas. Una Latinoamérica repleta de inequidades requiere políticas redistributivas y sociales que promueven sociedades más justas; y la única forma de proveerlas es comprender la especificidad de cada historia, cada cultura, cada forma de vivir.

En este sentido, la puja de intereses intra-nacional es una permanente en todas las naciones, pero no es una cuestión exclusiva de la disputa por la riqueza. Hoy en día se ponen a consideración otras variables que se conjugan y complementan entre sí, lo que dificulta la acción simplista de la vieja política focalizada en ideales concentrados. Temáticas como el aborto, la protección del medio ambiente, o la inserción social de grupos minoritarios se entremezclan en la agenda económica de todos los partidos y requieren un trabajo quirúrgico para delinear un programa de Estado. Solo con una enorme claridad conceptual, altruismo moral y capacidad técnica, se podrá suavizar la virulencia (política, social y económica) en el intercalar de gobiernos de izquierda y derecha (en contraposición a lo ocurrido en estos tiempos en nuestra región, donde se han observado traspasos de mando con altos niveles de turbulencias).

En definitiva, propongo para concluir el observar los países del mundo con mejores indicadores en su calidad de vida: Suecia, Noruega, Finlandia, Australia o Canadá, por ejemplo. Altos PBI per cápita en sociedades fuertemente igualitarias, han generado una ciudadanía más educada, respetuosa, e igualitaria en tanto la comprensión, tolerancia y aceptación de los derechos de los individuos, que redundan a su vez en un círculo virtuoso en términos de mejoras económicas individuales y colectivas y que, posteriormente, repotencian nuevamente el desarrollo social previamente descripto. Quizás allí se encuentre la clave para nuestra Latinoamérica: que los fríos números de la economía dejen de ser el objetivo per se, y se tornen una herramienta que primariamente genere altos niveles de educación y formación; ya que de este modo se podrá comenzar resolviendo enormes dilemas morales que luego, como un bumerán positivo, redundarán en la construcción de sociedades más justas y equitativas en términos económicos.

¿Cómo ser parte del juego global? La Argentina y un mundo en transición

Comentario de Pablo Kornblum para el diario La Nación – Enero 2019

https://www.lanacion.com.ar/2211884-como-ser-parte-del-juego-global-la-argentina-y-un-mundo-en-transiciondilemas-de-la-geopoliticaargentina-en-el-mundo-post-cumbre-del-g20

Pablo Kornblum, magíster en Economía de la Universidad de Sidney y doctor en Relaciones Internacionales, evaluó positivamente el G-20 y la actitud del país de “hablar con todos”. Sin embargo, asegura que para materializar lo acordado durante la cumbre -la promesa, al cabo del encuentro, de un total de inversiones por 8000 millones de dólares- hace falta un seguimiento de lo pactado y trabajar para mantener las condiciones internas mínimamente estables.

“Los grandes inversionistas, los que invierten en el país, son los que piensan a largo plazo, y buscan estabilidad. No podemos disociar la política exterior de la doméstica: si cambia el Gobierno y se decide no cumplir con lo que se prometió antes, es un gran problema para la Argentina”, señala Kornblum.

Para el experto, un tema que debería resolver mejor la Argentina es cómo se inserta internacionalmente, si bien el papel que puede cumplir un país no está solamente definido por las intenciones del Estado, sino también por sus capacidades materiales y por una estructura internacional determinada. “Creo que hay una definición latente de que la Argentina quiere continuar siendo el granero del mundo, lo que deja con una falencia todo lo relacionado con la industria. Ha habido una liberalización comercial en las importaciones y eso afectó la industria nacional. Hoy las pymes industriales pequeñas no pueden competir con el extranjero”, explica.

“Argentina vive del campo y por lo tanto tiene que profundizar lo que tiene -agrega Kornblum-. Mostrarse como un país dispuesto a satisfacer las necesidades del mundo. Por ejemplo, demostrar que los productores locales van a poder brindar a China lo que necesita, con las medidas fitosanitarias correspondientes, con un envasado adecuado. Esto se complementa con un país estable y una buena diplomacia”.

Un despertador para nuestra sociedad

Por Pablo Kornblum

https://www.pagina12.com.ar/159238-un-despertador

Levantarse a la mañana. Ir a trabajar o buscar trabajo. Pocos son los privilegiados que no salen de su casa bien temprano y regresan antes que anochezca. Menos aún quienes se acuestan sabiendo que tendrán una vida con eximia educación, excelente salubridad, y una infraestructura hogareña apropiada para disfrutar amplios momentos de ocio. Una utopía que, a esta altura del Siglo XXI, no debería ser tal.
No solo se vive mal, con carencias de bienes y servicios asequibles, sino que además nos enmarcamos en un camino de inseguridad y segregación. Hay un halo de tensión permanente, de conflictos de intereses que se alejan lentamente de la mancomunidad y la cooperación en cada rincón de la esfera global. Evidentemente, la insaciable búsqueda de poder y riqueza no se ha aplacado.
Probablemente sea una combinación de dos factores: por un lado, una sociedad falta de educación e información objetiva. Ello conlleva a que los de abajo, los más necesitados y los excluidos, no puedan comprender, analizar, y digerir el contexto en el cual se encuentran inmersos, lo que obstaculiza la generación de políticas de acción colectiva que permitan revertir su situación. Del otro lado, la propia condición humana, su biología para con la necesidad de autosatisfacción, y por sobre todo la vorágine por el reconocimiento y la acumulación, conllevan a que las elites, quienes detentan el poder y miran al resto desde arriba, quieran mantener, a como sea, el statu-quo.
Solo esta descripción de la lógica colectiva permitiría aceptar el actual escenario inmoral. Sino sería inaceptable que, por ejemplo, el Ministro del Interior Italiano sostenga que no permitirá de ningún modo que ingresen más inmigrantes norafricanos a sus costas, aunque sea escapando de la miseria y la violencia social. O que el destituido presidente español Rajoy no realice ningún mea-culpa luego de que se haya probado la conveniencia entre los empresarios, beneficiados con licitaciones espurias, y los funcionarios del PP, quienes han recibido dadivas para su beneficio propio y las campañas políticas de su partido.
El vector central para con la racionalidad elusiva son las corrientes culpabilidades cruzadas. Las guerras comerciales son mala voluntad, las tercerizaciones son necesarias para competir, los flujos financieros requieren libertad para generar las tan preciadas inversiones y sus consecuentes fuentes de trabajo. Que los esfuerzos deben ser de los individuos para salir adelante, pero las cargas deben ser colectivas para soportar las cada vez más frecuentes crisis macroeconómicas. Ni que hablar de la castigada microeconomía del ciudadano de a pie: aquel que, anestesiado por una confusión desgastante, deambula por una vida de esfuerzo sin un claro horizonte de, aunque sea, alguna mejora marginal esperanzadora.
La fatalidad llega cuando la exclusión toca la puerta. El avance de la tecnologización y robotización de los procesos productivos emerge a una velocidad muy superior a cualquier escenario de desarrollo de capital humano totalizador. Y en un proceso de achicamiento de las funciones del Estado, garante de los derechos colectivos – sobre todo de las mayorías empobrecidas -, los círculos viciosos de la violencia y la marginalidad se potencian peligrosamente.
Quedan la utilización de los medios de comunicación, la justicia, y el poder de coerción para mitigar los males que nos aquejan. Este colectivo siente el apoyo de las clases de soporte (el 15%/20% de la clase media-alta que trabaja para el 1% que representan las elites), las cuales se han visto embebidas en una encarnizada lucha de ‘pobres contra pobres’, aunque siempre con el inconsciente temor de caer en el 80% que representa el ‘planeta miseria’; aquellos sin acceso al conocimiento y al capital financiero, destinados a depender toda su vida de la histéricamente inestable voluntad de terceros. Igualmente, el común denominador del 99% es encontrarse lejos de las elites dominantes que, como titiriteros, ejercen todo su poder. En definitiva, la mayoría son pobres de riqueza; algunos, simplemente pobres de alma.
Para terminar con la subversión de los pocos que intentan realizar un verdadero cambio estructural, el control social termina siendo el medio y el fin.
Con lógicas capciosas, como puede ser el coaccionar violentamente contra aquellos que ‘siembran el terror’ cuando reclaman por una mejor calidad de vida en las calles, o contra todos los inmigrantes que viene a ‘robar’ y causan los permanentes hechos de inseguridad. Pero también a través del sometimiento discursivo en torno a los ‘beneficios invariablemente necesarios’ de obedecer los dictámenes de los Organismos Internacionales de Crédito, o una política macroeconómica ‘seria’ en pos de una distribución profundamente regresiva de los recursos en el corto plazo, para ver la ‘luz al final del túnel’ más adelante.
En pos de liberarse de este escenario realmente antidemocrático embebido en la mentira y el engaño, no hay otra salida que una profunda educación y formación plural. Que imperativamente debe encontrarse complementada con los recursos suficientes para alcanzar una base alimentaria adecuada y una salubridad enraizada apropiadamente desde la concepción. Y sobre todo, un amor altruista que permita cortar las cadenas del individualismo que, aunque provengan de mandatos egoístamente difusos, conllevan una clara intencionalidad socio-política. Solo así podremos comprender donde nos encontramos parados. Pero sobre todo, nos llevará a tomar las mejores decisiones en pos de un mundo realmente inclusivo que genere una calidad de vida digna para todos.

Estamos en una brecha entre una minoría cada vez más rica y una mayoría cada vez más pobre

Por Pablo Kornblum publicado en el Diario Ámbito Financiero el 24 de Septiembre de 2018

http://www.ambito.com/934598-kornblum-estamos-en-una-brecha-entre-una-minoria-cada-vez-mas-rica-y-una-mayoria-cada-vez-mas-pobre

El economista y doctor en Relaciones Internacionales, Pablo Kornblum, dialogó con ámbito.com acerca de su último libro, La sociedad anestesiada, en el que realiza un crudo diagnóstico del sistema capitalista y de los efectos de la globalización.

¿Entendemos los procesos que gobiernan el mundo en que vivimos? Este es el eje disparador del libro La sociedad anestesiada, del economista y doctor en Relaciones Internacionales, Pablo Kornblum. Un ensayo político y económico que pretende clarificar, mientras nos mantenemos anclados a una coyuntura compleja y difusa, el sistema-global en el cual estamos inmersos.

Kornblum, profesor de las materias Estructura Económica Mundial y Argentina y Política Internacional en la Universidad de Buenos Aires (UBA), da cuenta en su último libro cómo funciona el sistema económico global y denuncia a lo largo del texto que una gran mayoría de la población todavía sobrevive sin la salubridad, educación e infraestructura acorde a una realidad sin carencias.

En ese contexto, sostiene en diálogo con ámbito.com que “urge la necesidad de crear las bases de la dignidad socioeconómica para poder cubrir las necesidades materiales básicas, bienes y servicios esenciales para poder disfrutar de la vida como individuos y en comunidad”.

El economista y profesor universitario destaca que el sistema internacional en el que estamos inmersos ha conllevado a un escenario donde el desinterés por la pobreza y la miseria ajena son moneda corriente. “Estamos en medio de una brecha entre una minoría cada vez más rica y unas mayorías cada vez más pobres y excluidas”, sostiene.

Según Kornblum, el capitalismo y su modernidad han sido destructivos para el ser humano. Se trata de un modelo de socialización espiral descendente que tiende a reducir a los seres humanos a la condición de gente sin otra identidad que la de consumidores en el plano económico.

Para el autor de “La sociedad anestesiada”, el actual objetivo que lo abarca todo es la lógica de la acumulación. “Producir y consumir se intercalan cíclicamente sin dejar una bocanada de aire para que el hombre piense y se desarrolle”, afirma.

A lo largo de los capítulos del libro se observa una aguda crítica hacia el poder tanto político como económico. En ese aspecto, señala que los procesos se desarrollan de antemano en las mentes de las elites mientras que las clases subyugadas se adaptan. Y remarca que “las elites políticas y económicas desean conservar de cualquier manera el statu quo”.

La tendencia del capital a subordinar cada aspecto de la vida con creciente intensidad es la esencia del sistema actual, dice Kornblum. Y agrega que el ajuste sobre millones de pobres y excluidos vuelve a poner en discusión bajo qué tipo de organización social desean vivir los hombres y mujeres del mundo.

“El proceso globalizador le ha posibilitado a los grandes grupos económicos y a sus respectivos flujos de capital las herramientas necesarias para mantener o incrementar sus tasas de utilidad. Por otra parte, el sistema financiero actual agudiza el punto más alto de los dos males tradicionales del capitalismo: la inestabilidad y la desigualdad. La falta de un modelo ético ha reproducido un sistema financiero inmoral que se ha llevado puesto una lógica de desarrollo productivo y social sustentable”, analiza.

Por eso, en el mediano plazo, las sociedades se encontrarán, indefectiblemente, con mayores niveles de desempleo, recesión y retracción de un consumo necesario para motorizar el sistema macroeconómico, afirma.

Con una pluma destacada y una prosa didáctica y esclarecedora, Kornblum propone hacia el final del libro lograr el viraje hacia un sistema político económico más justo, en el que se requeriría entonces “una lógica moral y ética diferente, donde la equidad colectiva prime”.

“El escenario superador, aquel que verdaderamente podrá cambiar estructuralmente el futuro de las mayorías, dependerá de las capacidades y posibilidades que brindan la conjugación y simultaneidad de una infinidad de variables en cada especificidad geográfica y temporal”, sostiene.

Y concluye: “Comprender es el mayor desafío para combatir las injusticias y alcanzar el objetivo de un mundo inclusivo con una calidad de vida digna para todos. Esta obra pretende ser un despertador que aporte un granito de arena para con esta causa mayúscula”.