El tren ya paso; ahora solo queda correrlo desde atrás.

Pablo Kornblum para Ámbito Financiero, 13-10-2020

https://www.ambito.com/opiniones/argentina/el-tren-ya-paso-ahora-solo-queda-correrlo-atras-n5139767

Algunos hasta se atrevieron a pensar en una “tercera vía” hacia un socialismo post-pandemia. Sin embargo, ya vimos – y debemos entender – que al capitalismo de la competencia salvaje, la acumulación desmedida y el individualismo narcisista, no lo mata ni un virus, ni una guerra, ni nada. Las revueltas presentes para con la mejora de la calidad de vida de las mayorías son siempre marginales; de los cambios revolucionarios, aquellos tan temidos o esperanzadores tal cual los conocimos en el Siglo XX, se pasó a un sistema de grietas que se limitan a quitar y poner marionetas manejadas por las elites globales, las cuales se encuentran a la cabeza de una lógica sistémica que no detiene su marcha.

 

Hemos aprendido que vivimos en el mejor mundo posible. La palabra libertad, entremezclada con confusa suficiencia cuando se la asocia a la economía o los derechos humanos (salvo cuando aparece el COVID-19 y se necesita con urgencia de la asistencia del Estado), se conjuga con el miedo a volver a la fallida utopía socialista. Solo persiste una idea que, lejos de servir para avanzar hacia un sistema superador, proviene de la mano de un miedo centrípeto, circunscripto por la conectividad virtual que nos permite observar el planeta en la soledad de nuestro dispositivo móvil, con el mero objetivo de buscar socios que avalen las ideas y los deseos propios. Lejos, cada vez más lejos, de generar un cambio sistémico. Ni siquiera estructural.

 

Bajo la dinámica descripta, a nuestra Argentina como un todo solo le quedaría alinearse, tanto en términos económicos como políticos. Cierta autonomía ideológica y financiera para con el mundo es ahora inviable; hubiera requerido décadas de solidez institucional, crecimiento económico, transparencia jurídica. Bajos niveles de corrupción y alta eficacia que generen respeto, ya sea en términos endógenos como para con el mundo. Porque mientras el resto del mundo avanza, nosotros continuamos luchando contra nuestros propios demonios.

 

Comencemos observando al viejo continente. Aunque las economías de los 27 Estados miembros de la Unión Europea (UE) se contrajeron un 15% promedio durante el segundo trimestre de 2020 en comparación con el mismo periodo de 2019, la proyección de decrecimiento para este año se modera hasta el -8%, con expectativas de crecimiento del +5% en 2021 y del +3,2% en 2022. Para generar este proceso de recuperación, el Banco Central Europeo decidió dejar inalteradas las tasas de interés en el mínimo histórico del 0%, como así también ha mantenido los estímulos monetarios comprando bonos de la deuda pública y ayudando a la generación de un Fondo Comunitario Europeo de 750.000 millones euros para sacar adelante a cada uno de los países miembros. Por supuesto, a diferencia de lo que vemos en nuestras latitudes, tienen un plan para con el repago de los préstamos: nuevos tributos comunitarios, impuestos a los productos plásticos tóxicos y a las emisiones de carbono, o mismo  gravámenes a los oligopolios digitales. Un esquema totalmente intra sistémico. Un keynesianismo de manual que no cambia ninguna lógica preexistente.

 

Tampoco la pandemia disminuyó el alto nivel de competitividad que se requiere en la arena internacional. La UE le pidió recientemente a China un vínculo económico “más equilibrada, con mayor igualdad de oportunidades”, tanto en términos comerciales como en relación a las inversiones. Pueden sentarse tranquilos a esperar la respuesta: China no solo se siente cómoda con su programática política económica global detallada con firmeza en cada uno de sus planes quinquenales presentados en las últimas décadas; sino que, sin necesidad de limpiar las culpas morales racionales de cualquier democracia occidental por la expansión del virus, ha reactivado su “socialismo de mercado” a una velocidad a la que solo ellos lo pueden hacer. Los números hablan por sí solos: solo para citar dos variables de relevancia, el mes de agosto pasado las ventas minoristas y la producción industrial crecieron 0,5% y 5,6% interanual respectivamente, previendo una aceleración del PBI para el último trimestre del año.

 

En el otro polo de la gran disputa capitalista por el poder global, los Estados Unidos de Norteamérica se encuentra hoy en medio de una elección que se dirime entre dos candidatos del, cuando no, establishment de Washington y sus satélites de lobistas corporativos. Con un Donald Trump que comenzó su mandato jugando a la política de la seducción y terminó en la arena de la confrontación, pero que en ningún momento desestimó al dios mercado como el hacedor del sueño americano. Su rival, Joe Biden, es un candidato más que moderado; como diría el colega internacionalista Patricio Talavera, el erigido por los demócratas ha sido seleccionado “con los mismos criterios que se aprueba a un yerno”. Igualmente, sea cual fuera el resultado de la contienda electoral, la recuperación económica que se ha estado vislumbrado en el último trimestre se potenciará con un shock de expectativas positivas que posibilitará alcanzar, al menos en el corto plazo, una nueva normalidad económica. Que aunque podría ser distinta en términos productivos, comerciales y financieros a las condiciones pre-pandémicas, lejos estará de ser revolucionaria.

 

Siendo los actores estatales descriptos nuestros principales socios comerciales y financieros – excluyendo Brasil -, la relación con ellos se torna vital. Por un lado, el acuerdo entre el Mercosur y la UE languidece por, teóricamente, las críticas recibidas en nuestro continente por ser responsables de causar un peligroso daño medio ambiental: ello incluye específicamente la afectación de la biodiversidad y el cambio climático,  derivado especialmente de la desforestación y los incendios del amazonas, la explotación minera y energética, la contaminación acuífera, como así también el uso de sustancias químicas indebidas para con la producción agrícola.

 

Aunque los socialdemócratas, verdes y afines en el viejo continente hayan calificado el Stand-By en las negociaciones como “un gran triunfo para los consumidores, el medioambiente, la protección de los animales y los derechos humanos”, la realidad es que vastos sectores económicos europeos ligados a la agroindustria quedarían sepultados con el acuerdo. Y una gran parte de ellos no solo garantizan el pacto social de gobernanza en cada una de las naciones; sino que además son parte del entramado económico y productivo enraizado en las diversas culturas nacionales de la unión. Olvidémonos entonces de la ejecución de un tratado probablemente muy beneficioso para el sector primario de nuestras latitudes: las mastodónticas subvenciones que reciben los productores en el marco de la Política Agrícola Común de la Unión Europea, continuaran in eternum.

 

Por su parte, los Estados Unidos no solo subvencionan su producción agrícola en contra de nuestros intereses; ello no sería nada si no fuera que en el último medio siglo nos han considerado siempre su ‘patio trasero’, hacedores de dictaduras – por supuesto, siempre con complicidad endógena – en pos de que los podamos abastecer y endeudar bajo el rol que ellos mismos nos digitaron dentro de ‘su’ sistema económico y financiero global. Sin entrar en detalles históricos – donde hemos tenido épocas con mayor o menor margen de maniobra, por desavenencias externas o autoprovocadas -, los u$s44.867 millones que recibió la Argentina desde el año 2018 por parte de los Estados Unidos para impedir el asentamiento del comunismo lula-madurista (léase vía FMI con indicación explícita de Trump), solo sirvieron para dolarizar las ganancias de los mismos de siempre, con su respectiva fuga por las puertas giratorias del sistema financiero sin control (o mejor dicho descontrolado) de nuestro bendito país. Cuidado, a pesar de ello, nunca es tarde para aleccionar bajo el manto de la confusión permanente de las masas abstraídas por series sobre mundos místicos o competencias culinarias: los representantes del FMI se encuentran en este momento en nuestro país para “respaldar ajustes estructurales ante una nueva normalidad, lo que incluye que los empleados comiencen y abandonen sus empleos con mayor facilidad”. Traducido: Reforma laboral sin miramientos con los costos socio-económicos que ello acarrea, con tal de que podamos repagar nuestras deudas colectivas para mantener la rueda del sistema funcionando.

 

Lo que no pueden proveer, y es un gran problema para ellos, es una compuerta propia, ni tampoco un acuerdo efectivo con algún actor regional de relevancia que trabaje como pívot estabilizador y buffer contra su enemigo y nuestro aliado (¿circunstancial?), China. Porque, a ciencia cierta, nuestra relación bilateral con la potencia asiática de coyuntural tiene poco y nada: hace años nos hemos rendido a sus pies. Y que quede claro, no por sus cantos de sirena, sino por su enorme ‘billetera de payaso’. Con mayor o menor conveniencia. Porque nos compran todo lo que nuestro campo pueda ofrecer. Como contraparte, adquirimos sus bienes de capital (telecomunicaciones, agroindustria), absorbemos sus inversiones (nucleares, de infraestructura), y tomamos sus préstamos a la tasa de interés ofrecida sin chistar. Pero además, nos permiten realizar acciones de compra/venta en ambas monedas nacionales, generar contratos a futuro en yuanes, como así también avanzar intempestivamente hacia la construcción de la nueva Ruta de la Seda Sudamericana con ‘mirada argentina’: una Asociación Estratégica Integral que se espera permita concretar proyectos de agua y saneamiento, vivienda, conectividad, energía renovable e infraestructura de transporte en nuestro país.

 

Todo bajo el lema “Winner takes all” (o sea, donde todo el proceso de desarrollo quedará en manos chinas). Pero la voracidad del único ganador con todas las letras no termina aquí. En la reciente conversación que mantuvieron Xi Jinping y nuestro primer mandatario, Alberto Fernández, el presidente chino le pidió la colaboración del país para fortalecer la relación de China con América Latina, el Caribe y el Mercosur; sobre todo para poder tener una participación más activa en la Comunidad de Estados Latinos y Caribeños (Celac). Y si, la geopolítica es fundamental. Y aquí ya entramos en un tema aun más ‘espinoso’; el statu-quo del sistema económico es inamovible, pero la distribución de poder entre las principales potencias es flácida, cambiante, tensa.

 

Por ello la estación especial de Neuquén, cuyo manejo es la conjunción de intereses del Partido Comunista Chino a través del Ejército Popular como órgano ejecutor, complementa todo aquello y más: le adiciona el componente geopolítico en plena disputa por los recursos naturales estratégicos (ya sea geológicos o marítimos), la proyección Antártica, la guerra electrónica y satelital. Para citar un ejemplo, el eventual uso dual (militar y civil) implicaría la eventual intercepción de satélites de Estados Unidos o la UE. ¿Quién lo puede afirmar? Bajo el hermetismo reinante, seguramente no nuestro país. Igualmente, a sazón de la verdad, durante el gobierno de Cambiemos se agregó un anexo para especificar que la estación sea para uso pacífico y no belicista. En fin, lo que sea “pour la galerie”.

 

En realidad, para nuestro país, mejor dicho para nuestros políticos, lo más relevante es que los chinos, a diferencia de los creadores de la ‘Doctrina Monroe’, no se inmiscuyen en los asuntos de política doméstica. Ideal: un país que nos financia el déficit y no pregunta por qué lo generamos. Y que se encuentra siempre listo para activar parte o la totalidad de los 18.500 millones de dólares del Swap en caso de que lleguemos a una crisis de aún mayor complejidad que la actual. Por ello, los acuerdos bilaterales nunca se han truncado desde el ingreso de China a la Organización Mundial de Comercio en el año 2001. Ni con el actual gobierno argentino, ni con el anterior, ni con el anterior del anterior.

 

Igual, seamos sinceros, ¿para qué nos van a cuestionar? Argentina tiene un déficit comercial crónico con China (-2.000 millones de dólares en 2019) que se remonta a finales de la década pasada. Salida de divisas que ellos mismos nos financian: negocio redondo para el gigante asiático. Y para unos pocos de los nuestros: los sojeros y la industria cárnica siguen de parabienes. Pero también para algunas de nuestras castigadas economías regionales. Sino observemos la ansiedad manifiesta de varios gobernadores esperando obtener alguna tajada de los 4.000 millones de dólares de inversiones para la concreción de las 12.000 granjas que se instalaran en nuestro país – con su respectivo efecto derrame socio-productivo -, para abastecer con 900.000 toneladas anuales de carne de cerdo a China. Si, ya sabemos que ciertos actores políticos y organizaciones sociales y medioambientales ya han puesto el grito en el cielo por el alto nivel de contaminación que repercutirá en nuestras aguas y suelos, o mismo con las emisiones diarias de gases letales como el dióxido de carbono y el metano. Pero ni a los chinos, ni a las elites políticas de nuestro país – debe ser uno de los pocos temas que ha saltado la grieta entre el oficialismo y el principal partido de oposición -, ni al sistema económico de acumulación global les importa. Es más, a algunos políticos y empresarios les quedaron revoloteando las últimas palabras de Xi hacia Fernández: “Queremos que más productos y con más valor agregado ingresen a China”. ¿Podremos generarlos? ¿Podremos competir? Difícil, para no decir muy poco probable, al menos en el corto plazo. Pero bueno, suena bien. Y el show debe continuar.

 

Vivimos en la Argentina del los proteccionismos agresivos, de las liberalizaciones salvajes. De la destrucción de las instituciones y sus bases filosóficas. De los mercados eternamente monopólicos que presionan a gobiernos débiles, inertes, o cómplices para que apliquen las medidas que ellos demandan. De la corrupción enraizada, entremezclada con una conjunción explicita de ineficiencia e ineficacia. De las crisis económicas permanentes que, como indica el Dr. Julián Zicari, son, por sobre todas las cosas, grandes mecanismos de transferencias regresivas de ingresos. De la pobreza invariablemente creciente (del 6% en la década de 1970’ al 40% actual), la cual conlleva a un capital humano cada vez más obsoleto para los requerimientos productivos del mundo actual. De la asfixia y la falta de incentivos para muchas Pymes que quieren producir verdaderamente para abastecer a la economía real. Todo ello, en su conjunto, ha provocado nuestro retraso letárgico, opuesto 180 grados a los requerimientos que implica la lógica sistémica trasnacional actual. Evidentemente, estamos muy lejos de los que soñamos un país de vanguardia, de relevancia.

 

Para concluir, nos encontramos en un mundo embebido en una dinámica económica donde los Estados y sus elites corporativas avanzan como un tren a toda velocidad. Y ello no va a cambiar. O el sistema lo cambiamos nosotros, los argentinos, para generar una nueva racionalidad superadora – lo que es altamente improbable -, o la Argentina se adapta, definitivamente y de una vez por todas, de la mejor forma posible a un sistema exigente que no permite falencias ni fisuras, y donde las fracturas domésticas y para con terceros se pagan caro. Lamentablemente, sea cual fuera el caso, ahora estamos corriendo al tren muy lejos desde atrás.

La peor noticia

Pablo Kornblum para Ámbito Financiero 31-08-2020

https://www.ambito.com/opiniones/ninos/pobreza-causa-consecuencias-y-el-impuesto-los-ricos-n5129031

El dólar. La inflación. La negociación de la deuda externa. La reforma judicial. La ley del aborto. La inseguridad. Todos temas de enorme relevancia y actual discusión en nuestro país. Pero hay uno que sobresale del resto, o por lo menos así debiera serlo. El más relevante, la raíz causal de mucho de lo mencionado previamente. El más doloroso, dado que conlleva las peores consecuencias para el futuro. Hace pocas semanas, el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) indicó que, según sus últimas estimaciones (en base a datos del INDEC y pronósticos del FMI), entre diciembre de 2019 y diciembre de 2020 la cantidad niños pobres pasaría de 7 a 8,3 millones en Argentina (el 62,9% del total).

Por supuesto, el dilema no es exclusivo de nuestro país, sino que es sistémico y global. Según el mismo Organismo, se espera que para fin de año 672 millones de niños en todo el mundo vivan en hogares pobres. Desde la óptima más pesimista – diría la más realista – a estos números habría que agregarle aquellos millones de niños que sobreviven con un poco más de lo que denota el frio indicador de la línea de pobreza (con sus familias con ingresos de 3, 4 o 5 dólares diarios), en adición de quienes – para generar todavía un análisis con mayor precisión – pertenecen al núcleo de lo que se denomina la “pobreza multidimensional” (los niños que no poseen acceso a una salubridad apropiada, educación mínima, agua potable, infraestructura básica, etc.).

Más aún, la ONG trasnacional Save The Children, la cual trabaja codo a codo con UNICEF, agrega que ya antes de la pandemia dos terceras partes de los niños y las niñas del mundo carecían de acceso a cualquier forma de protección social, lo cual le impide a sus familias resistir las crisis financieras que perpetúan el ciclo vicioso de la pobreza intergeneracional. Por otro lado, en el informe titulado A Future for the World’s Children? realizado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la prestigiosa revista médica británica, The Lancet, se concluyó que la salud y el futuro de todos los niños y adolescentes del mundo – pero recalcan sobre todo de los más vulnerables – se encuentran bajo la amenaza inmediata de la degradación ecológica, el cambio climático y las prácticas de comercialización explotadoras que los empujan a consumir productos dañinos para su organismo. Por nuestros lares, Mónica Rubio, asesora en política social de UNICEF para América Latina y el Caribe indicó que “la mayoría de los niños de la región conviven en permanente riesgo de contraer enfermedades que se pueden hacer crónicas, suelen rezagar su educación – lo que los termina excluyendo del sistema -, y es tristemente común que padezcan períodos de hambre o malnutrición que, aunque sean cortos, pueden dejarles secuelas para toda la vida”.

Evidentemente, los niños que no poseen una calidad de vida digna en el mundo son – inmoralmente a esta altura del siglo XXI – demasiados. Porque un niño subalimentado es una tragedia. Miles de millones carentes es, directamente, un tácito genocidio intolerable.

La principal razón por la que esto ocurre es, indudablemente, la inequitativa distribución de los recursos a nivel global. Porque la creación de riqueza y la acumulación de capital – real o ficticia/financiera -, ha sido tendencialmente creciente desde la aparición del sistema capitalista tal cual lo conocemos. Y continuará siéndolo. Un estudio de los académicos James Davies, Rodrigo Lluberas y Anthony Shorrocks para el Global Wealth Databook de 2019 es esclarecedor: a finales del año pasado, 47 millones de personas adultas en el mundo (el 0,9% del total de los mayores de edad) tienen activos por más de 1 millón de dólares, acumulando el 43,9% de la riqueza global. Del otro lado de la pirámide, 2.883 millones de personas adultas (56,6% del total) poseen bienes por hasta 10.000 dólares, lo que en su conjunto representa solamente el 1,8% del patrimonio global.

La disparidad descripta es abismal tanto a nivel inter como intra-estatal. Los niños de Corea del Sur, Noruega o Australia tienen la totalidad de necesidades básicas satisfechas, como así también las mejores posibilidades de supervivencia y bienestar; como contraparte, la mayoría de los niños en Chad, Bangladesh o Haití son sumamente pobres y su futuro se podría describir, como mínimo, de lúgubre a desesperanzador. Por otro lado, endógenamente los países también tienen diferencias – a veces increíblemente abismales – entre las diferentes regiones o los sectores socio-económicos. Por ejemplo, en la región de Kampala en Uganda, la pobreza no llega al 6% de la población; mientras que en Karamoja, dentro del mismo país, la pobreza afecta al 96,3% de sus habitantes. Y en la India, mientras los hijos de las castas superiores se reciben de ingenieros en las más prestigiosas universidades del mundo, cientos de millones de Sudras (la casta inferior) sobreviven con enormes carencias de todo tipo.

 

Podríamos repreguntarnos y discutir interminablemente cómo llegamos a esta situación en nuestro país y en el mundo. Pero no. El tiempo es valioso y estamos urgidos de dar respuestas rápidas, efectivas, contundentes. Lamentablemente, no es tan sencillo de alcanzarlas; hay un sector no menor de la sociedad global, que trasvasa las clases sociales, que ya se hartó de tanto espacio para los reclamos colectivos, de tanta atención del Estado a los desvalidos (“con mis impuestos NO”), de aquellos desahuciados extranjeros que atentan contra la economía y la inseguridad. Un odio, una bronca contenida que anima conductas microfascistas que han sido visualizadas inteligentemente hasta su seducción, por candidatos que ofrecen una agenda represiva y ultraconservadora sin importar los costos.

 

Un discurso como el de Bolsonaro, Trump, Alternativa para Alemania o VOX en España, es una dulce melodía para aquellos temerosos de un futuro peor – más aún que la ya desgraciada actualidad – que promueve el fervoroso anti estatismo, el libre mercado en pos del individualismo, el bajar impuestos a los ricos ‘para que inviertan’, y el avanzar raudamente hacia la flexibilización laboral. Por supuesto, ello no alcanza: ya probaron – fallidamente – con la tibieza de la discusión democrática y los marginales avances progresistas; ahora es el turno del conservadurismo autoritario. Un deja vú al Thatcherismo más rancio, donde el “No hay tal cosa como la sociedad: hay individuos, hombres y mujeres, y hay familias” sostenido por la dama de hierro, convivía con la opresión – y cuando no la represión -; ello se puede observar claramente a través de una diversidad de películas de época (como la afamada Tocando el Viento, del guionista y escritor Mark Herman) las cuales muestran, a través del drama, la comedia o la tragedia, un proceso de desindustrialización y tercerizaciones – involuntario para millones de trabajadores británicos – que marcaba un camino para la posteriormente salvaje globalización neoliberal de la década de 1990’.

 

Como buffer moral, el modelo ideológico descripto no predica nunca el egoísmo: descansa simplemente en una pedagogía implícita de respeto al prójimo como condición para el orden social. “Tu libertad termina donde empieza la de los demás”, una auto-emancipación generada dentro de un círculo de autonomía que nos rodea y que nadie debe traspasar. “Invadir”, sería la palabra acorde a un mundo donde reina la escases y prevalece la agresividad y la competencia desmedida. La apuesta es que cada uno cuide y proteja lo mucho (o poco) que posee: ya sea bienes materiales, afectivos, de salubridad, o la misma supervivencia. Aquí estoy tranquilo. El afuera siempre es peor. Lo muestran los medios de comunicación más poderosos y trascendentes, porque no creerles.

 

Bajo esta lógica fóbica, individualista y pro dios mercado, poco importa el otro, aquel ajeno a mi circulo de interés y control que no es un potencial consumidor. A quienes el marketing no les hace mella; no porque no lo desean, sino porque directamente no pueden acceder a lo que se les ofrece. Del otro lado del mostrador, se encuentran muchas Organizaciones Sociales, las cuales suelen ser positivas y voluntaristas, pero nunca tienen el poder – y sobre todo el dinero – que posee la única institución que coercitivamente obliga a contribuir con la riqueza generada, inclusive de aquellos que persiguen denodadamente el orden liberal. ¿Quién entonces puede dar respuesta, sino es otro que el Estado?

 

Sin embargo, difícil es contraponerse a un orden agresivo desde lo discursivo y lo represivo, si cuando los políticos que llegan al poder  incumplen con las premisas de la eficiencia, la honradez, y la puesta en funciones de los hombres y mujeres más capacitados técnica y moralmente para poder generar el verdadero cambio que necesitan los millones de niños desahuciados. Porque la realidad indica que en el marco de lo visual, lo superfluo, lo inmediato – que prevalece en una sociedad inmaculada en el simplismo de la falta de comprensión y la mentira generada -, lo que se observa a primera vista es el fracaso: el incumplimiento de las promesas de los sucesivos gobiernos que han hecho de la cosa pública una gran “caja” de dinero; y no mucho más.

 

Como consecuencia, el escenario civilizatorio hoy se ha centrado, afianzado y solemne, en el totalitarismo del capital: la alianza de corporaciones, medios y políticos que ha decretado que no pueda existir ningún aspecto de la vida social fuera del mercado, que no subsista ningún lazo horizontal por fuera del imperio de su ley, que el individuo deba enriquecerse por sus propios medios sin mirar hacia el costado, el sufrimiento del otro. Donde el Estado, otrora centro de la vida de las sociedades, quedó relegado a una posición de debilidad secundaria, que solo refuerza su autoridad ante hechos catastróficos, como la pandemia de COVID-19 que estamos viviendo. Por ende, de la discusión vital y superadora se pasa a un reduccionismo que deriva en una bipolaridad de centro, donde lo único que desea el ciudadano medio es evitar lo que nos disgusta, lo ‘menos malo’. Por supuesto, esta agenda negativista se aleja de pro-positivismo que requiere tomar el toro por las astas para terminar con la pobreza, sobre todo la que afecta a los más vulnerables, nuestros niños.

 

Quisiera concluir con las palabras del Dr. Tedros Adhanom Ghebreyesus, Director General de la OMS: “con demasiada frecuencia, los responsables de la toma de decisiones en el mundo están fallando a los niños y jóvenes de hoy en día: fallando en la protección de su salud, de sus derechos y de su planeta”. Ya no hay tiempo de mirar para otro lado ni desentenderse. Porque en rigor de la verdad, no hay tal cosa como los descriptos ‘círculos de autonomía’, que pudieran coexistir felizmente sin tocarse ni invadirse. Empezando por la comprensión, el voto racional, la empatía conciente, el seguimiento y contralor de quienes tienen responsabilidades ejecutivas. Los millones de empobrecidos niños de nuestro país nos lo están pidiendo a gritos.

Monedas digitales Estatales. ¿La competencia sustentable de las criptomonedas?

Pablo Kornblum el 23-8-2020 para El Cronista Comercial

https://www.cronista.com/columnistas/Monedas-digitales-estatales-la-competencia-sustentable-de-las-criptomonedas-20200823-0004.html

Con la inestabilidad intrínseca que todavía acaece sobre el mundo de las criptomonedas, en adición a la vuelta al Estado-Centrismo que ha traído la actual pandemia, el rol de las monedas digitales estatales volvió a ponerse sobre el tapete en la agenda financiera de una gran parte de los bancos centrales del mundo. Mientras ya está claro que los costos marginales de la tecnología y su mantenimiento terminarían siendo más económicos que la producción y la logística del formato papel, el punto sobre el cual se debe trabajar más se centra en que la sociedad tenga los recursos económicos y la capacidad técnica para adaptarse al nuevo sistema. Se podría esperar que en el mediano/largo plazo, con nuevas generaciones de seres humanos más adaptados y con mayores posibilidades tecnológicas (al menos en términos de acceso a  dispositivos electrónicos, como son los teléfonos celulares  o las redes de Internet), el salto social para con la masividad se estaría saldando. Por supuesto, todavía está por verse.

Es por ello que hasta el día de la fecha, son pocos los países (como son los casos de Australia, Canadá, Emiratos Árabes Unidos, Islas Bahamas, Francia, Japón, Suecia y Suiza) los que han formalizado la idea de avanzar decididamente hacia las monedas digitales. La característica de la mayoría de estos es que tienen altos estándares de infraestructura tecnológica (con un enorme y competente equipo de ciberseguridad dentro del Banco Central y para con las finanzas estatales en general), sumado a una importante estabilidad macroeconómica. Por ende, se podría decir que las inequidades sociales, los desequilibrios financieros y la falta de acceso a recursos se encuentran suavizados, lo que es un plus – por no decir una necesidad sine qua non -, para poder llevar adelante un proyecto de semejante envergadura.

Por otro lado, lo que si hay que destacar que el gran actor de esta película es China, el cual ya ha comenzado a realizar pruebas piloto. Su objetivo es geopolítico: quiere ser el primer país en mostrar las ventajas que ello conlleva, quitándole la primacía a los Estados Unidos. Es similar a la disputa por quien es el primero en producir la vacuna para con el COVID-19: tomar la delantera te permite ‘moldear la cancha’ a futuro. En definitiva, es un área más donde se disputa la supremacía global.

Como contraparte, la FED por ahora no tiene intención de emitir una MDBC, ya que no considera que exista problema alguno en el sistema de pagos minoristas de los Estados Unidos (y posiblemente porque también se encuentren satisfechos con el dólar todavía como moneda mayoritaria del señoreaje externo). Sin embargo y como lo describíamos en el caso de China, la geopolítica y la geoeconomía determinan y disponen; por ende, será un tema seguramente a tratar después de las elecciones del próximo mes de Noviembre.

También tenemos el caso de otros países, cada uno según su propia lógica, intereses y necesidades. A diferencia de lo expuesto previamente, el ‘PETRO’ en Venezuela es una moneda digital vinculada a las riquezas petroleras del país, cuyo objetivo es convertirse en un salvataje para la dañada economía caribeña. Sin embargo, los resultados han sido magros; simplemente por el hecho de que no se puede desligar el desempeño de su moneda digital a la crisis macroeconómica y la baja performance de la producción hidrocarburífera actual. Otro caso es el de Lituania, que al observar con temor los desarrollos ‘libertarios’ de criptomonedas como la “Libra” de Facebook, entienden que la soberanía de los gobiernos se encuentra desafiada; por ende, urge del establecimiento y la administración de una propia moneda digital Estatal.

Evidentemente, la puja de intereses (con sus perdedores y ganadores) dentro de la nueva dinámica tecnológica-financiera seguirá existiendo, tanto a nivel interestatal como entre diferentes actores no estatales y para con su relación con los gobiernos (léase los ‘perjudicados’ dueños de criptomonedas). Por supuesto, dentro de un ambiente de cooperación y estandarización de procesos interestatal podría ser positivo en términos de agilizar los intercambios a un menor costo; sin embargo, ello se dificulta al no diferir de lo que pudiera ocurrir en cualquier otro sector económico o área de disputa estratégica.

Por ello, y ya saliendo de la esfera de la estatalidad, la discusión se centra en los pros y contras que las monedas estatales digitales conllevan. En cuanto a las ventajas, se puede visualizar un escenario superador a tono con el Siglo XXI, como es el evitar la destrucción medioambiental para la confección de papel moneda (más ahora como foco de contagio de COVID-19). Por otro lado, en términos económicos se incrementaría la velocidad de los pagos interbancarios, se disminuiría los costos de las transacciones, y se podría incrementar y simplificar la recaudación impositiva – pari passu su utilización como vehículo que desenmascare actividades delictivas como el lavado de dinero -.

Sin embargo, la gran disyuntiva en la discusión técnica actual es su diferenciación de las otras criptomonedas. En este sentido, está posee la característica de ser segura y sustentable en el largo plazo, dado que es producto del respaldo de Instituciones no perecederas, como son los Bancos Centrales estatales y trasnacionales; siendo estos avalados, respaldados y regulados por y bajo las leyes de los Estados-Nación. En este sentido, vivimos en un mundo donde los Estados todavía detentan el rol central en la vida de las sociedades; ello se ha visto reflejado con fuerza en la actual pandemia del COVID-19, donde más allá de los roles variados de las corporaciones privadas, la ciudadanía ha buscado refugio y soluciones en sus propios gobiernos, aquellos que con el mandato popular se comprometen a actuar por el bien común. Por ende, sin el respaldo Estatal, será endeble cualquier tipo de moneda digital presente o futura que sea solo intercambiada en el mercado sin regulación. Y ello también es una idea que quieren propagar (o al menos dejar traslucir) muchos gobiernos: desestimar y deslegitimar permanentemente las diversas monedas digitales ‘privadas’ que existen, por el mero hecho que no detentan el control que quisieran sobre ellas.

En cuanto a los resquemores, también existen varios puntos a saldar. Por un lado, no está claro cuál es el rol que tomarían los Bancos Centrales en relación a su responsabilidad para con el público y con el resto de la banca comercial. Tampoco es evidente como se implementaría la tecnología financiera y la estandarización de las cuentas, tanto a nivel nacional como transfronterizo. En términos macroeconómicos, la duda surge principalmente en relación al señoreaje externo, donde la modalidad digital facilitaría su circulación; por ende, ante una crisis económica, la población del país más subdesarrollado podría huir más rápidamente hacia la ‘moneda fuerte’, generando una crisis cambiaria que profundizaría la debacle financiera doméstica. Por otra parte, el Estado estaría recibiendo una gran cantidad de datos sobre las finanzas de sus ciudadanos, lo que redundaría en un beneficio para con la lucha contra la economía informal. Sin embargo, aquí también surgen interrogantes: ¿estamos preparados para que la economía informal se regularice de un día para el otro? ¿O terminaremos generando un ‘parate’ productivo con una larga lista de población económicamente activa excluida del comercio y el consumo?

En este sentido, el contexto adverso se visualiza más allá del caso puntual de la moneda digital: la realidad es que muchos gobiernos suelen carecer de la credibilidad ciudadana. ¿Quién controlará el sistema de emisión? ¿Cómo sabrá el ciudadano medio que no se puede fraguar el sistema? Uno podría decir que también puede haber corrupción o algún ‘agujero negro’ en la casa de la moneda; pero la historia y el poder ‘palpar’ el billete físico, que además de tener una serie de resguardos, puede ser controlado por una variedad de actores una vez que entra en circulación. Sino pensemos que ha pasado con el ‘voto electrónico’; el mismo no solo ha sido harto discutido – donde en nuestro país terminó aprobándose con el requerimiento de una contraparte en papel -, sino que en muchos países del ‘primer mundo’ han vuelto al formato papel.

Por otro lado, los más osados sostienen que sí se podría combatir los flagelos de la evasión (lo que implicaría por ejemplo un Gasto Social más eficiente y menores imposiciones), el narcotráfico y el empleo no registrado. Sin embargo, aquí surgen dos inconvenientes: por un lado, mientras continúe coexistiendo con el papel moneda, se podrá continuar infringiendo la ley por este medio; por el otro, siempre existirá la posibilidad de que el sistema sea ‘violado’ o ‘corrompido’ financiera o tecnológicamente, ya que el mismo es manejado, controlado y auditado por seres humanos. Porque estamos en Argentina. Y aunque siempre puedan generarse mayores obstáculos para infringir la ley, como por ejemplo la existencia de infraestructura y de un equipo especializado y multidisciplinario de combate al crimen ciber-financiero, sabemos que en nuestro país, ‘hecha la ley, hecha la trampa’. Por ende y en definitiva, se requeriría de un cambio cultural profundo de quienes manejan el sistema y detentan la ejecución de las políticas públicas que, claramente, va más allá de temática de las monedas digitales Estatales en cuestión.

Teletrabajo: ¿Empleo del Futuro con legislación del pasado?

Pablo Kornblum para Ámbito Financiero, 17-8-2020

https://www.ambito.com/opiniones/teletrabajo/empleo-del-futuro-legislacion-del-pasado-n5125428

La ley del teletrabajo ya es una realidad en nuestro país. Una modalidad laboral que tomó impulsó en la cuarentena, y pareciera que llegó para quedarse. Su onda expansiva dependerá, como siempre, de cómo los diversos actores acepten las reglas de juego y, por sobre todo, luego las cumplan. Difícil en nuestra ya compleja Argentina.

Más allá de que para algunas empresas el teletrabajo es el modus operandi per se, para la mayoría que ya aplicaban esta modalidad tenían como objetivo, con igual o mayor productividad y/o menores costos, poder conciliar la vida personal y laboral del empleado. Algunos estudios han probado además que el teletrabajo tiene ventajas como la reducción de absentismo del puesto de trabajo, el fomento de una mayor digitalización, el generar una mayor fidelización por parte de los empleados y, en términos de externalidades positivas colectivas, la reducción de la contaminación por un menor desplazamiento de los trabajadores.

Como contraparte, los problemas que el teletrabajo genera también son una realidad. Por un lado se encuentra la desconfianza entre la empresa y el empleado (central en nuestro país), pero también la pérdida de ámbitos relacionales con los compañeros de tareas: el ser humano es un ser social y la mayoría de nosotros necesita, al menos eventualmente, ese vínculo cara a cara que es irremplazable. Si a ello le adicionamos que en muchas ocasiones se pueden diluir los límites entre la vida familiar y el tiempo de trabajo, el balance para con la toma de una decisión se hace todavía más compleja. Tanto desde el lado del empleador, como del empleado.

Cabe destacar que la modalidad del teletrabajo no es novedosa a nivel internacional. Ya sea por nivel de desarrollo o por el tipo de economía que prevalece (principalmente de servicios), hay Estados que han avanzado a distintas velocidades en materia legislativa y operativa. Con sus pros y contras según, como siempre ocurre, la lógica con la cual se evalué la dinámica situacional.

En la mayor parte de Europa, donde se encuentran las garantías institucionales más avanzadas del mundo, la ejecución de las leyes depende del acuerdo particular en cada país. Por ejemplo, en Suiza las empresas pagan absolutamente todos los insumos que utiliza el trabajador en su hogar. Por otra parte, en la Francia donde todavía prevalece cierta fortaleza sindical, el teletrabajo es voluntario y la persona que lo ejerce tiene exactamente los mismos derechos – acceso al médico de empresa, coberturas sociales, vacaciones, formación, derechos sindicales, etc.- que el resto de trabajadores presenciales.

En Alemania, por su parte, no existe un derecho legal y explícito a trabajar desde el hogar. De concretarse, se debe a un acuerdo entre la compañía y el empleado en el marco del convenio colectivo o, en caso de que este no exista, fruto de un acuerdo individual entre el trabajador y la empresa. En la vecina Austria, el empleador no puede coercionar de manera unilateral a sus trabajadores a que realicen las tareas desde sus casas. Solo se lo puede obligar si así lo establece expresamente el contrato laboral o el convenio colectivo. En tanto Noruega, el pais nordico posee un sistema de horas flexible basado en una “Ley de ambiente laboral”, la cual boga por un acuerdo cooperativo entre el empleador y el empleado que facilite la actividad de la empresa.

Continuando hacia los países bajos, desde el año 2014 Bélgica ya obliga al empleador a compensar a los empleados que trabajaban a distancia con 20 euros mensuales por el uso de su propia computadora, en adicion a otros 20 euros por la utilización profesional de una conexión a internet personal. En la actualidad y derivado del contexto del COVID-19, el monto ha sido incrementando a casi 130 euros. En Holanda, la norma establece que los empleados que hayan prestado servicios por lo menos un año, en empresas de más de 10 trabajadores, tienen el derecho de pedir trabajar desde otro lugar que no sea la misma oficina.

Otras economías con un escenario político-tecnológico de relevancia global, son la India, China y los Estados Unidos. En cuanto a los primeros, cuna de cientos de miles de ingenieros de las castas superiores, es uno de los lugares en el mundo con mayor cantidad de teletrabajadores en las enormes corporaciones transnacionales, como Microsoft o Price WaterHouse Coopers (PWC). Sin embargo, existen dilemas no menores en el pais asiático, referidos principalmente a la infraestructura: por ejemplo, el suministro eléctrico, aunque sea en zonas residenciales, suele ser intermitente. Por otra parte, en China el gran problema es la falta de espacio – incluidos los espacios de “coworking” con la actual pandemia -, lo que se conjuga con un gran escenario emprendedor e incremento de precios de los alquileres: en este sentido, la opción teletrabajo se define también en el juego del fino equilibrio de generar rentabilidad. En tanto en los Estados Unidos, un empleador no paga los mismos impuestos (seguro social, Medicare o cargas por desempleo) para un empleado que trabaja a distancia, ya que es considerado como un contratista independiente.

En nuestra región Colombia es el país más avanzado, ya que en el año 2008 promulgó la Ley 1221 que estableció normas para promover y regular el Teletrabajo. Para ello, desarrolló un importante basamento institucional por medio de la “Red Nacional de Fomento al Teletrabajo”, especialmente dirigido a la población en situación de vulnerabilidad. Las estadísticas indican que el proyecto ha sido bien recibido por la comunidad: en el año 2012 se censaron 31.553 teletrabajadores en Colombia; mientras en 2018 ya había 122.278.

En Perú también existía una ley de teletrabajo antes del COVID-19, aunque la misma conllevaba sus propias rigideces: la norma nunca terminó de ser aplicada ampliamente porque implica una modificación del contrato de trabajo, que a su vez requiere un mutuo acuerdo debidamente suscripto y una capacitación previa respecto a los medios informáticos a utilizar por parte de los empleados. Hoy en día se está debatiendo una nueva modalidad en la cual es suficiente la comunicación del empleador hacia el empleado, donde no se requiera acuerdo, ni modificaciones contractuales ni capacitaciones. ¿Efecto COVID-19? Más bien modelo flexible y competitivo para con el mundo.

Bolivia, por su parte, no consideraba como empleados antes de la pandemia a “quienes presten servicios desde sus domicilios u oficinas, sin concurrir cotidianamente a las del patrono”. Vocabulario fuerte para el Siglo XXI, aunque no sorprenda, en tierras del dezplazado ex presidente ‘indigena’ Evo Morales. Por su parte, en el pasado mes de marzo el Gobierno Federal de Brasil habilitó a los empleadores a “cambiar el régimen presencial por el teletrabajo” como una forma de “hacer frente al estado de calamidad pública”. En el caso chileno, el congreso trasandino sancionó recientemente la Ley 21.220 para regular el teletrabajo; entre los puntos más salientes, la norma sostiene el derecho a una desconexión digital de los empleados de al menos 12 horas continuas, como así también la prohibición de que los trabajadores usen elementos de su propiedad.

En nuestro país, algunos observan la nueva legislación ‘muy apegada’ a los intereses de los asalariados: mismos derechos, obligaciones y remuneración no inferior a la que se percibe bajo modalidad presencial; jornada laboral de conformidad con los límites legales y convencionales vigentes; empleador que proporcione la totalidad  del equipamiento, las herramientas de trabajo y el soporte necesario para el desempeño de las tareas; y afiliación sin obstáculos al sindicato correspondiente a la actividad. Nada que no contemple la misma lógica que, por ejemplo, se promovió bajo el estatuto que protegió los derechos de los peones rurales de mediados de siglo pasado.

Cabe destacar que también hay otras que, con el mismo espíritu, se traducen en derechos adquiridos más vinculados al siglo XXI: ya sea el derecho a no estar conectado a los dispositivos digitales y/o tecnologías de la información y comunicación fuera de la jornada laboral y durante los períodos de licencias; o mismo aquellos empleados que acrediten tener a su cargo el cuidado de personas que requieran asistencia específica, tendrán derecho a horarios compatibles con las mismas.

Como contraparte, los empresarios, dentro de la racionalidad que debe primar en una sociedad donde deben confluir los intereses, no debieran realizar mayores objeciones sobre lo expuesto. Sin embargo, también tienen sus lógicas razones para oponerse. Mientras el cambio de una posición de trabajo presencial a uno de teletrabajo, salvo casos de fuerza mayor debidamente acreditada, deberá ser voluntario, por otro lado la ley estipula que el consentimiento del empleado será reversible en cualquier momento de la relación laboral. Con justa razón, un empresario que cambia su metodología de trabajo y diseña un proyecto empresarial de forma virtual, no puede quedar a merced de un empleado que, por cualquiera sea la razón, decide de un momento a otro volver a trabajar en modo presencial.

Tambien se señala la obligatoriedad de contratar mano de obra local. ¿Y si una persona de otra parte del territorio es la más idónea? ¿O un extranjero? Para hacer justicia a la verdad, ya son varias empresas y particulares argentinos que trabajan para afuera. Y perciben sus ingresos también en moneda extranjera en otras latitudes. ¿Si pagan impuestos por ello? Esa es otra historia.

El punto más álgido pareciera ser, por una obviedad pro-sistémica, la potencial merma en la acumulación de capital. El argumento es sólido desde ese punto de vista: estamos en el siglo XXI y la competencia global es, como mínimo, ‘salvaje’. Por ende, los servicios trasnacionales, que operan en los más diversos usos horarios, no pueden encasillarse en un momento y bajo una intensidad predeterminada. ¿Por qué no tomar empleados que trabajen en espejo y que ocupen otras franjas horarias? Simplemente porque es muy costoso y, por ende, poco competitivo. Por supuesto, los empresarios del sector deslindan responsabilidades en un sistema mundo que ellos no crearon: quien les puede negar que la exigencia proviene de la demanda del mercado.

Es por ello que desde varias cámaras empresarias argentinas, de todo tipo y color, sostienen que para empezar a pensar una aplicación de la ley con seriedad, primero hay que definir concretamente cuándo se considera que un empleado ‘teletrabaja’ – ya sea full time o parcialmente -. Es decir, centralmente buscarán por un lado que las jornadas sean flexibles y que, en todo caso, se establezca la cantidad de horas a trabajar, pero no un horario de corrido asimilable a uno de trabajo presencial. Por otro lado, plantearán que en la reglamentación de reversibilidad se establezca: a) con un preaviso de dos meses para que el empleado le comunique la decisión de volver al trabajo presencial, b) que ese plazo de ejercicio de la reversibilidad no sea mayor a los tres meses desde el momento en que se adopte la posición del teletrabajo y, c) que la reversibilidad no sea aplicable cuando el empleado físicamente se encuentra a más de 100 km del lugar donde se encuentran la actividad presencial. Clarificar la cancha acorde al mundo actual, se diría. Por supuesto, del otro lado del mostrador sostienen que lo único que quieren los empresarios es embarrarla para avasallar los derechos del trabajador, obtenidos décadas pasadas bajo un Estado de Bienestar que todavía no vislumbraba la actual globalización plena.

Para concluir, tenemos entonces demasiadas verdades para respuestas escuetas. Pero que requieren una enorme celeridad ante la dinámica global que estamos vivenciando. En este sentido, siempre lo mejor para el colectivo, es mirar el largo plazo. Porque el problema pareciera no ser el espíritu de la ley, sino la irracionalidad del análisis dogmático embebido en un positivista maquillaje cosmético, y el propio sistema económico argentino que es altamente poroso endógenamente. Por lo tanto, ¿Qué tipo de país queremos? ¿Es el que discute la incidencia creciente de los servicios de teletrabajo con su consecuente, y necesaria, legislación? ¿O es aquel que no castiga a aquellos gobiernos que no apoyan suficientemente la infraestructura tecnológica, vital para cualquier país que se digne ser un modelo económico de gran utilidad a nivel global? ¿Es el teletrabajo a destajo que nos permita ser competitivos a un precio vil a costa del trabajador, pero al mismo tiempo podríamos exportar software y generar las tan preciadas divisas? ¿O tendremos una legislación y una educación en tecnología de suficiencia y relevancia internacional, para que se paguen buenos salarios y generemos un servicio diferenciador que satisfaga la demanda desde cualquier rincón de la tierra?

Lamentablemente, como bien sabemos, esto es Argentina. Mientras de un lado de la grieta el ideario social sostenga que la legislación es solo para controlar un gran call center explotador de una multinacional y no una Pyme que quiere exportar software y necesita cierto margen para tener rentabilidad; y del otro se encuentre algún empresario trasnochado que piense que puede llamar a su empleado a la madrugada con la mera justificación que el sistema vive de la tercerización de procesos y la necesidad de ser productivos a toda hora para poder responder a las exigencias de la economía, será muy difícil encontrar el equilibrio racional que nos genere ese salto cualitativo: aquel que nos permita adentrarnos en el mundo de las ‘economías serias’, con mayor margen para la independencia, el desendeudamiento, y el desarrollo socio-económico de la mayor parte de nuestra vapuleada sociedad.

Latam, solo un espejo más de la dinámica sistémica global

Publicado en Ámbito Financiero, 6-7-2020

https://www.ambito.com/opiniones/latam/solo-un-espejo-mas-la-dinamica-sistemica-global-n5115010

Competir a través de la reducción de costos es el eje principal del trabajo gerencial de las líneas aéreas en la actualidad. Capitalismo a secas. Donde la competencia es salvaje, pero también lo son las fusiones y los monopolios. Donde la política – y la geopolítica – juegan un rol trascendental. Donde las economías indirectas que la industria genera (como el turismo, el comercio con las mercaderías que se transportan, las miles de Pymes que actúan como sus proveedores, o la dinamización de la microeconomía que implica las reuniones laborales), representan sectores importantes en los PBIs de muchos países. Donde también se visualiza la “lucha de clases” modelo siglo XXI.

Todo comienza con la globalización neoliberal agresiva y la tan mentada ‘revolución de los aviones’ a través de las ahora tan conocidas por nosotros “Low Cost”: precios bajos, rutas fijas punto a punto con vuelos repletos llevados a cabo en el menor tiempo posible (desde Ryanair ya avisaron que no van a volar si los gobiernos imponen la obligatoriedad de dejar los asientos centrales vacíos a causa del COVID-19), aviones eficientes con bajo nivel de consumo de combustible – adquiridos además en grandes cantidades para abaratar costos -, tiempos mínimos de espera en los aeropuertos secundarios, mantenimiento estrictamente necesario para garantizar la seguridad, modelos únicos y estándar de aeronaves para reducir el costo de la formación de los pilotos y lograr una operatoria con el mínimo personal posible y, por supuesto, empleados con derechos laborales mínimos.

Aquí no hay efecto derrame que valga para con la competencia: estamos en una industria de juego de suma cero. Ejemplos sobran y los números hablan por sí solos. Ryainair dejó en tierra a 400.000 pasajeros en 2017. La infantil explicación oficial se basó en “errores en la planificación del calendario de vacaciones de sus pilotos”. La realidad indica que hubo una huida masiva de 150 de sus trabajadores a Norwegian Airlines. Por otro lado, de las 154 aerolíneas que se han creado entre los años 2000 y 2016, 107 ya han desaparecido. ¿Capitalismo Shumpetereano? Más bien diría capitalismo en su fase monopólica. En Europa, cinco grupos (Air France-KLM, IAG, Lufthansa, EasyJet y Ryanair) acaparan el 63% del mercado. Peor aún es en Estados Unidos, donde las cinco primeras líneas aéreas controlan el 86% del negocio.

Como contraparte, para quienes lo promovieron, las palabras mágicas que han sentenciado socialmente su triunfo son cuatro: “democratización del espacio aéreo”. ¿Quién puede dudar de los beneficios a un consumidor que obtiene tarifas económicas y asequibles para su malogrado bolsillo? Un nuevo modelo que se basa en brindarles a los clientes libertad de elección, sin forzar el pago de servicios que no van a utilizar. “Una propuesta justa y equitativa” gritan a los cuatro vientos. Cantos de sirenas para el liberalismo individualista.

Igualmente, queda claro que como siempre, lo importante es ganar dinero. Mucho dinero. Desde el punto de inflexión provocado por la crisis de los años 2008/2009, el sector ha vivido una década dorada, con crecimiento continuo de pasajeros y, sobre todo, ganancias. La Asociación Internacional de Transporte Aéreo (IATA), órgano madre de la aviación civil internacional, estima que la industria ha cerrado el ejercicio de 2019 con unos beneficios en torno a los 25.900 millones de dólares – lo que representa un incremento interanual del 3,1% -, con 4.500 millones de pasajeros transportados (el doble que diez años antes) conectados por 23.000 ciudades en todo el mundo – cuando en el año 1998 eran 10.250 -.

Pero esto es capitalismo y como en un videojuego de acción, el ataque de los ‘enemigos’ proviene de diversos y variados frentes. Los fluctuantes – y terriblemente peligrosos cuando se incrementan – precios del barrio de crudo, la competencia en espacios regionales con los menos contaminantes trenes de alta velocidad (la alcaldesa de Barcelona Ada Colau ya ha pedido eliminar el puente aéreo entre la capital catalana y Madrid con la excusa de que es suficiente con el AVE), alguna catástrofe que en la industria de la aviación suele dejar secuelas (como ha sido el caso de Spanair, la cual quebró en el año 2012 luego del accidente de Barajas en el año 2008), los desequilibrios macroeconómicos (la británica Monarch justificó su quiebra en base a la debilidad de la Libra Esterlina), los potenciales atentados terroristas (como el emblemático suceso de la aerolínea estadounidense Panam cuando sobrevolaba Escocia en el año 1987), los cambios tecnológicos que permiten realizar tareas y comunicaciones de manera virtual, el rechazo de los grupos ambientalistas (en Francia, el Partido Verde ha demostrado que cada francés emite 5 toneladas de CO2 al año en su rutina diaria – calefacción, transporte, alimentación -; la misma cantidad que si viaja dos veces desde París a Nueva York), o una pandemia como la actual, la cual dejará un tendal de quiebras en la industria.

Por supuesto, y para salir del paradigma argentino, no todas las problemáticas son exógenas. También hay erróneas definiciones en los modelos de negocio que no aciertan con su verdadero público objetivo o con los mercados donde debieran operar para ser rentables (como ha sido el caso de Alitalia, que se focalizó en las rutas de corto y medio alcance – sin poder competir de ningún modo con las Low Cost – en lugar de las internacionales). También se encuentran quienes pierden eficiencia por no contar con financiamiento para poder modernizar su flota. Y de más está decir que en las últimas décadas, la reducción de costos se vincula directamente a la eliminación de personal: “estructura sobredimensionada” son las palabras sutiles de los empresarios del sector. La respuesta del otro lado del mostrador, no se hace esperar. “Capitalistas en las ganancias y socialistas en las pérdidas, han repartido millones en utilidades en los últimos años de bonanza; sin embargo, no son pocas las líneas aéreas que cuando no le cierran los números sufren rápidamente el ‘síndrome del chivo expiatorio’, culpando a los sindicatos como los causantes principales de todos sus males” sostiene Luciana Flesler, dirigente sindical de la Asociación del Personal Aeronáutico de la República Argentina.

El otro punto de relevancia para las empresas privadas de aviación civil, es su relación con los gobiernos. Exceptuando las empresas 100% estatales (como sería el caso de Boliviana de Aviación, creada por Evo Morales), el vínculo público-privado suele ser ambivalente. Por un lado, las principales quejas se centran en los altos impuestos (como lo es por ejemplo la tasa a las emisiones de carbón en la Unión Europea), o las escasas facilidades que reciben en términos logísticos, burocráticos y de infraestructura por parte del Estado. Por supuesto, la situación se revierte 180° – sobre todo para las aerolíneas emblema de cada país – cuando la quiebra se encuentra a la vuelta de la esquina: como Cenicienta a la medianoche, los reclamos se transforman radicalmente en pedidos desesperados de un rescate financiero estatal imperiosamente necesario para su supervivencia.

Y aquí aparece en acción la Canciller Angela Merkel, con una inyección de 9.000 millones de euros adquiriendo el 20% del paquete accionario de la emblemática Lufthansa. Del otro lado del mostrador, para el gobierno germano lo más importante es su asiento en el directorio; aunque institucionalmente no debería intervenir en las decisiones de la aerolínea, se sabe que el objetivo es tomar el control estratégico para que no pierda su preponderancia en el mundo de la aviación civil como la aerolínea de bandera de la Unión Europea. Por supuesto, en el mundo de la geopolítica pura, los diferentes niveles de poder conllevan a que las capacidades – y las metas -, sean diferentes. Así lo entienden sus laderos austriacos: a pesar de haber avalado 300 millones de Euros de créditos de la banca privada para el rescate de Austrian Airlines, Viena no participará en el capital de su aerolínea, la cual seguirá perteneciendo 100% a Lufthansa. Todo queda en manos de las decisiones de su hermana mayor.

Sin embargo, no será nada sencillo para los germanos. Los intereses supranacionales se encuentran a la orden del día: la Comisión Europea le ha indicado a Lufthansa que, como toda compañía que obtiene más de 250 millones de euros en capital de rescate, debe aceptar las reglas de un “campo de juego nivelado”: esto es, ceder franjas horarias de despegue y aterrizaje (Slots), o que reduzca el número de aviones con base en sus aeropuertos principales de Frankfurt y Múnich.

Mientras que para Merkel ello representa un dolor de cabeza, para muchos italianos la aflicción es en el corazón. Aunque golpee el bolsillo de una ya insolvente economía, los 600 millones de euros destinados por el gobierno de Conte para la actual renacionalización y salvataje de Alitalia, son una caricia al alma para con la “italianidad”, como le gustaba decir a Silvio Berlusconi en sus discursos políticos.

Como contraparte, el idílico nacionalismo tiene su contracara cuando la corrupción y la ineficacia se apoderan de los poderes de turno. El tan mentado “capitalismo de amigos” se observó también con la aerolínea de bandera italiana, quien tuvo la participación en sus múltiples rescates de sujetos y empresas que poco o nada tenían que ver con la industria aeronáutica, como fue en su momento el caso de la empresa de autopistas – sí, leyó bien, autopistas – Atlantia, cuyo objetivo central – para no decir único – era obtener a cambio un trato favorable en futuras concesiones vinculadas a los negocios gubernamentales.

Con un halo de oscuridad similar, semanas antes de acogerse al capítulo 11 de la Ley de Quiebras de los Estados Unidos para reestructurar su deuda (superior a los 7.000 millones de dólares), el principal accionista de la aerolínea Latam, la sociedad Costa Verde Aeronáutica de la familia Cueto, canceló anticipadamente un crédito de 34 millones de dólares otorgado por Inversiones Odisea, la firma que tiene a los cuatro hijos del presidente chileno Sebastián Piñera como principales socios. A diferencia del caso italiano, en esta ocasión ambas empresas conocen muy bien el paño. Los negocios aeronáuticos de estos apellidos ilustres datan de los años 1980’, cuando durante el final de la dictadura de Augusto Pinochet fueron parte de la adquisición de la entonces aerolínea estatal LAN. Por supuesto, a precio vil. Cualquier similitud con lo que vendría unos años más tarde en nuestro país, es (¿o no?) pura coincidencia.

Sin embargo, la inmoralidad del pago podría no ser lo más grave: ya en plena crisis del COVID-19, la compañía tuvo que ser suspendida en la Bolsa de Santiago cuando estaba sufriendo el mayor desplome de su historia y amenazaba con comprometer los fondos de las Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP), otra de las grandes ganadoras históricas del modelo chileno. Las AFP llevan invertidos unos 442 millones de dólares en Latam – en otra polémica decisión que pone bajo sospecha los vínculos de Piñera con esas administradoras – y tienen el 15,3% de su paquete accionario, lo que las deja en una situación de gran vulnerabilidad en el escenario actual. Para ser realistas, la verdadera fragilidad la sufrirán los futuros jubilados de carne y hueso, que confiaron – obligados – sus ahorros en ellas y ahora su futuro socio-económico pende de un hilo.

Luego viene la historia ya más conocida, de este lado de la cordillera. Algunos hablan de corrupción, otros de mala praxis. Los más efusivos se aferran a las pujas y la presión por parte de los poderes políticos y sindicales de turno, junto con una traumática competencia desleal. Por supuesto, en el cliché de los teorías, la ideología, las disputas geopolíticas, las variables exógenas impredecibles, el obsceno ratio rentabilidad/masa salarial, y la reducción de costos a como sea, no pueden quedar afuera. Seguramente habrá un poco de todo ello. O de casi todo. Lo que si podemos afirmar es que el marco descripto se asemeja a cualquier película donde el actor principal, en este caso Latam, puede ser fácilmente intercambiado por otro de símil relevancia en alguna otra industria de vanguardia. Donde el título más adecuado del filme podría ser, simplemente, “capitalismo modelo 2020”.

Expropiar, la palabra que se debate entre el signo de exclamación y el de pregunta

Pablo Kornblum para Ámbito Financiero, 23-6-2020

https://www.ambito.com/opiniones/expropiacion/expropiar-la-palabra-que-se-debate-el-signo-exclamacion-y-el-pregunta-n5111783

En palabras del reconocido filósofo y jurista alemán Carl Schmitt, la expropiación es parte esencial del ‘nomos de la tierra’; es decir, del arreglo territorial primordial que es consustancial a todo Estado. Así lo entendía el difunto Comandante y entonces presidente de Venezuela Hugo Chávez, cuando gritaba a los cuatro vientos “¿De quién es ese edificio? ¡Pues exprópiese, exprópiese!” Propiedades, empresas petroleras (como el famoso caso de la estadounidense ExxonMobil, la cual pidió un pago “justo” de 10.000 y solo recibió 908 millones de dólares después de la expropiación de todos sus activos en el país), de telecomunicaciones – para evitar la propagación de la información enemiga -, tierras (que se aseguraba eran improductivas y debían destinarse a fomentar la “seguridad y soberanía alimentaria”, en un país que importa alrededor 70% de los alimentos que consume), y todo tipo de industrias de enorme envergadura y relevancia fueron expropiadas y nacionalizadas. Quienes llevan las cuentas desde “algún lugar del imperio”  dicen que las propiedades privadas expropiadas han sido 1.440 durante sus 13 años de gobierno.

Pero la historia de la expropiación es mucho más que el fresco recuerdo chavista. Ya sea en la teoría o la praxis. Desde de una visión jurídica, económica, o social. Pero sobre todo, en la conjunción de todos estos campos de análisis. Solo para citar un ejemplo, la Teoría de los Costos Sociales de Ronald Coase indicaba que bajo el supuesto que los costos de transacción sean muy elevados, la misión del derecho es simular la situación eficiente, aquella que habría surgido si los costos de transacción no fuesen significativos. Por ende, el derecho actúa simulando al mercado al asignar la titularidad a quien más la valore; ya que, en un contexto de altos costos de transacción, la asignación de los derechos de propiedad repercutiría en el bienestar social. Bajo este marco, la expropiación será socialmente eficiente si es que la ganancia social (suma de ganancias individuales) es mayor que la pérdida social (suma de pérdidas individuales). Y aquí entra en juego si quienes obtienen el bien lo valoran más que quien lo pierde.

Alejándonos tangencialmente de la visión neoclásica, los marxistas van más atrás en la historia y afirman que con el emerger del capitalismo en los albores del siglo XVIII, se generó una desintegración del proceso de “acumulación originaria”, sustentado en la expropiación de las condiciones de producción, el acceso a la tierra y la propiedad de los medios de producción; los saberes, acumulados por campesinos y artesanos durante generaciones; y los productos de trabajo, mediante formas de división, mecanización y automatización del trabajo. Una victoria del capital por sobre el trabajo.

Sin embargo, el comunismo se tomó revancha muchos años después. Al día de hoy, son 5.913 las empresas estadounidenses que todavía mantienen una demanda oficial contra las expropiaciones sin compensación de más de 7.000 millones de dólares realizadas por el gobierno cubano al mando del entonces presidente Fidel Castro. Los cubanos alegan que ya lo pagaron con creces. Fue precisamente la nacionalización sin compensación de bienes de empresas estadounidenses lo que detonó el embargo; un “bloqueo” que le costó a la isla 100.000 millones de dólares en las últimas seis décadas. Económicamente, los números no les han cerrado a los “barbudos revolucionarios”. Sin embargo, ciertas variables como la ideología y la patria suelen prevalecer en un régimen que ha sabido surfear las vicisitudes entremezclando un férreo control comunicacional y un incondicional apoyo internacional en ciertos valores del desarrollo socio-económico (como la salud y la educación, aunque discutidas en su calidad), inclaudicables para con el resto del progresismo en el mundo capitalista.

Estados Unidos había aprendido la lección; por ende, un par de décadas más tarde no corrió con la misma suerte el primer “comunista democrático” de Latinoamérica, el Dr. Salvador Allende. A 50 años de la promulgación de Ley de Reforma Agraria bajo su gobierno, el sentimiento de gratitud para con la expropiación y el control de los recursos naturales por parte de campesinos pobres y trabajadores industriales tuvo una respuesta letal por parte de la oligarquía que luego gobernó (y todavía gobierna, aunque matizada bajo el halo de la democracia y el discurso suavizado), el país trasandino. Augusto Pinochet fue solo el brazo ejecutor de una política donde la expropiación marxista no tenía lugar bajo la Doctrina Monroe del Imperio.

Es evidente que la interdependencia compleja – que entremezcla los intereses de los actores estatales y no estatales – juega un rol trascendental cuando hablamos de expropiaciones. En el año 2000, un tribunal arbitral internacional condenó a México a pagar una indemnización de casi 17 millones de dólares a Metalclad, una empresa norteamericana radicada al sur del Rio Bravo que se dedicaba al tratamiento de residuos peligrosos. El fallo indicaba que la compañía estadounidense había sido “víctima de una injusta expropiación”. Sin entrar en detalles del caso, se sabía que el abultado monto a pagar era una consecuencia inevitable de la reducción de la soberanía que devino del Tratado de Libre Comercio de América del Norte entre Estados Unidos, México y Canadá: en este aspecto, la única reforma importante de la ley de Expropiación que databa de la década de 1930’ tuvo lugar en el año 1993 durante el acuerdo del TLC, cuando se modificó el criterio para con el pago indemnizatorio de una expropiación, que pasaría a ser el valor comercial de lo expropiado y no más el valor de la tierra.

Pero como suele ocurrir en la arena internacional, una cosa es lo que se dice hacia afuera, y otra es lo que se hace puertas adentro. Sino pregúntenles a los 90 terratenientes texanos que viven en las adyacencias de la frontera mexicana, a los cuales el año pasado les llegó una notificación del Departamento de Justicia estadounidense sobre las intenciones del gobierno de Donald Trump de comprar o, en caso que se nieguen, expropiar sus terrenos. Extraño en un país que protege con celosía la propiedad privada como bien sacro. O no tanto.

En este sentido, cabe destacar que el régimen expropiatorio es un indicador importante de lo que ocurre a trasluz del poder gubernamental en general. En particular, si aceptamos la hipótesis de un debilitamiento del Estado-Nacional o, al menos, de una re–configuración de sus instituciones y sus capacidades en el contexto global. En las últimas décadas, en una gran cantidad de países en el mundo el declive en el margen de maniobra de políticos ha tenido su contrapunto con el fortalecimiento del poder judicial (en los casos que mantiene su independencia, por supuesto), a través del surgimiento de nuevas formas de protección de los derechos individuales y colectivos. La “logia” judicial sostiene que, aunque incapacitado de conseguir objetivos sociales específicos, lo mejor que se puede hacer es brindar un orden estable que permita a los individuos la libertad de luchar por alcanzar sus propios objetivos; lo que implica que las reglas a las que se debe sujetar la expropiación tienen como una de sus principales funciones construir un sistema que permita a los individuos predecir con cierta certeza el futuro de sus inversiones y de sus derechos de propiedad privada.

Por supuesto, no en todo el mundo ocurre lo mismo: existen gobiernos fuertes y paternalistas que conviven con un débil y cooptado estado de derecho (semi-dictatoriales, diría algún académico occidental). Tenemos como ejemplo el caso de China u otros países del Sudeste Asiático, donde se ha hecho un uso extensivo de la expropiación para dar paso a proyectos de infraestructura y de expansión urbana; avallando, sin ponerse colorados, cualquier tipo de oposición de particulares. Y lo peor para estos últimos, en muchas ocasiones se les han otorgado indemnizaciones ridículamente ínfimas.

Hablando de los perdedores sin tierra, no tenemos que irnos tan lejos viviendo en la región más inequitativa del planeta. Nuestro vecino Paraguay da cuenta de ello: el 2,6% de los propietarios son dueños del 84,8 % de las tierras explotadas. Como contraparte, en el país existen más de 300.000 familias campesinas sin tierras. Para las elites enquistadas en el poder hace más de un siglo, no pareciera que hay mucho por hacer. De racional sensibilidad social, bien gracias. Solamente, como suele ocurrir en una nación aguerrida y creyente, la historia demuestra que la solución para los más desahuciados se ha encontrado o bien ‘por las malas’, como ocurrió en el año 1995 cuando el Congreso expropió 7.137 hectáreas en el departamento de Amambay con el mero objetivo de devolver la paz social luego del asesinato de Pedro Cohene (un líder de la Organización Nacional Campesina, quien fuera ejecutado por sicarios contratados por terratenientes); o mismo con la ayuda la Diócesis de Concepción de la Iglesia Católica, la cual apoyó en el año 1997 la expropiación de las 267.836 hectáreas de la empresa CIPASA, ubicada en los departamentos de Concepción y Amambay.

Pero como la desigualdad socio-económica se incrementa día a día en todo el mundo y ya no es menester solo de los países subdesarrollados, no es de extrañar la reciente iniciativa ciudadana para expropiar a cualquier empresa inmobiliaria que posea más de 3.000 apartamentos en Berlín. Parafraseando a la emblemática señora de los almuerzos con el “Estas muy politizada, muy de izquierda”, los socialdemócratas gobernantes del SPD han rechazado la petición de resocialización. Como alternativa, han promovido alentar nuevas construcciones, comprar viviendas existentes para alojamiento asequible y limitar los precios del alquiler (que se incrementaron el 100% en la última década). Algo similar ocurre en Francia. El ministro de Vivienda, Julien Denormandie, ha afirmado que “es inaceptable tener tantas viviendas vacías. Me refiero en concreto a estos edificios de oficinas o apartamentos que están a menudo en manos de bancos y aseguradoras. Aunque, por supuesto, la expropiación es el último recurso.” Claro, no sea que suene demasiado a pretender llevar a cabo un cambio revolucionario. El único motivo para desestabilizar el statu-quo debería ser un hecho excepcional, sostienen los conservadores, como ha ocurrido con la actual pandemia del COVID-19. Es por ello que el ejecutivo español del PSOE, no ha tenido una oposición férrea para desempolvar la “Ley de Expropiación Forzosa” todavía vigente del año 1954: en este caso, para asegurarse las mascarillas y otros insumos de salud en caso de que sea necesario.

Como contraparte, los gobernantes comprenden que los puntos de inflexión que implican llevar a cabo procesos expropiatorios, suelen generan enormes costos políticos, con potenciales efectos derrames – en muchas ocasiones negativos – para el resto de la sociedad. Sino miremos a nuestro país, luego de que en el año 2012, el gobierno expropiará el 51% de las acciones de YPF de manos de la empresa española Repsol. La medida, que buscaba retomar el control estatal de la petrolera para asegurar el autoabastecimiento energético del país, generó rápidamente la reacción de la comunidad internacional y de potenciales nuevos inversionistas ante el ‘carácter discriminatorio’ de una medida que “claramente obstaculizaba el buen clima para con los inversionistas”. Si a ello le adicionamos la falta de tecnologías propias para explotar Vaca Muerta, el gobierno argentino quedó entre la espada y la pared; la consecuencia, poco tiempo después se vio obligado a revertir los nuevos controles sobre la inversión extranjera, pagó compensaciones pendientes establecidas en laudos anteriores, acordó una indemnización con Repsol por fuera de su propia legislación, y ofreció generosas concesiones a la petrolera estadounidense Chevron para que esta invirtiera en los nuevos yacimientos.

En definitiva, una expropiación que para algunos se llevó a cabo de manera ‘atolondrada’, sin un completo análisis de prospectiva, con indeseados y contraproducentes efectos económicos. Desde el otro lado del mostrador dirán que entienden que existe “cierta resistencia” en el mundo de las políticas sociales a reconocer problemas de eficiencia económica y jurisprudencia sobre la propiedad; pero dirán que más difícil aún es encontrar en los  organismos financieros internacionales y los capitales concentrados cualquier referencia a los derechos socio-económicos básicos de las mayorías empobrecidas. Aunque luego recibirán como respuesta que la expropiación es en realidad una consecuencia de la mala praxis de política macroeconómica previa, y no de los “consecuentes y lógicos” intereses del sector privado. Pero aquella “mala política” la realizó el gobierno previo de otro color político, volverán a retrucar. Y así sucesivamente. Evidentemente, encontrar el equilibrio no es para nada sencillo.

Para concluir, solo queda por afirmar que la expropiación nos debe llevar a un análisis complejo de “pesos y contrapesos” de carácter global, con actores profundamente diversos y con objetivos que en muchas ocasiones son diametralmente opuestos. Porque como dijo Pierre-Joseph Proudhon, filósofo, político y uno de los padres del movimiento anarquista, “La propiedad privada comenzó cuando alguien cercó la tierra, dijo esto es mío, y otro le creyó”. Y así seguimos, discutiendo que si la expropiar está bien o no. La respuesta, la misma de siempre. Depende de que intereses defendamos.

Entrevista en La Izquierda Diario Sobre la Situación Global

Por Pablo Kornblum en La Izquierda Diario

http://www.laizquierdadiario.com/Las-tensiones-entre-las-potencias-por-los-recursos-estrategicos-se-van-a-incrementar

¿Cómo ves la situación de la economía mundial tras los efectos de la pandemia?

Salta a relucir lo que se habla mucho, que son las desigualdades, este es el punto más importante. Vemos que a pesar que esto es homogéneo, en cuanto a lo que pasa en todo el mundo, los que son más pobres, los que tienen menos posibilidades de defenderse, los que no pueden quedarse en su casa trabajando desde una computadora y tienen que salir a la calle, son los más expuestos ante la pandemia. Entonces esa desigualdad que uno encuentra ahora a nivel internacional, pero a nivel local también, lo que se ve en Argentina, lo que sufren los jóvenes precarizado, por ejemplo, los que trabajan en los deliverys, etc. Es lo que se ve, ´quiénes están más expuestos, ellos o la gente que vive en las villas hacinadas´.

Una cuestión básica que se ve, sin ser economista, o sin entender mucho el tema, sabe que el virus se propaga más rápidamente en un área cerrada que donde convive mucha gente, era obvio que sin las medidas básicas de aislamiento iba a pasar. Bueno, pasa por eso hay tanta preocupación en África o en Asia, lo que pasa -como en todo el mundo- los medios de comunicación (algo que menciono el libro) lo tapan. Hay cosas que no se dicen porque lo manejan ciertas elites en conjunción con los dueños de los medios de comunicación y, otras personas más, lo cual no se ve pero evidentemente una vez más queda claro que ante estos shocks a nivel internacional los que más sufren son los que menos tienen.

Claro esto es una dinámica que como vos decís se está poniendo a relucir en forma muy aguda, y en el marco de esta película donde los que venían mal están peor, también hay otro elemento de la situación internacional en lo que respecta a mayores roces o tensiones entre los Estados, ¿cómo lo ves vos?

Hay dos cuestiones, sin entrar mucho en la historia, esto viene desde el fin de la unilateralidad o unipolaridad de Estados Unidos a fin de la década del noventa, que la globalización sabemos lo que trajo, ¿no? Digamos esta homogenización que no le sirvió a nadie, solo le sirvió a unos pocos, lo que hizo fue bajar los salarios a nivel internacional a un niveles que les sea rentable a nivel macro a estas elites económicas y financieras, ya sea para producir o jugar con el dinero. Lo que se vio a nivel general hay una baja del salario en los trabajadores; ahora a nivel interestatal hay un resurgimiento de lo que fue Rusia y China –sobre todo a partir de este siglo- que quieren tomar el poder porque se dan cuenta que la clave son los recursos estratégicos, la tecnología espacial, todo lo que tiene que ver con el aparato militar y, vuelvo a repetir, todo lo que tiene que ver con los recursos que son escasos. Lo que es el agua dulce, el litio, la Antártida, etc.

En ese marco de lucha por los recursos estos países con líderes, digamos que no les importa tanto la cuestión micro interna, como puede ser a Xi Jinping o a Putin, cuando su prioridad es conquistar varias partes del mundo por el tema de los recursos, la carrera espacial y militar, le están empezando a desafiar a Estados Unidos. En este marco de multipolaridad que vemos ahora, claro a ´río revuelto´, lo que se ve es que cada uno se va acomodando como puedo y lo que tenemos es eso, un nuevo reacomodamiento internacional donde Estados Unidos, a pesar de preservar el mayor poder militar no es la gran potencia a la cual todos siguen unísonamente y sin ningún tipo de discusión; sino cada uno se trata de acomodar con mucho problemas como en Europa con el tema del Brexit o Alemania que quiso moldear a Europa a su manera está con un montón de problemas que no se los esperaba como la inmigración y demás, … Bueno hay un marco internacional donde cada uno juega su juego y se van acomodando, el tema es dónde se acomoda cada uno a nivel interestatal y cómo hacen para que eso se derrame positivamente para los pueblos de cada uno; aunque lamentablemente como siempre los que menos tienen quedan relegados a lo último.

En relación al fin del mundo unipolar, ¿cómo ves a los Estados Unidos en su política exterior?

En su momento los Estados Unidos intentó de alguna manera manejarse con su esquema lógico que tuvo históricamente, ¿cuál es?, avanzar sobre los mercados. Ahora bien, se dio cuenta que en algún momento (creo que tardíamente) la pelea por los mercados la estaba perdiendo, por ejemplo con actores que sin tener las mismas capacidades estratégicas o de poder que tiene los Estados Unidos, iban acomodándose, le iban compiando el known how y el conocimiento y, de eso modo, le toman ciertos nichos que parecían intocables para los Estados Unidos, en el marco de este multilateralismo. Diciendo, ´Estados Unidos ya no me representa y puedo negociar con los chinos, con Rusia con India (y su tecnología) y demás´.

Se ha enfocado en mantener su nivel de agresividad económica, sin incrementarla, pero diciendo, ´este es el objetivo´, y retirándose de algunos sectores estratégicos a nivel geopolítico porque se concentró, por ejemplo, en Medio Oriente o en otros lados muy puntuales. En ese sentido, lo que se ve es que donde se retira Estados Unidos, donde no le pone el foco, América Latina o África, estos Estados que vuelvo a nombrar, China, Rusia y algunas otras potencias aprovechan y toman los lugares.

Si uno ve África lo que se ve es que hace 30 años las empresas norteamericanas o europeas estaban expoliando los recursos natural a viva voz, sin ningún resquemor; ahora vienen los chinos que les dicen, ´miren Sres. nosotros les proponemos que además de sacarles los recursos estratégicos, les implantamos población y le desarrollamos las actividades locales y la economía local. Entonces en ese sentido muchos gobernantes dijeron, ´nos conviene lo que nos están trayendo los chinos´, por su puesto detrás hay otros intereses porque los chinos, por ejemplo, te financian pero a su vez te piden que les compres su capital, que no negocies con otro, el famoso winner takes all, y te implantan población para que después a nivel sociológico (si se quiere) ya vayan avanzando y quedándose. No es como los norteamericanos que van te sacan el petróleo y se van. Ellos (los chinos) se van quedando, es otra dinámica. Pero te vuelvo a repetir, lo que se ve de Estados Unidos es que no creo lo hayan medido de la mejor manera, cuando se retiraron de algunos lugares o le quitaron un poco el ojo, ahí avanzaron estos Estados.

En cuanto a este avance de China sobre el conocimiento o la tecnología que históricamente controlo Estados Unidos, ¿Cómo ves esta puja que muchos la presentan como parte de la denominada guerra comercial?

Detrás de bambalinas lo que se sabe es que la guerra comercial existe, el déficit comercial de Estados Unidos con China es amplio y es histórico, hubo pelea no solo con Trump, con Obama también pidiéndole Presidente chino que revalúen la moneda porque no podían competir, eso existe. Ahora lo que uno ve detrás es lo que más le interesa es la tecnología sensible, la lucha por el poder, la carrera espacial, y es lo que no se ve que son las cláusulas secretas que se firman en todo tratado comercial que no son solo entre Estados Unidos y China, sino que son entre todo el mundo. Ahí me parece que está el quid de la cuestión. En cuanto a la lógica China lo que se ve es que, ´vamos a seguir avanzando económicamente hasta donde podamos y, mientras tanto, reforzamos nuestro aparato militar. Si los Estados Unidos nos quieren quitar comercio, como le puede pasar al Reino Unido que se fue de la Unión Europea y quieren negociar con nosotros (China)´.

Lo que está detrás de la disputa comercial es la disputa por el poder tecnológico, las tecnologías sensibles, la cuestión satelital, la cyberdefensa, digamos todo lo que tiene que ver con la tecnología de punta porque el comercio internacional lo que se ve es, con el ejemplo de Reino Unido, me sacan de la Unión Europea voy a negociar hasta con mi enemigo Argentina, y lo mismo pasa con China, ´Trump me pone trabas me voy a negociar con otro´, lo mismo pasa en Europa con la tecnología 5G, es la lógica de la guerra comercial permanente. Lo que es importante ver es que los países incrementan en general su gasto en defensa, su aparato militar, salvo contados casos, porque saben que en el futuro la lucha por los recursos estratégicos y la tecnología va a ser lo que va a definir los próximos cincuenta años. Para eso se están preparando los chinos, de eso ya mucho se habla y es el gran temor de los Estados que saben que en algún momento la tensión se va a incrementar. Ahora es una cuestión económica, en algún momento va a pasar a mayores y creo esto va a suceder en algunas décadas. Los chinos no se van a quedar atrás.

En tu libro explicas aspectos que consideras centrales sobre el funcionamiento del sistema capitalista global, entre ellos el creciente proceso de mercantilización, ¿cómo ves este proceso a la luz de la crisis sanitaria que puso en evidencia el Covid-19?

Algunos dicen que es el fin del capitalismo, pero yo no creo que sea así, lo que se están viendo son las miserias como dije al principio de la entrevista. Te doy un ejemplo concreto, en un momento los alemanes dijeron, ´si nosotros tenemos la pandemia y nosotros producimos los respiradores… de acá no sale nada, no se exportada nada´. El intercambio va a continuar, el capitalismo con todas sus miserias, en el sentido que no hay una reflexión como sostengo en el libro donde destaco que no hay una formación y educación a nivel institucional, sobre todo en la educación básica, en el nivel primario y secundario, para revitalizar el rol de las ciencias sociales y entendamos la problemática sistémica.

Me parece que el punto es, cuál es el verdadero problema, está el medio ambiente, están los virus, qué es lo que está ocurriendo acá, evidentemente está pasando algo dado el proceso de acumulación permanente e insaciable de la economía capitalista por parte de unas elites, lo que se ve es que el sistema en este modo lo que va a generar es un detrimento en la calidad de vida de los seres humanos y de los seres vivos en general en la tierra. Si no vamos a entender que esto es lo que ocurre, en algún momento esto va a terminar colapsando, ahora es un virus, después será la guerra por los recursos, etc.

Pero el problema que veo es que la gente no está lo suficientemente formada, educada…; por supuesto también hay cuestiones propias, y sobre todo los problemas de educación respecto a la bajada de línea de los medios de comunicación, el famoso ´cuarto poder´. Nos hacen pensar con la lógica de las elites porque trabajan juntos con ellos, cómo tenemos que analizar nosotros el mundo, cuál son los temas importantes…, y lo que nos termina pasando es que el dictamen que nos dejan es, ´fíjense u ocúpense de temas puntuales o marginales y no de problemas estructurales sistémicos´. Que quiero decir, ´ocupémonos solamente de la cuestión del aborto, por nombrar un tema en general, o el cuidado de los animales, o sea, cosas particulares donde grupos se preparan o les interesa cierta cuestión.

Desde mi punto de vista cuando vos te ocupas de los problemas marginales, cotidianos, puntuales y nos ves lo que pasa a nivel sistémico el sistema no cambia, el statu quo no cambia, entonces lo que vemos a lo largo de la historia, los últimos cien años a nivel internacional y, sobre todo en los últimos cincuenta es un aumento en las inequidades, en la pobreza a nivel internacional y en la destrucción del medio ambiente. Esto es lo que está pasando, es una realidad fáctica, si nos quedamos con lo que nos dicen los grandes medios, ´esto está más o menos mal, cambiemos esta cuestión puntual´, entonces no vamos a lograr el cambio sistémico para que toda la población mundial viva mejor.

Ahora bien Pablo, en el caso de la pelea por la legalización del aborto, hay millones de mujeres en todo el mundo movilizadas por este derecho que los Estados les niegan, si bien esta pelea no va a cambiar la estructura del sistema, creo que si no peleamos por aspectos parciales como parte de una estrategia global para cambiar el sistema hay un problema también, ¿Cómo lo ves?

Totalmente de acuerdo, a eso voy, lo que digo es lo siguiente… por fijarnos en la cabeza lo particular y por llevarnos rápidamente de un tema a otro, que es lo que hacen los grandes medios, para sacarnos de la cuestión estructural, lo que tenemos que hacer es pelear todas las batallas que haya que dar y, aclaro yo estoy de acuerdo con el derecho al aborto, pero lo que resalto es que ´el árbol no nos tape el bosque´, y la cuestión sistémica es lo que termina prevaleciendo, y frente a ellos lo que falta, es una formación institucional de base de ciencias sociales que nos quieren quitar. Nos quieren hacer creer que los que hacemos ciencias sociales nos somos productivos, que no servimos y valemos poco, lo que pasa es que los cientistas sociales son los que nos hacen pensar la sociedad y eso es lo que tenemos de bueno.

Por otro lado, en tu libro sostenes una crítica al capitalismo, cuando te referís a como en un proceso de reestructuración de negocios, los empresarios apelan a despidos y/o reducciones salariales, ¿algo de eso ya estamos viendo con las primeras respuestas de grandes grupos económicos ante la crisis?

Mira los otros días escribí en un artículo sobre las maquilas en México, allí empresarios norteamericanos con empresas del otro lado de la frontera con México, no les importa que todos los miles de empleados se contagien con tal de continuar produciendo para el sistema. Prefieren perder plata y que los multen, a que sus empleados mueran. Eso habla de todo porque no puede parar la rueda. Si no entendemos que el límite de la acumulación está en la salud humana, no se puede entender cuáles son las prioridades, en realidad, entendemos así, cuales son las prioridades que tienen algunos pro sistema, y las de otros que entendemos que la vida esta antes que todo. Bueno, el gran dilema es la lucha desigual, los más pobres son los que más sufren, ahora son visibilizados de algún modo porque salta con esta cuestión (coronavirus). Uds. que trabajan siempre, están en el terreno saben lo que es, vuelvo a repetir se necesita una comprensión sobre el problema estructural para que esto se plasme en la urnas, porque definitivamente se necesita tener poder para modificar las cosas.

A modo de cierre de la entrevista, ¿cómo ves la economía mundial de acá a los próximos años?

El crecimiento es muy frugal, todos están dependiendo de esta guerra comercial entre Estados Unidos y China, me parece que lo que se va a ver en términos generales es un aumento del sistema en términos de acumulación, los países desarrollados van a ir hacia las tecnologías y los servicios, eso es lo que se ve a nivel internacional, te doy el ejemplo de Australia, hace tres años que este país cerró su fábrica de automóviles porque dijo que es un país que no se va a dedicar más a la producción industrial, eso lo va a dejar a otros países como los del sudeste asiático; entonces esa es una gran diferenciación, quiénes van hacia los servicios y la tecnología y de ese modo si se quiere dar una mejor calidad de vida a los asalariados en el marco de una diferenciación porque del otro lado tenemos a los asalariados del sector industrial a quienes les vienen bajando los salarios a nivel internacional con los famosos procesos de tercerización. Eso es lo que se va a seguir viendo, si tienen que ir a producir a África para pagar dos dólares menos por mes, lo van a seguir haciendo.

Ese es el marco general que tenemos, entonces digo, ante esta situación y bajo la lógica de la geopolítica internacional, lo que podemos ver es quienes detenten los recursos estratégicos, que los que tengan el agua, los alimentos, y puedan producir esa tecnología de punta que les permita hacer la diferencia, no solo en la industria farmacéutica, sino también en la industria militar que es la más dinámica en la economía y es la que va a determinar en las peleas del futuro quién va a estar del lado de los ganadores y del lado de los perdedores, en ese marco el capitalismo se va a ir moviendo cíclicamente, con bajo crecimiento del PBI, y un incremento de las desigualdades, y por esto último, es ante lo que tenemos que pelear los que pensamos que las cosas así no van a funcionar.

Lo que se ve es una mayor desigualdad, mucha gente en los últimos cuarenta o treinta años entró al mercado laboral pero en qué condiciones, como los mileuristas en Europa, como los que trabajan en las maquilas en México, como los que trabajan en los mercados informales en Asia, entrar al mercado y no ser parte del planeta miseria no quiere decir vivir bien, esa es una crítica que muchos le hacen en Brasil a Lula, donde mucha gente salió de la pobreza, uno lo entiende, se pone contento, lo enaltece, ahora tener un TV y una heladera pero seguir viviendo en un morro no es calidad de vida tampoco, y por eso digo que hay pelear por salir de los cambios marginales e ir a los estructurales.

¿Cómo se hará viable la economía global post-pandemia?

Por Pablo Kornblum para El Cronista Comercial – 7-6-2020

https://www.cronista.com/columnistas/Como-se-hara-viable-la-economia-global-post-pandemia-20200607-0006.html

La pregunta revolotea no en pocas cabezas alrededor del mundo. Un mayor cuidado de la salud, sostenido científicamente por los epidemiólogos e infectólogos de todas las latitudes, llegó para quedarse. Una ‘nueva normalidad’, la cual implica un mayor distanciamiento social, permanente utilización de alcohol en gel y el lavado de manos, barbijos; en definitiva, medidas sanitarias mucho más estrictas. Lo cierto es que más allá de los beneficios que deberíamos observar para con la salubridad en general – los cuales  seguramente buscan exceder la durabilidad de esta pandemia -, también se han generado una serie de interrogantes de extrema importancia para con la continuidad del statu-quo del sistema económico global.

Como punto más importante a resaltar, tenemos el incremento – para muchos rubros de forma exponencial – de los costos que las nuevas medidas generan. Por supuesto, y como consecuencia, la otra gran pregunta es el modo en que se distribuirán los mismos. Solo pensemos, para citar un ejemplo, en un restaurante que, dado su espacio, debe trabajar solo con un tercio de las mesas que lo hacía habitualmente. O mismo un avión de cualquier aerolínea, el cual tendría que reducir la cantidad de pasajeros para cumplir con el distanciamiento social adecuado. También podríamos analizar la nueva situación de una fábrica de alimentos, a la cual se le exigirá la incorporación de un sistema de lavandería exclusiva y elementos de higiene personal permanentes para poder funcionar.

Improbable – para no decir imposible – que sean rentables. Y no estamos hablando de una o dos industrias. Sino de cientos, muchas de ellas de las más importantes de la economía real. ¿Podrán cambiar sus estructuras? ¿Y de ser así, a costa de quién? ¿O con la ayuda de quién? Porqué la realidad es que los costos fijos y variables se tendrán que reducir ostensiblemente. Y entre ellos se encuentra el más ‘flexible’ de todos, el salario. ¿Disminuirán más de los que ya se han recortado en el último medio siglo? Es el deseo de cierta corriente neoliberal de la economía, quienes encuentran en esta pandemia una nueva oportunidad para llevar a cabo sus ideas. La historia – y el coeficiente de Gini – hablan por sí solos: se evidencia claramente que la pérdida de la masa salarial ha ido acompañada por una creciente desigualdad socio-económica a nivel global.

También se ha propuesto, como lo ha expresado más de un empedernido comunista, la disminución de ingresos de los empresarios. ¿Darán su brazo a torcer? Difícil. Además,  claramente dista de ser una situación homogénea. Muchas de las Pymes que dependen de la ya dura ‘libre competencia’ del mercado, han sido heridas de muerte con esta pandemia, y realmente no tienen mucho margen para ceder rentabilidad. Sin la espalda – ni el financiamiento – de las grandes corporaciones, en muchas industrias (por no decir áreas enteras de la economía) deberán hacer malabares para subsistir. Ya sea a través de la innovación o la reconversión, o mismo equilibrando sus finanzas, tratando de buscar acuerdos sustentables con empleados, proveedores, dueños de las propiedades en donde operan, etc.

Por supuesto, la excepción se encuentra en aquellas empresas (la mayoría de ellas poderosas corporaciones) vinculadas a los negocios – no, no dije negociados – con quienes detentan las ‘lapiceras mágicas’ del gobierno. Es aquella fusión simbiótica de elites políticas y económicas – por no decir también mediáticas, sindicales y judiciales -, muy difícil de visualizar por el ciudadano medio, pero que genera ingentes ganancias y desarrolla sobradas capacidades de enquistada rosca para, como mínimo ante la actual pandemia, no perder de manera significativa en épocas de recesión global.

A los desocupados y excluidos, ni vale la pena mencionarlos. Siguen a la buena de dios. O de la – lamentablemente muchas veces escasa – voluntad de los gobernantes donde viven. Aquellos que deben utilizar todas sus capacidades para maximizar la eficiencia y eficacia para con las políticas públicas. Que no es más, ni menos, su obligación como representantes del pueblo para con quienes los ha votado (aunque a veces nos olvidemos de ello). Porqué aquellos Estados que han demostrado tener a lo largo de la historia una macroeconomía sólida y estable, con variables ‘benignas’ en términos de inflación, tasas de interés o equilibrio fiscal, sumado a bajos niveles de corrupción y a una razonable distribución de la riqueza, seguramente se encontrarán mejor preparadas para enfrentar el futuro. O sabrán cómo hacerlo mejor. Incluyendo a los que menos tienen.

Sin embargo, aquí tenemos dos puntos no menores. Por un lado, aunque la generalización descripta afecta a una parte importante de las empresas de la economía real, el impacto negativo se reduce ostensiblemente cuando hablamos de las ganancias que genera el mercado financiero. En este sentido, el mismo se encuentra más vinculado al crecimiento – o al decrecimiento – del PBI; siendo ajeno, salvo empresas financieras determinadas en algún momento excepcional de la historia (como durante la crisis de 2008-2009), a resquebrajarse como un todo en términos sistémicos. La respuesta: ayuda estatal para con las entidades financieras – recordemos el salvataje de la Banco Central Europeo al gobierno griego en los primeros años de la década de 2010’, con el mero objetivo que puedan repagar sus deudas principalmente con la banca alemana -, tasas de interés para endeudamiento e instrumentos financieros exorbitantes desasociados totalmente a la economía real – nuestra historia habla por sí sola -, o la multiplicación de paraísos fiscales para los grandes negociados ilegales. En este aspecto, ha sido empíricamente evidente que desde el fin de la segunda guerra mundial, la economía financiera ha crecido prácticamente de manera ininterrumpida, y a tasas mucho más elevadas, que la economía dedicada a la producción de bienes y servicios.

Por otro lado, la pandemia ha acelerado el proceso de robotización y tecnologización, en detrimento a vastas áreas de la economía mundial más atrasadas, asociadas generalmente a procesos de mano de obra intensiva menos calificada. O sea, mayor innovación, en donde el capital físico, la inteligencia artificial, las telecomunicaciones y los sistemas de computación reemplacen más rápidamente a los trabajadores. Que, indefectiblemente, tendrán que buscar otra forma para ganarse la vida; ya sea generando sus propios emprendimientos, o en relación de dependencia. En cuanto a  los primeros, requerirán de buenas ideas y un financiamiento acorde. Para los segundos, sino quieren caer en el mundo de los ‘pobres con trabajo’ (desde los trabajadores en las maquilas mexicanas, los vendedores ambulantes en el sudeste asiático, o los mileuristas del viejo continente), deberán apuntar a capacitarse en aquellos oficios o profesiones que posean cierto nivel de complejidad técnica y/o tecnológica (como puede ser el caso de los servicios de enfermería, los diseñadores de microprocesadores, o los ingenieros en energías alternativas). Por supuesto, para los cientistas sociales que no producen ningún bien palpable, ‘útil’, bien gracias. En un mercado global cada vez más competitivo y con capacidades de consumo restringidas, el diferenciarse es una necesidad.

Los más humildes – y hoy en día no tanto – necesitarán de un Estado que los asista. No queda otra alternativa: sin educación ni financiamiento, el tendal de excluidos sistémicos que dejará la pandemia (sumados al arrastre de quienes vienen padeciendo carencias hace varias generaciones) se multiplicará por millones. Y en este dilema contracíclico en el que se encuentran la mayoría de los gobiernos del mundo, no hay mucho margen de maniobra. Más cuidados en la salud y más demandas de una ciudadanía empobrecida, se contraponen con un modelo de acumulación privada que podría languidecer en términos colaborativos para la mayoría de la otrora ‘piedra basal’, pero actualmente perimida, “clase media” – ya sea a través de menguantes inversiones o por una disminuida capacidad de contribución impositiva -.

Para el descripto escenario futuro, más que complejo, se requerirá una precisión quirúrgica en las políticas de Estado, sobre todo en tanto a la generación y distribución de la riqueza. Un Estado que articule los intereses públicos y privados – fuertemente contrapuestos – en pos de que la mayoría de la ciudadanía pueda desarrollarse y obtener una digna calidad de vida. Porqué el mundo post-coronavirus también será mucho más difícil para quienes detenten el quehacer de la política económica. Seguramente diferente a lo hasta ahora conocido. Esperemos estar a la altura de las circunstancias. Algo que hasta el día de hoy, en los diferentes puntos de inflexión sistémico que hemos vivido a lo largo de la historia, no ha sucedido.

Eterno resplandor de una mente sin recuerdos

Pablo Kornblum para Ámbito Financiero – 27-04-2020

https://www.ambito.com/opiniones/coronavirus/el-dia-despues-del-coronavirus-eterno-resplandor-una-mente-recuerdos-n5098517

“Solo una crisis – real o percibida – da lugar a un cambio verdadero”, afirmaba Milton Friedman en el prefacio a la reedición de 1982 de Capitalismo y libertad. Mientras  habrá tiempo para discutir el verdadero origen del ‘virus chino’, como indica Mr. Donald Trump, es momento de mirar hacia adelante. Y la mejor forma de anticipar el futuro, como ha sido siempre, es comprender y analizar lo ocurrido en el pasado. Porque mientras el proteccionismo y las guerras mundiales derivaron en la creación de la carta de derechos de la ONU y los Organismos Trasnacionales, o la crisis del 2008 conllevó a un mayor control de los flujos financieros a nivel global, seguramente el coronavirus obligará a los Estados a encontrarse mejor preparados ante una potencial futura pandemia.

Al día de hoy observamos impávidos voluminosos paquetes fiscales, garantías de créditos y reducciones de tasas a través de la inyección de recursos de las mayoría languidecidas arcas estatales en todo el planeta; por ende, si hay algo que aprendimos es que el día después nos refuerza que es mejor prevenir que curar. Que el no producir los elementos de salubridad, con la capacitación adecuada por el tan mentado ‘capital humano’, es sinónimo de dependencia y mendicidad; en este sentido, la heterogeneidad estructural representada en los viejos paradigmas de desarrollo y subdesarrollo encuentran formas donde la inequidad productiva, institucional y social se conjugan en cada rincón del planeta.

Que tampoco hay margen para con un endeudamiento descontrolado, dado que ante la complejidad del mundo en que vivimos, nos tenemos que encontrar siempre erguidos en nuestro posicionamiento diplomático. Los Estados no perecen, de la crisis económica siempre puede salir – con enormes costos sociales, por supuesto -, pero los pueblos como conjunto suelen resistir y la geopolítica prevalece a lo largo del tiempo. Lo entiende y lo maneja al dedillo el presidente Vladimir Putin, que prefiere perder dinero poniendo un barril de crudo más barato, con el mero objetivo de poner de rodillas al Shale Oil estadounidense en medio de una crisis sanitaria y de letalidad sin precedentes.

Aquí se torna necesario insistir nuevamente en la protección y conquista de los recursos naturales estratégicos. En un mundo que no se va a cerrar totalmente, pero donde los resquemores proteccionistas van a resurgir en su arista economicista – ya desde la perspectiva geopolítica el multilateralismo agresivo se viene desarrollando fuertemente desde principios del corriente siglo -, con importantes consecuencias para la macroeconomía global. Y no solo me estoy refiriendo a los potencialmente lógicos aranceles fitosanitarios; sino, y principalmente, a aquellas lógicas de mancomunidad financiera internacional que quedarán heridas de muerte. Sino pregúntenles a los ‘irresponsables’ italianos, que ni en estos tiempos de pandemia han tenido la piedad de sus socios comunitarios de los Países Bajos, quienes le reclaman por su falta de eficacia macroeconómica y se niegan a aprobar la ayuda de rescate de la Unión Europea.

Más aún, la ausencia de coordinación global no es solo europea o pertenece exclusivamente al escenario de la estatalidad. Desnuda una realidad que ya hace tiempo se visualiza tras bambalinas en la arena internacional: las Organizaciones Trasnacionales son, siendo generosos, al menos ‘tibias’ a la hora de reaccionar ante contextos de real complejidad. Cuando se habla de pandemias, refugiados o miseria extrema, solo proveen las ‘caricias’ permitidas por los actores estatales que los financian y están dispuestos a involucrarse verdaderamente en la ayuda fronteras afuera por las causas más nobles – lo cual es inversamente proporcional al incremento de la crispación interestatal -; en definitiva, solo mantienen su careta post-segunda guerra mundial ‘pour la galerie’.

En términos del dilema financiero – el cual, con vida propia no cambiará su lógica depredadora y oportunista -, el desacople mayor se observará en las cadenas de producción global de la economía real. Las principales firmas multinacionales, que tienen su producción distribuida a lo largo y ancho del planeta con un criterio de maximización de productividad por escala y reducción de costos operativos, de aquí en más tomarán mayores recaudos. Por un lado, buscando producir, principalmente, en aquellas geografías donde la capacidad de respuesta ante este tipo de eventos sea mejor; y por supuesto, donde exista mayor flexibilidad para huir más rápidamente en caso de que la gravedad de la situación lo amerite.

A nivel doméstico, el ‘shumpetearismo’ en su versión salvaje se va a disolver como arena entre los dedos, si realmente se quiere un capitalismo que sobreviva a las tensiones sociales inherentes a su concentración y desigualdad. En este sentido, sin una ‘clase media’ cada vez más reducida y agobiada – sobre todo luego de estas crisis mayúsculas – en su rol de ‘buffer’ de contención microeconómico de las masas empobrecidas, los cimientos del sistema tambalearían de una manera abrupta. Por supuesto, cada Estado manejará el sistema económico según su idiosincrasia, su cultura, su historia. Por ejemplo, mientras que en algunos países se discute si priorizar la ayuda social directamente o brindar beneficios a las empresas en una primera instancia, en otros, como Polonia o Dinamarca, se ha excluido del paquete de ayuda económica a las empresas que coticen en un paraíso fiscal.

Como contraparte, en términos de ‘colaboración’, se continuará observando a distintas empresas del sector privado con voluntad de aportar bajo la ya tan mentada Responsabilidad Social Empresaria; dispuestos en muchos casos a fabricar insumos críticos de acuerdo a la propia demanda del Estado nacional, quien tomará las riendas nuevamente con su rol inexorable de organizador y hacedor de la vida económica. En este aspecto, queda claro que la reconversión productiva por altruismo (de universidades, cooperativas, organismos del Estado), y de una parte del sector privado productivo (por conveniencia y necesidad), han sentado un precedente ante una potencial nueva pandemia u hecho catastrófico.

Los más débiles de la pirámide social, las mayoritarias y empobrecidas clases trabajadoras deberán indefectiblemente adaptarse (si, una vez más a costa de ellos mismos, como nos enseñó el menemismo en los 1990’) para las tareas del futuro. En este sentido, habrá que buscar su ‘ser indispensable’ y formarse técnicamente con suficiencia en aquellos lugares donde la automatización y la generalidad no encuentran asidero. Las áreas de servicios o producción de capital esencial para cuidar la salud y el medio ambiente, o por contrario las ‘más oscuras’ industrias de la guerra y el control social, serán las vedettes de aquellos que quieran estabilidad y crecimiento económico y profesional. Simplemente para no terminar con ocurre hoy en día con los trabajadores agrícolas rumanos, que con el fin de la cosecha por la pandemia, el gobierno alemán no los ve como esenciales y se encuentran sujetos a una deportación digna de una novela distópica.

Tampoco esperemos la revolución proletaria. Aunque los trabajadores chinos de máscaras N95 se conectan con las enfermeras de la ciudad de Nueva York, y los trabajadores de Amazon en Europa se vinculan con los conductores de camiones en Sudamérica con el fin de todos juntos trabajando y produciendo colaborativamente para poder salir de esta pandemia, lo único que ruegan es estar sanos y que está recesión global no ‘les toque el bolsillo’ para poder llegar a fin de mes cobrando su salario (muchas veces indigno). Muy lejos de las ideas de mancomunidad global de la ‘internacional socialista’, pero muy cerca de la teoría de ‘no vinculación’ de la clase trabajadora global propuesta por el economista griego Arghiri Emmanuel. Quien también, aunque haya escrito hace más de medio siglo, se encontraba en lo cierto cuando afirmaba que, contrariamente a lo expuesto previamente, a las elites políticas se les amoldarán las elites económicas que, como una masa sólida sin fisuras, querrán salir indemnes y al menos mantener sus privilegios, cualesquiera sea el escenario que derive de esta pandemia. ¿Y si aunque sea se intenta con un impuesto extraordinario y progresivo a la riqueza, que afecta a ese porcentaje mínimo de población privilegiada? Es más que difícil atacar ciertos privilegios; hay que tener mucho coraje y espalda política para hacerlo. Aquí y en cualquier lugar del mundo.

Por supuesto, no podemos dejar de mencionar el rol creciente – y ahora más tolerado socialmente – del Estado como un ‘gran hermano’ que controla todo. En términos económicos, los Gobiernos de las diversas extracciones políticas han puesto sobre la mesa enormes recursos financieros para compensar los efectos de la crisis. Como pasa en los momentos donde la dinámica de la normalidad prevalece, el Estado, por acción y reacción, toma el lugar donde el mercado (por la misma acción pero en sentido inverso), se retira. No será así a futuro. El Coronavirus ha sido la estocada final para la promoción de un neoliberalismo agresivo que ya no tiene asidero.

Lo que sí es seguro es que el Estado presente, requerirá de alineamientos más fluidos e inmediatos en los distintos niveles de gobierno. Los errores de coordinación, inadmisibles ante escenarios críticos, se han visualizado en varias regiones de la tierra. En el caso de Estados Unidos, por ejemplo, la falta de centralización en las compras de respiradores ha llevado a una competencia inútil a distintos Estados locales para obtener este u otros insumos críticos. Por otro lado, la gestión del Coronavirus en Sudán ha producido un aumento de las tensiones entre los políticos civiles y los militares que conforman el Gobierno de Transición, lo que deja latente la posibilidad de un golpe de Estado. O mismo en Brasil, donde las peleas entre el Presidente Jair Bolsonaro con muchos de los gobernadores y el mismo (ahora ex) Ministro de Salud, terminan siendo más bizarras que las novelas del atardecer de la cadena O’Globo. Por supuesto, con miles de muertos sobre sus espaldas. Y en la vida real. En definitiva, cada gobierno hace lo que puede y como quiere. O como le permite una ideología social construida a lo largo de su historia.

En términos políticos, las elites gubernamentales ya lo tienen todo para desarrollar la excusa del enemigo externo (visible, como podría ser el inmigrante, o invisible, como el coronavirus, donde cualquier foco de epidemia implicará un cierre de fronteras inmediato), para saber que ocurre en cada momento y en todo lugar; ello inevitablemente generará la posibilidad sine qua non de perpetuar el statu-quo. El fino límite de la ‘libertad condicional’ y la seguridad ciudadana será la potencial discusión – donde la cultura y/o el poder de coerción -, lo permitan. En Nigeria ya se ha visto de la peor manera: las fuerzas de seguridad han asesinado al menos 21 personas de manera extra-judicial mientras hacían cumplir las medidas de confinamiento.

En definitiva, y tal como ocurría en la película “Eterno resplandor de una mente sin recuerdos”, donde la pareja de protagonistas borran todos sus recuerdos para no estar juntos, pero al final sienten una extraña necesidad y se vuelven a encontrar para comenzar otra vez la relación, podemos decir que la humanidad ha borrado de su memoria muchos de los errores que ha cometido en el pasado. Esperemos que, el post-coronavirus, a diferencia de la obra maestra de Michel Gondry, nos permita de una vez avanzar hacia adelante, teniendo en claro que la vasta experiencia es más que suficiente para hacer las cosas bien y no tener que comenzar nuevamente desde las cenizas de la tierra arrasada, muy bien representada por esta pandemia. Porque como dice un viejo refrán de guerra, para vencer al enemigo, lo primero que hay que hacer es conocerlo. Parece que hasta el día de hoy, como se ha descripto, el problema es que el principal enemigo del humano no es el Coronavirus, sino la inmoralidad de su propio ser.

Errar es humano, perdonar es divino

Pablo Kornblum para Ámbito Financiero, 13-04-2020

https://www.ambito.com/economia/mundo/errar-es-humano-perdonar-es-divino-n5095239

Hace 30 años, caía el muro de Berlín y nos disponíamos a, teóricamente, comenzar una nueva historia; aquella que nos embebería en un mundo capitalista, abierto, democrático, cooperativo. Eso era lo que pregonaba el ganador de la ‘guerra fría’ y gran superpotencia mundial, los Estados Unidos de Norteamérica. Extraño, pero necesario para con sus intereses particulares. Extraño porqué en ningún momento la historia de la humanidad había sido homogénea desde lo productivo, lo económico, lo cultural, lo político, o lo moral. Pero necesario porque el objetivo era expandir el neoliberalismo globalizador – con el marketing del payasito como solo ellos lo saben hacer -, para dominar al mundo como siempre lo han promovido desde su ingreso a las arenas de poder global a finales del siglo XIX: a través de la acumulación de capital con rostro estadounidense. Por supuesto, con el impávido soporte de sus fuerzas armadas.

Pero su lógica en pos de la eternidad sistémica con dominio propio, se ha quebrado en solo tres décadas. Para comenzar, su objetivo principal era reforzar su per se económico. Por ello promovieron, como eje central, el detrimento del rol del Estado. Por supuesto, el rol de los otros Estados, no el de los Estados Unidos de Norteamérica. En este sentido, bajo la lógica neoliberal buscaron que las privatizaciones, junto con la liberalización comercial y financiera, fueran el sine qua non de las políticas económicas en cada rincón del planeta. Queda claro que además se pedía equilibrio fiscal, tipos de cambios competitivos, tasas de interés razonables, etc.; pero la realidad es que el resto de las variables eran más parte de una consecuencia del devenir diario, que de un programa macroeconómico sólido de largo plazo.

En tanto a la venta de los bienes públicos, se le puede preguntar a la mayoría de los ciudadanos rusos si mejoró su calidad luego de que privatizaran la mayor parte de los activos estatales. Seguramente las muecas de disgusto serán más que elocuentes. También podemos hablar del fracaso de la liberalización comercial, ya que mientras se dinamizó generó principalmente un proceso de concentración económica que favoreció a los mismos oligopolios de siempre; no obstante y como si fuera poco, hoy volvimos a una época de proteccionismos bajo nacionalismos ideológicos cada vez más irascibles. Y si nos referimos a la falta de obstáculos financieros, no existe ningún análisis que resista su falta de efectividad: crisis del sudeste asiático en los 1990’ y global en el 2008 (podemos agregar la de nuestro país en 2001), derrochero de paraísos fiscales, fondos buitres esperando devorar como carroña los bonos soberanos de los países mal llevados, etc. Todo ello, vuelvo a repetir, ha sido una causalidad de la pérdida (o peor aún, de la complicidad) de poder real de la mayoría de los actores gubernamentales.

También fueron por la cultura. Mejor dicho por la no cultura. Lo único que el resto de los gobiernos debía hacer era incentivar el consumo, sobre todo de aquellos productos estadounidenses. Y sino tenían el paladar occidental, los bienes y servicios se podían adaptar al deseo local. Y si no eran estadounidenses, que los insumos ‘Made in USA’ por lo menos sean partícipes en algún punto de la cadena de valor global. Y así podemos continuar.

Sin embargo, el fanatismo por el consumo no mermó los intereses nacionales, que jamás desaparecieron. China, Rusia, el otrora comunitario Gran Bretaña, el papá de Europa Alemania, Japón y otras naciones que algunos denominan ‘potencias medias’ (Turquía, Brasil, etc.), quisieron sacar provecho para con el desarrollo de un capitalismo a su medida buscando, por un lado, mejorar permanentemente su posicionamiento geoeconómico relativo a través de la disputa de mercados y recursos; pero además, han intentado generar políticas que pudieran lograr la difícil tarea de equilibrar la inversión con el ahorro, el consumo público con el privado, la extranjerización con las tercerizaciones pro mercados domésticos, junto con una diversidad de dilemas de enorme complejidad para la cantidad de intereses contrapuestos a nivel intra e interestatal. En definitiva, embebidos en demandas crecientes de sus propias ciudadanías y mellados en sus capacidades, el ‘Multilateralismo de guerra’ desató una disputa sanguinaria entre los diversos actores estatales.

La religión tampoco debía ser un obstáculo. Y no era que el protestantismo no tenía el suficiente poder a nivel global para llevar ‘de la mano’ (o de las narices mejor dicho) al capitalismo. Sino que, contrariamente, la modernidad hacia que el fervor dogmático perdiera su fortaleza buscando ‘adaptarse’ a la lógica del consumo sistemático. A su vez, el desaire que había causado un comunismo anti-religioso que, dominando a la mitad del planeta por medio siglo, le había fallado hasta sus propios soñadores de utopías. Por ende, en el conjugar de la derrota moral y económica, también se introducían las creencias dentro de la misma bolsa del ‘equipo de los perdedores’. Un momento propicio para encontrarse del otro lado del mostrador, cerca de dios.

Pero contrariamente a lo esperado, el credo también le ha jugado una mala pasada al capitalismo democrático occidental con rostro estadounidense. Islamismo, Confucianismo o el propio  Cristianismo Ortodoxo, se han revitalizado – cada uno a su manera, bajo un rostro diferente -, poniendo énfasis en valores que, si bien no desafían a la lógica del capital, colocan sobre el tapete formas de vida (y de gobierno) que terminan obstaculizando la fluidez sistémica que requiere la no intervención divina de los asuntos terrenales promovidos por la dinámica del mundo económico y financiero trasnacional.

Como conjunción, podemos afirmar que el mundo de las ideologías de hoy se encuentra en oposición – a veces diametralmente – a la lógica homogeneizadora; nos encontramos con reclamos particulares de grupos que promueven cambios contra un statu-quo que, queda claro, representa en la mayoría de las ocasiones los intereses de unos pocos: el deterioro del medio ambiente, la desigualdad creciente entre el 1% contra el 99%, la lucha por los derechos de las otrora minorías, o los miedos hacia lo extraño (inmigrantes, virus), son algunos de los ejes de disputa de quienes tienen deseos de vivir por fuera de las normas establecidas.

Para resumir lo expuesto, podemos decir que probablemente nos encontremos en un nuevo punto de inflexión dentro del ‘Sistema Mundo’. Los golpes recibidos por el modelo implementado bajo el “Consenso de Washington” a finales de los años 1980’, lo llevan a languidecer desde la perspectiva económica, política y social. El Covid – 19 ha sido el corolario de una dinámica observada en los últimos treinta años, donde la velocidad de los cambios generados principalmente por la aceleración del propio ritmo tecnológico, nos asientan bajo un paradigma global diferente.

El mismo, como eslabón final de una cadena de desaciertos de lo pretendido por el imperio décadas atrás, nos augura un futuro donde seguramente el instinto de supervivencia, racional y egoísta, se oponga a los deseos de libertad que requiere el neoliberalismo. Ello se ha replicado claramente a nivel estatal, donde hasta en los países ‘más desarrollados’ se han realizado confiscaciones de respiradores cuando estaban a punto de salir de sus aduanas hacia su destino final.

También quienes en el mundo desarrollado pensaban que el terrorismo era su único enemigo – el cual se podía controlar, cercenar y encausar con ingentes recursos para con el aparato de seguridad del Estado -, ahora recibieron un segundo golpe.  Quienes no están acostumbrados a las vidas agitadas con las cuales si convive la mayoría de los ciudadanos de los países pobres del mundo, difícilmente no piensen que algún otro dilema de diferente índole pueda ocurrir en cualquier otro momento. ¿Después de los atentados y los virus mortales, que seguirá en la lista?

Bajo este marco situacional, los Estados nacionales tratan de enfrentar la situación epidémica respetando al máximo los mecanismos del Capital, aunque la naturaleza del riesgo los obliga a modificar el estilo y los actos de poder. Una gran crisis económica, y esto es capitalismo señores, implica que los números no cierran y hay que despedir personal. No importa el cómo, el porqué, el esperar, proponer una reducción de salario, nada. Ya sabemos quién ganó el partido economía vs. salud. O mejor dicho, en que momento el mercado le termina torciendo el brazo a un Estado que, mientras debe intentar mantener la salubridad de su población, necesita manejarse con quirúrgico equilibrio para que no se desmorone un sistema de acumulación que, nos guste o no, se encuentra profundamente arraigado en cada gran empresa, cada Pyme, cada trabajador.

Me permito mirar más allá. Probablemente el futuro implique vivir bajo un Estado panóptico, con enorme poder de control y coerción a través de la vigilancia digital; autoritario, paternalista y celoso de sus posesiones, pero lejos de la necedad. Construyendo poder para contener sociedades cada vez más informadas, con políticas redistributivas sectoriales para satisfacer medianamente las necesidades de los grupos particulares, y mejor preparados para la ocurrencia de eventos extraordinarios (guerras, pandemias, desastres naturales). Queda en signos de interrogación, como diría un colega amigo, si no estaremos avanzando hacia el peor de los mundos. Un sistema económico que acentuará la lógica del individualismo capitalista salvaje, en conjunción con un sistema político comunista que, en lugar de parecerse a una verdadera democracia con control popular bajo el lema de la equidad, se asemeje a una dictadura salvaje y violenta.

Finalmente, quisiera concluir el artículo preguntando sobre aquellos que han pregonado el fin de la ‘historia’. Porque los argentinos, si de algo pecamos, es de olvidar el pasado; lo que, indefectiblemente, nos ha conllevado a volver a cometer los mismos (groseros) errores. Por ende, y en este caso sin ser misericordiosos, podemos entender que ‘errar es humano’ para quienes tras la caída del Muro de Berlín, arrogaban el haber alcanzado el destino final paradisiaco para la humanidad toda. Sin embargo, y ante la evidencia pragmática de una historia que refleja el empeoramiento de las desigualdades y la calidad de vida de las mayorías en cada rincón del planeta, podemos afirmar que las miserias y sus consecuentes derivaciones creadas con sus políticas adrede, solo merecen el perdón de dios.